Capítulo 13 #2
–Lo sé –dice y continúa leyendo–: Contratos de sangre con humanos –dice por fin, apoyándose contra una estantería llena de libros. Frunce el ceño–. Ah, esto no sirve. Mucha muerte.
–Estamos buscando algo que hable de los familiares –susurro, ignorando la última palabra que dijo.
Me pongo en puntas de pie para tomar otro libro, intentando deslizar los dedos entre las páginas para poder sacarlo.
Aliz aparta mi mano y lo toma con facilidad.
Espero algún tipo de comentario sarcástico, pero me lo entrega sin decir nada.
–¿Cuántos podemos llevarnos? –pregunto.
–Cinco cada una –dice, acercándose demasiado.
Y por tercera vez hoy, su mano toca la mía. Sus dedos acarician mi palma y se deslizan entre mis dedos, como si no supiera si debe tomarla o no.
–Quizá deberíamos irnos –digo y me alejo de ella, tomando otro libro.
–Buena idea –responde.
Al final nos llevamos nueve libros prestados, a la bibliotecaria no parece importarle. Me pregunto si es normal que los vampiros y los humanos lean sobre este tipo de cosas.
–Ve por el túnel –digo mientras vigilo el exterior de la biblioteca. El Departamento de Historia está tranquilo–. Yo iré por el bosque de pinos.
–¿Por qué? –pregunta, mirándome fijo.
–Podrían pensar que es raro que de repente seamos mejores amigas –digo–. Hace dos semanas me siseaste.
–Fue mi manera de saludarte –bromea. Pongo los ojos en blanco.
–Claro. Y amenazarme con convertirme en tu cena es un saludo vampírico.
Parece que está a punto de discutir, con la mandíbula tensa, pero por fin asiente con la cabeza.
Una vez que salgo y siento el aire fresco de octubre, con una ligera llovizna que salpica mi chaqueta, siento que me enfrío. Pero el temor sigue retorciéndose dentro de mí. No. No es temor. Se lo que es, pero no puedo admitirlo.
Todavía siento el roce de su piel en la mía como un eco fantasmal. Desearla era mucho más fácil cuando solo la observaba de lejos.
Subo los nueve pisos de Tynarrich con la esperanza de que el esfuerzo me calme de alguna manera, que me devuelva a mi estado de cordura.
Contemplo las pinturas en la pared y me doy cuenta de que sigo sin saber cuántos años tiene.
Por lo que sé, Aliz podría tener más de cien años.
Más de mil. Espero a ver si sus rasgos aparecen en alguno de los lienzos, pero no.
Por suerte, cuando llego a nuestra habitación, Aliz parece haber vuelto a la normalidad.
–¿Me pasas mi teléfono? –Está sentada junto a su escritorio, con cinco libros delante, uno de ellos ya abierto.
Tiene las piernas cruzadas y la parte superior de la camisa desabrochada.
Hago todo lo posible por no mirar su piel desnuda, sus clavículas afiladas y su delicado cuello–.
Está sobre el ataúd –agrega–. ¿Todavía hay luz afuera?
–Ni siquiera es la hora del almuerzo –digo–. Te has levantado en un horario muy de los humanos, Astra.
–Bueno, no quería despertarte mientras dormías –dice, y juraría que sus mejillas se enrojecen–. Estoy deseando que llegue el invierno.
–Quizá deberías mudarte al Polo Norte –digo, lanzándole su teléfono. Ella lo atrapa con una mano, casi sin mirar–. Ahí tendrías seis meses de noche pura.
–Me gusta Tynahine –dice–. Aunque tenga que pasar el verano encerrada.
–¿Te quedas aquí durante el verano? –pregunto, sin ocultar mi sorpresa. Las mejillas de Aliz se sonrojan. Imaginaba que, como mínimo, volvería a Hungría, donde viven los Astra.
–No sabes lo que es ser una vampira –dice y vuelve a mirar el libro. A pesar de lo que dice, no siento agresividad en su voz. Y tiene razón. No lo sé.
–¿Encontraste algo? –pregunto, sentándome a su lado.
–Muchas cosas sin sentido –dice, pasando las páginas–. No hay nada sobre los contratos de sangre para los familiares, y las curas no son muy buenas.
–Quizá valga la pena intentar –digo.
–No me entusiasma mucho la idea de cortar dos dedos y matar a un gato. Sobre todo, considerando que puede no funcionar. –Pasa la página–. Además, son para familiares de brujas.
–¿Brujas? –digo sorprendida–. ¿Las brujas existen?
Considerando que casi me matan cuando buscaba grimorios, no debería sorprenderme.
–Palau debe creer que sí. Ella es quien ha escrito estas tonterías.
–Se rasca la mejilla y una sonrisa pequeña se dibuja en su rostro–.
La verdad, espero que sí existan. Y también los hombres lobo.
No me molestaría tener una novia mujer loba, seríamos como Romeo y Julieta.
O Julieta y Julieta, en este caso –añade, asintiendo con la cabeza para sí misma, mientras imagina alguna fantasía extraña–. Muy sexy.
La miro boquiabierta, trato de entender cómo la heredera del imperio Astra puede decir algo tan… estúpido .
La tarde pasa volando y, después de almorzar, la tensión que se había acumulado entre nosotras en la biblioteca desaparece, como si esa proximidad extraña nunca hubiera existido.
Mi cuello, por su parte, pica cada vez más.
Pero me concentro en leer, hojeando las páginas devoradas por las polillas, con la esperanza de que la cura para la marca aparezca de repente.
El sol está bajando cuando tomo otro libro, con el dibujo de una violeta en la tapa.
Hay algunas ilustraciones en la primera mitad, mujeres desnudas hundiendo los dientes en sus víctimas, algunas tratando de escapar, otras aceptando la mordida.
Siento un calor repentino y sigo pasando las páginas, hasta que me detengo, mis ojos abiertos como platos.
–“Anular los contratos de sangre entre vampiros y humanos”.
–¡Debe ser eso! –dice Aliz y empuja su silla hacia mí, haciendo chillar las ruedas.
Asiento con la cabeza y comienzo a leer.
–“Una vez que ambas partes estén de acuerdo en que el contrato debe anularse, deben besarse en el lugar donde se selló el pacto por primera vez”. –Dejo de leer y me quedo observando las palabras para asegurarme de que no las he imaginado–. Parece demasiado fácil, ¿no?
–Eh… –Aliz me mira fijo, con el rostro paralizado por el pánico–. Sí. La verdad es que no tiene mucho sentido –dice con una risa nerviosa–. La mitad de lo que escribe Palau es un disparate, así que quizá solo deberíamos…
–Igual, vale la pena intentarlo –digo, girando mi silla hasta quedar frente a frente.
–¿Qué?
–Es solo un beso –digo, intento no pensar en qué le estoy pidiendo.
–Cassie, no hay forma de que un beso arregle esto.
–Si hay una mínima chance de que funcione, al menos deberíamos intentarlo. –Me quito la bufanda y Aliz abre los ojos sorprendida–. ¿Qué? –pregunto.
–La marca está más grande –dice, parpadeando.
–¿Más grande?
–Las enredaderas se han expandido –dice, entrando en pánico. Levanta su teléfono y cambia a la cámara frontal para que pueda ver mi cuello. Y tal como dijo, las líneas han crecido, deslizándose más hacia abajo.
–¿Qué carajo? –exclamo, tocando mi piel. Aliz guarda el teléfono mientras el pánico se apodera de mi garganta. Por un segundo, siento que no puedo respirar. ¿Por qué está creciendo?–. ¿Esto debería suceder? –pregunto.
–No lo sé –responde, sin mirarme a los ojos.
–Tenemos que intentarlo –digo.
–¿Intentar qué?
Señalo el libro, trato de borrar mi reflejo y esas enredaderas retorcidas de mi mente.
–Pero eres humana –exclama, y yo suspiro.
–Puedes limpiarte los labios después –digo–. Solo es un beso. –Sé que no puedo compararme con sus conquistas vampíricas, pero tampoco debería hacerme sentir tan horrible. No después de mirarme como lo hizo en la biblioteca–. O podemos buscar otras curas –añado–. Y si ninguna otra cosa funciona…
–No, está bien –dice, levantándose de la silla–. Terminemos con esto.
Estoy a punto de levantarme, pero pone sus manos sobre mis hombros, me inmoviliza.
Luego gira mi silla hasta quedar detrás de mí.
Realmente no quiere besar a una humana. Dejo escapar un suspiro de frustración y ella me corre el cabello.
El aire fresco roza mi cuello y, justo cuando empiezo a impacientarme, sus labios, fríos y suaves, se posan sobre la marca.
Siento un ardor en la piel, mientras un escalofrío me recorre el cuerpo. Aliz se aparta y deja escapar un breve suspiro.
–Gracias –digo, con un leve temblor en la voz. Dios, ¿qué me sucede? –. Veré si se ha ido.
Me levanto de un salto de la silla, liberándome de sus manos que siguen sobre mis hombros. Sé que simplemente podría preguntarle si ha desaparecido, pero no puedo mirarla ahora que mi corazón late tan rápido. No puedo mirarla cuando yo quiero más y ella no.
Me acerco al espejo del baño y respiro hondo. Tengo las mejillas rojas y esa estúpida marca sigue ahí.
Todo eso para nada.
Mi suéter gris me resulta demasiado pesado, así que me lo quito y clavo la mirada en la marca.
Las enredaderas retorcidas desaparecen bajo el cuello blanco de mi camisa.
Desabrocho los tres botones superiores, tengo que ver hasta dónde llega.
Desabrocho otro y la parte de arriba de mi sujetador negro queda al descubierto.
Las enredaderas terminan justo encima de mi pecho izquierdo.
Trago nerviosa. Ninguno de los libros mencionaba que la marca crecería.
Pero aún nos queda mucho material por leer.
–Mierda –susurro y paso el dedo por una de las enredaderas espinosas, se me eriza la piel. Esto no se ve bien. Puede que Penny me haya enseñado muchas cosas, pero todo lo que aprendí se centraba en una en particular: matar vampiros. Nada sobre contratos de sangre.
Tiro de la parte de arriba del sujetador, bajándolo, solo para asegurarme de que no haya líneas ocultas.
De repente, siento algo detrás de mí. Unas manos en mis hombros.
–¿Qué? –digo y abro los ojos como platos. No la veo. No está su reflejo, pero Aliz está detrás de mí. Antes de que pueda girar, me aprieta más fuerte.
–No me mires –dice en voz baja. Respiro hondo, sigo sin poder entender lo que veo en el espejo.
Mis mejillas están enrojecidas. Y el espacio donde sé que ella está, donde puedo sentirla, está completamente vacío–.
Por favor –añade, con un dejo de desesperación.
Hay algo más. Sed . Sus ojos deben estar rojos también. Si la miro, podría hipnotizarme.
–¿Qué sucede? –pregunto. Siento como afloja sus manos para poder rodearme con los brazos. ¿Qué está haciendo? Debería apartarme, pero en lugar de eso, me hundo en ella, entre sus brazos fuertes y fríos.
–Deberíamos intentarlo de nuevo –me susurra al oído.
Su aliento frío me estremece. Suelta uno de mis brazos y la imagen que tengo delante se vuelve aún más absurda cuando siento su dedo trazando una línea por mi cuello, acariciando mi marca, pero solo veo cómo mi piel se enrojece bajo su tacto invisible.
–¿De nuevo? –pregunto. Y desearía que ella simplemente se atreviera y lo hiciera, porque no quiero admitir que la deseo. Ella es una vampira. No puedo .
La escucho tragar con dificultad.
–Bueno. –Intenta sonar tranquila–. Está claro que el primero beso no funcionó. Así que deberías dejarme intentar de nuevo.
–Creí que no querías besar a una humana –digo, espero irritarla de alguna manera, tal como ella hace conmigo. Giro la cabeza para intentar verla, pero la mano que tengo en el cuello me aferra el mentón y me obliga a mirar hacia delante.
–Lo sé –dice, sus labios prácticamente tocan mi oído al hablar–. Pero solo quiero ayudarte, Cassie.
Detesto no poder verla. Me siento tan expuesta, más aún con la marca a la vista. Mi camisa sigue desabrochada, dejando la parte de arriba de mi sujetador al descubierto. Siento cada línea de la marca quemándome la piel.
–Hazlo, entonces –acepto, y clavo la mirada en el punto invisible donde imagino que está ella.
–Mierda –dice, temblando y presionando con fuerza–. No –agrega en voz baja–. Deberías pedirme que te suelte.
–¿Por qué? –pregunto.
–Porque esto está mal –susurra–. Lo sabes, ¿verdad?
–Sí –digo con la respiración entrecortada. Lo sé, sé que estamos jugando con fuego. Cada centímetro de cordura que queda en mi mente dice que me aleje. Pero hay algo más dentro de mí, mucho más visceral, que no soporta la idea de dejarla ir.
–Y me tienes miedo –dice, pasando sus uñas cortas por la luna grabada en mi piel.
–No. –Quiero verla. Necesito ver cómo me mira y saber si siente el mismo deseo que yo.
–Deberías tenerme miedo –insiste, siento como sus labios, suaves al principio, reemplazan a sus dedos contra la piel sensible de mi cuello.
Todos los nervios en mi cuerpo cobran vida y respiro profundo, reprimo mi reacción–.
Dime que pare –dice antes de tirar de mi camisa.
Sus labios se posan en mi hombro y apenas puedo pensar con claridad, pero sé que no quiero que pare.
–¿Por qué? –pregunto, clavo mis uñas en su brazo.
–Porque te deseo –dice, y yo respiro con dificultad al sentir cómo su lengua recorre mi cuello.
Me muerdo el labio. Yo también la deseo.
La he deseado desde la primera vez que la vi.
Sus labios siguen sobre mi piel cuando su mano inquieta se desliza dentro de mi camisa y la otra me tira del cabello, obligándome a ver mi reflejo–.
Mírate –agrega, sin aliento, presionando su muslo entre mis piernas.
Suelto un gemido y siento las puntas afiladas de sus colmillos, vacilantes sobre mi hombro. Lo quiero. Mi sangre, mi piel, todo mi ser ansía esa herida y el éxtasis que provocará. Abro los labios y estoy a punto de decirle que lo haga, que me muerda, pero en lugar de eso solo consigo decir:
–Dios.
Y esa es la palabra que rompe el trance.
–Mierda –sisea y da un paso atrás.
El aire frío roza mi piel y, poco a poco, siento como recupero mi cordura.
Veo mi reflejo, con la camisa prácticamente caída, y, enseguida, me la vuelvo a poner antes de voltear para mirarla.
Ella se tapa los oídos y sus ojos, que suelen ser negros, brillan con un color rojo intenso.
Doy un paso atrás, choco con el lavabo y ella reconoce el miedo en mi rostro.
–Mierda –repite, se sienta en el suelo, cubriéndose los ojos–. Lo siento.
Cualquier persona normal saldría corriendo. En cambio, yo me acerco. Hay algo en su expresión, en su culpa, que quiero borrar. Aunque sé que no debería hacerlo, me agacho frente a ella y le quito las manos del rostro, despacio.
–Oye –digo, ella me mira con la mirada perdida. Sus ojos se han oscurecido hasta ponerse de color borgoña–. Está todo bien.
–¿Por qué no tienes miedo? –pregunta. Me mira fijo, con los ojos abiertos. No suelto sus manos.
Porque no puedes lastimarme.
–No lo sé –digo.
–Me dejé llevar –dice. Cierra muy fuerte los ojos otra vez.
–Yo también. –Suelto sus manos y respiro hondo. No sé qué me pasó. No sé cómo logró desarmarme tan fácil, pero no puedo permitir que vuelva a pasar.