Capítulo 13
M antengo la estaca ahí. Debo hacerlo. He pasado cuatro años entregando mi vida, arriesgando todo lo que tengo por Calisto, matando al mismo enemigo, una y otra vez.
Penny sería capaz de hacerlo. Pero Penny no habría terminado en esta situación en primer lugar.
Respiro hondo. Los párpados de Aliz tiemblan y sus pestañas plateadas comienzan a moverse.
–Cassie –murmura. Mis dedos se entumecen mientras la miro, siento que mi determinación desaparece.
No puedo.
En cuanto retiro el arma, me invade una sensación de alivio, como si fuera mi propio corazón el que estuviera a punto de atravesar. Lo más despacio que puedo, bajo la tapa de ataúd y espero, atenta a sus movimientos. Pero Aliz sigue dormida, ajena al monstruo que hay en su habitación.
Guardo la estaca en mi bolso. Luego me recuesto contra la cama, sentándome con las rodillas dobladas y apretadas, tratando de respirar.
No puedo lastimarla.
Consigo evadirla durante tres días enteros, ni siquiera la miro cuando entra en Ambrose.
No he visto a Jannet en la clase de Gustavsson, pero no puedo evitar sentir que es solo una cuestión de tiempo para que el Decano de la Noche me llame a su despacho.
Así que tengo que terminar mi misión lo más rápido posible.
Divido mi día en tres bloques. El más importante, encontrar el Libro de sangre y rosas , me lleva seis horas, bien temprano por la mañana, cuando sé que no me encontraré con ninguna sanguijuela en los túneles.
Y aunque todavía no lo he encontrado, el mapa de mi cuaderno ha empezado a tomar forma, un inmenso laberinto de mil túneles entrelazados, con hasta seis pisos bajo tierra.
Reparto otras cinco horas entre Integración y mis clases normales.
Y el tiempo que me queda lo paso en Kinsnet, recopilando libros del archivo, buscando las palabras “contrato de sangre”.
Los vampiros pasan junto a mi mesa desordenada en el cuarto piso, llena de tazas de café vacías y una decena de libros.
De vez en cuando se detienen para mirar el tema de mi investigación, pero ninguno dice nada.
Hasta ahora, la única cura que he encontrado es la muerte.
Sé que debo intentarlo de nuevo, antes de que sea demasiado tarde.
Al cuarto día, Aliz Astra por fin decide romper la barrera que construí entre nosotras.
La encuentro sentada en mi escritorio, temprano por la mañana, justo después de ducharme.
La marca en mi cuello duele y la picazón se intensifica con cada segundo que pasa.
Sé que si Aliz la toca, la molestia desaparecerá, tal como sucedió el día en que la encontré.
–Te traje esto –dice, levantando una caja blanca alargada. La miro fijo, no me atrevo a acercarme–. Es una crema tópica con aloe vera y… –Entrecierra los ojos para leer la caja–. Productos químicos. Es para erupciones y picaduras, y con suerte…
–¿Por qué? –pregunto, cruzándome de brazos.
–Sé que no me crees, pero no fue a propósito –dice rápido, con miedo a que la interrumpa–. No lo sabía. Lo juro.
Quiero decirle que sus palabras no significan una mierda. Pero algo me detiene.
Saca un tubo de la caja y lo extiende como una rama de olivo. Aprieto los dientes, pero al final me acerco y se lo quito.
–¿Has estado buscando una cura? –pregunto.
–Claro que sí –dice, mirándome fijo a los ojos–. Ya he buscado en cinco bibliotecas.
Parpadeo. Investigó más que yo. Desenrosco el tubo y exprimo una gota del gel del tamaño de un guisante en mis dedos. Lo froto contra la marca y, durante unos segundos, la picazón desaparece.
–Supongo que ya has descubierto todas las cualidades que tiene un familiar de sangre –digo, extendiéndome un poco más. Aliz asiente un poco con la cabeza y traga con dificultad.
–Cassie, yo no quería que pasara esto.
Quiero decirle que se vaya a la mierda. Pero cuando la miro, siento que está diciendo la verdad. Nunca la había visto tan frágil. Mantengo los labios apretados antes de soltar un suspiro.
–Claro que no –digo–. Deberíamos comprobarlo.
–¿Qué?
–Necesitamos saber si es verdad. Si solo con tu palabra puedes hipnotizarme. –Me acerco un poco más.
–No puedo hacer eso –dice, llena de pánico–. ¡Eso significaría romper los tratados!
–Estoy bastante segura de que ya lo hemos hecho –digo.
No es cierto.
Si yo fuera una humana normal, entonces sí, imagino que formar un pacto de sangre sin el consentimiento del humano se castiga con un siglo de prisión. Sin embargo, afortunadamente para Aliz, los cazadores de vampiros somos una excepción. No nos protegen esas leyes.
–Necesitamos saber cuánto daño ha causado –digo, señalando mi cuello–. Así que date prisa.
–Pero qué… –Respira hondo, como si ella fuera la que lleva la marca de un familiar–. ¿Qué digo?
–No lo sé –digo–. Solo dame una orden. Dime que aplauda o algo así.
Respira hondo otra vez y cierra los ojos.
–Está bien –susurra y por fin me mira con una determinación algo extraña–. Gira –dice.
Mi cuerpo permanece inmóvil. No siento nada, pero puedo ver que Aliz está preocupada.
–No hice nada, ¿no? –pregunto.
–No –responde, y suspira profundo–. Entonces, no está funcionando.
Me recuesto en uno de los postes de la cama y exhalo. No estoy bajo su control . Pero mi alivio dura poco.
–No festejes tan rápido –digo–. No sabemos lo suficiente sobre la marca.
Quizás todavía no haya hecho efecto. –Justo cuando digo esto, vuelvo a sentir la picazón en el cuello y clavo mis uñas cortas en la piel, no puedo quitarme esa sensación.
Su regalito funcionó solo unos segundos–.
¿Puedes tocarme el cuello? –pregunto sin pensar.
–¿Qué?
–La última vez que lo hiciste, desapareció la picazón –digo y empiezo a pensar que quizá no haya sido una buena idea pedirle que se acerque tanto, hasta que su piel toca la mía.
Sus dedos se sienten fríos en mi cuello, alivian el picor al instante.
Suelto un suspiro breve y cierro los ojos. Casi le doy las gracias.
–Encontraremos una salida, lo prometo –susurra. Nos quedamos así, más cerca de lo que una humana y una vampira deberían estar. Me juré a mí misma que no trabajaría con ella, pero cuando su dedo dibuja un circulo alrededor de la luna negra en mi cuello, me rindo.
–¿Dónde buscaremos ahora? –pregunto, levantando la vista. A Aliz le brillan los ojos y abre la boca al darse cuenta de lo que acabo de decir. De lo que he aceptado. Debo estar volviéndome loca.
–Todavía no he mirado en la Colección Palau –susurra.
Es la segunda biblioteca más grande, ubicada junto al Departamento de Historia.
Fue inaugurada por una alquimista catalana del mismo nombre en el siglo XIV .
Cuando retira los dedos de mi cuello, la picazón vuelve, aunque no es tan intensa como antes.
Es casi como si la marca quisiera que dejara de evitar a Aliz.
Salimos de la habitación y vamos a uno de los túneles que conducen a los alrededores del campus. Aliz se detiene en lo alto de una escalera caracol para recuperar el aliento, me mira y dice:
–Si no encontramos nada en la Colección Palau, también podríamos probar en la biblioteca secreta.
La miro boquiabierta y ya es demasiado tarde para ocultar mi reacción.
–¿Has oído hablar de ella? –pregunta, mientras mi pulso se acelera. Ya está . Por fin cumpliré mi misión. Aliz, justo ella, sabe dónde está la biblioteca secreta.
Qué bueno que todavía no la he matado.
–Sí –digo. Me mira fijo durante un rato demasiado largo.
Quizá debería haber dicho que no. Pero ella habría notado mi mentira–.
Es decir, no sabía si era real o no. Investigué un poco sobre Tynahine antes de venir aquí.
–Penny hizo toda la investigación. Yo solo me aproveche de su esfuerzo–.
¿Dónde está? –pregunto lo más natural que puedo.
–En algún lugar en lo profundo de estos túneles. –Se recuesta contra la pared de piedra–. Pero nadie la ha encontrado nunca.
Oculto mi sensación de decepción. Se me hace un nudo en la garganta, pero asiento con la cabeza.
–Claro –susurro. Que Aliz sepa que existe ya es un paso en la dirección correcta.
–Vamos –dice, de repente toma mi mano y me lleva. Miro sus dedos fríos contra los míos. Debería soltarme. Pero, así como no pude clavarle la estaca en el pecho, ahora tampoco puedo separarme de ella.
Llegamos a la Colección Palau en minutos, un pequeño edificio de techo bajo.
Tiene más o menos el mismo tamaño que el archivo de Kinsnet, los volúmenes son, por decirlo de alguna manera, eclécticos.
La mitad de ellos tratan sobre la transmutación, lógico, teniendo en cuenta quién los recopiló.
La bibliotecaria es una anciana, una de las pocas personas que trabajan aquí, y nos mira con desconfianza.
Aunque sea nueva, debe conocer la reputación de Aliz.
–¿Tienen libros sobre los contratos de sangre? –pregunta ella y la bibliotecaria no parece pensarlo mucho. Escribe en una computadora antigua y nos dice que vayamos al pasillo siete.
Somos las únicas estudiantes aquí. Tan pronto como encontramos el pasillo, la expresión de Aliz cambia, sus ojos negros estudian los libros con la misma intensidad con la que he visto a vampiros oler mi sangre.
Las estanterías aquí son todas diferentes, algunas tienen cientos de años, mientras que otras son de vidrio y metal.
–Aquí –susurra, tomando un libro. Su otra mano roza la mía y, esta vez, sus dedos se detienen, no los quita. Siento su pulgar trazando una línea en mi palma, su tacto es tan ligero. Abro la boca, pero no encuentro palabras. Podría retirar la mía fácilmente, pero no quiero hacerlo.
Mueve su mano y busca entre las páginas del libro. Inhalo, cerrando el puño, trato de deshacerme de la sensación que me quedó.
–Contratos de sangre entre vampiros –susurra.
–Soy humana –digo, cruzándome de brazos, mantengo mis manos alejadas, donde no las pueda tocar por accidente.