Capítulo 12
D ejo a Aliz en el túnel. Bueno, mis palabras exactas fueron “Si me sigues, te arrancaré los colmillos”. No necesito su ayuda. Nunca trabajaré con ella. Pero me apresuro y voy a Kinsnet en busca de algún tipo de cura. Tiene que haber alguna.
Un familiar puede ser el perro faldero de una sanguijuela, pero lo es por voluntad propia. Yo no. Así que romper el pacto de sangre debería ser bastante sencillo. Quizá tenga que verter mi propia sangre en una herida abierta en el cuello de Aliz. Mi ajo la matará. Qué pena.
Los libros sobre los familiares están en el quinto piso.
La mayoría de los estudiantes deben saber que Aliz lo usa como lugar de encuentro, así que es entendible que esté vacío.
Me vuelve a picar el cuello y clavo las uñas en la bufanda.
¿Por qué pica? Justo cuando agarro un libro voluminoso sobre la historia de los familiares, el que hay detrás se cae y crea un hueco en la estantería.
Y a través de ese hueco, los ojos de Aliz –dos agujeros negros bajo unas cejas blancas como la nieve– me miran fijo.
–Encontraremos una cura si trabajamos juntas –dice. Su voz suena demasiado tranquila.
–Vete a la mierda.
–Cassie –dice, irritada. Saca otro libro para agrandar el hueco–, entiendo que estés enojada, pero…
–¿Enojada? –susurro. Me pongo en puntas de pie, pero aun así no llego a estar a la altura de sus ojos–. ¿Enojada? –repito, dejando que se escuche la frialdad en mi voz–. Pídeme una vez más que trabaje contigo y rezaré tan fuerte y claro que tus hermosas orejitas sangrarán.
Aliz Astra aprieta los labios antes de volver a colocar los libros en su lugar. Escucho cómo se va enfadada, espero que por última vez.
Si alguna vez tengo que trabajar con alguien, será con Penny. Me sujeto a la estantería y apoyo mi frente en ella. Debería decírselo. Ella sabrá cómo arreglar esto. Pero tal vez me eche de Calisto. Porque ningún cazador en su sano juicio dejaría curarse por un vampiro. ¿En qué estaba pensando?
Antes de poder golpearme la frente contra el estante por la frustración, continúo mi búsqueda. Y después de ojear dos decenas de libros, por fin encuentro algo en uno de cuero color carmesí. Recorro la página con los dedos y me detengo en un pasaje.
Los familiares de sangre, aquellos vinculados por contratos de sangre, deberán servir a sus amos durante un mínimo de diez años antes de ser convertidos.
¿Diez años de servicio? Sigo leyendo, segura de que encontraré una forma de anular el contrato. Pero, en cambio, encuentro algo mucho peor.
Los familiares de sangre están obligados a obedecer las órdenes de su amo y harán lo que sea que se les pida.
Hago una pausa y abro los ojos como platos. De repente, al leer lo que viene a continuación, estoy segura de que voy a vomitar.
Como si estuvieran hipnotizados.
No puede ser. Me costó meses de entrenamiento, pero soy inmune.
Ella no puede hipnotizarme. ¿Y si la marca ha cambiado eso?
¿Y si solo con sus palabras puede doblegar mi voluntad?
Un escalofrío recorre mi cuerpo y me veo obligada a sentarme, con las manos temblando, mientras imagino ese futuro retorcido, corriendo tras ella, obedeciendo todos sus deseos y caprichos.
No.
Tiene que haber otra solución.
Cierro fuerte los ojos, respiro hondo y sigo leyendo. Y mi corazón acelerado, mi pánico, mi miedo, todo desaparece cuando veo la siguiente frase.
Si alguna de las partes falleciera, la marca desaparecería.
Miro fijo al techo, completamente despierta. Hace una hora, escuché cómo se cerraba su ataúd con un crujido. Seco el sudor frío de mi frente y abro las cortinas que ocultan mi colchón, dejando que el aire fresco toque mi piel.
Hay libros abiertos sobre su escritorio y, cuando miro el reloj, ya son las seis.
Convertirse en el familiar de un vampiro es mucho peor que la muerte.
Busco mi bolso color borgoña. De la forma más silenciosa que puedo, saco la estaca de madera y disminuyo mi respiración.
He hecho esto cientos de veces. Y esta vez, no es la vida de otra persona la que está en juego. Es la mía. Mi libertad.
Me acerco, atravesando las cortinas. Mis ojos se acostumbran a la oscuridad. Al igual que ayer, coloco los dedos bajo el tirador del ataúd y, antes de que lo abra, cruje. No puedo dudar.
Ahora se despertará, así que antes de eso, tengo que clavarle la estaca en el corazón. Fue a propósito. ¿Cómo es posible que la heredera de la familia Astra no supiera lo que estaba haciendo? Dijo que encontraría la manera de que me fuera. Todo esto era parte del plan.
Pero ¿por qué intento encontrar excusas para matar a una vampira? He sido capaz de hacerlo sin pensar durante los últimos cuatro años.
Dentro del ataúd, Aliz descansa inmóvil, salvo por el lento subir y bajar de su pecho.
Está profundamente dormida, vestida con una camisa de algodón y ropa interior.
Sus piernas largas han corrido las mantas.
Mis manos tiemblan mientras sostengo la estaca y la coloco con mucho cuidado sobre su pecho.
Ni siquiera se estremece cuando la punta de madera descansa sobre su corazón.