Libro de sangre y rosas Capítulo 11
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Capítulo 11

M e pica el cuello. Empiezo a rascarme antes de estar despierta del todo, tirando de mi piel como si tuviera algo atascado dentro. Abro los ojos y busco mi teléfono entre las sábanas.

Ya son las once. Si Jannet y Stella le hubieran contado a alguien lo de anoche, la seguridad del campus ya habría entrado en mi habitación. Las cortinas negras que dividen el espacio están abiertas por completo y, por primera vez, no me perturba la presencia de su ataúd.

¿Por qué querría ayudarme? Exhalo un suspiro entrecortado, trato de sacarla de mi mente. Hasta ahora, lo único que había querido era sacarme de aquí. Y, sin embargo, anoche, por alguna razón me ayudó.

Me rasco el cuello otra vez, pero mis uñas cortas no alivian la sensación.

Me pregunto si esta picazón será algún tipo de efecto secundario del contacto con su sangre.

En cualquier caso, no tengo tiempo para quedarme sentada pensando en eso.

Corro al baño, luchando con la maldita copa de silicona.

Y casi, casi , no veo mi reflejo. Pero levanto la vista un segundo mientras me cepillo los dientes y lo veo.

Primero, pienso que podría ser algún tipo de mancha, o tal vez una cicatriz.

Pero luego me acerco para observar mejor.

El lugar donde Jannet apuñaló y Aliz curó está tatuado con una luna pequeña y negra, rodeada por dos enredaderas espinosas. Es precioso. Y estoy segura de que lo he visto antes en alguna parte.

Salgo a la habitación con el cepillo de dientes todavía en la mano y enciendo la luz. Me acerco y contemplo en silencio el diseño que decora su ataúd, es dorado y el mío negro. Pero es el mismo. Una luna creciente rodeada por una maraña de espinas.

Doy un paso atrás, las náuseas casi me hacen caer. Dejo el cepillo de dientes sobre el escritorio, trago la pasta dental y toco su ataúd, tratando de mantener la calma. Tiene que haber una explicación para esto . Sea lo que sea.

–Vete –se queja desde adentro y oigo cómo se da vuelta.

Hay un vaso descartable vacío en su escritorio, manchado de rojo, junto a un libro grande sobre teoría del color. Una pila de notas, algunas de ellas arrugadas. Encuentro la manija de su ataúd y lo abro.

A pesar de ser una cazadora de vampiros, nunca había visto el interior de un ataúd.

En realidad parece cómodo, aunque demasiado angosto para poder dormir.

Los laterales están acolchonados con terciopelo.

Pero lo único que puedo mirar es a ella, apartando las sábanas negras con sus piernas desnudas y tratando de ocultarse de la luz con sus brazos tonificados.

–¿Aliz? –digo con voz tranquila.

–No –responde e intenta volver a bajar la tapa.

–Aliz –repito, manteniendo el ataúd abierto mientras se llena de luz. Ella sisea y muestra sus colmillos–. ¡Mírame!

–Vete –gruñe en voz baja y ronca.

Tomo sus brazos y los aparto de su cara, por fin me mira, con ira. Tarda unos segundos, pero lo ve.

–¿Cuándo te hiciste un tatuaje? –pregunta, incorporándose. Tengo ganas de gritar.

–¿Qué es esto?

Se frota los ojos y vuelve a mirar mi cuello. Extiende la mano para tocarlo y, al hacerlo, la picazón insoportable desaparece. Su piel es como un bálsamo refrescante y yo suspiro aliviada sin poder evitarlo. Estoy a punto de acercarme a ella, pero entonces habla.

–Es el escudo de mi familia –murmura.

–¿El escudo de tu familia? –Aparto su mano y vuelve la picazón.

–Bueno… –Carraspea y luego bosteza–. Una luna rodeada de espinas. Ese es el escudo de los Astra.

Mi corazón se acelera y retumba en mis oídos, ella me toma del brazo sin importarle nada, acercándome para observar mejor. Lo toca de nuevo, con los labios entreabiertos. Mi respiración se entrecorta, pero, esta vez, ella no reacciona.

Concéntrate , pienso, liberando mi brazo de sus manos.

–¿Qué carajo es esto?

–Eh… –Su expresión se vuelve confusa, roza el pánico–. No lo sé.

–¡Pero tú lo hiciste!

–No, no lo hice –protesta–. ¿Crees que sé dibujar? Si supiera, estudiaría Bellas Artes.

–Aliz, ahí estaba el corte, el que sanaste con tu sangre.

–Eso –dice, parpadeando. Luego, frunce sus cejas blancas y entrecierra los ojos–. Todavía no me has dicho quién te atacó.

–¿Qué le pasó al último humano al que curaste? –pregunto ignorándola, siento como el corazón me late fuerte.

–Nunca antes había curado a uno –dice, frotando sus ojos, todavía medio dormida.

–¿Qué?

–Eres la primera humana a la que le he dado mi sangre.

–Más vale que estés bromeando. –La ira crece dentro a mí.

–¡Intentaba salvarte! –dice–. Habrías muerto.

–Está bien –digo, bruscamente–. Pero quiero saber qué es esta marca.

–No lo sé –admite, exasperada.

–Bueno, averígualo. –Aprieto los dientes mientras la frustración sigue brotando dentro de mí–. Tengo clase, pero para la hora del almuerzo más vale que sepas cómo deshacerte de eso.

Me rasco la cabeza y Aliz se limita a mirarme, desconcertada. Tengo un mal presentimiento sobre esto. Pero ella asiente con la cabeza.

–Lo haré –dice.

Tomo una bufanda de tartán para envolver mi cuello alto, por si acaso. Espero que esta marca, sea lo que sea, haya desaparecido antes de volver a verla.

Entre clase y clase, voy al baño y me escondo en un cubículo, uso mi teléfono para mirarme el cuello. Sigue ahí.

La picazón empieza a disminuir en la hora de la cena. Estuve nerviosa todo el día, esperando ver a Jannet y Stella salir entre las sombras, pero no. Cuando veo a Stephan y Julia en nuestra mesa habitual, jugando a las cartas, por fin vuelvo a sentirme un poco normal.

–¿Dónde está Ife? –pregunto al sentarme, Julia tensa los hombros. Me mira fijo, con los labios entreabiertos.

–Me gusta tu bufanda, muy a la moda –dice Stephan. Coloca una reina sobre la mesa y la vampira la toma.

–Gracias –digo. Observo a Julia, que no dice nada. ¿Por qué me miró así?

–¿Acaso ya-sabes-quién te ha mordido? –pregunta Stephan, apoyando la barbilla en la mano.

–Sabes que no pueden hacer eso.

–Claro, pero tal vez la heredera de la familia más poderosa de Europa puede salirse con la suya, a diferencia de un vampiro común –replica.

–Bueno, no lo hizo –digo. En cambio, me dio su sangre. Cuanto más lo pienso, peor suena.

–¿De qué trata tu tesis, Cassie? –pregunta Julia, cambiando de tema.

–Todavía no estoy segura –digo–. Tal vez sobre las obras de Ravel posteriores a su conversión.

–¿Ravel? –dice–. Interesante.

–¿Lo has conocido? –pregunto, y Stephan, que estaba barajando las cartas, se ríe.

–Eh, ¿cuántos años crees que tengo, Cassie? –pregunta la chica, apoyando un brazo sobre la mesa.

La miro. La verdad, parece tener mi edad. Hasta más joven. Los Convertidos, como Julia, quedan congelados para siempre en la edad que tenían cuando fueron mordidos. Así que, aunque parece tener unos dieciocho años, podría tener miles de años fácilmente.

–Sesenta –respondo, lo que me parece un número bastante razonable.

–Tengo veintidós –dice–. Me mordieron hace cuatro años. Hasta los dieciocho era una humana normal.

La palabra “normal” me toma por sorpresa.

–Tenemos la misma edad –susurro. Podría haber estado en el lugar de Julia.

Cuatro años atrás, nuestras vidas eran idénticas. Cuatro años atrás, los vampiros cambiaron todo. Siento que quiere decir algo más, y por primera vez quiero oírlo. Pero, en cambio, me mira el cuello y entrecierra los ojos. Me toco la bufanda. Sigue en su lugar.

Aliz entra en la cafetería. No la veo, así que no tengo idea de cómo sé que está aquí, pero cuando levanto la vista, la veo abriéndose paso entre la multitud, ignorando a su séquito mientras se dirige directo al puesto de sangre.

La picazón en mi cuello vuelve y me rasco a través de la bufanda. Ella no mira hacia nuestra mesa.

Ife se une a nosotros poco después del atardecer y saluda con un beso en la mejilla a Stephan y a Julia.

–Por cierto –dice, apoyándose en la mesa–. Anoche hablé con el Decano de la Noche. Sé que solo teníamos un nombre, pero dice que ha estado investigando a los Cinta Roja. Y no permitirá que les hagan daño a sus queridos estudiantes humanos.

Ya que me envenenaron y casi me matan, él no está haciendo un muy buen trabajo. Juego con la tela de mi bufanda, obligándome a mantener la calma.

–Por alguna razón, dejaron de usar las cintas, pero él me dijo que ya había atrapado a algunos. Aunque los que tiene no den nombres, los demás se acobardarán.

–Cierto.

¿Y si son Jannet y Stella? Si él las hubiera atrapado anoche, las heridas causadas por la plata aún serían visibles.

¿Y qué les impediría, en ese momento, decirle que fui yo quien las hirió?

El pánico sube por mi estómago y me muerdo el labio.

No pasa nada. Aún no me han llamado a su oficina. Él no sabe lo que soy.

Cuando levanto la vista, Aliz está mirando hacia mí. Hace un breve gesto con la cabeza, señalando hacia una entrada detrás de Ambrose. Suspiro, aliviada. Supongo que ha descubierto qué significa la marca y sabrá cómo deshacerse de ella.

–Nos vemos luego –digo, los demás me miran desconfiados, mientras me alejo corriendo.

La veo en uno de los túneles más amplios que conecta Ambrose con el Departamento de Historia.

Está esperando frente a un cuadro y, antes de que pueda llegar, lo abre y entra.

Un túnel secreto . El cuadro retrata un dosel de flores blancas y un cielo despejado, el tipo de paisaje que un vampiro nunca verá en persona.

Tiro del marco ornamentado y encuentro una puerta detrás.

El túnel oscuro huele a humedad. Hace frío y los charcos reflejan las luces tenues que bordean las paredes viejas de piedra.

Aliz está debajo de uno de esos faroles, con el cabello teñido de color naranja por la luz.

Una sensación extraña de calor se apodera de mí cuando me acerco a ella, la picazón en el cuello comienza a desaparecer lentamente.

–Entonces –digo, con mis manos en la cintura–, ¿sabes qué es la marca?

Duda, y solo cuando veo su expresión me doy cuenta de que algo anda mal. Sus ojos están abiertos como platos, la mandíbula tensa. Tiene las manos juntas y las frota sin parar.

–Yo… Sí. –Respira hondo, sin mirarme a los ojos–. Nos equivocamos.

–¿A qué te refieres con “nos”?

–Iremos a Kinsnet –dice, ignorando mi pregunta–. Estoy segura de que encontraremos una cura.

–¿Una cura? –La picazón aumenta–. Pero ¿no me curaste anoche?

–Debería haberme dado cuenta cuando lo vi. Pero me despertaste tan temprano y, bueno…

–¿Sí?

–Es la marca de un familiar. –Aparta la mirada y aprieta los labios con fuerza–. Nunca antes le había dado mi sangre a un humano, así que, ya sabes, no pensé que eso fuera a pasar. Pero ¿por qué no vamos a la biblioteca? Cuanto antes nos pongamos con esto, antes te liberarás.

–Estás bromeando, ¿verdad? –digo. Respiro hondo, intentando mantener la calma. Me rio y espero que ella haga lo mismo. Pero su rostro permanece inmóvil, con una expresión de culpa.

–Me temo que no –susurra, mordiéndose el labio inferior.

–No –digo en voz baja. Los familiares son los seres más despreciables del mundo vampírico.

Son humanos que intercambian su libertad por la oportunidad de ser convertidos, la promesa de la inmortalidad.

Hacen el trabajo sucio de los vampiros. Atraen a otros humanos a fiestas de sangre, solo para complacer a sus amos–. No soy tu familiar.

–Bueno –dice Aliz, rascándose la nuca–. Según esa marca, sí lo eres.

Puedo sentir la voz de Penny al teléfono, advirtiéndome sobre el poder de los Astra. Se me hace un nudo en la garganta y paso los dedos por la marca. La marca de un familiar.

–Sabías que esto pasaría, ¿cierto? –Mi voz afilada resuena en las paredes curvas del túnel–. Por eso fuiste tan amable anoche. Porque no me fui. Porque no conseguiste lo que querías .

Puedo ver el dolor reflejado en sus ojos.

Mi boca se seca mientras espero que diga algo.

Que diga que tengo razón. Pero, en cambio, su respiración se acelera y mira al suelo.

Si no la conociera bien, diría que está a punto de llorar.

El sonido de unas gotas resuena a la distancia y oigo mi propia respiración entrecortada.

Tengo que evitar hiperventilar. Esto no está sucediendo.

–No tienes por qué creerme –susurra, tras una pausa–. Pero yo no sabía que esto pasaría. – Tonterías –. Lo arreglaré –dice–. Parece que hicimos algún tipo de pacto de sangre sin darnos cuenta anoche. –Su voz tiembla–. Había luna llena, ¿verdad?

–¿Pacto de sangre?

–Lo siento –susurra.

–¿Cómo…? –comienzo a decir en voz baja–. ¿Cómo puedo deshacerme de esto?

–No lo sé –responde–. Se nos ocurrirá algo, ¿de acuerdo?

Debería asesinarla aquí y ahora. Acepté que me diera su sangre, pero no acepté esto .

–No hables en plural –respondo entre dientes, tratando de evitar que mi mano temblorosa se deslice dentro de mi bolso y tome la estaca.