Capítulo 10
L as estanterías están cada vez más cerca, presionan contra mi hombro. Mantén la calma . Paso las manos por un estante y tomo el libro más alto que encuentro. Lo tiro al suelo, justo a tiempo para evitar que las estanterías me aplasten.
La vampira no se mueve, pero el brillo rojo en sus ojos me ayuda a adaptarme a la oscuridad.
–Es una mala idea –digo despacio. El torniquete sigue crujiendo, pero el libro que tengo debajo parece ser bastante resistente. Por ahora.
–Asquerosa cucaracha –dice por fin la vampira, sé que he oído su voz antes.
Jannet. “No te metas con los Cinta Roja”, había dicho Penny.
Pensé que no me habían reconocido. Pero me equivoqué–.
No te alcanzó con invadir nuestro campus –sisea–.
Ahora quieres entrometerte donde no te han llamado, ¿verdad?
–No sé de qué estás hablando –digo. El torniquete, que había quedado en silencio por un segundo, vuelve a crujir. Pero esta vez en la dirección opuesta, lo que me da un respiro–. Escucha, no quiero problemas.
–Es un poco tarde para eso.
Escucho pasos al otro lado del pasillo.
Extraigo la cadena de mi reloj.
–Jannet –dice una voz detrás de mí, más débil, temblorosa–. Esto es una mala idea.
–Te dije que no te unieras a nosotros si no podías con el trabajo sucio, Stella –dice Jannet, cortante. Se acerca a mí con paso firme, entrando en el pasillo angosto.
Clava sus ojos rojos en los míos y siento un cosquilleo en la nuca, que luego se vuelve entumecimiento mientras ella intenta hipnotizarme.
–Vas a matar a Elia Tamarit –dice, con una mano en mi cuello, obligándome a mirar sus ojos mortíferos. Sus uñas son afiladas y algo húmedas–. Y luego te quitarás la vida.
–Pero no sé quién es ella –digo. Muérdeme , pienso. En lugar de eso, Jannet me clava su uña en el cuello, rasgándome la piel. El dolor recorre todo mi cuerpo y, de repente, siento un temblor en las rodillas.
–Búscala y luego…
Antes de que pueda terminar, aprieto fuerte el arma y lanzo un tajo hacia arriba.
La plata quema al atravesarle el rostro y ella grita.
El olor de la carne quemada oculta el hedor de su veneno.
Stella grita detrás de mí y empieza a correr.
Pero, al igual que la última vez, soy más rápida.
Sujeto su cabello largo y la empujo contra la pared fría y metálica.
Ella gime mientras, detrás de nosotras, Jannet tapa su rostro con las manos y emite un sonido de gárgaras.
Apoyo la espada en el cuello de Stella y ella solloza.
Escucho el roce de la cuchilla contra su piel pálida.
–No le dirás a nadie lo que ha pasado, ¿cierto? –pregunto en voz baja.
Niega con la cabeza.
Debería matarlas a ambas. Esconder el polvo bajo una estantería y esperar que nadie vuelva al archivo. Pero no trabajan solas. Mierda . Mierda . Mierda .
¿Qué haría Penny? Siempre tiene todo bajo control. Jannet aparece arrastrándose entre los pasillos, con el rostro ensangrentado. Cuando sus ojos desorbitados se encuentran con los míos, se ve aterrorizada. Stella sigue agarrándose el cuello, tiembla. Quizá no digan nada.
Y cuando lleguen las preguntas, diré que estaba defendiéndome.
Puede que la excusa no dure mucho, pero tendrá que servir.
Aprieto mis dientes y doy media vuelta, corro en la oscuridad.
El dolor en mi cuello es cada vez más intenso. Debe haberse lamido la uña antes de clavarla.
Algunos voltean para mirarme mientras salgo corriendo de Kinsnet, mi cabeza late fuerte al salir a la noche fría.
La herida arde, mezclándose con el dolor de cabeza.
Además, los calambres menstruales siguen retorciéndome las entrañas.
El dolor continúa y mi vista se nubla. ¿Acaso esa sanguijuela sabe que su veneno puede matar a un humano?
Llego a Tynarrich con la mano sobre el corte superficial que tengo en el cuello.
Me desplomo contra la pared fría del ascensor, las puertas se cierran antes de que comience a subir al noveno piso.
Mi cabeza da vueltas, el sudor frío me cubre la frente y los mechones húmedos de cabello rojo se pegan en mi piel.
La habitación está vacía. Penny dijo que me mantenga alejada, que me enfoque en la misión. ¿Por qué no la escuché?
Me quito el abrigo con dificultad y luego hago una mueca al ver la mancha de sangre en mi camisa.
Me la quito y espero que Astra no entre ahora.
Mi copa está llena, así que la vacío y la enjuago.
Siento como el sudor frío se convierte en un escalofrío.
Un baño no me vendría mal , pienso, y abro el grifo del agua caliente hasta que sale humeante.
Astra tiene una selección de sales de baño.
Considero echarlas todas solo para molestarla, pero estoy demasiado mareada y no puedo hacer otra cosa más que meterme en el agua hirviendo.
Es probable que no regrese hasta dentro de varias horas.
Seguro está en algún rincón semipúblico del campus, teniendo relaciones con otra vampira.
El corte en mi cuello arde mientras el veneno de Jannet se filtra en mi sangre.
Miro fijo al techo. ¿Cómo voy a explicar esto?
Pero antes de que la ansiedad pueda distraerme del dolor, el vapor blanco nubla mi visión y me sumerge.
–¿Cassie?
Su voz suena lejana, pero al mismo tiempo siento que está cerca.
–Vete –logro decir. El baño se ha enfriado, pero no puedo moverme, mis huesos están pesados y se funden con la porcelana de la bañera.
–Por favor. –La voz de Astra suena tensa, ahora mucho más cerca. Puedo sentir su aliento sobre mí–. Cassie, por favor, despierta.
Despierto y parpadeo al verla inclinada sobre mí, con el rostro demasiado cerca, su aliento metálico contra mis labios. No estoy en la bañera, sino en mi cama.
–Debe haber sido una dosis muy baja –dice, con una mano en mi mejilla. Su piel fresca y suave.
–¿Baja? –gruño, no suena como mi voz.
–El veneno de vampiro es mortal –dice–. Y rápido.
Cuando me reclutaron por primera vez, pasé meses envenenándome.
Una pequeña dosis cada vez, mi propio intento personal de mitridatismo.
Pero está claro que todo ese esfuerzo fue en vano, porque el veneno ha causado un gran daño en mi cuerpo, sobrecargando mis músculos.
Los dolores menstruales solo agregan una capa más al dolor.
–Si hubiera sido una dosis más alta, no habrías llegado a casa.
Esa palabra, “casa”, es tan extraña. Tan fuera de lugar.
–Hace demasiado calor –susurro, con la cabeza a punto de estallar. Las cortinas de mi cama ya están abiertas, pero ella las abre aún más. Luego destraba las persianas y abre la ventana de par en par. El viento entra y despeina el cabello corto y tan bien peinado de Astra. ¿Por qué está aquí?
–Tengo que curarte ahora, antes de que sea demasiado tarde, ¿de acuerdo? –dice y yo parpadeo, mirándola fijo.
–¿Curarme? –Una sensación de pánico que no sentía desde hacía años invade mi cuerpo–. Si me muerdes, yo…
–No te morderé –dice, atónita. Desaparece por un momento y vuelve con una daga–. Verteré unas gotas de mi sangre sobre la herida –dice.
–No, no lo harás. –La herida arde y miro a Astra fijo, con los ojos muy abiertos.
–Mi sangre tiene propiedades curativas –dice, molesta. Deja la daga sobre la mesa. Está tan cerca que puedo agarrarla. Aún puedo defenderme–. Sirve como antídoto para casi cualquier herida y veneno que puedas imaginar.
– No me convertiré en una vampira –gruño, mi mano está cerca, muy cerca de la daga.
Astra vuelve a suspirar y niega con la cabeza.
–Yo… Te das cuenta de que para que eso suceda primero tendrías que morir, ¿verdad? ¡Estoy tratando de evitar que eso suceda! –Retuerce el dobladillo de su camisa, está nerviosa.
–¿Por qué? –pregunto.
–¿Qué?
–¿Por qué quieres ayudarme?
–¿Porque es lo correcto? –dice–. Solo porque pienses que soy un monstruo, no significa que en verdad lo sea.
Creo que me recuperaré de forma natural, pero ¿y si me equivoco?
–Por favor, Cassie –dice, inclinándose sobre mí una vez más, con el ceño fruncido, como si su mirada fuera a convencerme de alguna manera.
Tengo que decir que no.
Solo pensar en que su sangre se mezclará con la mía me da ganas de vomitar.
–¿Estás segura de que eso no me matará?
–Estoy segura –susurra.
Las nubes se despejan y dejan al descubierto la luna llena. Un cuervo vuela frente a nuestra ventana, uniéndose a la bandada que habita en las ramas de abajo.
–Bueno, está bien –digo, al fin–. El brillo plateado de la luna ilumina mi cama y nos cubre a ambas.
Exhala, aliviada, y levanta la daga.
–No mires si no quieres ver mi sangre –dice, extendiendo la palma de la mano.
Observo. He visto sangrar a muchos vampiros antes. Ella se estremece de dolor al pasar la hoja por su piel, el líquido oscuro se acumula al instante en su mano cerrada.
–No sentirás nada –asegura.
Presiona su mano empapada en sangre contra mi cuello y, tal y como prometió, no siento nada. Nada más que mi propio pulso, fuerte, que late contra su piel. Una sensación extraña me recorre el cuerpo mientras su sangre se filtra en la herida y el calor va disipando poco a poco el dolor.
–Ya está. Se ha ido. –Relaja el ceño y sonríe.
El dolor, como prometió, desaparece. Incluso los dolores menstruales. Me incorporo lento. Estoy en camisón, aunque no recuerdo habérmelo puesto. Las mangas de su camisa están mojadas. Solo ahora, cuando el dolor disminuye, me doy cuenta de que ella debió sacarme de la bañera. Me ha visto desnuda.
Toco mi cuello. La herida se ha curado por completo. Solo queda un residuo pegajoso de sangre. La sensación me da ganas de vomitar, pero no digo nada. No puedo creer que haya dejado que me curara.
–Gracias –digo.
Aliz me mira boquiabierta, sorprendida por mis palabras. Despeja su garganta, juraría que parece avergonzada.
–Deberías descansar –dice, el colchón cruje cuando ella se levanta–. Pero ahora tengo que hablar con quienquiera que te haya hecho esto –agrega, con un tono de voz sombrío.
–¿Qué cosa? –pregunto, mientras busco mi botella de agua. Astra se agacha y recoge algo del suelo. Es mi camisa blanca con un par de manchas de sangre en el cuello. Suspiro–. Unas chicas –digo.
–¿Qué aspecto tenían?
–Vampiras.
–Muy graciosa. Al menos intenta describirlas –dice con los ojos entrecerrados.
–La belleza de un vampiro es imposible de describir –digo. Siento como la fuerza vuelve lento a mis músculos.
–¿Fueron los Cinta Roja? –pregunta. Muerdo mi lengua y mantengo una expresión neutra.
Mierda. Veo que busca algo en su bolso. Una toallita para quitar el maquillaje o algo así.
Antes de que pueda preguntarle qué está haciendo, se sienta a mi lado otra vez y frota mi cuello con la toalla, limpiándome la sangre.
Aprieto los dientes, trato de ignorar nuestra proximidad–.
Sabía que estaban tramando algo, así que si…
–¿Cómo lo supiste? –pregunto sin apartar la mirada. Está tan cerca. El aroma de su sangre y el de la mía se mezclan con la fragancia a musgo que ella lleva a todas partes–. ¿Eres parte? –Ya sé que no lo es, pero me gusta ver cómo frunce el ceño.
–No seas ridícula.
–Justo anoche me dijiste que eras superior.
–No, dije que mis sentidos son más refinados. Y solo estaba molestándote –dice–. Por favor, Cassie. Solo cuéntame.
–No recuerdo sus rostros –digo–. Todo sucedió muy rápido, ¿de acuerdo?
–Intento ayudarte.
–Ya lo hiciste –digo–. La herida desapareció.
–Bien –dice, indignada–. Pero voy a encontrar al que te hizo esto, te guste o no.
Espero a que se vaya de la habitación antes de tomar mi teléfono.
¿Sabías que la sangre de los Astra es mágica?
Escribo esto y casi lo envío, pero me detengo.
Si le cuento a Penny lo de la sangre de Aliz, tendré que contarle mi encuentro con los Cinta Roja, después de que ella me dejara muy claro que debía mantenerme alejada.
La sensación de que podría haberla decepcionado duele casi tanto como la herida en mi cuello.
Ese calor extraño que se deslizó bajo mi piel cuando Aliz me curó aún no se ha ido.
Contemplo la luna por última vez antes de cerrar la ventana. Cuando cierro los ojos, todavía puedo sentir su mano, presionada contra mi cuello, y su aliento en mis labios.