Capítulo 9
P or la mañana, despierto con una sensación de humedad entre las piernas y un dolor punzante que recorre mi espalda.
Antes de moverme y mirar hacia abajo, ya sé qué es el dolor.
Penny me preparó para esto. Me dijo que usara tampones o una copa, nada de toallas sanitarias, así no llamaría la atención.
Los calambres aprietan la parte baja de mi espalda y siento un dolor en las piernas. Desearía poder arrancarme los ovarios.
Lo único para lo que no me preparó fue para deshacerme de los residuos.
Porque no pensé que tendría una compañera de cuarto vampira.
Los tampones me parecen lo más cómodo, pero no me imagino teniendo que salir a la calle cada vez que me cambio uno.
Aunque mi sangre huela mal, la idea de que un vampiro hurgue en los botes de basura me da náuseas.
Busco entre mis cosas la copa de silicona nueva que todavía está en la caja.
Nunca he usado una, pero no puede ser tan difícil, ¿verdad?
Escucho a Astra en su ataúd, murmura tonterías mientras duerme. Me concentro en las instrucciones de la copa. Tengo que esterilizarla antes de introducirla y, por suerte, el microondas servirá para eso.
Pero usar el microondas significa cruzar a su lado de la habitación. Si ella puede usarlo en medio de la noche sin despertarme, entonces yo debería poder hacer lo mismo. Improviso una toalla con papel higiénico y camino en puntas de pie, tironeando las cortinas.
Justo antes de que suene el microondas, escucho un crujido tras de mí. La tapa de su ataúd se ha levantado unos centímetros y, aunque no puedo ver sus ojos en la oscuridad, sé que me está observando. Permanezco inmóvil.
¿Y si me ataca?
¿Y si el ajo en mi sangre no es suficiente para mantenerla alejada?
–Algo huele raro –dice con voz ronca, como papel de lija.
–Estoy menstruando –digo con calma, antes de sacar el recipiente en el que estoy esterilizando la copa.
Ella vuelve a cerrar la tapa de su ataúd sin decir nada más, nuestra habitación queda en silencio.
Voy a la ducha con un nudo en el estómago.
No sé si es porque tengo hambre o porque quiero vomitar. Probablemente ambas cosas.
Cuando salgo del baño, la luz de la habitación está encendida y las cortinas divisorias, abiertas.
La ventana falsa detrás de su ataúd muestra un amanecer color caramelo, medio oculto por las nubes.
Astra está de pie junto al ataúd, con una mascarilla quirúrgica del mismo tono que su cabello, rociando las paredes con algún tipo de aromatizante.
–Te dije que mis sentidos son más fuertes –dice, con la voz amortiguada por la mascarilla–. Por eso no quería un humano como compañero de cuarto.
–Vuelve a la cama –digo. Debería sentirme ofendida, pero los calambres me ayudan a controlar mi temperamento.
–¿Necesitas analgésicos? –pregunta, ajustándose la máscara–. Creo que hay una farmacia justo al lado de Ambrose.
¿Está siendo amable ? Eso es aún más inquietante que las burlas.
–No –respondo, Astra entrecierra los ojos.
–Estoy tan decepcionada, Cassie –dice y baja la mascarilla.
Olfatea el aire y pone cara de asco–. No sé qué perfume llevabas el día que llegaste, pero era increíble .
–Mi corazón se acelera mientras ella habla.
Sé que tardé en tomar mis suplementos de ajo, pero no pensé que notaría el olor–.
Pensé que, si así iba a oler mi compañera de cuarto humana, tal vez no sería tan malo después de todo.
–¿En serio? –digo, trato de no mostrar el enojo en mi rostro.
–Pero esto … –Señala hacia mí y arruga la nariz–. Es demasiado metálico.
–Gracias –digo. Si así es como planea sacarme de quicio, sin duda no lo conseguirá.
–¿Cuándo volverás a ponerte ese perfume? –pregunta, apoyándose en la pared.
–Quizás el día que te mudes de mi habitación –digo.
Esboza una sonrisa forzada.
La luna llena se esconde tras una cortina de nubes de lluvia. Necesito concentrarme. Cuanto antes termine mi misión, antes podré alejarme de ella.
En la clase de Gustavsson, le indiqué a Ife quién es Jannet. Ella dijo que necesitábamos más nombres, más rostros. Si solo denunciamos a Jannet y les decimos a las autoridades de la universidad dónde se reúnen los Cinta Roja, solo encontrarán un nuevo lugar y un nuevo nombre.
–Al menos tres –dice. Pero no hay forma de que me arriesgue a volver a la galería, no tan pronto.
Paso una buena media hora entre los libros de historia del cuarto piso de Kinsnet. El profesor Gustavsson mencionó que el Libro de sangre y rosas también podría contener hechizos de grimorios antiguos, así que no estaría de más empezar a buscar por ahí.
Después de buscar en todos los pisos algo que se parezca a un manual de brujería, me acerco a la recepción e intento parecer normal mientras murmuro la palabra “grimorio”. La bibliotecaria, que es una vampira, una chica que no parece tener más de dieciséis años, escribe en una computadora vieja.
–El archivo –dice con un acento melódico de Inverness–. Por ahí.
Señala una serie de estanterías, todas bastante vacías, y entre ellas, una puerta blanca con las palabras TASGLANN KINSNET escritas encima. Miro a la bibliotecaria y ella asiente con la cabeza.
La puerta metálica cruje, sin revelar nada más que sombras. Bajo por una escalera metálica y una luz fluorescente parpadea sobre mí.
El archivo es una minúscula parte de la biblioteca.
Tiene tuberías metálicas a lo largo del techo y demasiadas estanterías.
Todas tienen ruedas y torniquetes rojos, la mayoría están agrupadas.
Hay listas largas impresas por encima y por debajo de los torniquetes.
Las escaleras tienen una capa de polvo gruesa y toso mientras bajo.
Se encienden más luces a medida que cruzo la sala y, cuando se enciende la última, que llena la sala con un zumbido, hay demasiada claridad.
Debería haber buscado aquí hace mucho tiempo, pero hay algo inquietante en el archivo.
Hace demasiado frío, aunque no es la humedad de los túneles.
El lugar tiene algo clínico, como de hospital.
Exhalo, pienso que estoy tan solo a una escalera del gran salón de Kinsnet.
A mitad del archivo, por fin encuentro una lista con la palabra GRIMORIOS impresa, seguida de una serie de números que seguro tendrán sentido una vez que llegue ahí.
Las estanterías están muy juntas, así que, para acceder a ellas, giro los torniquetes que están a tres filas de distancia y retrocedo lento.
En cuanto el pasillo se abre, el hedor a moho y polvo invade mis fosas nasales.
El último torniquete cruje, no debe haber sido usado en años, más bien, décadas.
Dejo un espacio del ancho de mis hombros, echo otro vistazo a la lista y entro en el pasillo angosto.
Los tomos aquí son ancestrales . Algunos están envueltos en plástico, con avisos de no tocar pegados en el lomo.
Otros son como obras de arte, con grabados en miniatura sobre el cuero oscuro.
Todos tienen títulos extraños. El libro de los leones , El cazador de ranas o, bastante siniestro, Lee esto y morirás .
Por un segundo, siento que encontraré el Libro de sangre y rosas escondido entre ellos.
Tomo los dos primeros, los coloco con cuidado en el piso y luego tomo otro, El libro de hechizos de Beiteag .
Abro ese último y antes de poder leer la primera palabra, las luces se apagan con un estruendo repentino.
–Genial –digo. Estos tres son suficiente. No puedo ver nada, pero igual siento los libros a mi lado. Justo cuando los guardo en mi bolso, lo escucho.
El torniquete gira, las ruedas de la estantería frente a mí crujen, lo siento cada vez más cerca.
Miro hacia el final del pasillo, oscuridad total.
Hay algo allí. Una respiración. Y luego, parpadeando como una bombilla de luz antigua, un par de ojos rojos letales.