Capítulo 8 #2
–Por su acento, no diría que es de Edimburgo –dice. Un reloj marca la hora en la pared y, por un momento, es el único sonido que se oye en la oficina, más fuerte que la llovizna que cae fuera.
Mierda .
–Me he mudado varias veces –digo. Después de que Penny me contara el pasado ficticio de Cassie Smith, le pregunté cómo iba a convencer a la gente de que era de Edimburgo si no tenía el acento. Para ella, todos los escoceses deben sonar igual, porque no creyó que fuera un problema.
Su teléfono suena por tercera vez y él deja que suene mientras me mira fijo.
–Como decía –comienzo de nuevo, intentando ignorar la tensión que hay en el ambiente–. Hay un grupo de vampiros, la Sociedad de la Cinta Roja, que planea acusar a un humano de asesinato.
Siento las manos entumecidas. Hasta ahora, todas mis confrontaciones han sido con vampiros. Pero hay algo en este hombre que me pone los nervios de punta. ¿Lo sabe?
–¿Quiénes son estos vampiros? –pregunta.
Tengo la boca seca. Antes de que pueda pensar qué responder, continúa–: Debe saber que Tynahine se toma muy en serio este tipo de acusaciones, señorita Smith.
Si denuncia a alguien por sus propios prejuicios, habrá consecuencias.
Debo contestar –agrega. Mis mejillas arden–. Si no le molesta esperar.
Inservible de mierda , pienso y salgo, tragando con dificultad. ¿Por qué pensé que podría ayudarme? Está claro que la seguridad del campus solo está ahí para los vampiros. Corro de vuelta a Tynarrich, quitándome las gafas mientras el viento empuja la lluvia contra los cristales.
Cuando llego al comedor, Ife y Stephan ya están allí.
–Es demasiado temprano –protesta Ife. El acogedor comedor está en silencio, la mayoría de los vampiros todavía duermen–. Más vale que tengas una buena razón para despertarnos a todos.
Es por tu propio bien . Muerdo mi lengua y miro mi bolso.
–Depende de cuál sea tu definición de “buena” –digo–. Esta mañana salí a caminar. Por los túneles que hay debajo del campus.
–Como todo el mundo –dice Stephan, mientras Ife bosteza en la manga abullonada de su suéter. En ese momento aparece Julia, con algo de dificultad para respirar, y toma asiento en el sillón vacío junto al mío.
–¿Por qué estamos aquí? –pregunta, sus ojos rojos del sueño.
–Cassie nos está contando sus aventuras por los túneles –dice Stephan.
–Claro, bueno, me crucé con los Cinta Roja.
De repente, Ife despierta del todo. Julia se inclina hacia delante y me mira boquiabierta.
–¿Qué sucedió? –pregunta Julia.
–No me vieron. Al menos, eso creo. –Omito la persecución y el hecho de que escapé de milagro–. Pero están planeando expulsar a los humanos de Tynahine.
Los tres me miran, asombrados.
–Bueno, continúa –insiste Ife.
–Quieren obligar a un humano a matar a un vampiro.
Y ese humano es Stephan.
–¿Qué? –dice Ife, sus ojos abiertos como platos mientras mira alrededor del comedor–. ¿Se lo has dicho al Decano de la Noche?
–No –digo. Quizá debería haberlo hecho. Pero teniendo en cuenta cómo me trató el de seguridad, habría sido una pérdida de tiempo–.
Y no lo haré. ¿En serio crees que creerán en una humana recién llegada antes que en vampiros que seguro llevan décadas, más bien, siglos aquí?
–Nadie dice nada–. Pero tú sí podrías decirle –digo con mucho cuidado–. Si viene de una vampira…
Ife frota sus ojos y saca un frasco del bolso. Traga y carraspea.
–Necesitaré nombres –dice–. Si ves a alguno de ellos, indícamelo.
–Deberán tener cuidado –agrego. Observo a Stephan, ignorando la culpa que crece en mi pecho. Debo advertirle –. Cualquiera podría ser la víctima.
–Entonces, tú también deberías tener cuidado –dice Julia, entrecerrando los ojos mientras me observa–. Quizá no sea buena idea que andes sola por los túneles.
–Por supuesto –respondo antes de apartar la mirada. Lo peor que podría pasar si me cruzo con un Cinta Roja es que le clave una estaca. Sin duda, una mala idea.
Me cuesta dormirme, siento como la angustia aprieta mi estómago.
Volví a ver a Jannet, en la clase de Gustavsson, pero ni siquiera me miró.
No saben que fui yo. Después de dos miserables horas de sueño, me despierta el sonido de un sorbo.
Aprieto los dientes. ¿Por qué tiene que despertarme?
Aparto las sábanas de mi piel, que está demasiado caliente, y respiro hondo con cuidado.
Ha dejado de hacer ruido. Quizá ya se haya retirado a su ataúd. Me incorporo y, con los ojos todavía cansados, miro a través de la rendija del dosel. Las cortinas negras que dividen nuestra habitación en dos están abiertas por completo.
Astra está sobre su ataúd, acostada boca arriba, con una pierna colgando del borde. En una mano tiene un libro y, en la otra, un vaso descartable, supongo que vacío. Ojalá pudiera dejar de mirarla.
–Te das cuenta lo rara que eres, ¿verdad? –pregunta.
Sigo escondida detrás del dosel, miro a través de la apertura de la tela. Ella inclina la cabeza hacia un lado y capta mi mirada.
–Puedo escuchar tus respiraciones. Es bastante inquietante.
–Perdóname por estar viva –digo, abriendo las cortinas. No llevo puestas mis gafas. Sin ellas, me siento extraña, como si estuviera desnuda. La mirada oscura de Astra recorre mi cuerpo. Sé por qué me está mirando. Mi camisón escotado deja muy poco a la imaginación.
Estoy acostumbrada a que los vampiros babeen por mí, pero Astra parece más bien divertida por mi atuendo, aprieta los labios para contener la risa. Vuelve a mirar su libro, sin dejar de sonreír. Si mi sangre no estuviera mezclada con ajo, no estaría tan tranquila.
–¿Podrías beber un poco más despacio, por favor? –digo, sin ocultar el tono ácido de mi voz.
–¿De dónde viene tanta amabilidad? –dice, fingiendo sorpresa.
–Intento dormir –digo.
–Te diría que te mudaras a otra habitación, pero ambas sabemos que me extrañarías.
–Vete a la mierda –digo.
–Sé que estás obsesionada conmigo, Cassie –dice, y yo suelto una risa burlona.
No se molesta en volver a mirarme cuando continúa hablando–: Siento que no entiendes muy bien cómo funcionan los sentidos de un vampiro.
Quizás aún no te lo hayan enseñado en Integración, pero son…
¿Cómo decirlo? –Cierra el libro y mira el techo–. Más intensos.
–¿Cómo es eso? –pregunto. Ya sé la respuesta, pero tal vez si escucho más de su arrogancia dejaré de encontrarla tan atractiva, maldita sea.
–Está en nuestra naturaleza –dice–. Los vampiros somos depredadores. Los humanos, como tú, Cassie, son nuestra presa perfecta.
Intento contener la risa. Demasiados vampiros han cometido el error de dar eso por sentado. Y ahora son humo y polvo.
–¿Estás amenazándome? –pregunto, cruzando las piernas.
–¡Claro que no! –dice, incorporándose–. Solo quiero que entiendas que mis sentidos son mucho más intensos que los tuyos.
Puedo oír, ver y sentir mucho mejor que tú.
Si me espías, lo sabré. Si me mientes, también lo sabré.
–Da unos golpecitos con los dedos en el ataúd–.
Puedo demostrarlo. Probemos con una pregunta sencilla de sí o no.
–No quiero demostrarte nada –digo.
El viento sacude nuestra ventana, las ramas más altas golpean el cristal. Ella abrió las persianas pesadas y la luna está casi llena, posada sobre unas nubes plateadas.
–Aquí viene una divertida –dice, recostándose un poco. Sus ojos encuentran los míos cuando pregunta–: ¿Estás ocultando algo?
¿Me ha descubierto?
–Todo el mundo oculta algo –respondo, y ella tuerce los labios, decepcionada.
–Claro. –Parece pensar por un momento, frunce el ceño antes de intentar de nuevo–: ¿Por qué venir a Tynahine si odias a los vampiros?
–Tengo…
–¿Amigos vampiros? –interrumpe, con tono burlón–. Guiándome solo por las apariencias –dice–, estoy bastante segura de que no los soportas.
Está equivocada . No puedo creer que esté pensando esto, pero en realidad no odio a Ife y Julia. Debería hacerlo, teniendo en cuenta que son vampiras. Pero no siento inquietud al estar con ellas. A diferencia de Astra.
–¿No se le ha ocurrido que quizás la única vampira que no me agrada es usted, Su Alteza?
–La sonrisa desaparece de su rostro y su expresión se endurece al escuchar las últimas palabras que dije–.
Supongo que esa superioridad innata que tienes solo sirve para…
–Hago una pausa y entrecierro los ojos–.
¿Hay algo en lo que seas buena, aparte de acostarte con cualquiera?
–Ten cuidado, Cassie –gruñe. Una provocación más y estallará. Mostrará su verdadera cara y pondremos fin a esta mentira.
Pero, en cambio, Aliz Astra cierra las cortinas negras.
–Qué aburrida –susurro, sé que ella puede escucharme.
Antes de quedarme dormida, comienzo a materializar un plan en mi mente.
Una vez que tenga el libro de Penny y mi venganza esté asegurada, dejaré de tomar mis suplementos de ajo.
Quedaré encubierta solo unos días más de los que se supone que debo y haré que Aliz Astra pase por un infierno.
Me quedaré el tiempo suficiente para poder ver la expresión en su rostro.
Tal vez sangraré para ella. Entonces no seré yo la obsesionada .
La pondré de rodillas, dejaré que pruebe un poco.
Lamerá la sangre de mis dedos y suplicará por más.
Haré que rompa los tratados; la llevaré a la locura.
Luego me iré y ella pasará el resto de su miserable eternidad deseando volver a probarme.