Capítulo 8
–¿E ncontraste la biblioteca? –pregunta Penny al contestar el teléfono.
–Todavía no. Sigo trabajando en el mapa.
–Miro hacia arriba, observo una farola demasiado ornamentada, que seguro tiene siglos de antigüedad, pintada en color negro con adornos dorados.
Le cuento todo lo que ha pasado en Inverness–.
Cinco vampiros lograron escapar, pero al menos ahora sabemos que a las sanguijuelas de las Tierras Altas les gusta trabajar en equipo.
–¿Podrían haber sido estudiantes? –pregunta.
–No estoy segura. –Miro alrededor. La zona del campus está en silencio, las calles empedradas cubiertas de hojas caídas–. Aunque me gustaría que investigues algo. ¿Has oído hablar de la Sociedad de la Cinta Roja? Son Convertidos supremacistas. Quizás estén involucrados.
–Cinta Roja –dice Penny despacio, pronunciando cada sílaba–. No me suena familiar.
–También puedo conseguir información sobre esto si te interesa.
–No –responde–. No te metas en sus asuntos y concéntrate en tu misión. No podemos permitir que nadie descubra lo que eres.
–De acuerdo –digo, aunque sé que mi curiosidad no me permitirá alejarme de los Cinta Roja por mucho tiempo.
–¿Ya sabes con quién compartes habitación?
–Sí –digo luego de respirar hondo–. Es Astra –pronuncio su apellido exhalando y escucho el silencio de Penny al otro lado de la línea. Ella nunca duda, así que me parece extraño que se quede callada–. ¿Estás ahí? –pregunto.
–¿Astra? –susurra el nombre, como si fuera venenoso–. ¿En Tynahine?
–Sí –digo, intento no levantar la voz. Penny dice algo en voz baja, pero no lo entiendo–. ¿Igual quieres que me quede en esa habitación?
–Debería haber sabido que esto pasaría –dice, siento pánico en su voz–. Pero sí. Tienes que quedarte allí. ¿Quién es exactamente? ¿Es de la familia troncal?
–Aliz Astra –digo en voz baja, por miedo a que ella esté acechando en las sombras, escuchando a escondidas–. La heredera.
Otro largo silencio. Intento imaginar a Penny. Es probable que esté caminando de un estante al otro y que la luna esté brillando a través del vitral de su oficina en el convento abandonado.
–¿Te ha hecho algo? –dice por fin.
–Como si pudiera –respondo.
–Debes tener cuidado –dice–. No tienes idea de lo peligrosa que es esa familia, Rebecca. En especial la heredera. Sus poderes van mucho más allá de los de un vampiro normal.
Estoy acostumbrada a oír a Penny con las cosas bajo control. Ahora, no suena para nada como ella misma.
–No me subestimes –digo.
Puede que Aliz Astra no sea una vampira normal.
Pero yo tampoco soy una humana cualquiera.
Penny me dijo que no me relacione con los Cinta Roja.
Pero si existe la posibilidad de que estén involucrados en lo que pasó en Inverness, debo hacer algo.
Así que me levanto más temprano de lo que debería, justo después de escuchar a Astra bajar la tapa de su ataúd.
Los pasillos angostos de Tynarrich están oscuros, los faroles tenues y los candelabros sin su brillo habitual.
Sé que, si salgo, lo único que encontraré es un cielo nublado. Viento y lluvia.
Y aunque me gustaría tomar un poco de aire fresco, bajo a los túneles.
Esta vez no busco la biblioteca secreta.
Me dirijo directo a la galería, con la esperanza de que los Cinta Roja hayan dejado alguna pista.
Subo por una escalera sinuosa y, justo cuando llego al pasillo donde se esconde la pequeña galería, lo oígo.
Voces.
Me quedo quieta, esperando. No pueden ser voces de vampiros, no tan temprano.
Miro desde la escalera y el pasillo está vacío.
El murmullo de voces proviene de detrás de la puerta de madera.
Mantengo la mejilla pegada a la pared de piedra, ligeramente húmeda.
No puedo entender ni una palabra de lo que dicen.
La escalera debajo de mí está quieta y en silencio.
Despacio, salgo al pasillo, tratando de que cada paso sea lo más ligero posible.
La entrada a la galería está cerrada. Pero por fin puedo distinguir lo que dicen las voces.
–Esto significa romper los tratados –dice una voz grave y ronca. Echo un vistazo a través de una rendija pequeña en el lateral de la puerta.
La galería está repleta. Diez, quizá doce vampiros, todos con camisas blancas y cintas rojas alrededor del cuello, apoyados o sentados alrededor de una mesa grande, bebiendo sangre de copas de cristal ornamentadas.
El líquido es medio tono más claro que el de la sangre sintética que les da la universidad.
Podría reconocer la sangre humana en cualquier lugar.
Todos tienen esos rasgos extraños y fríos de un Convertido.
La mesa tiene una docena de velas, con cera goteando sobre platos de metal, mientras todos se pasan libros y folletos.
–Los tratados nunca se cumplen –dice una chica de cabello negro y corto, sentada en la cabecera de la mesa. Es la que vi en la clase de Gustavsson–. Conocí a un integrante de la familia Avignon que tenía una colección de cazadores de vampiros en su calabozo solo para beber sangre fresca.
–Los cazadores no cuentan –dice otra voz mientras contengo un escalofrío.
Avignon . Es uno de los miembros de la junta del Consejo.
El vampiro que habla ahora parece ser un chico, de no más de quince años, aunque por el corte de su ropa, imagino que lleva aquí al menos un siglo–.
Yo digo que les enviemos un mensaje. Drenemos a unos cuantos humanos, lo suficiente para asustarlos.
Trago con dificultad.
–No –interviene otra voz–. Deberíamos obligar a uno de ellos a matar a un vampiro. Y mejor si es alguien del Consejo. Encarcelarán a Fausto Nocth y mantendrán nuestro campus libre de cucarachas.
–¿A quién? –pregunta el adolescente.
–Aliz Astra –dice una voz, provocando exclamaciones alrededor de la mesa.
–No –dice la chica que está sentada en la cabecera, con voz tensa.
–Se acostó contigo una vez, hace tres años –dice otro vampiro con tono burlón–. Supéralo, Jannet.
–Si nos descubren matando a un Astra, el Consejo nos obligará a tomar sol. Elige a otra persona.
Una pausa.
–¿Qué tal Elia Tamarit?
Nadie se queja ante esta sugerencia. ¿Quién es Elia ?
–¿Y el humano? –pregunta Jannet.
–Stephan Lazaar, el que tiene una novia vampira.
Suelto un grito ahogado y aunque un humano seguramente no lo hubiera oído, los vampiros que se encuentran detrás de la puerta de madera vieja sin duda lo han escuchado.
Jannet mira directo a través de la rendija y cruza mi mirada.
No sé si me ve, pero eso no importa. Corro.
Y solo estoy a tres pasos de distancia cuando oigo que la puerta se abre de golpe y un vampiro grita:
–Atrápenla.
Ellos son rápidos. Pero yo más. Salto por las escaleras.
No me han visto el rostro. Y espero no ser la única humana pelirroja.
Los oigo detrás de mí, maldiciendo. Sé que podría liquidarlos.
Busco la estaca en mi mochila. Pero creo que eso sería un desastre.
Recorro tres túneles hasta encontrar uno que conduce al edificio de Humanidades, que todavía está vacío.
No dejo de correr hasta encontrar una salida.
Solo cuando la lluvia me golpea la frente empiezo a calmarme, me doblo para sujetar mis rodillas y recupero el aliento.
Mis botas se hunden en el lodo. Y por mucho que quiera mirar atrás, tengo miedo de que me estén observando. Una parte de mi está decepcionada. No debería haber huido. Debería haberme quedado luchando.
Pero al menos sé qué están planeando.
La llovizna helada comienza a disminuir cuando llego a la seguridad del campus, ubicada en un edificio bajo con techo de paja, justo al lado de la otra residencia estudiantil.
Taigh nan Iolairean , o Iolairean, es el edificio un poco más moderno en el que residen Stephan y la mayoría de los estudiantes humanos recién llegados.
Y si Penny no me hubiera dicho que me quedara en la habitación de Astra, yo también estaría viviendo allí.
Me detengo junto a un sauce, sin entrar todavía, y pulso el botón de contacto de Stephan. No sé qué diré. Suena cinco veces antes de que por fin descuelgue, con voz ronca.
–¿Cassie?
–¿Estás despierto?
–No, hablo dormido –gruñe. Escucho el ruido del colchón–. Son las nueve.
–Yo… –Te tiene en la mira una secta de vampiros supremacistas. No logro articular palabra–. Necesito hablar con ustedes. Con los tres. Nos vemos en el comedor de Tynarrich dentro de media hora.
Cuelgo antes de que pueda quejarse.
Veo que se enciende una luz en una de las habitaciones del pasillo y me dirijo a la sede de seguridad del campus.
Cuando entro, suena una campana. Solo hay una persona aquí.
Es el hombre que me recogió en la estación de tren.
El familiar. Está tomando nota, con el teléfono pegado a la oreja mientras escucha lo que dice la persona al otro lado de la línea.
Me mira y luego dice que le devolverá el llamado.
–Señorita Smith –dice, mientras cierro la puerta detrás de mí.
La oficina está bastante vacía. Hay decenas de carteles en la pared, la mayoría relacionados con los peligros de la sangre contaminada, pero no hay rastro de ningún arma que proteja a un humano de un vampiro, que es para lo que yo imaginaba que servía esta oficina–. Se ha levantado temprano.
–Todavía intento adaptarme al cambio en mis horas de sueño –digo. Si es un familiar, ¿por qué también trabaja aquí? ¿Acaso su amo no le paga un salario digno?
–¿Cómo puedo ayudarla?
No me ofrece un asiento, aunque hay una silla mullida al otro lado de su escritorio. Trago con dificultad, mientras la adrenalina de la persecución por los túneles abandona poco a poco mi organismo.
–¿Ha oído hablar de la Sociedad de la Cinta Roja? –pregunto. Vuelve a sonar su teléfono y él rechaza la llamada.
–No. –Frunce el ceño mientras me observa–. Usted es de Edimburgo, ¿verdad?
–Sí –respondo–. Los Cinta Roja son…