Libro de sangre y rosas Capítulo 7
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Capítulo 7

L os periódicos locales no parecen haberse enterado del incidente de anoche y cuando llamo a Penny, no contesta. El cárdigan de Astra está apoyado sobre mi silla.

Todavía recuerdo la sensación de su mano fría mientras envolvía mis hombros con la prenda.

Mi corazón late más rápido de lo que debería.

No es mi culpa que ella sea tan hermosa.

¿Quién no se sentiría atraída por ella? Pero hago todo lo posible por recordar nuestra conversación.

La facilidad con la que pensó que podría deshacerse de mí.

–Ni en tus sueños –susurro mientras miro con ira las cortinas que ocultan su ataúd.

Mientras estoy sentada en los escalones que conducen al túnel Cola de gato, repaso todo lo que he trazado hasta ahora.

Es demasiado desordenado, pero espero que, una vez que transfiera los garabatos a una hoja de papel más grande, tenga sentido.

Puede que trabajar en los túneles no sea la mejor idea.

Son fríos y húmedos, y puedo oír el sonido de mi propia respiración.

Pero no soporto la idea de quedarme en mi habitación, donde podría volver a verla.

Utilizo mis propios símbolos en el papel.

Una flecha, apuntando hacia arriba o hacia abajo para indicar la pendiente, un zigzag para las escaleras y una cara feliz, que solo uso una vez, para el terreno plano.

En menos de una hora, he llenado tres páginas más y me duelen las piernas.

Aquí abajo cuesta más respirar. Al menos, todas estas molestias me impiden pensar en ella.

Hasta que lo hago y se me eriza la piel al recordarla.

Astra ya sabía que era mi compañera. Lo que significa que, en algún momento, debe haber corrido las cortinas que rodean mi cama. Me ha estado espiando.

Pateo la pared, una sensación de frustración recorre mis venas.

Algo no está bien. ¿ Por qué somos compañeras?

¿Quién nos ubicó juntas? Siento un escalofrío en la nuca y trago con dificultad.

Nadie sabe lo que soy. Nadie en su sano juicio pondría a la heredera Astra en la misma habitación que una cazadora de vampiros.

Sin embargo, no puedo evitar la sensación de que nos han obligado a estar juntas a propósito.

Cuando llego a la clase de Integración, ya voy por mi cuarto café, este es doble.

Me duelen todos los músculos del cuerpo, recordándome lo que pasó en Inverness.

La mordedura pica debajo de la venda. Stephan frunce el ceño, pero ambos nos quedamos callados mientras Clemence explica la composición de la sangre sintética y todos sus beneficios, en comparación con la de los humanos.

–¿Alguien puede nombrar alguno de los efectos adversos? –pregunta y, sin pensarlo, levanto la mano.

–La sangre sintética no les permite transformarse en murciélagos –digo, recordando los monstruos a los que me enfrenté en Inverness–. También son más débiles cuando la beben.

–Pero igual pueden hipnotizarnos –interviene otro estudiante.

Cuando Penny me habló por primera vez de los vampiros que respetan los tratados y beben sangre sintética en lugar de humana, no le creí.

Todas las misiones en las que he participado han tenido que ver con la sed de los vampiros, sed de sangre.

Y ni una sola vez uno de estos monstruos ha mostrado remordimiento alguno hacia sus víctimas.

La idea de que existieran vampiros que renunciaran al sabor de la sangre humana, que abandonaran sus poderes innatos, solo para cumplir los tratados, era inconcebible.

Y, sin embargo, ahora estoy rodeada de esos mismos vampiros.

–Te ves cansada –dice Ife luego, una vez que nos encontramos en Ambrose.

–Tuve una noche algo larga –digo, entonces ella me mira y levanta una ceja.

–¿Con qué? ¿Ya tienes un novio?

–Soy lesbiana –respondo, y Julia me observa, parpadea sorprendida. Entrecierro los ojos–. ¿Te molesta? –pregunto.

–No –dice y, a pesar de ser una vampira, sus mejillas enrojecen–. Yo también lo soy.

Aparto la mirada justo cuando Astra entra en la cafetería, lleva un traje café que hace juego con las pantallas de Ambrose, que en este momento muestran un bosque otoñal.

La observo mientras mira hacia arriba, protegiéndose los ojos como si el sol fuera real.

Lleva el brazo entrelazado con el de una chica de cabello largo y castaño.

La misma que vi al fondo de los túneles.

La chica con la que estaba teniendo sexo en la biblioteca.

–Astra también es lesbiana –dice Ife, al darse cuenta de que la estaba mirando boquiabierta–. Pero quizás esté un poco fuera de tu alcance.

–No…

–Y aunque le gustaras, sería una mala noticia, Cassie.

–No estoy interesada en ella –digo, pero mis mejillas arden.

–Quizás sí le gusta Cassie –dice Stephan, tomando un trozo de sashimi–. Te está mirando otra vez.

No puedo evitar mirarla y, esta vez, cuando nuestros ojos se cruzan, Astra sisea. Como un vampiro. Como un maldito animal. El tipo de siseo que invoca su veneno, que señala miedo o agresividad. La miro sorprendida, con los ojos muy abiertos. ¿Qué le pasa?

–Eh –dice Ife, y enseguida me doy cuenta de que varias mesas voltearon para vernos–. ¿Nos acaba de sisear?

–Estás imaginando cosas –digo, rápido. ¿Por qué? ¿Por qué haría eso?

–Espera –dice–. ¿Es ella con quien pasaste la noche?

–Maldita sea –digo–. Claro que no.

–Entonces, ¿por qué te mira? –pregunta Stephan y yo dejo escapar un breve suspiro.

–Bueno, no quería que nadie se entere, pero… –digo en voz baja–. Es mi compañera de cuarto.

–Es broma –dice Ife.

–Ojalá. –Vuelvo a mirar a Astra. Algunas de las chicas que la rodean todavía están mirándome, pero la vampira de cabello blanco está concentrada en su juguete, rodea con el brazo los hombros de la otra vampira mientras ella se inclina para besarla.

–Pero ¿por qué está en Tynarrich? –pregunta Julia que, como siempre, está ocupada con su cuaderno de bocetos.

–No tengo idea –digo.

–¿Ha intentado morderte? –pregunta Stephan, Ife emite un sonido de indignación.

–De ser así, ya no estaría entre nosotros –digo, un poco rápido.

–No creo que tengas que preocuparte, Cassie –dice Ife–. Tu sangre huele…, no diría que mal , pero sí que no es muy interesante como para que alguien se arriesgue a pasar un siglo en prisión. Sin ofender –agrega.

–No me ofendes –respondo.

No debería sentirme cómoda sentada junto a dos vampiras. Pero las palabras de Ife por fin me aclaran el porqué . Sin el aroma de mi sangre del tipo S, no soy un manjar exquisito. Tan solo soy una persona normal y el líquido color carmesí que corre dentro de mí no me define.

No puedo evitar sentirme distraída durante el resto de mis clases, temiendo volver a mi habitación por si la vuelvo a ver.

Durante la clase de Gustavsson, los alumnos que están delante de mí voltean y susurran entre ellos.

Una de las vampiras que me mira, incluso con más intensidad que el resto, es una chica con el pelo corto y negro.

Y cuando le devuelvo la mirada, veo que lleva una cinta roja alrededor del cuello.

¿Y si los Cinta Roja tuvieran algo que ver con lo que sucedió en Inverness?

De camino a la siguiente clase, tropiezo con alguien y mis libros caen al suelo.

–Ah, querida –dice un hombre con una voz suave de barítono.

Recoge mis libros y, cuando nuestras miradas se cruzan, tengo la sensación de haber visto su rostro antes, con esos ojos azules como el hielo y ese cabello negro azabache.

Lleva un traje de tejido tweed que combina con su maletín.

Sí, lo he visto antes. Es el Decano de la Noche, Fausto Nocth.

Me devuelve los libros, echándoles un vistazo rápido–.

Discúlpeme, señorita Smith –dice. Por un instante, considero la posibilidad de seguirlo.

Preguntarle por qué soy la única que tiene una compañera de cuarto vampira.

Y por qué ella justo es Aliz Astra. Pero no estoy en posición de parecer sospechosa.

Al día siguiente, almuerzo en el comedor de Tynarrich, a la luz de las velas.

Mientras mojo una rebanada de pan fresco en un tazón de Cullen skink , una sopa escocesa de pescado ahumado, pienso en nuestros prisioneros.

Calisto siempre deja vivo a un vampiro cuando desmantela una fiesta de sangre, pero solo para llevarlo de vuelta al cuartel general y obtener información.

Una vez que han respondido todas nuestras preguntas, los utilizamos para entrenarnos contra la hipnosis y la inmunidad al veneno.

La mayoría de nuestros prisioneros son Convertidos, pero Calisto nunca reconoce su pasado humano.

En el momento en que decides participar de una fiesta de sangre, tu humanidad queda anulada.

Remuevo la sopa y pienso en Julia, me pregunto cuánto tiempo lleva como vampira. ¿Recuerda siquiera cómo era ser humana?

Y aunque preferiría hacer cualquier otra cosa antes que estudiar, tengo que aprobar las asignaturas de Integración, eso significa entregar los trabajos a tiempo. Uno de ellos consta en escribir un ensayo sobre las primeras horas de un vampiro recién convertido.

Me quedo en mi habitación. Astra, que nunca estudia, deja su escritorio en un estado de caos absoluto. Decenas de libros esparcidos sobre la superficie, que estoy segura de que solo están ahí como decoración.

Apenas he escrito una página cuando escucho el sonido de la puerta, el crujido de las bisagras al abrirse. Tan rápido como puedo, me coloco los auriculares, esperando que me ignore.

–Sé que no estás escuchando música –dice.

Volteo, apretando los dientes. La vampira me mira fijo desde la puerta, con los brazos cruzados sobre su chaleco café.

–Son auriculares con cancelación de sonido –digo, tajante.

–No son muy buenos si igual puedes escuchar lo que digo –replica con una sonrisa estúpida en los labios.

Aprieto los dientes. Nunca he deseado clavar una estaca en el corazón de alguien tanto como en el suyo.

Me dejo los auriculares puestos y respiro hondo para concentrarme en las palabras de las páginas que tengo delante.

Cuando la muerte llega, la sangre del creador une al nuevo vampiro con su huésped. El germen vampírico se adhiere primero a los senos paranasales del cuerpo, luego…

–¿Síntomas tempranos de conversión?

Apoya una mano en el respaldo de mi silla y la otra en la página. Sus dedos delgados están extendidos, con las uñas cortas. En el índice lleva un anillo con un emblema pequeño. No quiero levantar la vista. Pero ella está decidida a molestarme. Estiro el cuello y Astra clava su mirada insufrible.

–¿Qué? –pregunto, cortante.

–¿Estás pensando en convertirte? –pregunta con una voz demasiado dulce.

–Prefiero morir –digo, dedicándole la sonrisa más forzada que puedo.

Espero que se aleje. En cambio, quita la mano izquierda del respaldo de la silla y me arranca los auriculares.

–Morir suele ser parte de la ecuación –susurra, su aliento roza mi oído.

Mi corazón late fuerte contra mis costillas.

Por su propia seguridad, debería huir. Debería desear no volver a verme nunca más.

Pero la princesa mimada parece inmóvil, demasiado cerca de mí, hasta el punto de que puedo oler el aroma a musgo y lluvia que lleva a todas partes.

La mano con la que me quitó los auriculares ahora está sobre mi hombro, trazando una línea sobre mi jersey con un dedo. Demasiado cerca, maldita sea .

–Ni se te ocurra convertirme, Astra, te arrepentirás –digo mientras agarro su mano y aprieto sus dedos fríos entre los míos.

Le suelto la mano y ella me mira aturdida.

–Sí, claro, como si fuera a morderte –dice–. Prefiero morir de sed .

–Nos harías un favor a ambas.

–O quizá cambie de opinión. –Se acerca a mí. Su piel está enrojecida–. Así que tal vez deberías buscarte otra habitación, antes de que sea demasiado tarde.

–Oblígame –digo. Vamos, pelea conmigo . Solo necesito una excusa. Cualquier cosa para borrar esa sonrisa de satisfacción de su rostro.

–No te preocupes –dice con frialdad–. Lo haré tarde o temprano.