Capítulo 6
T engo el arma en mi bolso, todo el resto está bajo la cama. Pero puedo con ella. Incluso sin un arma, solo tengo que dejar que me muerda.
Mis músculos se tensan y estoy a punto de abalanzarme sobre ella cuando da un paso atrás.
–Es una broma –dice. Levanta las manos, extiende los dedos y tiene el descaro de sonreír. No puedo apretar la toalla más de lo que ya está. Una capa de sudor se mezcla con las gotas de la ducha. Poco a poco, esa sensación de miedo breve se convierte en rabia.
–¿Una broma? –pregunto cortante–. ¿Qué te pasa? Eres una vampira –digo, con ganas de tomar el arma.
Quedamos en silencio, mirándonos la una a la otra, hasta que mi cabello húmedo hace que estornude.
–Como la mayoría de los estudiantes aquí –dice por fin. Voltea y toma un cárdigan que cuelga junto a su ataúd. Antes de poder escapar, lo envuelve a mi alrededor–. ¿Por qué venir a Tynahine si le temes a los vampiros?
– No es cierto –digo. Roza mi hombro con sus dedos al soltar el cárdigan. Huele a pino y musgo. No quiero tocar nada que sea suyo, mucho menos usarlo.
–Sí, claro. –Tiene el descaro de sonreír con aire burlón.
Esto no puede estar pasando.
Justo cuando pensé que la había quitado de mi cabeza, aquí está. Ha estado aquí, todo este tiempo. No . Me quito su cárdigan y paso un camisón por mi cabeza, dejando caer la toalla solo cuando la falda llega a la mitad de mis muslos.
–¿Sabías que yo era tu compañera de cuarto? –pregunto.
–¿A qué te refieres?
–Has estado observándome.
–Me parece que tú has estado observándome a mí –dice, cruzando los brazos.
–Es difícil no hacerlo –respondo.
–Ah, lo sé –dice con un suspiro y pasa los dedos por su cabello. En ese momento me doy cuenta, horrorizada, de que piensa que fue un cumplido.
–Porque eres una maldita exhibicionista –respondo enojada. Y la expresión de Astra cambia, el color sube por sus mejillas.
–¿Qué? Claro que no, tú estabas espiándome.
–¡Estabas teniendo sexo en la biblioteca! –respondo entre dientes.
–Sí –dice sonriendo–. Deberías probarlo alguna vez, es genial.
–¿Por qué no me dijiste que eras mi compañera de cuarto? –pregunto, ignorando lo que acaba de decir y la manera en la que me mira. Mi corazón late rápido. No puedo hacer esto. Respiro hondo y, en vez de devolverle su cárdigan, me lo pongo, temblando. Mi cabello sigue húmedo.
Astra entrecierra los ojos, sentada de nuevo en su ataúd.
–No eres precisamente la persona más accesible del mundo, ¿verdad? Cada vez que me miras, siento que quieres matarme.
–Bueno, tienes razón –suelto. Astra me mira.
–No sé tu nombre –dice.
–Cassie –digo, y ella mantiene el ceño fruncido, evaluándome.
–Soy Aliz –dice.
–Sí, ya lo sé –digo algo rápido.
–Bueno, Cassie. –Cruza sus piernas–. Tengo buenas noticias.
Hay una habitación en el edificio Iolairean a la cual te puedes mudar mañana por la mañana.
Incluso te ayudaré a mover tus cosas y podemos hacer que aquí no ha pasado nada.
–Una sensación de adrenalina recorre mi cuerpo mientras me preparo para lo que viene.
¿Quiere que me vaya?–. Tu nueva habitación es más grande que esta y estoy segura de que tu nueva compañera humana es adorable.
La observo. Hasta ahora, nunca la he visto sin su traje de tres piezas entallado a la perfección. Pero esta noche lleva una camiseta holgada de algodón y unos pantalones cortos blancos a juego, que apenas le cubren los muslos tonificados.
–¿Deseas que te ayude a empacar? –agrega. Cada nueva palabra de su español de educación privada aumenta mi frustración. ¿Quién se cree que es?
–¿Por qué yo soy la que debe irse? –pregunto.
Su sonrisa, que no parece del todo genuina, se tensa.
–He estado en esta habitación por media década, no la compartiré con una humana.
–Eres dueña del pabellón de caza, ¿por qué no te quedas ahí?
Titubea. Después de despejar su garganta, dice:
–Eso no es asunto tuyo.
Siempre he sido la primera en apartar la mirada. Aliz Astra me ha hecho sentir débil una y otra vez. No volverá a suceder.
–Bueno, me gusta mi habitación –digo, pasando la mano por las cortinas que protegen mi cama. Siento su cárdigan, tan suave y cálido, mojándose al rozar sus fibras con mi cabello.
–Pero tú me tienes miedo –dice.
Resoplo. Estoy demasiado cansada para pensar con claridad. Puede que sienta un sinfín de emociones hacia ella. Pero ¿miedo?
–Claro que no.
–Estabas aterrada hace un instante.
–Amenazaste con morderme –digo.
–Era un saludo vampírico amistoso –dice, girando su vaso descartable–. Y no era mentira, en verdad es hora de la cena.
Da un sorbo ruidoso con el popote y el líquido rojo sintético desaparece por la garganta.
–No me iré. –Quise irme desde el momento en el que la vi en su ataúd, pero jamás seguiré las ordenes de un vampiro. Y mucho menos de ella .
–No me soportas –dice indignada.
–Hemos sido capaces de evitarnos hasta ahora –le recuerdo, cruzándome de brazos.
Siento como la herida de la mordedura roza el cárdigan y me arde.
Hay algo que no cuadra. Astra lleva cinco años viviendo aquí, pero Ife dijo que vivía en el pabellón de caza–.
¿Por qué nadie sabe que vives en Tynarrich? –pregunto.
–Porque tengo el noveno piso para mí sola –dice–. Y nunca nadie utiliza las escaleras de servicio. Pero, como dije, el noveno piso es mío.
–Si en verdad quieres que me vaya, ¿por qué no me hipnotizas?
–¿Y pasar un siglo en prisión? –Su expresión cambia de indignada a sorprendida.
–Ah, estoy segura de que al Consejo le importará mucho que su princesa no cumpla las reglas –me burlo.
–No me llames así –gruñe. Su rostro se enrojece. He tocado un punto sensible. Bien .
–Seguro estás acostumbrada a obtener todo lo que quieres porque eres una Astra –digo lo más suave que puedo. Me acerco a ella. La ventana abierta deja entrar una brisa, el frío pellizca mis mejillas–. Pero a mí no me pasarás por encima, princesa .
–No sabes nada acerca de mi familia –dice, sujetando con fuerza el vaso descartable–. Así que cuida tus palabras, Cassie.
–¿O qué?
El sonido del bosque se oye fuera del pasillo, las ramas más altas rozan el alféizar.
Algunas gotas de lluvia caen sobre nuestros escritorios.
Su rostro, rojo de ira, parece tenso. Creo que nunca había visto a una vampira tan enojada.
En cuanto se dan cuenta de lo que soy, su expresión se transforma en terror.
No me molestaría ver esa sensación de miedo en el rostro de Astra.
–Devuélveme mi cárdigan –dice por fin, con una voz débil y seca. Me lo quito y lo lanzo hacia ella.
–Nunca te lo pedí.
Su expresión cambia y me doy cuenta de que ha visto la herida en mi brazo, pero ya es demasiado tarde.
–¿Qué es eso?
–No es asunto tuyo –respondo, cubriendo las marcas de los pinchazos con la mano.
Me mira, con la mandíbula tensa. Es hermosa incluso cuando está enojada.
Abre la boca para decir algo, pero en lugar de eso, solo suspira.
Saca el popote de su vaso, le quita la tapa y lo lleva hacia sus labios, dejando que las últimas gotas de sangre toquen su lengua.
Me quedo sin aire al verla y trago con dificultad.
–No te pongas demasiado cómoda –susurra por fin, antes de tomar las cortinas negras que dividen nuestra habitación y cerrarlas.