Libro de sangre y rosas Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Sus ojos se abren como platos mientras se ahoga, yo saco una estaca de madera.

La clavo en su pecho y deseo que tarde un poco más en morir.

Pero una vez que su corazón queda atravesado, su alma podrida escapa de su cuerpo en un instante.

Su cadáver se convierte en una nube de humo, sin dejar más que un montón de polvo a su paso.

Las gafas de la chica están enredadas en su cabello.

Pronto sus compañeros de trabajo se darán cuenta de que ha desaparecido.

Pongo mi mano en su cuello, siento el pulso débil y uso su teléfono para llamar a una ambulancia.

Digo que hay una chica inconsciente en la calle detrás de Silverbirch y que deben darse prisa.

Por suerte, siempre llevo conmigo un pequeño botiquín básico de primeros auxilios.

Cubro la herida de su clavícula con una gasa y una venda grande.

Espero que sea suficiente para detener la hemorragia.

La dejo desplomada contra la pared del pub, con el pulso muy lento. Tengo que salir de aquí antes de que llegue la ambulancia. ¿Por qué huyeron? Imagino que, siendo seis vampiros, pensarían que podían enfrentarse a un cazador, ¿no?

Y lo más importante, ¿por qué les perdonan la vida a sus víctimas?

Si se tratara de un solo vampiro, entendería que mantuviera viva a su presa para racionar la sangre y evitar la atención que una serie de asesinatos o desapariciones pudiera atraer en una ciudad tan pequeña como Inverness.

Pero eran seis. Y había algo casi clínico en la forma en que se colocaron a su alrededor. Midiéndola.

¿Para qué? ¿Una fiesta de sangre?

Guardo mi máscara ensangrentada bajo mi chaqueta y corro de regreso a las islas Ness. Para cuando cruzo los viejos puentes metálicos, la herida en mi muñeca arde. Encuentro mi bicicleta, la gaviota que vi antes está posada en el manubrio una vez más.

–Vete de aquí –digo. Necesito salir de Inverness.

Los otros vampiros podrían estar siguiéndome en forma de murciélagos.

Si vuelan lo suficientemente cerca, podrán oler la sangre que llevo encima.

Pedaleo hacia una zona residencial antes de incorporarme en la autopista. No veo ningún murciélago detrás de mí.

Eso no quita que toda mi ropa esté empapada en sangre de vampiro.

El edificio de Tynarrich tiene una lavandería en el primer piso y, por suerte, está vacía.

Coloco mi uniforme en la lavadora y miro la hora.

Ya son las cuatro de la madrugada. Si alguien me pregunta por qué estoy despierta a estas horas, puedo decir una verdad a medias.

Quería salir por ahí. El hecho de que haya matado a un vampiro es irrelevante.

Mi habitación está tranquila y vacía, no hay rastro de la sanguijuela.

Llevo mi bolsa al baño y friego mi máscara para quitar cualquier rastro de sangre antes de meterme en la ducha hirviendo.

El color carmesí corre por mi cuerpo, la sangre y la tintura para el cabello se mezclan en la porcelana de la ducha, mientras descanso contra el vidrio frío.

Tendré que mantener el perfil bajo durante las próximas semanas. Cinco vampiros se han escapado y ahora seguro están buscándome.

Miro la herida en forma de luna que tengo en la muñeca izquierda. Abro el grifo, sale agua fría y pienso en la chica. ¿De verdad no recordará nada de lo que pasó?

Me envuelvo en una toalla, coloco otra alrededor de mi cabello y me cepillo los dientes.

Y mientras hago esto, mientras el baño queda en silencio, escucho un ruido.

Glup .

Dejo de cepillarme por un segundo, preguntándome si solo imaginé el sonido, antes de que vuelva a oírse otro largo sorbo. Está aquí. Respiro hondo y sigo cepillándome, me tomo mi tiempo. Pienso en todos los libros de arte que tiene alineados en la pared e intento imaginarme cómo luce.

Seco mi cabello y me doy cuenta de que no traje un camisón. Mierda . Además, tengo la herida. Echo un vistazo a las marcas de los colmillos junto a las que dejaron sus otros dientes. ¿Cómo explicaré esto? Hurgo en mi bolso, el botiquín de primeros auxilios no tiene más vendajes.

Solo debo mantenerlo oculto. Me aseguro de que la toalla esté bien envuelta y ajustada y, después de respirar hondo, abro la puerta del baño.

La ventana está abierta, la luna creciente brilla entre las nubes.

Ella está sentada en el ataúd, frente a mí. Su cabello blanco está despeinado y tiene el popote de metal en la boca. Con una mano sostiene un vaso descartable y con la otra un libro. Parpadeo, convencida de que estoy alucinando. Pero no es así. Ella está aquí de verdad.

–¿Por qué estás en mi habitación?

Es ella.

Aliz Astra.

No parece sorprendida al verme. Sus ojos oscuros recorren mi cuerpo.

–¿ Tu habitación? –pregunta en voz baja, levantando una ceja–. Llevo cinco años viviendo aquí.

–¿Qué? –pregunto sin aliento, y ella salta de su ataúd. No . Aliz Astra es la dueña del pabellón de caza. ¿Por qué estaría aquí? Ajusto mi toalla. Esto no está sucediendo . No es mi compañera.

No puede ser real .

Camina hacia mí. Es, de alguna manera, más alta de lo que pensé. Doy un paso hacia atrás, tropezando con la puerta del baño. Su mirada recorre mi cuello. No llevo ningún arma conmigo.

–¿Qué haces? –pregunto.

Entrecierra sus ojos negros mientras sonríe.

Se acerca y yo aprieto la toalla con más fuerza hasta que mis nudillos se tensan. Algo verdaderamente demoniaco brilla en sus ojos cuando susurra:

–Hora de la cena.