Libro de sangre y rosas Capítulo 5
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Capítulo 5

P asé mi primera semana en Tynahine más que nada recorriendo los túneles y comiendo con mis nuevos amigos .

Durante las clases, en lugar de prestar atención, hacía listas de los diferentes pasadizos y escaleras.

Por suerte, solo veía a Astra de lejos, entrando a la Biblioteca Ambrose rodeada de su séquito, con el brazo alrededor de una chica diferente cada vez.

Pero todos los días, solo por una fracción de segundo, miraba al otro lado del salón, hacia nuestra mesa, y sus ojos se cruzaban con los míos.

–¿Cintas Rojas? –susurra Ife el jueves por la tarde, luego de que le pregunto sobre esto.

En algunas ocasiones, me he acercado a la galería sofocante donde supongo que la sociedad celebra sus reuniones y, aunque no me he cruzado con ningún integrante, las sillas han cambiado de posición cada vez que he ido.

Tanto Ife como Julia se ponen tensas al hablar de esto, aunque Stephan es tan ajeno al tema como yo.

–¿Te han dicho algo? –pregunta Ife, mirando a su alrededor en la biblioteca, por miedo a que nos escuchen. Niego con la cabeza.

–¿Quiénes son?

–Vampiros supremacistas –susurra Julia.

– Convertidos supremacistas –agrega Ife–. Sabíamos que eran una especie de grupo estudiantil, pero no sabíamos qué tipo de grupo eran hasta que intentaron reclutar a Julia el año pasado, luego de que la universidad anunciara la integración con los humanos.

–Dije que no –agrega Julia con naturalidad.

Vampiros supremacistas . Y decían que Tynahine era un lugar seguro para los humanos…

Esa noche, alquilo una bicicleta en la tienda que hay en las afueras del campus y atravieso el bosque.

Cuando llego a la puerta principal de la universidad, compruebo dos veces que llevo mis armas encima.

Ya es de noche y las carreteras angostas de las Tierras Altas están muy poco iluminadas, pero recuerdo la ruta que tomó el familiar desde la ciudad el día que llegué aquí.

Una vez que encuentro la autopista, solo tardo veinte minutos en llegar a Inverness.

Me dirijo a un pub llamado Silverbirch, junto a un almacén donde han encontrado a varias chicas con muy poca sangre, casi sin vida y sin recordar lo que sucedió.

Todos los ataques han ocurrido un jueves por la noche.

Y Penny está convencida de que el vampiro responsable trabaja en el pub o es un cliente habitual.

El río Ness brilla con el reflejo de los faroles, una fina niebla se eleva desde su superficie.

Se siente bien estar fuera del campus, aunque solo sea por una noche.

El aire fresco me pica en las orejas y encuentro un lugar para dejar la bicicleta, justo frente al puente que conduce a las islas del río.

Encadeno la bicicleta y una gaviota inmensa aterriza en el manubrio, mirándome con sus ojos amarillos.

–¡Fuera! –digo, y ella sale volando.

Empieza a lloviznar cuando cruzo el primer puente peatonal victoriano.

Sigo el camino entre los bosques, iluminado por unas farolas antiguas.

Los árboles, abetos y cedros rojos son increíblemente altos, algunos tan anchos que deben tener siglos de antigüedad.

Aquí también hay gaviotas posadas en las ramas.

Silverbirch es un lugar pequeño, con una alfombra que huele a sudor y cerveza derramada. La música suena fuerte y parece que todos los que trabajan aquí son humanos.

Pido un plato de patatas fritas con una soda Irn-Bru y echo un vistazo al local.

Hay un grupo de chicas celebrando una despedida de soltera que ocupa cuatro mesas, todas ellas con tiaras y una lleva un velo blanco barato.

Son ruidosas, cantan por encima de la música, pero nadie parece molesto por ellas.

Más cerca de mí hay una mesa con tres personas, unos padres con su hija adolescente.

Más o menos de la edad que yo tenía cuando murieron mis padres.

Los tres están vivos, discuten por cosas sin importancia.

La última vez que salí a cenar con mis padres fue poco después del baile de graduación.

La noche del baile es una nebulosa, aunque estoy bastante segura de que no bebí.

Mi novia de entonces, Vicki, rompió conmigo después de la fiesta.

Dijo que la había engañado, pero no lo recuerdo.

“No vale la pena, cariño”, recuerdo que dijo mi papá. Ojalá le hubiera dado la razón.

Ojalá les hubiera agradecido por invitarme a cenar, en lugar de estar de mal humor toda la noche.

Si hubiera sabido que sería la última salida juntos, la habría disfrutado.

Les habría dicho que había algo sospechoso en el premio del concurso en el que no recordaban haber participado.

Les habría dicho que no fueran a Londres. Y aún estarían vivos.

Y tal vez estaríamos aquí sentados como una familia, igual que esos tres.

Dirijo la mirada hacia la barra y lo veo, sosteniendo un vaso de agua y sonriendo a la camarera. Ella es tímida, su uniforme le queda mal y me pregunto, por el brillo en los ojos del hombre, si su sangre es como la mía. Del tipo S.

Mantengo la cabeza baja, pero sigo observándolos.

Entonces lo hace. Sus ojos brillan en color rojo y la expresión nerviosa de la mesera se suaviza.

Nadie en el bar se da cuenta. Los humanos nunca se dan cuenta.

Solo cuando te enfrentas a ellos lo sientes, percibes su poder.

Sus labios finos se mueven, pronuncia una orden.

Se levanta, sacudiéndose el polvo de una chaqueta negra.

Los dedos largos se deslizan por su teléfono.

Un segundo después, sale por la puerta principal.

–Salgo a fumar –dice la mesera, en voz alta y clara. No pierdo tiempo. He estudiado la distribución del pub con anticipación, así que sé dónde voy.

Me coloco la máscara una vez que llego a las escaleras angostas que conducen al tejado y subo mi capucha. El viento me golpea mientras observo a mi alrededor. El tejado está plagado de tuberías oxidadas y una bandada de gaviotas se posa en la cornisa, observándome.

El almacén está en completa oscuridad. Recuerdo la información de Penny.

Un jueves por la noche, igual que esta, y una chica con amnesia causada por el alcohol o la compulsión.

La mesera no está borracha. Y si sobrevive, estoy segura de que la sanguijuela la obligará a olvidar todo.

Me ato las agujetas de las botas, siento esa sensación familiar de vértigo que se apodera de mí.

Estiro el cuerpo, respirando el aire grasiento.

La mesera sale y camina directo hacia la entrada del almacén. La puerta se abre con un crujido y ella desaparece en el interior. No pierdo ni un segundo más, salto al otro lado de la calle y aterrizo en silencio sobre el techo.

Es a dos aguas y tiene una docena de ventanas.

La parte trasera del almacén parece una estación de tren antigua, con un techo de cristal que da a un pasillo oscuro.

Estoy a veinte metros del suelo, así que engancho un cable a un poste y tiro de él para asegurarme de que es resistente.

Cuando vuelvo a mirar hacia abajo, la mesera entra en el pasillo.

Y frente a ella, media docena de vampiros.

Mierda .

Esto no es lo que Penny dijo que pasaría.

Rápido, saco una foto y se la envío. Ella solo quería información, nada más.

Pero, aunque salvar a la gente no es mi trabajo aquí, no puedo permitir que le hagan daño a esa chica.

Encuentro la ventana y le doy un leve empujón.

Se abre lo suficiente como para poder oír sus voces.

–¿Eso es todo? –dice una mujer.

–Es la única con sangre aceptable –responde otro vampiro, el que la hipnotizó.

–¿Sangre? –pregunta la víctima. Una pequeña parte de ella todavía está lúcida, a pesar de su extraña quietud, parecida a la de una muñeca.

–Olvidarás que nos has visto. Cuando alguien te pregunte dónde has estado durante la siguiente hora, diles que has ido al río y luego has regresado –dice el vampiro, luego de que sus ojos vuelvan a brillar rojos.

La mantendrán con vida.

La chica asiente con la cabeza. Intento abrir la ventana del todo, pero está atascada.

Y soy demasiado lenta. Uno de los vampiros sujeta a la joven, manteniéndola erguida, mientras que el que la ha hipnotizado le pasa una daga por la clavícula.

Mi corazón se detiene. Ella no emite ningún sonido, paralizada mientras la sangre brota a su alrededor.

Rompo la ventana y salto al interior.

–¡Una cazadora! –grita uno de los vampiros.

Una fina niebla invade el almacén mientras se convierten en murciélagos, todo esto antes de que pueda siquiera mostrarles una cruz. Salen volando por la misma ventana por la que yo he saltado. La chica se derrumba.

–¡Vuelvan aquí! –grito, justo antes de darme cuenta de que uno de ellos, el que la ha hipnotizado, se ha quedado atrás. Se abalanza sobre mí y golpea mi mano, haciéndome soltar el arma, mientras sus ojos brillan con un destello carmín.

–¿Qué hace Calisto aquí?

Saco un cuchillo de mi manga mientras él me agarra fuerte por el cuello. Apuñalo su mano y la sangre salpica el lateral de mi máscara, goteando sobre mi ropa mientras intento liberarme de él. Su sangre fría se pega en mi chaqueta. Por eso los cazadores siempre visten de negro.

A pesar de la herida que tiene en la mano, aprieta más fuerte, inmovilizándome en el suelo.

–Muerde y te lo diré –digo con la voz entrecortada a través de la máscara, acercando mi muñeca izquierda a sus labios.

El chupasangre sonríe y, sin pensarlo dos veces, clava sus colmillos en mi piel.

El dolor me recorre todo el cuerpo, pero vale la pena.

Traga con dificultad y afloja el agarre alrededor de mi cuello.