Libro de sangre y rosas Capítulo 4
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Capítulo 4

L a advertencia del profesor Gustavsson me ha dejado con una capa de sudor que no se seca, incluso cuando los túneles a mi alrededor comienzan a enfriarse.

¿Me habrá descubierto? ¿Fui demasiado a imprudente tal vez?

–No importa. –Mi susurro resuena en el túnel sinuoso, plagado de charcos, con maleza blanca que crece bajo los faroles.

Al menos sé que el Libro de sangre y rosas no es un secreto.

Eso significa que podré encontrar más información al respecto en Kinsnet. Siempre y cuando no tenga que encontrarme con ella otra vez.

El entorno es húmedo y el musgo se adhiere a las piedras.

Escucho gotas en algún lugar lejano. Es un pasadizo antiguo.

El aire es demasiado denso y el techo bajo.

Cuanto más camino, más antiguos y oscuros resultan los túneles, las rocas son más grandes y, en vez de luz eléctrica, hay velas que iluminan los techos abovedados.

Me doy cuenta de que cada túnel nuevo es más extraño que el anterior, algunos con mosaicos deteriorados en el suelo y otros con poemas largos grabados en las paredes, en inglés, latín o gaélico.

Justo cuando paso los dedos por una de esas palabras, escucho el sonido de unos tacones altos que golpean la piedra.

Un escalofrío recorre mi cuerpo al distinguir la silueta entre las sombras, los faroles parpadean mientras camina, siguiendo sus pasos.

Hay algo en su presencia, incluso a la distancia, que despierta en mí todos los instintos que he aprendido para estar alerta.

Mis ojos se adaptan a la oscuridad del pasillo y contemplo sus rasgos fascinantes.

Una cascada de cabello castaño cae hasta su cintura.

Los ojos son de un azul crepuscular y tiene labios carnosos pintados de rojo oscuro.

Siento un perfume a sangre y agua de rosas que cosquillea mis fosas nasales.

Espero ver sus labios manchados de carmesí.

Pero la sangre está en sus manos. Tiene las palmas y los dedos cubiertos de pequeños pinchazos.

–¿Estás perdida? –me pregunta. Esa voz dulce me resulta familiar al instante.

Es la misma que escuché en el quinto piso de Kinsnet, suplicando que la mordieran.

Mis mejillas arden mientras trato de borrar la imagen de ella y Aliz Astra de mi cabeza.

Pero la imaginación me juega en contra y completo las escenas en blanco de lo que escuché anoche.

Aliz Astra presionándola contra la estantería, sus colmillos mortales perforándole el cuello.

Los sonidos que emitía resuenan en mi mente.

Arquea su ceja perfecta y espera mi respuesta.

–Eso creo. –Tengo la boca seca y sueno ronca.

Cuanto más la miro, más entiendo por qué Astra la elegiría. Aunque la palabra que Julia usó, juguete , no encaja en lo más mínimo.

–Estos túneles fueron construidos para que los vampiros puedan evitar el sol. –De repente, su voz suena demasiado tajante–. No hay ninguna razón para que estés aquí abajo.

–Algunas clases están bajo tierra –respondo. Recorre mi cuerpo con la mirada y se detiene en mi reloj.

–¿A dónde ibas antes de perderte? –pregunta.

–Kinsnet.

Los túneles están en completo silencio, lo único que se escucha es mi propia respiración. Su mirada me atraviesa y no puedo contener el impulso de alejarme de ella.

–Tienes suerte –dice por fin–. Justo me dirigía allí.

A pesar de sus tacones altísimos, ya me lleva cinco metros de ventaja antes de que yo empiece a caminar tras ella.

–Gracias –digo.

Me recuerda a algunos de los vampiros que he asesinado en mis misiones. Los más antiguos, con siglos de sangre robada en sus colmillos.

–¿Qué te pasó en las manos? –pregunto. Cuando estira los dedos, las heridas desaparecen. Mira su piel y frunce el ceño.

–¿En las manos?

–Tenías unos cortes –digo, ella parece que está entretenida.

–No, no es así –responde con ligereza. Todos los vampiros se curan más rápido que los humanos.

Pero esto casi siempre depende de si son Puros o Convertidos y del tipo de sangre que han estado bebiendo.

Dada la rapidez con la que desaparecieron sus heridas, no me sorprendería que hubiera estado bebiendo sangre fresca.

Antes de poder hacer otra pregunta, el túnel termina y un letrero sobre el arco dice: BIBLIOTECA KINSNET. Ella sube por una escalera de piedra, voltea y me mira.

–Nos vemos –dice, con una sonrisa forzada.

El alivio de haber salido por fin de esos túneles oscuros y angostos relaja todos mis nervios. Y estar sola sin duda ayuda.

Subo al cuarto piso de la biblioteca.

Noto detalles nuevos en la cúpula azul, varias palabras en latín que bordean las pinturas. El cuarto piso tiene dos docenas de mesas, con seis sillas cada una, y están tan concurridas como las de planta baja.

A pesar de que la existencia del libro parece ser algo que todos los vampiros saben, no encuentro ningún libro que lo mencione.

Si le hubiera pedido más información al profesor Gustavsson, tal vez me habría orientado en la dirección correcta.

O me habría denunciado con el decano. Así que empiezo con una búsqueda general: Mitos y leyendas vampíricas , junto con otros títulos que espero que me ayuden a encontrar la biblioteca secreta.

La historia completa de Tynahine , Los arquitectos de Tynahine , Vampiros en la Escocia del siglo VIII , entre otros.

Veo una mesa justo al lado del balcón, que aún no ha sido ocupada por ningún otro estudiante. Abro el cuaderno, lo coloco a mi izquierda y comienzo a revisar el glosario del primer volumen, busco el extraño título del libro en cuestión.

La silla que está en diagonal a la mía cruje cuando alguien la mueve hacia atrás.

Si bien los buenos modales exigen que levante la vista e intercambie un saludo en voz baja, mantengo la atención en mi libro.

Solo cuando oigo el roce de una página levanto la vista hacia mi compañera de mesa.

Al instante, desearía no haberlo hecho. Mi corazón salta y siento que no puedo respirar.

Es como si toda la biblioteca se hubiera vuelto invisible, porque lo único que puedo ver es a ella.

Aliz Astra está concentrada en el libro que acaba de abrir, con un lápiz desafilado entre sus largos dedos.

Sostiene una única página y, su esbelta figura –sus hombros anchos y su cuello de cisne– se inclina hacia ese trozo de papel.

Lleva el cabello blanco revuelto, se pasa los dedos para apartarlo de los ojos.

Los botones superiores de la camisa color crema están desabrochados.

Intento mantener una expresión neutra y espero que se fije en mí.

Mi sangre quema, la vergüenza tiñe mis mejillas.

¿Qué carajo estoy pensando? Y lo más importante, ¿qué hace ella aquí ?

Aliz Astra no debería estar estudiando .

La biblioteca no le sirve más que como lugar para pasar el rato con sus chicas.

Y de todas las mesas, ¿por qué tuvo que sentarse justo en la mía?

Mientras mi mente se acelera, la heredera saca un frasco del bolso y el olor a sangre caliente llega a mis fosas nasales. Lleva el popote metálico hasta sus labios, sin mirarme. Como si no supiera que estoy frente a ella. Pero se sentó aquí a propósito, ¿cierto? Todo porque la miré.

Intento apartar la vista, pero no puedo. Ella todavía está concentrada en el libro, rozando la página con sus dedos sin pensar en nada. Tiene una hoja de pino clavada en el cabello blanco y cuando me permito respirar más profundo, descubro que huele a musgo y lluvia.

Bebe otro sorbo antes de limpiarse los labios, manchándose el dedo índice de color carmesí. Aliz Astra pasa su lengua por la sangre del dedo y su mirada se cruza con la mía.

Sus ojos, rodeados de pestañas blancas, son negros, no rojos.

Pero, aun así, es como estar hipnotizada.

Como si hubiera invadido mi mente de una forma que ningún otro vampiro había logrado desde mi reclutamiento.

El tiempo se vuelve más lento y los susurros de las mesas alrededor quedan silenciados ante los latidos de mi propio corazón, cautivado por completo por su atención.

Vuelvo a oír su voz, contra la estantería. Veo a la chica del túnel, con esos cortes pequeños en las manos, apretada contra ella, gimiendo, y los labios de Aliz Astra en la curva de su cuello, los colmillos perforándole la piel, mi piel, mi sangre, que fluye por su lengua.

Y mientras este deseo perverso me consume, ella toma otro sorbo, sin apartar los ojos de los míos, como si cada uno de mis pensamientos se filtrara directo en su mente.

Curva sus labios.

Miro el libro abierto frente a mí, las palabras se convirtieron en un caos confuso. Es la tercera vez que me sonríe y yo aparto la mirada. No dejaré que vuelva a suceder.

No es nada raro que una cazadora quede hipnotizada por una vampira.

No nos pueden manipular, estamos entrenadas para esto, pero seguimos siendo humanas. No sé qué tiene ella. Quizá ni siquiera sea ella, quizá sea solo este maldito lugar.

Cuando veo que el número de Penny aparece en mi teléfono, la ansiedad aumenta.

–¿Qué pasa? –pregunto con el aparato pegado a la oreja.

–Buenas noches para ti también –dice–. ¿Cómo viene la búsqueda?

–He recorrido cuarenta túneles, pero tengo la sensación de que todavía estoy muy lejos. –Contemplo una de las farolas de la calle, con unas cuantas polillas desafiando el aire húmedo para volar hacia la luz.

–Envíame tu progreso –dice.

–Lo haré –digo–. Pero necesito más información. ¿En dónde oíste hablar del Libro de sangre y rosas por primera vez?

–En una de las bibliotecas de Calisto –dice. En el cuartel general. Al que por fin tendré acceso una vez que consiga mi ascenso.

Camino por las calles angostas del campus, miro hacia arriba, a los bares, todos anunciando sangre.

–Tengo otro trabajo para ti –dice Penny–. Ha surgido algo inesperado.

–Pero acabo de llegar –digo y me detengo en seco. No puede hacer que me vaya. Todavía no.

–El jueves pasado encontraron a una chica casi desangrada en Inverness –anuncia y mi corazón acelerado baja el ritmo.

–¿No puedes enviar a otra persona? –pregunto.

–Debería ser una misión fácil, solo necesito algo de información.

–Bien –respondo. Veo a un grupo de vampiros caminando por la calle principal del campus.

A pesar del frío, llevan chaquetas finas y camisas blancas.

Pero lo que me llama la atención, quizás más de lo que debería, son las cintas rojas que llevan atadas al cuello–.

Envíame los detalles –digo tras respirar hondo.