Capítulo 3
L a brújula hace un ruido extraño mientras camino, pero cuando la saco, nada parece estar fuera de lo normal.
Por desgracia, ya es de noche y no tengo los túneles solo para mí.
Pero las reacciones de los alumnos vampiros de Tynahine no son las que estoy acostumbrada a ver.
Nadie voltea en forma brusca. No hay respiraciones profundas ni narices que presionan mi cuello para inhalar mi aroma.
No hay susurros que digan: “¿Es del tipo S?”.
Solo uno de cada diez mil la posee, lo que significa que hay una demanda muy alta.
La presa perfecta. O la trampa perfecta.
Jamás estuve cerca de un vampiro sin correr peligro.
Pero aquí, ni siquiera me prestan atención.
Necesito mapear tantos túneles como pueda.
Logro salir de la multitud, escribo como puedo el nombre de cada túnel en el cuaderno.
La mayoría son solo números, otros ni siquiera tienen nombre.
Encuentro uno de los viejos. Angosto pero terriblemente largo, con una inscripción en los ladrillos que dice COLA DE GATO .
Y mientras camino por él, cuento mis pasos y sigo la brújula, la línea que dibujo en mi cuaderno de alguna forma sí se parece a la cola de un felino.
Saco el teléfono y miro mi agenda. Dos clases más y termino por esta noche. Mis opciones para la primera hora son: Tradición Vampírica en la Música, Ética e Inmortalidad o Dialectos Gaélicos de lo Sobrenatural.
La palabra “sobrenatural” me deja paralizada.
Me pregunto si existen otras bestias allí afuera a las que todavía no me he enfrentado.
Kelpies, selkies. Incluso tal vez brujas.
Pero hay algo en esos monstruos que parece demasiado sobrenatural en comparación con los vampiros.
Además, Penny me habría contado si hubiera otras criaturas acechando por las sombras, ¿verdad?
Mientras intento volver a los salones modernos, noto que la brújula de Penny se mueve. Y lo hace aún más rápido cuando subo las escaleras, que son demasiadas. Las escaleras van en varias direcciones, algunas conducen a túneles tapiados, otras a aulas y laboratorios vacíos.
Me encuentro con frascos polvorientos llenos de un líquido verde y turbio, que esconden algo que bien podría ser una colección. Dedos cortados, fetos, globos oculares, todos etiquetados con una letra clara que parece tener siglos de antigüedad.
Hay un salón de clases abandonado y lleno de pinturas, colocadas una al lado de la otra, sin dejar ni un centímetro de pared visible.
Sus marcos dorados llevan inscripciones que datan del siglo XV .
El techo aquí es más alto que en otros salones, pintado con paisajes frescos e iluminados por la luna.
Y en el centro, algo fuera de lugar, hay una gran mesa rodeada por una decena de sillas.
Hay algo aquí que no tiene mucho sentido hasta que me apoyo en la mesa de caoba.
Los lienzos y los marcos están cubiertos de polvo, y la pintura espesa está agrietada.
Incluso hay un moho blanquecino sobre los rostros de algunos vampiros antiguos, llena el aire con una sensación de sofoco más densa que la del resto de los túneles.
Pero la mesa se siente como una seda bajo mis dedos, sin ni siquiera una pizca de suciedad.
Alumbro con mi linterna y observo los grabados ornamentales que recorren los laterales. Las sillas, tapizadas en terciopelo rojo, también están limpias. Al igual que las velas del centro, algo inclinadas sobre un candelabro dorado de siete brazos. Alguien ha utilizado esta habitación hace poco.
¿Para qué? Casi al final de la mesa, en el suelo, una hoja de papel amarillento dice: Actas de la Sociedad de la Cinta Roja . Tomo el papel y lo guardo en mi bolso. Nunca había oído hablar de esta sociedad.
Miro de nuevo la pared con pinturas y una de ellas llama mi atención.
Es la más pequeña, que a su vez es la más detallada. Una mujer con cabello blanco que lleva un cuello de encaje con volantes sobre un vestido de terciopelo negro.
Por un instante, creo que es Aliz Astra. Pero su piel es demasiado pálida y sus ojos, en vez de negros, son de un azul penetrante. La inscripción dice: ADA, LA CAMINANTE DE SUEÑOS DE ROMA. 1582. Los Astra son húngaros. Así que el parecido debe ser pura coincidencia.
Cuando miro la brújula, la aguja está girando. Mis manos están firmes, pero por si acaso, la coloco en el suelo y espero. Pero no se detiene.
–Por Dios –susurro entre dientes. Agito la brújula, como si eso pudiera detenerla. Tendré que encontrar otra forma para no perderme. Como Ariadna y su hilo dorado. Quizá si hubiera un monstruo al que matar en estos túneles, la búsqueda no me resultaría tan frustrante.
Mientras bajo por otra escalera, escucho algo.
Una música de cuerdas grave y sombría resuena en las paredes del túnel. Miro hacia atrás, hacia el camino que he recorrido. La oscuridad y el silencio.
El sonido no es el de una orquesta completa.
Es un solo instrumento, un violonchelo. Sigo el sonido a lo largo del túnel húmedo.
Es el tipo de música que acompañaría el descenso de un ataúd a la tumba.
Penny escucha mucha música clásica, pero durante nuestros largos viajes en coche hacia y desde los clubes de vampiros, nunca había oído nada parecido.
Las paredes lisas del túnel son cada vez más anchas y el techo se eleva a medida que los vitrales perforan la piedra antigua. El tenue resplandor de las velas apenas alcanza para iluminar las rosas que decoran los cristales.
Es un lugar extraño para una iglesia , pienso, pero pronto me doy cuenta de que no hay nada sagrado en esta estructura subterránea.
El código U-34 está pintado sobre el marco de madera de la puerta y lo reconozco como el código de una de las asignaturas optativas en mi plan de estudios: Tradición Vampírica en la Música.
Llego cinco minutos tarde, pero ya que estoy aquí, podría entrar.
Entrecierro los ojos contra el vitral y distingo mesas largas, idénticas a las de Integración, con bancos largos, como los de una iglesia, detrás de ellas.
En la parte delantera, sobre una plataforma, hay una figura con un violonchelo entre las rodillas.
Las notas prolongadas resuenan bajo las puertas viejas de madera maciza. Cierro fuerte los ojos, esperando que la puerta no cruja cuando la empuje hacia adentro.
Siento cómo la puerta se abre de golpe y noto que el aire, ya húmedo, es todavía más pesado por el olor a cera quemada e incienso.
Entro lo más en silencio que puedo, justo cuando la música del violonchelo se detiene por completo.
Por un momento, espero que el músico grite, o tal vez siseé, ya que lo más probable es que sea una sanguijuela.
Pero parece que no se ha dado cuenta de mi presencia.
–Por aquí –susurra una voz que me parece conocida.
Dos filas detrás de la puerta, al fondo, está Ife.
No debería sentirme aliviada al verla, pero su mirada amable se siente bien en la oscura sala de conferencias.
Da un golpecito en el banco libre junto a ella.
Respiro con cuidado y asiento con la cabeza, tratando de no hacer ruido al dejar mi bolso en el suelo de baldosas.
Algunos de los estudiantes que me rodean, todos vampiros, lanzan miradas furtivas.
No sé si es porque llego tarde o porque soy humana.
Mis ojos se acostumbran poco a poco a la sala, que parece una capilla, con sus techos altos y abovedados, decorados con frescos descascarados de figuras mitológicas.
Y entonces, por fin, pongo mi atención en el músico.
Las velas del escritorio detrás de él forman un aura dorada a su alrededor.
Su cabello rubio cae en ondas suaves, justo por debajo de la barbilla.
Es pálido, con una piel aún más clara que la de su camisa blanca.
Y debe ser por ese cutis níveo por lo que puedo distinguir sus ojos verdes.
La camisa está cruzada por un par de tirantes rojos y veo una chaqueta colgada sobre el estuche del violonchelo.
Trago nerviosa. No puedo apartar mis ojos de él.
Y luego comienza a hablar, como si estuviera esperando que me sentara.
–¿Alguien conoce esta melodía? –pregunta el profesor, rompiendo el silencio en la sala. A pesar de las notas profundas y angustiosas que tocaba hace un minuto, su voz es muy cálida.
De todos los alumnos que llenan la sala, solo uno levanta la mano. El profesor mira en nuestra dirección y, tras un breve gesto con la cabeza, Ife responde.
–Si no me equivoco, ese era el tercer movimiento del Concierto Número Siete, El amanecer final . –Despeja la garganta y agrega–: Es una de sus propias composiciones, señor.
Una sonrisa algo tímida aparece en el rostro del profesor y asiente con la cabeza.
–No se equivoca. –Los estudiantes que nos rodean toman nota de lo que dice Ife, mientras él continúa–: Quizás les parezca bastante vanidoso de mi parte comenzar el semestre con una de mis obras, aunque los de nuestra clase no se caracterizan precisamente por nuestra humildad, ¿verdad?
Algunas risas recorren la sala iluminada por las velas. Observo fijo mi cuaderno y los garabatos que he dibujado hasta ahora me miran como una telaraña que se deshace. Tengo ganas de arrancar la página, arrugarla y tirarla a la basura, pero en lugar de eso, paso a otra hoja.
–De todos modos, creí que sería una pieza ideal para comenzar nuestro semestre.
Durante los primeros cuatro meses veremos cómo la conversión afecta a la composición.
Lo que acaban de escuchar es lo primero que compuse como vampiro, solo tres días después de ser convertido.
–Aparta el cabello rubio y claro de sus ojos.
Tiene los pómulos altos y los labios carnosos, aunque quizás esté un poco delgado.
De una forma extraña, me recuerda a Julia.
Bajo la vista y miro mi agenda. Confirmo que el doctor Sven Gustavsson enseña Tradición Vampírica en la Música.