Capítulo 2 #2
Supuestamente las agujas blancas están hechas de polvo de vampiro y el fondo negro es una mezcla de cobalto, sangre y plata.
Penny misma la usó once años atrás, cuando sacó a tres cazadores de una prisión del Consejo.
Los habían mantenido cautivos en un calabozo, escondido en las profundidades de un laberinto y, después de que ella los trajera de vuelta al cuartel general, se convirtió en la cazadora más joven en ser ascendida a Suprema.
No me ha contado nada sobre sus misiones después de esa.
Miro la brújula, sé que también me llevará a un ascenso.
La chimenea del comedor de Tynarrich calienta mis piernas. Ya me estoy acostumbrando al olor a cenizas y libros viejos que impregna cada rincón del salón.
El desayuno consiste en avena caliente con una pizca de sal y leche semidescremada fría.
En el convento, el desayuno solía ser café y barritas proteicas.
Y antes de eso, cuando mis padres aún vivían, tostadas y huevos.
Las mesas a mi alrededor se llenan de grupos de compañeros humanos que hablan con entusiasmo sobre sus nuevas clases y profesores.
Busco a Stephan entre ellos, pero seguro sigue durmiendo.
No cambiaré mis horas de sueño. Encontraré el Libro de sangre y rosas y saldré de aquí antes de que termine mi primera semana.
El primer túnel que encuentro está justo debajo de Tynarrich, con ladrillos en color marrón oscuro y un techo bajo.
Los faroles proyectan un resplandor ámbar sobre las piedras oscuras.
Saco la brújula de Penny y la ilumino con mi linterna.
La aguja blanca se mueve de un lado a otro como un metrónomo, pero después de mirarla fijo por medio minuto, queda fija en el norte.
–Aquí vamos –susurro. El pasillo se curva y luego se bifurca en tres túneles separados. Saco mi cuaderno y dibujo las primeras líneas de lo que, espero, será un mapa coherente.
Hay dos tipos de túneles. Al primer grupo lo llamaré “moderno”, aunque bien podrían ser como las sanguijuelas que los construyeron: antiguos pero bien conservados.
Las paredes de estos túneles están hechas de ladrillos grises, con un cemento liso que rellena cada unión.
Hay lámparas de gas antiguas alineadas en las paredes, separadas entre sí por solo medio metro, todas equipadas con bombillas led.
Estos túneles, los modernos, tienen letreros que indican los diferentes edificios: Ambrose, Colección Palau, Traquair y Unión B.
Después están los túneles viejos, serpenteantes y oscuros, que no siguen ningún orden ni lógica.
Algunos techos demasiado altos, otros demasiado bajos.
Callejones sin salida, escaleras rotas, charcos y maleza blanca.
Están todo el tiempo en subida, con rampas o escalones, a veces tan empinados que debo sostenerme de la pared.
Y mientras que los modernos son luminosos, aquí tienes suerte si encuentras una sola lámpara.
Si tuviera que adivinar, diría que la biblioteca secreta está al final de uno de estos túneles antiguos.
Pero después de una hora trazando el mapa, tengo la sensación de que esto es solo el comienzo.
Llego tres minutos tarde a la primera clase de Integración y veo a Stephan sentado en la segunda fila.
Me ve justo cuando entro y me indica el lugar vacío que me ha reservado.
Por suerte, no soy la única que llega tarde.
El profesor Clemence, un hombre de unos cincuenta y tantos años, nos cuenta que se ha perdido un poco en el camino.
Después de presentar el programa y la lista de lecturas, nos informa, con total naturalidad, que cualquiera que repruebe Integración será expulsado. Al parecer, hay cientos de estudiantes igual de motivados esperando ocupar nuestro lugar si no cumplimos con sus expectativas.
–El Antiguo Consejo –dice, caminando por la plataforma de madera con un trozo de tiza rota entre los dedos.
Lleva el cabello afeitado y viste un suéter de cuello alto, al estilo Steve Jobs–.
A diferencia de los vampiros modernos, al Antiguo Consejo le gustaba mucho utilizar a los humanos como fuente de alimento, sin tener en cuenta su bienestar.
Aprieto los puños. ¿Acaso los vampiros modernos que mataron a mi familia se preocupaban por su bienestar?
–Sin embargo, tras las masacres de 1781 y el Golpe de los Herederos, que profundizaremos durante el segundo semestre, nueve de las diez familias que componen el Consejo experimentaron una revelación .
Es en torno a este periodo donde encontramos los primeros intentos para crear sangre sintética.
Y durante esos intentos, los derechos de los humanos que servían como proveedores de sangre crecieron.
Pongo los ojos en blanco y justo en ese momento desafortunado, posa su mirada, esa mirada ingenua y adoctrinada, en mí.
–¿Quiere añadir algo, señorita…?
–Cassie Smith –digo. Carraspeo y todos voltean, estiran los cuellos para verme.
Menos mal que no quería llamar la atención–.
El presidente del Nuevo Consejo, Ares Astra, gobernó el Antiguo durante más de mil años, ¿no es así?
Aunque el resto de la junta sea diferente, si el que toma las decisiones lleva tanto tiempo en el poder, ¿cómo podemos estar seguros de que las cosas han cambiado en serio?
–pregunto, intentando sonar curiosa en vez de insolente.
–Buena pregunta –dice, jugando con la tiza entre los dedos–.
Ares Astra sigue al mando porque, a diferencia del resto de los jefes de familia, fue capaz de adaptarse.
Tampoco fue asesinado por sus hijos, como les ocurrió a los demás.
Aunque sus acciones en el pasado puedan haber sido dudosas, ahora es un hombre reformado.
¿Cómo se siente lamerle las botas? Me gustaría preguntar. Pero ya llamé demasiado la atención. Clemence continúa con la clase, se detiene en la creación de la sangre sintética en 1908.
–Veremos esto en el segundo semestre –dice. Las ramificaciones de la creación, la ruptura posterior de la sociedad vampírica y, luego, la victoria del Nuevo Consejo sobre sus oponentes.
–Eso fue valiente –susurra Stephan, y yo suspiro–. Cenarás con nosotros, ¿cierto?
–¿Tengo opción?
–Claro que no –dice.
A la hora de la cena, el momento en el que la mayoría de los vampiros seguro comienzan a despertar, Stephan y yo nos dirigimos al comedor.
–Tynarrich está muy concurrido –dice, ya es un experto–. Además, el edificio Ambrose es mucho mejor.
Seguimos caminando por el campus y entramos en un edificio enorme.
Me detengo en seco al ver lo que hay dentro.
Una ilusión óptica decora las paredes, proyectando una imagen de árboles, idénticos a los del exterior, con ramas que se arquean sobre el techo.
La luz de la proyección que ilumina mi rostro es natural y cálida.
Contemplo boquiabierta las nubes, tratando de entender cómo funciona, mientras Stephan se adelanta y camina hasta uno de los tantos puestos de comida.
Han decorado Ambrose para que parezca un festival gastronómico.
Entre las ramas de los árboles cuelgan banderines y guirnaldas de luces que se irán iluminando a medida que oscurezca el cielo artificial.
Hay un escenario en la esquina, ahora vacío, pero hay unos cuantos estuches de instrumentos apoyados contra la pared, esperando a sus dueños.
El lugar es enorme, con innumerables mesas que se extienden por todo el salón y filas que comienzan a formarse entre ellas.
Hay un puesto en particular que me revuelve el estómago.
En la parte superior hay un gran letrero que dice SANGRE, SANGRE, SANGRE .
Mi corazón comienza a latir fuerte mientras miro a mi alrededor.
Debo acostumbrarme a ellos. Tomo un wrap en un puesto de comida griega y, cuando vuelvo a ver a Stephan, él ya ha encontrado una mesa. Respiro hondo entre dientes.
Sabía que Ife estaría aquí. Pero no está sola.
Camino hacia ellos, tratando de controlar el temblor de mis manos. La sensación de ser observada desde todos los rincones me recorre el cuerpo, pero hago todo lo posible por ignorarla. Los suplementos de ajo ocultan mi olor. Nadie intentará atacarme, aunque este lugar esté plagado de sanguijuelas.
–¿Les molesta si me siento? –pregunto al llegar a la mesa vieja de madera, cubierta con un mantel a cuadros manchado.
– Sabía que vendrías –dice Ife, mientras coloco mi bandeja en la mesa.
Lleva puestos unos aretes en forma de flores de cerezo y entre sus labios carnosos asoma un colmillo.
Distingo un dejo de curiosidad en esos grandes ojos café.
Es extraño. No estoy acostumbrada a que los vampiros me vean como algo más que un alimento andante.
–Ella es Julia –dice Stephan, apuntando con la cabeza a la segunda vampira, se le olvidó mencionarla cuando me invito a unirme a ellos para la cena.
Mientras que Ife es cálida y profunda, Julia es un lienzo en blanco.
Sus ojos son de un azul pálido, bordeados por pestañas blancas.
El cabello largo y rubio, casi tan blanco como el que tenía la vampira que vi en la biblioteca.
Veo varias manchas en su piel pálida y ella baja las mangas para ocultarlas.
–Soy pintora –dice.
–Genial –digo, y me alegra que ella no esboce una sonrisa, porque tampoco quiero fingir una.
Una pintora, dijo. Pienso en los libros de mi compañero de habitación.
¿Y si ella es mi compañera? Miro alrededor de la mesa, observándolas a ambas.
Dos vampiras. Puedo hacer esto. Ya he charlado con vampiros antes.
Es cierto que siempre terminaba convirtiéndolos en polvo, pero en todo caso esto debería ser más fácil.
Solo tengo que pensar en ellas como si fueran humanas.
–¿Y qué hay de ti? –pregunta Ife. Cuando me mira, no tengo la sensación de que esté tratando de mantener una conversación por obligación. Su atención es genuina.