Capítulo 2
E s un ataúd hermoso. Largo, elegante, sobre un mueble. Una luna dorada, rodeada por un anillo de enredaderas con espinas, decora la tapa.
Cierro fuerte los ojos, segura de que el ataúd desaparecerá cuando los vuelva a abrir. Pero sigue ahí.
Donde hay un ataúd, hay un vampiro.
Respiro hondo. Iré a la secretaría académica. Si es necesario, hablaré con la decana humana. Le diré que ha ocurrido un error . Aprieto las manos para que dejen de temblar y entro. Si hubiera investigado toda la habitación antes de la clase de bienvenida, lo habría visto.
Miro el ataúd sin pestañear. Después de dudar por un momento, tiro de la correa de mi reloj y saco la cadena de plata. Ahora puedo matar a la sanguijuela. Pero está oscuro afuera. Lo que significa que seguro ya haya despertado y esté de camino a clase.
Vuelvo a colocar la cadena en el reloj y exploro el baño.
Hay una tina grande y anticuada y una ducha a ras de suelo.
Todos los muebles lucen viejos, pero están relucientes.
Hay dos lavabos, uno con un espejo y el otro con una pantalla y una cámara.
Presiono un botón y la pantalla se enciende.
El lavabo de la criatura tiene un cepillo de dientes apoyado sobre un frasco de enjuague bucal azul.
Podría dejar caer uno de mis suplementos en el líquido. Una muerte rápida y fácil.
Dejo mis gafas y me salpico el rostro con agua. El frío ayuda.
Por mucho que desee que esto sea mentira, compartiré habitación con un chupasangre.
Apenas puedo dormir durante mi primera noche en Tynahine. Intento mantener los ojos abiertos, esperando que llegue la sanguijuela, pero pronto me invaden las pesadillas de siempre.
Ya he soñado esto antes: estoy en el funeral de mis padres, pero en lugar del servicio a cajón cerrado que organizó mi tía en la vida real, en el sueño los ataúdes están abiertos y dejan al descubierto sus cuerpos destrozados.
Mis parientes no se espantan al verlos. En cambio, me preguntan cuándo va a empezar la recepción y si servirán sangre.
Alguien, un primo, me pregunta qué les pasó a mis padres, e intento explicárselo lo mejor posible mientras afila sus colmillos, sin mostrar mucho interés por lo que digo.
Al contrario, señala los ataúdes, donde mis padres han empezado a moverse, con la piel volviéndose a unir y los colmillos asomando entre sus labios.
–Es tu turno, Rebecca –dice mi padre, antes de que la pesadilla termine.
Las imágenes quedan grabadas en mi mente, incluso cuando ya estoy despierta.
Mis padres no fueron atacados por vampiros comunes .
No los obligaron a ofrecer sus venas, ni los llevaron a una fiesta de sangre.
Más bien, los mataron vampiros sedientos .
Un vampiro se vuelve sediento si pasa siete días sin beber sangre.
Se transforman en monstruos que pierden todos los rasgos humanos, con cuerpos hinchados, extremidades alargadas y dientes filosos como navajas.
Y aunque los monstruos que mataron a mis padres eran completamente salvajes, su muerte no fue un accidente casual.
Alguien lo había calculado. Mis padres habían ganado un viaje a Londres, para cenar en un buen restaurante y alojarse en un hotel lujoso.
A las tres de la madrugada, encontraron sus cuerpos en un auto sin matrícula, desangrados y hechos pedazos.
Fui a Londres a identificar los cuerpos.
Era mi primera vez en la ciudad, la primera vez que salía de Escocia.
Y en la morgue, en vez de un policía, estaba Penny.
Fue ella quien levantó la sábana que cubría sus rostros.
Me contó qué tipo de monstruo lo había hecho.
Luego, después del funeral en la iglesia de San Ignacio, me ofreció un boleto de tren y la oportunidad de vengarme, y la aproveché como si fuera mi último aliento.
Debería dormir , pienso, dando vueltas en la cama.
Si no lo hago, mañana estaré demasiado cansada.
Subo las sábanas hasta el cuello y cierro los ojos, justo antes de escuchar un zumbido que viene de la puerta de entrada.
Por instinto, busco la estaca escondida debajo de la almohada.
La madera cálida calma mi corazón acelerado y me quedo quieta mientras la puerta se abre.
Por fin está aquí.
Los pasos que siguen son silenciosos, cuidadosos, como si no quisiera despertarme.
Siento un nudo en la garganta. Tal vez tenga una jeringa y la usará para robar un poco de mi sangre, pensando que no me daré cuenta.
Dejaré que lo haga. El ajo en mi sangre no actuará tan rápido como una estaca en el corazón, pero ese tipo de muerte será mucho más dolorosa.
Respiro lo más suave que puedo, esperando a que abra las cortinas del dosel.
Pero sus pasos se dirigen al baño compartido.
Unos segundos después, escucho la ducha.
Mi corazón late fuerte y seguro puede escucharlo, ¿cierto?
Sostengo la estaca con tanta fuerza que me duele.
Sé que no puedo matar, pero igual el arma calma mis nervios.
Pasan unos minutos y la ducha se detiene. Escucho el ruido de la ropa y me siento a esperar. Miro mi reloj.
Justo cuando me preguntaba si no es un poco temprano para que un vampiro se fuera a dormir, escucho cómo abre de nuevo la puerta y luego la cierra de un portazo.
Mi respiración se escapa por el hueco entre mis dientes frontales y levanto las cortinas.
La habitación está despejada. Su lado de la habitación está justo igual que cuando me fui a dormir.
Desordenado pero vacío. La única diferencia está en el baño, lleno de vapor, con una toalla húmeda colgando del toallero calefaccionado.
Vuelvo a la cama, todos los músculos de mi cuerpo están tensos. Por mis venas todavía corre la adrenalina y, además, la frustración de una misión sin completar, un enemigo que escapa ileso.
Como era de esperarse, a la mañana siguiente estoy agotada.
Las cortinas negras que separan la habitación están cerradas, igual que cuando llegué.
La tintura roja para el cabello se escurre por el desagüe mientras me ducho y cuando salgo, veo que el cepillo de dientes de la sanguijuela se ha movido.
Ayer estaba en ángulo recto sobre el enjuague bucal, ahora está apenas inclinado.
Debe haber vuelto después de que me durmiera.
La toalla ha desaparecido, el piso está limpio y no hay rastros de sangre.
Abro las cortinas que separan nuestra habitación.
En la pared de la derecha hay una ventana falsa con una imagen de las Tierras Altas bañadas por la luz del sol.
Encima, hay una estantería llena de libros, tomos gruesos sobre diferentes pintores.
Algunos los conozco, como Frida Kahlo, Gentileschi y Van Gogh.
Luego, hay una decena más con nombres que, a juzgar por las lujosas encuadernaciones de los libros, imagino son de artistas vampiros.
En cuanto tomo uno de los libros, imagino a la sanguijuela haciendo lo mismo. ¿Y si ya ha hurgado entre mis cosas? Antes de que mis pensamientos se disparen, cierro las cortinas de golpe. No puedo hacer esto.
No puedo quedarme aquí. Ahora que estoy calmada y que puedo pensar con claridad, entiendo que no hay forma de que pueda compartir mi habitación con un vampiro.
No podré dormir o concentrarme. Repaso el mapa del campus, buscando la secretaría académica.
Seguro que, si pido una nueva habitación, me la darán, ¿no?
Sin importar lo que yo crea que es mejor, primero tengo que decírselo a Penny.
Salgo de la habitación y voy al final del pasillo, donde hay una sala común pequeña.
Hay varias estanterías y tres sillones de terciopelo verde.
Me paro junto a una ventana tapiada, desde donde tengo una vista perfecta del pasillo.
Marco su número y atiende luego de un minuto. Incluso antes de que hable, ya siento su mal humor.
–Dije que yo te contactaría –dice.
Hago un esfuerzo por ignorarla despejando mi garganta. Levanto la vista, observo las bóvedas de arista en el techo y espero.
–¿Qué sucede?
–Tengo habitación compartida –digo, acercándome a la ventana. Las hojas no se mueven cuando intento abrirlas. Pensé que Penny respondería de inmediato con un grito, diciendo que por supuesto que es compartida y que no debería quejarme. Pero, en cambio, duda.
–No debería ser así –dice. Intento imaginarla en su oficina, en el convento deteriorado, transcribiendo la conversación en su cuaderno negro.
–Y es un vampiro –agrego. Y después de un latido, continúo–: Pediré una nueva habitación.
–No –dice–. Cualquier otro estudiante estaría feliz de compartir habitación con un vampiro. Incluso, estaría celoso. ¿Quién es?
–No lo sé –digo.
Escucho un suspiro que me resulta familiar, entre irritación y agotamiento.
–En cuanto sepas quién es, dímelo. Pero ten cuidado, algunos vampiros parecen simpáticos –responde.
–No seas ridícula.
Siento cómo una sensación de frustración crece dentro de mí. Pero una vez que corta el llamado, intento calmarme. Si Penny dice que no puedo pedir una nueva habitación, no lo haré. No la decepcionaré.
Según Penny, la biblioteca secreta se encuentra en algún lugar en las profundidades del subsuelo del campus.
Una red de túneles, con siglos de antigüedad, construida para que los vampiros pudieran cruzar el campus durante el verano.
Imagino que los nuevos estudiantes humanos no son bienvenidos allí abajo.
Saco la brújula de Penny mientras desayuno. Es un aparato tosco de la década de 1850 que se supone que me ayudará a orientarme por los túneles. Esperaba algo más moderno, pero ella me dijo que es todo lo que necesitaría.