Capítulo 1 #3
¿Seguridad? Pienso en las armas debajo de mi cama. La estaca en mi bolso. La hoja en mi reloj. Yo estoy segura, eso seguro.
–Me gustaría animarlos a todos a hacerse amigos de los estudiantes vampiros de Tynahine.
Descubrirán que no son tan diferentes. Impulsados, como todos ustedes, por la búsqueda del conocimiento.
Comparten el interés por las artes, la música, ¡incluso el cine!
La única excepción, por supuesto, es la comida.
Ante esto, una risita recorre la multitud y yo esbozo una sonrisa forzada mientras juego con mi bolígrafo.
–Hablando de eso –interviene el vampiro Fausto Nocth–, todos nuestros estudiantes cumplen con los tratados de 1912.
Bebemos sangre sintética. –Saca una botella llena de un líquido espeso color carmesí.
Se me revuelve el estómago al verlo–. Lo que sí les pedimos es que, al igual que nuestros estudiantes inmortales, se abstengan de hacer cualquier cosa que pueda dañar a los demás.
En sus habitaciones hay una lista completa con las debilidades de los vampiros, pero, como norma general, intenten no andar con cruces por el campus y no rezar delante de los vampiros.
Y me temo que aquellos de ustedes a los que les gusta el ajo no lo encontrarán en nuestras cocinas.
Si los estudiantes aquí de verdad beben sangre sintética, no tendrán que preocuparse por la sustancia química que fluye por mis venas ahora. Fausto Nocth no para de hablar sobre qué otras cosas se deben evitar. Tendré que pedirle información sobre él a Penny más tarde.
El discurso autocomplaciente por fin termina.
A un estudiante que está a dos asientos de mí se le cae un cuaderno grueso.
Él maldice en francés y yo me agacho para recogérselo.
El chico llama mucho la atención, con ojos grandes, piel morena clara y barba de hace un día.
Puedo sentir el aroma a ylang-ylang en su cabello y, cuando me devuelve la mirada, hay un momento de vacilación, como si estuviera evaluándome.
–Gracias –dice, y toma el cuaderno. Asiento con la cabeza y, justo antes de poder alejarme, agrega–: Soy Stephan.
–Cassie. –No tengo tiempo para hacer amigos. Pero al mirar a mi alrededor, veo que los demás estudiantes han empezado a reunirse en pequeños grupos. Si me quedo sola, puede que llame más la atención.
–¿Es tu primera vez en Tynahine? –pregunta, siguiéndome al salir de la fila de asientos. Miro a los decanos, ambos muy concentrados en su conversación. Si sospechan que una cazadora de vampiros se ha infiltrado en su querida universidad, no lo han demostrado. Al menos, no todavía.
–¿No es la primera vez de todos? –respondo.
–He venido un par de veces de visita –dice–. Mi novia estudia aquí.
Aprieto la mandíbula al escuchar esas palabras.
–Tu novia es… –Despejo mi garganta–. ¿Una vampira?
–¿Tienes algún problema con eso? –dice, entrecerrando los ojos. Quizá mi disgusto es demasiado evidente.
–No –respondo rápido–. Claro que no. Es decir, si se aman, eso es lo que importa, ¿no? –Me dan náuseas. Pero este es el tipo de tonterías en las que cree Cassie Smith.
Sonríe y me da un golpecito en la espalda. Salimos del auditorio y veo al resto de los humanos. El pasillo amplio, con techos arqueados, está demasiado ruidoso. Este lugar podría parecer una universidad normal si no fuese por las ventanas cerradas que ocultan la luz del sol.
–Ife, mi novia, está en la biblioteca –dice Stephan–. ¿Quieres conocerla?
Ha pasado más de una hora desde que tomé mis suplementos. Y aunque preferiría hacer cualquier cosa antes que conocer una sanguijuela, el olor de mi sangre ya debe ser menos intenso.
–Claro –digo–. ¿Qué biblioteca?
–Kinsnet –dice. Salimos al parque que rodea el edificio, el cielo gris amenaza con llover. Supongo que el Decano de la Noche usa los túneles subterráneos para moverse.
–¿No es un poco temprano para una vampira? –pregunto. Siento cómo el aire húmedo se filtra por debajo del cuello de mi abrigo.
–Nos adaptamos –dice él–. Además, los vampiros no duermen tanto como nosotros. Cuatro horas son suficientes para ellos.
Los otros edificios ya deben estar plagados de sanguijuelas. Recorremos las calles empedradas del campus, pasando por cafeterías y bares, que hace poco han comenzado a vender algo más que sangre.
Stephan tiene veintiún años, uno menos que yo, y estudia Física. Hasta el año pasado, estaba en la Sorbonne, pero tan pronto como Ife le comentó que en Tynahine estaban aceptando estudiantes humanos, aprovechó la oportunidad.
–¡Guau! –digo, aunque no quería decirlo en voz alta. Él no se ofende, al contrario, se ríe. Parece una persona decente, es una lástima.
–¿Por qué estás tú aquí? –pregunta. Se detiene de nuevo, esta vez para comprar un café para llevar. Por la supuesta integración en la universidad, han abierto varios establecimientos en el campus. Pide un expreso para él, luego asiento con la cabeza y compra uno para mí también.
–Mi familia ha trabajado con vampiros durante siglos –digo–. Siempre me ha interesado este mundo. Y será interesante escuchar qué tienen para decir los vampiros sobre la historia.
Termina su café de un solo trago y luego se pone a analizar el vaso descartable, de color marrón oscuro con el escudo de la universidad impreso. Una rosa y un libro, envueltos en una gota de sangre, con tres palabras en gaélico en el medio. LORG IS MEÒMHRAICH .
–Hay campos del conocimiento a los que solo los vampiros tienen acceso –dice–.
Existen científicos que han vivido durante siglos, que descubrieron verdades mucho antes que los humanos, pero cuyas obras se han mantenido en la oscuridad.
Y artistas también –continúa, sin dejar de analizar el vaso–.
Hay obras maestras colgadas en las paredes de esta universidad que, en otras circunstancias, estarían en las salas más concurridas del Louvre.
Hago todo lo posible por fingir interés, pero me importan muy poco las supuestas obras maestras de Vampiria.
Sigo a Stephan por el campus hasta llegar a la más grande de las ocho bibliotecas.
Kinsnet es un enorme edificio abovedado, con un campanario y estatuas junto a las puertas de madera maciza.
Mientras la contemplamos, me cuenta que la biblioteca se llama así por Harriet Kinsnettle, una de las fundadoras de Tynahine.
Siento cómo el viento húmedo empuja la lluvia contra mi espalda, respiro hondo y me obligo a mantener la calma.
–No sé cómo son los vampiros que conoces, pero te aseguro que los alumnos de Tynahine son mucho mejores –dice, apretando mis hombros, debe haber notado mi intranquilidad.
Stephan abre la puerta de la biblioteca y yo acaricio la correa de cuero de mi reloj.
En cuanto levanto la vista, mi miedo inicial desaparece.
Cinco pisos repletos de libros llenan el espacio, escaleras caracol con barandas doradas y escalerillas de madera que llegan hasta arriba.
El techo abovedado y azul tiene una constelación pintada sobre él en color dorado, con querubines sosteniendo las estrellas.
El salón principal tiene cien mesas, todas ellas llenas de estudiantes con sus narices metidas en los libros y, por un segundo, olvido que no son humanos.
–Ah, allí está –susurra, mirando al otro lado del enorme salón.
Noto cómo el calor tiñe sus mejillas mientras sigo su mirada y la veo a ella.
Tiene las rastas recogidas con un pañuelo rosa para el cabello y algunas, sueltas, enmarcan su rostro redondo.
Lleva puesto lo que parece ser un suéter tejido a mano en color rosa pastel y verde, sobre una falda de jean.
Cuando se detiene junto a nosotros, sus ojos no se vuelven color carmesí, gran sorpresa. Sin duda, el ajo está funcionando.
Toco la correa de mi reloj y esbozo una sonrisa forzada. Stephan pasa un brazo por sus hombros, le da un beso al costado de la cabeza y luego gira hacia mí.
–Cassie, te presento a Ife. Ife, te presento a Cassie.
–Veo que no has perdido el tiempo en hacer amigos –dice la vampira, mostrándome los colmillos mientas sonríe. Su voz es dulce y ella es muy hermosa. Pero las más bonitas suelen ser las más peligrosas.
Ife mira el vaso descartable, ahora vacío, de Stephan y observa el emblema de la universidad.
– Lorg is Meòmhraich –dice–. “Busca tu reflejo”. Es gracioso, considerando que los vampiros no tienen reflejo, ¿no les parece?
–Los fundadores de Tynahine seguro tenían sentido del humor –digo, mirando hacia el techo. Esas dos palabras están grabadas en un arco. Todos los estudiantes que nos rodean están mirándome, aunque parecen más bien curiosos que sedientos.
–Creo que voy a explorar un poco –digo, con las mejillas doloridas de tanto sonreír–. ¿Nos vemos luego?
–Ven a cenar con nosotros mañana –dice Ife, antes de que yo pueda huir–. Prometo no morderte.
Puedo hacerlo .
–Claro –respondo. Cuando por fin me alejo de ellos, tomo la primera escalera que veo. Seguro notaron mi incomodidad o cómo se aceleraba mi corazón. No puedo quitarme de encima el asco. Stephan podría haber elegido cualquier estilo de vida. Todo aquel que pueda pagar Tynahine puede hacerlo.
En cambio, está echándolo todo a perder por una vampira.
No sé por dónde empezar. La sección de historia, en el cuarto piso, está demasiado concurrida.
Busco libros sobre los fundadores de Tynahine, con la esperanza de encontrar algún tipo de mapa de los túneles subterráneos del campus, pero me distraigo.
Kinsnet tiene manuscritos que supuestamente se quemaron en el incendio de Alejandría, con sus pergaminos intactos y completos.
Incluso está la poesía de Safo, los tomos completos, una fuente de literatura perdida.
Paso demasiado tiempo mirando los lomos de los libros, saco un volumen tras otro, hasta que casi olvido donde estoy.
Me inclino sobre la baranda en la parte más alta de los cinco pisos.
Ife no es la única sanguijuela en la biblioteca.
Mis músculos se tensan, mi cuerpo recuerda mi postura natural. Ha caído la noche.
He estado antes entre grandes multitudes de vampiros. Cien o más, con las muñecas atadas, haciéndome la víctima. Siempre salí con vida. Tynahine tiene un alumnado de doscientos humanos recién admitidos y tres mil vampiros. Y los tres mil, según Stephan, se comportan bien .
–No… –protesta una voz. Siento cómo mis manos se tensan sobre la baranda dorada. Miro fijo el laberinto de estanterías, tratando de localizar el origen de la voz.
–Muerde…
Mi corazón se acelera. No se atreverían. No en público. Tiro del cierre de mi reloj, tocando el metal frío de la cadena que hay dentro. Me superan en número. Ya lo sabía, pero siempre me superan. Y ningún vampiro que se haya enfrentado a mí ha vivido para contarlo.
–¡Más rápido! –grita la misma voz mientras me deslizo entre dos filas de estanterías. Ahora escucho un ruido, una especie de forcejeo y algo húmedo. Frunzo el ceño antes de darme cuenta de qué estoy escuchando.
–¡Mierda! Muérdeme, ¡maldita sea! –protesta la voz aguda y quejosa.
Tiro de mi reloj, saco la cadena de plata y le doy un golpe en el aire hasta que se endurece y toma la forma de una hoja. Los vampiros no beben, no pueden beber de alguien sin su consentimiento. Pero eso no les importa si pueden hipnotizar a sus víctimas.
–Mi turno, ¿puedo morderte? –dice la misma voz, justo cuando paso a la fila de atrás, con la hoja lista.
–No, mancharás mi camisa –responde una voz más grave y jadeante.
Dos vampiras , me doy cuenta, mirando los libros. ¿Qué carajo? Apenas alcanzo a distinguir sus sombras, contra la vitrina, la respiración entrecortada.
–Además, tenemos compañía –agrega la misma voz grave.
Mierda .
El corazón me late demasiado rápido. Solo entonces me doy cuenta de que estoy demasiado cerca de ellas, dentro del radio de cinco metros en el que un vampiro puede escuchar el corazón de un humano. Tengo que alejarme, rápido.
Bajo las escaleras evitando el contacto visual. Nadie salió herido. Así que todo está bien. Podría haber sido peor. Podría haber visto sus caras, ellas podrían haber visto la mía. Si no hubiera tomado el ajo, el olor de mi sangre sin duda habría causado alguna sospecha.
Echo un vistazo a la planta baja. Ife y Stephan se fueron, pero, para mi sorpresa, varios de los estudiantes que están sentados en las mesas son humanos. Algunos incluso me sonríen con simpatía. Como si ellos también acabaran de escuchar a dos chupasangres en plena acción.
Y no sé por qué lo hago, pero miro hacia arriba.
Mi mente dice que solo quiero dar una última mirada a la bóveda pintada, a las cadenas doradas de estrellas que llevan los querubines. Pero no es ahí donde fijo la mirada. Miro la baranda del quinto piso y la veo, justo en el lugar donde estaba yo.
Está vestida de negro de pies a cabeza, por lo que su cabello blanco, corto y alborotado, destaca aún más.
Llama la atención. No se parece a ninguna vampira que haya visto antes, con esa piel clara y los ojos negros que, de alguna manera, parecen atravesarme.
Y, a pesar de estar tan lejos, puedo ver la sonrisa burlona que se dibuja en sus labios manchados de sangre.
Regreso al edificio Tynarrich aturdida. El rostro de esa sanguijuela ya está grabado en mi mente y quiero borrarlo.
Quiero que Penny me llame, pero no puedo mostrar signos de debilidad en mi primera noche.
Ese no es el tipo de cazadora que ella entrenó.
No puedo fallar cuando el ascenso está tan cerca.
Ya extraño mi habitación angosta en nuestra base satelital, una celda de piedra que alguna vez fue habitada por una monja, junto al refectorio.
Pero cuando encuentro la puerta a la 904, comienzo a relajar los músculos.
Por lo menos aquí estoy a salvo. Enciendo la luz y suelto un suspiro de alivio, que se rompe enseguida al ver lo que tengo delante.
Mi habitación, que tenía muchas cortinas, ha duplicado su tamaño. La pared del lado derecho, que la última vez que la vi estaba adornada con cortinas negras, ha desaparecido.
Me quedo inmóvil, sin aire en los pulmones.
No puede ser, pienso. Pero mis ojos no me engañan.
Del lado derecho de la habitación, en frente a la cama, hay un ataúd.