Capítulo 1
L a chica en la fotografía de Penny cobra vida en el espejo. Acaricio con los dedos las extensiones pelirrojas que me llegan a la cintura. Mi madre era peluquera, así que me pregunto qué diría si me viera así. Le hubiera encantado verme por fin huirle al negro, y sin flequillo. Ya lo detesto.
La puerta metálica traquetea cuando el tren toma una curva, yo me sostengo del lavabo para mantener el equilibrio.
Las gafas nuevas se hunden en mi nariz. Cassie Smith.
Una chica rica y demasiado malcriada. Ya practiqué decir su nombre cientos de veces, hasta casi creer que es el mío, porque, si hay una ventaja que tienen los vampiros a la cual no soy inmune, es la habilidad para darse cuenta cuando alguien está mintiendo.
Por lo menos no me dirijo a casa . El tren no pasa ni cerca de Wishaw, donde vive lo que queda de mi familia. Ellos creen que estoy viviendo en los Estados Unidos ahora. Cada tanto, recibo sus mensajes, me preguntan cuándo iré a visitarlos. A veces, incluso, recuerdan mi cumpleaños.
Pero no hay lugar al que llamar casa cuando hay vampiros que destrozan tu mundo.
Regreso por el vagón de primera clase. Los asientos tienen mucho espacio para estirar las piernas, mi mesa está servida con un café en una taza de porcelana y un bollo con mantequilla.
Me acomodo en el lugar y limpio mis gafas con la manga del suéter de cachemir.
El paisaje toma una forma que alguna vez me resultó familiar: colinas oscuras con nubes bajas, pantanos y ovejas.
El corazón me late tan rápido como en mis primeras misiones. Jamás pensé que volvería.
Las calles sombrías de Inverness están húmedas, las gaviotas se posan en todos los tejados.
Cuando salgo de la pequeña estación, un automóvil negro me espera en el estacionamiento de la entrada.
Una estatuilla dorada de un cuervo con las alas extendidas decora el capó.
Las ventanas polarizadas están enmarcadas con el mismo color dorado.
Penny me prometió que alguien vendría a recogerme, pero me advirtió que no sería un cazador como yo.
Recupero el aliento. En cuanto ponga un pie en ese auto, seré otra persona. Cassie Smith, a quien no le molesta la compañía de los vampiros.
–¿Señorita Smith? –El conductor baja del vehículo y me saluda con un gesto cortante.
Lleva puesto un traje color crema sencillo, con un suéter de cuello alto blanco y un saco de lino.
Es un humano, con rasgos que delatan su mortalidad y un cuerpo que no se convertirá en polvo cuando su corazón deje de latir.
Es joven, quizá solo unos años mayor que yo.
–Cassie está bien –respondo, subiendo la maleta al baúl sin esperar a que él me ayude–. ¿Tynahine recoge a todos sus estudiantes?
Él se ríe, aunque no suena del todo natural. Desaparece por la parte delantera del auto y yo lo acompaño, ajusto mi cinturón de seguridad.
–La mayoría de nuestros alumnos llegan aquí en avión. Tenemos una pista de aterrizaje pequeña, por si desea traer su jet privado la próxima vez.
–Lo tendré en cuenta –digo, y examino su cuello en busca de mordeduras.
–A partir de mañana tendrá que ajustar sus horas de sueño –dice, sin apartar la vista del camino. Dejamos atrás la capital de las Tierras Altas, tomamos velocidad en la autopista y nos dirigimos hacia el sur.
–¿Sabes qué tipo de lugar es Tynahine? –pregunto. A nuestra derecha aparecen las aguas turbias del lago y desaparecen justo cuando altos árboles envuelven el camino, con sus troncos cubiertos de musgo y hojas marrones.
–Mi amo es profesor allí –dice–. Así que sí, sé bastante.
Su confesión me eriza la piel.
–¿Eres un familiar? –Intento sonar curiosa y no perturbada–. ¿Qué te llevó a elegir esa profesión?
–Quiero controlar mi propio destino –dice el sirviente. Mis labios se tensan y vuelvo a concentrarme en el paisaje–. ¿Entiendo que no le gustaría ser inmortal?
Prefiero morir , pienso.
–La inmortalidad no es lo mío –digo, intentando sonar tranquila–. Además, no sé si podría vivir sin ver la luz del sol. –Es la respuesta más inofensiva que se me ocurre y, dado el breve suspiro del familiar, parece que se la ha creído.
El bosque se vuelve denso y la carretera asfaltada se transforma en un camino de tierra.
–Hoy tendrá un día bastante tranquilo –rompe el silencio–. Solo una clase de bienvenida con los Decanos del Día y la Noche. Luego, el tiempo es suyo.
–Dijiste que tendré que ajustar mis horas de sueño –digo.
–Sería una buena idea. Sus clases de Integración son durante el día, con profesores humanos. Allí aprenderá todo lo que necesita saber para vivir en Vampiria. El resto de las clases –me mira de reojo– serán por la noche, con vampiros.
Me estremezco. El camino se oscurece a medida que los árboles forman un arco, dejando pasar solo unos rayos de sol dispersos.
–Hemos recibido algún que otro estudiante humano antes –dice–. Así que no se preocupe, su presencia no les sorprenderá demasiado.
–¿Por qué de repente hay tanto interés en admitir humanos? –pregunto. Además de tener bolsas de sangre fresca al alcance, claro –. Es decir, me alegra que lo hagan, pero me da intriga.
–En Tynahine, creemos que el conocimiento no debe guardarse bajo llave –dice.
Sus palabras parecen ensayadas. Con una matrícula anual superior a lo que mis padres alguna vez tuvieron en sus cuentas bancarias, los vampiros, sin duda, tienen un concepto muy limitado de quiénes pueden acceder a sus conocimientos .
El camino de tierra vuelve a nivelarse y recuesto la cabeza en la ventana. Un sendero de ladrillos rojos asciende hasta una imponente reja de hierro forjado, con una cerca alta cubierta de hiedra a cada lado.
Será una misión rápida, me digo a mí misma.
Robar un libro y salir. Tynahine tiene ocho bibliotecas oficiales, pero, según Penny, hay una novena, escondida.
En algún lugar, oculto en los pasadizos subterráneos del campus, hay una colección secreta de libros, prohibidos durante siglos y acumulando polvo.
Y entre ellos, el Libro de sangre y rosas.
De reojo, alcanzo a ver dos palabras que cubren la entrada: SEAN BIENVENIDOS. Las rejas se abren con un crujido, removiendo las hojas que estaban caídas.
No tienen idea a quién están dejando entrar.
Entre los árboles comienzan a aparecer casas de piedra. A lo lejos, distingo un puente gris que cruza lo que supongo que es el río de Tynahine.
–Ese es el río Negro –dice el familiar–.
Pero Tynahine se fundó mucho antes de que el río tuviera un nombre.
A este lugar lo llamaban “ an taigh ri taobh na h-aibhne” , “la casa junto al río”.
Luego lo acortaron a “ Taigh na h-Aibhne” , “la casa del río”, antes de ser adaptado y derivar en el nombre que conocemos hoy.
–¿Por qué lo llamaban “la casa”? –pregunto, mientras los edificios duplican su tamaño.
Por la medida de los ladrillos y el color oscuro entre ellos, puedo deducir que todos tienen siglos de antigüedad.
Algunos tienen columnas grandes y torcidas, otros están cubiertos por completo de hiedra, con hojas que van del color salmón al violeta oscuro.
–Seguro los primeros académicos se referían al antiguo pabellón de caza al otro lado del río.
–Reduce la velocidad cuando las calles empedradas entre los edificios se vuelven más angostas.
Distingo una plaza amplia con una fuente en el centro, rodeada por una arboleda de sauces con sus ramas casi desnudas.
No me indica dónde está el pabellón de caza.
En cambio, me entrega un mapa y una llave vieja y oxidada–.
Su habitación es la 904, en el edificio Tynarrich.
Bajo del coche y siento como el aire fresco me pellizca las mejillas. Las hojas caídas crujen bajo mis botas nuevas, saco mi maleta del baúl.
–Suba esa colina y atraviese el bosque de pinos –agrega.
El familiar desaparece antes de que pueda agradecerle.
El aire húmedo es tan fresco que me pica en la nariz. Después de pasar cuatro años en Londres, sé que debería disfrutar de este aroma dulce, pero no estoy aquí para limpiar mis pulmones.
Mi carta de admisión, dentro del sobre negro que Penny me dio luego de la última misión, estaba llena de imágenes del campus, pero ninguna le hace justicia.
La mayoría de los edificios se agrupan en el punto más profundo del valle, excepto Tynarrich.
Distingo la imponente silueta de mi residencia en el extremo izquierdo, separada por un bosque de pinos escarpado, justo como lo prometió el familiar.
Es uno de los edificios más antiguos, una austera fortaleza de arenisca con ventanas pequeñas.
Camino por el bosque y me detengo justo delante de las puertas de madera.
Un letrero en el arco de piedra dice TAIGH NAN NATHRAICHEAN y debajo, en español, EDIFICIO TYNARRICH .
Al ingresar, me encuentro con el salón de entrada tranquilo y silencioso.
No hay ni un solo vampiro a la vista. Una chimenea encendida junto a unos estantes con libros.
Contemplo el techo abovedado, con candelabros que cuelgan de cada arco.
Las ventanas pequeñas tienen postigos y unas cortinas pesadas que no dejan pasar ni un solo rayo de luz.
Las ruedas de mi maleta están cubiertas de lodo y ensucian una alfombra que, si no fuera por eso, estaría inmaculada.
Me detengo frente a una escalera caracol con una baranda en color dorado, miro hacia arriba.
Las paredes están cubiertas con retratos de antiguos aristócratas.
Mi habitación, la 904, queda en el noveno piso.
Fijo la mirada en la escalera, calculando la distancia. Definitivamente no .