Libro de sangre y rosas
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Prólogo
U n ramo de rosas sobre un ataúd de caoba oculta el hedor de la muerte. Velas altas y deformes decoran cada rincón de la habitación. Contemplo las llamas, blancas y azules, mientras que la vampira hurga en una cómoda vieja.
Voltea para fijar sus ojos color carmesí en los míos.
–Todavía no te muevas, cariño –dice.
–No lo haré. –Mi voz suena indiferente. En trance.
Los ojos rojos le permiten manipular la voluntad de los humanos a su antojo.
Cuando me vio por primera vez en la fiesta de abajo y percibió mi olor, me hizo ir tras ella sin perder el tiempo, como si tuviera prisa. Como si no fuera a vivir para siempre.
La decoración de su habitación es completamente opuesta a la del club.
Allí abajo es un caos industrial, repleto de tuberías y luces de neón.
Pero aquí hay cortinas gruesas de terciopelo y una alfombra persa roja sobre un suelo de madera.
Ella no oculta su vanidad, hay retratos enmarcados de sí misma en todas las paredes.
Sus rasgos llamativos, cabello castaño y labios carnosos de rubí, que no han cambiado a lo largo de los siglos, aparecen en cada lienzo.
–¡Ah! –dice–. Al fin. –Saca una daga. Una hoja dorada con una empuñadura de cristal incrustada con flores–. Ahora podemos comenzar.
Clavo la mirada en el arma, el corazón me late fuerte.
–¿Comenzar qué? –susurro.
Tengo la espalda presionada contra la pared.
Me paro justo donde ella me indicó; en el mismo lugar, imagino, que todas sus víctimas anteriores.
Ella acorta la distancia entre nosotras y coloca el cristal frío en mis manos, aprieta mis dedos con fuerza alrededor de la empuñadura.
Luego, se inclina, apoya la nariz en el recodo de mi cuello e inhala.
–Delicioso –susurra.
Mi sangre, del tipo S, es rarísima. Dicen que apenas uno de cada diez mil humanos la posee. Y, solo con olerla, hasta un vampiro saciado vuelve a sentir sed.
Mis dedos tiemblan alrededor de la daga. Sé lo que sucederá a continuación. Sé lo que ha pasado con sus víctimas anteriores. Se inclina hacia atrás, lo suficiente para que sus ojos rojos vuelvan a encontrarse con los míos, y me mira con un brillo intenso antes de dar la orden.
–Córtate el cuello.
Levanto la daga a la altura de mi cuello y sus pupilas se dilatan.
Aparta los labios. Tiene unos colmillos afilados como navajas, pero no quiere usarlos.
Quizás este sea su modus operandi : en lugar de morder y chupar de las pequeñas heridas punzantes, como hace la mayoría de los vampiros, esta quiere que me corte el cuello para obtener un flujo de sangre intenso y poder saciarse sin mucho esfuerzo.
La sirena de la policía invade la calle de abajo. Están demasiado lejos. Nadie me oirá si grito.
Por suerte, no es necesario.
–Prefiero no hacerlo –respondo.
Se queda inmóvil, inclinada para beber de la herida que aún no he abierto.
–¿Qué? –Me mira, confundida.
–Pero gracias por la daga –digo y relajo mis manos temblorosas.
Le hago un corte justo debajo del mentón, la hoja llega al hueso.
Se toma el cuello, sin poder hablar, mientras la sangre brota a borbotones de la herida.
Le doy una patada y, ahora, es mi boca la que esboza esa misma sonrisa que usó conmigo cuando asumió que yo sería una presa fácil.
Si fuese una vampira Pura, de las que ya nacen así y no necesitan convertirse, la herida en su cuello podría curarse en cuestión de minutos. Pero como es una Convertida, antes era humana, tardará días.
A primera vista puede ser difícil identificar con qué tipo de vampiro te estás enfrentando, porque todos tienen el mismo aspecto, salvo por el hecho de que los Puros dejan de envejecer cuando cumplen treinta años, mientras que los Convertidos se quedan congelados en la edad que tenían cuando fueron transformados.
Dame Danger no parece tener más de veinte años.
–Calisto te envía saludos –digo antes de sacar el arma que llevo escondida en el corsé del vestido. Un corte en la garganta no alcanza para matar a un vampiro, pero una estaca sí lo hace. La clavo en su pecho y oigo cómo se rompen las costillas antes de atravesar su corazón podrido.
Como todos los chupasangres, no deja ningún cadáver tras de sí. Solo humo y polvo.
Estiro los brazos sobre mi cabeza. Un zumbido grave me invade el oído derecho después de tocar mi arete de plata.
–¿De verdad esperas que me crea que ella era peligrosa? –digo.
–Solo sal de ahí –responde Penny, mi supervisora.
Apago las velas y corro las cortinas de terciopelo. Una luna llena se alza sobre el puntiagudo horizonte de Londres. La ventana cruje cuando la abro, mientras el viejo edificio victoriano protesta por mi peso. El viento sacude mi cabello corto y salto al exterior.
–En serio, estas misiones se están volviendo demasiado fáciles –digo. Sé que no debería quejarme. Pero, con suerte, Penny captará la indirecta. Entenderá que estoy lista.
Lista para saber la verdad.
Un coche negro frena a mi lado. Penny baja la ventanilla. Tiene el cabello rojizo atado en un rodete, un pañuelo gris envuelve su cuello.
–Apresúrate –dice. Subo y me siento a su lado, haciendo girar mi nueva daga entre los dedos–. Y dije que no te llevaras nada de la escena del crimen.
–Fue un regalo –digo, poniendo los ojos en blanco. Me recuesto en el asiento de cuero–. Sería bastante insensible de mi parte tirarlo después de matarla, ¿no te parece?
Penny no se digna a responder.
La base de Penny está en un convento abandonado a una hora al oeste de la ciudad, a mitad de una colina y escondido por un bosque.
Desde afuera, parece no haber nada más que ruinas: piedras cubiertas de maleza seca que ocultan lo que hace siglos fue un lugar sagrado.
Estaciona en la entrada y espera a que el sistema de seguridad reconozca el auto.
Una única farola titila a través de la niebla, indica que es seguro bajar.
Atravesamos el claustro, que tiene un pozo en el medio y está algo oculto por una capa de hiedra.
La mayor parte del convento quedó destruida durante la Segunda Guerra Mundial, aunque en ese momento llevaba siglos abandonado.
Por suerte, el refectorio y tres habitaciones angostas sobrevivieron a la explosión.
Calisto lo utiliza como base satelital, es tan grande como para alojar hasta a cinco cazadoras, pero solo estamos nosotras dos aquí.
–¿Lograron rescatar a alguien en la fiesta? –pregunto. Trabajo sola y mi trabajo es matar, no salvar. Pero Penny me ha prometido que siempre habrá un equipo de rescate de Calisto para sacar a los humanos sobrevivientes en cada fiesta de sangre que desmantelo.
–Eso no es asunto tuyo, Rebecca –dice ella y deja el bolígrafo. No puede mantener una reunión conmigo sin escribir cada palabra que digo en un cuaderno de cuero.
–No tienes que darme un número exacto –insisto.
–Ya hemos hablado de esto. –Detiene sus ojos fríos en los míos.
Es cierto. Suspiro entre dientes. Hay tantas cosas que necesito saber, pero Penny nunca me las cuenta. Cuántos humanos sobrevivieron a la fiesta de sangre. Cómo pueden continuar con sus vidas normales luego de cruzarse con criaturas que no deberían existir.
Quién mató a mis padres.
Todavía recuerdo estar sentada en esta misma oficina, cuatro años atrás, cuando hizo su promesa. “Trabaja para nosotros y te diré quién lo hizo”.
Pero todavía no. Solo cuando esté lista.
–¿Cuándo es mi próxima misión? –pregunto mientras toqueteo la silla con los dedos.
Penny tira de su pañuelo, aflojándolo un poco, aunque no lo suficiente como para mostrar la piel del cuello.
Sé que caza desde que tiene dieciséis años, poco después de que a ella y a su hermana las secuestraran para una fiesta de sangre.
Penny salió con vida. Su hermana, no. Nunca la he visto sin su pañuelo, pero puedo imaginar que, si alguna vez veo su cuello, estará lleno de mordeduras.
Cierra el cuaderno y saca una carpeta. Nunca la he visto sonreír, excepto el día que acepté unirme a Calisto. Esta noche, su expresión es más cautelosa que de costumbre. En lugar de responder, Penny hojea la carpeta hasta sacar una fotografía. Me la entrega y yo estudio la imagen.
–Cassie Smith –dice–, heredera de una empresa de distribución textil en Edimburgo.
Observo a la chica. Lleva unas gafas grandes con armazón dorado y tiene el cabello largo y pelirrojo, del color de la sangre. Tiene algo peculiarmente familiar y solo cuando me fijo en sus ojos me doy cuenta.
–Luce igual a mí, ¿verdad?
– Eres ella –dice, y se inclina hacia atrás–. Cassie es tu nueva identidad.
La miro boquiabierta, luego vuelvo a observar la foto entendiendo de repente que debe haber sido retocada.
–¿Identidad para qué?
–No fuiste a la universidad, ¿verdad, Rebecca?
–He estado algo ocupada cazando vampiros –respondo.
–Bueno, felicitaciones –dice mientras saca un sobre negro y lo desliza sobre el escritorio de caoba–, Cassie Smith acaba de ser aceptada en la Universidad de Tynahine.
Aprieto fuerte el asiento de la silla, sin mirar el sobre, concentrada solo en Penny. Tynahine . Mi corazón se acelera.
–¿A quién voy a matar? –pregunto. Nunca me han dejado estar ni cerca de los vampiros que van a Tynahine.
–A nadie –responde–. En Tynahine solo hay vampiros que respetan los tratados, ya lo sabes.
–Los tratados no significan una mierda –respondo entre dientes, ignorando lo que dijo sobre no matar a nadie.
Matar es lo único que sé hacer bien. Antes de poder preguntarle por qué iré allí, Penny se levanta y camina hacia la estantería que está junto a la puerta, sobre la que cuelga una espada plateada.
El arma le pertenecía a Catherine Lovelace, fundadora de Calisto.
La mayor cazadora de vampiros que jamás haya existido.
Desliza los dedos por el lomo de un tomo de cuero y luego gira hacia mí.
–Irás a encontrar un libro –dice.
–¿Un libro ?
– El Libro de sangre y rosas –responde, reclinándose sobre su colección–, un antiguo compendio con todas las debilidades vampíricas que aún no hemos descubierto.
–Ahora hay un brillo en sus ojos, pero todavía no sonríe–.
Este libro es la clave para por fin deshacernos de todas las sanguijuelas que hay en la Tierra.
–Pero ¿cómo es que una humana logró entrar en una universidad de vampiros ? –Miro el sobre negro. Por alguna razón, me da miedo abrirlo.
–Por primera vez en la historia de Tynahine, aceptan estudiantes humanos.
–¿Qué? –Un escalofrío recorre mi espalda.
–Es la nueva iniciativa del Consejo –dice, mientras regresa a su escritorio. Detrás de su silla hay un tapiz medieval con la imagen de Michael matando a una serpiente–. Para fomentar la integración con los humanos que ya están al tanto.
–¡Patrañas!
–No hay nadie más adecuado para el trabajo que tú –añade.
–No quiero regresar a Escocia –digo. Sé que estas palabras demuestran mi debilidad, pero es cierto. No he regresado desde la muerte de mis padres.
Todavía recuerdo mi último día en Escocia.
Tenía dieciocho años y estaba de pie en el andén húmedo y gris de la Estación Central de Glasgow, mis manos temblaban sobre la maleta vieja de mi padre.
El cielo estaba pesado, la lluvia caía sobre el techo mugriento de la estación.
No puedo imaginar cómo sería volver ahora.
–Si encuentras el libro, me aseguraré de que te asciendan.
–¿A Devota? –La miro sorprendida, sin poder creer lo que acabo de escuchar. El año pasado perdí mi oportunidad y ahora llevo cuatro años estancada en el rango más bajo de Calisto, el de Iniciada.
–A Suprema –dice. Es el rango de Penny–. Y te lo contaré todo –agrega, mientras intento procesarlo.
Me quedo sin aliento.
–¿Me contarás quién mató a mis padres?
–Todo –promete.
Tomo una bocanada de aire. Por un momento, la habitación desaparece y vuelvo a ser la chica de dieciocho años que acaba de perder a sus padres, por culpa de unos vampiros. La chica que era antes de que Penny tomara mi dolor y lo afilara hasta convertirlo en una estaca.
–Encontraré tu libro –digo.