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–Sí. –Asiento con determinación–. Acabemos con esto.
La plaza de Grève está a rebosar cuando avanzo hasta la barandilla del balcón, sobre las gradas que se han montado para esta ocasión en especial.
La multitud suelta un grito vengativo en cuanto me ve, y se me acelera el corazón.
Después de esto, ya no habrá vuelta atrás.
El crimen de lesa majestad quizá sea más eficaz que los grupos revolucionarios , me susurra de nuevo la voz de la antigua regente, Cristina, desde las profundidades del calabozo.
Levanto el brazo ileso para hacer callar a la multitud.
–Pueblo de Francia, hoy me presento ante vosotros como soberana.
Os han fallado. Primero Luis XXI y luego Luis XXII, que durante muchos años protegieron a los nobles culpables de los peores crímenes.
Os quitaron a vuestras hijas, hijos, padres, madres, hermanos y hermanas.
Todos habéis visto las imágenes que confirmaban de manera irrefutable la culpabilidad de esos hombres.
Un clamor asciende desde las gradas que rodean la guillotina. Durante el juicio a los prisioneros del convento, se exhibieron sus grabaciones en la televisión y la prensa. La ira de la población fue tal que saquearon las casas de los acusados.
–Luego, un revolucionario os prometió justicia. Un revolucionario que no tardó en encerrar a mujeres y niños en celdas.
De nuevo, los gritos sobrevuelan la multitud.
–Un revolucionario que puso una bomba para matar a los miembros de la cámara alta y que intentó asesinarme para llegar al poder.
Dejo que la ira se desate en las gradas.
No he revelado el material comprometedor de los muertos que hemos encontrado en los aposentos de Leclerc, en la única parte del palacio que permaneció intacta tras la explosión de la sala de baile y el edificio principal, tras el incendio que se propagó hasta las bombonas de gas de las cocinas en la planta inferior.
Quería preservar la imagen de los desaparecidos, no para manipular la ira de las masas, sino para no infligirles más dolor del necesario.
Ya bastantes confrontaciones y turbación hay en este país.
–Un revolucionario que causó la pérdida del heredero al trono –continúo.
Tras la mención a mi falso aborto, llegan los abucheos.
–Pueblo de Francia, con el corazón en un puño, anuncio la disolución de la cámara baja, compuesta por los últimos defensores de un loco.
Soy consciente de la gravedad de esta decisión, pero, tras los motines que han sacudido toda Francia estas últimas semanas, no tengo otra opción.
Ahora tomo las riendas del país y pongo mi vida en vuestras manos.
Solo tengo una responsabilidad: ¡serviros!
Serviros para que tengáis mayor educación, salud y, sobre todo, justicia.
No dejaré que un puñado de personas se crean con derecho a contrataros por una miseria, a aprovecharse de vuestras esposas e hijas, a saquear la fortuna de vuestros ancestros.
Declaro solemnemente ante vosotros que suprimo los privilegios.
La multitud estalla en vítores. Durante un minuto, la observo con el corazón en un puño.
Con qué facilidad acabo de desprenderme de los resultados de las últimas elecciones.
El duque tenía razón: nadie está preparado en este país para una democracia.
Si hubiera anunciado algo así en Turquía, ya me estarían arrastrando hacia la guillotina.
Quizá sea el destino que acabarán reservándome dentro de unos años si alcanzo mi objetivo.
–Pueblo de Francia, os he prometido justicia –prosigo–. Y dicha justicia comienza castigando crímenes.
Hago una señal y, rodeado por las maldiciones de las masas, el duque avanza por la pista.
El duque, monsieur de Choiseuil, monsieur de Polignac y todos los antiguos miembros de mi gabinete.
Pero también la madre superiora del convento, seguida de sus esbirros, las hermanas Brune, Ludivine, Louise y Amélie.
Cierra la comitiva Charbonneau, acompañado por los últimos guardias republicanos que quedan con vida y los revolucionarios que han causado revuelo en el país estas últimas dos semanas.
–Duque de Lorena –comienzo a decir–, por haberle procurado cuatro jóvenes a Luis XXII y haberlas enviado a la muerte, por haber asesinado a Olivier Mathurin, mi padre, y por intentar dar un golpe de Estado, sufrirás la pena capital.
–¡La pena capital! –repite la multitud.
Sigue gritando insultos mientras el verdugo se acerca a él, lo coge y lo lleva al patíbulo.
El duque no aparta los ojos de mí y, aunque lo odio, no puedo evitar acordarme de Antoine caminando hacia su fin.
Dentro de unos segundos, voy a convertirme en un monstruo.
Alguien me coge de la mano y me la aprieta con fuerza para darme valor. Félix.
El verdugo hace girar al duque y suelto a Félix para levantar el brazo. Cuando lo dejo caer, el verdugo acciona la guillotina. La cabeza de mi peor enemigo cae en la cesta.
–¡Viva la reina! ¡Viva la reina!