Libertad obliga 54 #2
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Desde la cama del hospital, he tenido que gestionar cientos de motines en todas las ciudades de Francia mientras Félix mandaba intervenir a sus tropas para ayudar a las fuerzas del orden a garantizar la seguridad de la capital y, sobre todo, la cámara baja, que una multitud ha tratado de asaltar durante varios días.

Debido a los diputados republicanos más decididos, hemos estado a punto de sufrir una guerra civil.

Pero sí que ha habido muertos. Entre ellos, Ophélia Lautrec, caída bajo una barricada.

La noticia me ha aliviado. Temía tener que encerrarla para que guardara silencio.

Nuestro coche sube por las orillas del Sena y cruza por fin la valla del barrio de Orsay, donde he situado el gobierno.

Nos detenemos ante la escalinata y los criados se apresuran a abrirnos la puerta.

Una cámara graba mi entrada y le sonrío por última vez.

A partir de este mediodía, ningún equipo de televisión podrá grabar aquí.

Camino con rigidez hasta el enorme vestíbulo, seguida de Félix, tratando de ignorar el dolor que le provoca a mi cuerpo herido cada uno de los movimientos.

–Su cita la espera en su despacho, majestad –me informa monsieur Dupont, mi nuevo administrador.

–¿La sala es segura?

–La han inspeccionado nuestros agentes, igual que a su invitado.

–Bien.

Subo por las escaleras, pero las piernas me traicionan.

Enseguida, Iphigénie aparece y me coge del brazo para ayudarme a ascender los últimos peldaños.

No ha querido abandonar mi servicio. «Le debo la vida», me ha dicho.

Me sigue sujetando hasta que llegamos a mi despacho.

Sentado en un sofá, el embajador de Turquía se levanta a toda prisa.

–Regente –me saluda con una reverencia.

Me esfuerzo por mantenerme recta y adoptar una expresión impasible. Iphigénie me guía hasta un sillón y me siento frente al hombre con un fino bigote, vestido a la última moda de Estambul. Félix toma asiento en un sillón detrás de mí.

–Señor embajador, le he convocado hoy aquí no tanto como regente, sino como soberana del país.

Un fugaz brillo de sorpresa le ilumina los ojos al hombre, pero lo reprime enseguida.

–Conozco todos sus... «esfuerzos» por promover la democracia en este país al apoyar a monsieur Leclerc –continúo–. Y supongo que conocerá también los míos.

El embajador asiente. Mi alusión tanto a mi papel de espía como al apoyo de Turquía a Leclerc es clara y, si no lo es para él, lo será para el gobierno turco al que le hará llegar mis palabras.

–Sé que pretende respaldar la emergencia de regímenes liberales en Occidente, cueste lo que cueste.

Le puedo asegurar una cosa: yo también persigo ese objetivo.

Pero ya ha visto los motines de estos últimos días.

Serán necesarias numerosas reformas y muchos años para que podamos corregir el rumbo y deshacer lo que han hecho mis predecesores.

Los trabajos que debemos llevar a cabo, sobre todo en educación y justicia, serán considerables.

Esto solo se puede conseguir con un jefe de Estado que no retroceda ante nada.

–Usted, claro.

Se esfuerza por responder con un tono neutro, pero intuyo que me está juzgando. Sabe lo que me dispongo a hacer tras esta entrevista.

–Veo que nos estamos entendiendo, señor embajador. –Le sonrío–. No tenga miedo, seguro que, con su ayuda, podremos garantizar que mi reinado dure lo menos posible.

Inclina la cabeza hacia un lado.

–¿Y qué clase de ayuda necesita?

–He oído que parte del presupuesto de educación ya se destina a enviar a jóvenes, sobre todo mujeres, a estudiar en su país.

Ahora debemos conseguir que toda una generación se empape cuanto antes de sus ideas sobre los derechos humanos y la secularidad del Estado si queremos tener una oportunidad de éxito.

La fallecida mademoiselle Agnès soñaba con aprender Derecho en Estambul.

Este nuevo programa llevará su nombre. ¿Puede hacerle llegar esta propuesta a su gobierno?

–Como desee, señora.

–Por supuesto, cuento con usted para facilitar no solo la próxima visita de Estado, sino también las futuras relaciones comerciales que espero mantener con su país. ¿Quién sabe? Quizá algún día tengamos la oportunidad de formar parte de su Unión.

Un brillo le ilumina los ojos y siento que ha picado el anzuelo.

Facilitar el acceso de sus exportaciones al mercado francés, un mercado al que no han podido acceder desde la última guerra, debería convencerlos de una vez por todas de archivar las escenas que captó mi grabadora en Nobleza obliga y ocultar para siempre mi papel de espía.

A veces solo se necesita el comercio para que las personas dejen de pelearse entre sí , me dijo un día mi padre en su despacho.

Se me cierra la garganta al pensar en él.

–Majestad, será un placer –anuncia–. De nuevo, felicidades por su acceso al trono.

Se pone en pie para hacer una reverencia.

–Gracias, señor.

Me levanto a duras penas del sillón y me dirijo a él para ofrecerle un saludo republicano. El embajador lo acepta.

Cuando el hombre sale de la estancia, Félix se arrodilla a mi lado y me coge de las manos.

–¿Estás lista?