Libertad obliga 54
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U na brisa fría de noviembre recorre el patio cuadrado de Versalles y hace que mi vestido negro revolotee cuando me acerco a la entrada.

Después de un mes entre las cuatro paredes de mi habitación de hospital, el palacio me parece gigantesco.

Una anciana, también de luto, viene a mi encuentro.

La regente Cristina me acoge en sus brazos.

–Casi no te he reconocido con este vestido –musito.

–Ni yo misma.

Espero que me suelte, pero me aprieta con un poco más de fuerza y un relámpago me recorre el hombro que me atravesó la bala.

–¿Cómo te encuentras, niña?

–Me estás presionando las vendas –gimo.

Se aleja de inmediato.

–Lo siento –responde, avergonzada.

Me mira de la cabeza a los pies.

–Hay que felicitar a tu estilista por el maravilloso trabajo que ha hecho camuflando tus heridas con este vestido.

–Pero están ahí, te lo aseguro.

Sufrí quemaduras graves en parte de las piernas, la espalda y el hombro derecho.

Por suerte, no hasta el punto de necesitar un injerto, pero sí lo suficiente para que aún necesite morfina.

En cuanto a mi hombro, sigo llevándolo inmovilizado con un cabestrillo y tardaré mucho tiempo en recuperar toda la movilidad.

–Ven, vas a coger frío –musita Cristina.

Por primera vez desde que salí de Nobleza obliga , el día de mi boda, me encuentro bajo los adornos dorados de Versalles.

Atravesamos un salón, donde percibo a Sophie de Montallandier, irreconocible sin el velo de monja, quien tiene sobre sus rodillas a un niño de un año y está acompañada por otra antigua interna del convento de La Fortaleza cuyo nombre no sé.

Se apresuran a hacer una reverencia cuando paso, pero no nos detenemos.

–¿Qué tal te estás adaptando a la nueva vida? –pregunto.

–Muy bien, desde luego. Sin embargo, me da la impresión de que hablo demasiado. Tiendo a monopolizar las conversaciones. Ay, no me lo suelen decir, claro, pero siempre intuyo cierto aburrimiento en mis interlocutoras. Supongo que quiero recompensar los años de silencio.

–¿Y las demás?

–Para algunas es duro. A las antiguas internas del convento de Notre Dame les ha costado abandonar La Fortaleza.

Las que han acabado aceptando salir de su habitación se han juntado con sus compañeras de desgracias en Randan.

Sin embargo, otras han vuelto a la vida.

Madame de Vogüe ya está en casa con sus hijos, igual que madame d’Alambert y la duquesa de Aquitania.

Creo que no imaginas el alivio que han sentido al conocer la muerte o el encarcelamiento de sus maridos y amantes.

Asiento. Los supervivientes del tiroteo del convento no fueron demasiado lejos porque los atraparon las fuerzas policiales, que hacía un mes que los buscaban. En cuanto al resto de nobles presentes en el baile, todos murieron al explotar las bombas. No hubo ningún superviviente.

–Es un poco más duro para las madres solteras –continúa la antigua regente mientras subimos al primer piso–.

Aunque se hayan podido reunir con sus hijos, bueno, es mucho el tiempo perdido que deben recuperar.

Necesitan aprender cómo es la maternidad con un niño que no las conoce.

Mi nuera y yo ayudamos todo lo que podemos, claro, pero algunas situaciones son delicadas.

–No dudes en avisarme si puedo hacer algo por ellas.

–Ay, niña, ya has hecho tanto...

Se detiene ante una puerta. Cuando la abre, Solange, aún con la cabeza vendada, está sumergida en las páginas de un libro. Luis se encuentra a su lado, en una enorme cama impecable en el centro de esta habitación rosa y blanca, pintada de colores pastel. Los interrumpo en mitad de la historia.

–¡Gabrielle!

Cojeo hasta la cabecera para abrazarla.

–Pensaba que seguías hospitalizada. Según lo que me dijeron, te quedarías allí durante seis semanas.

–Insistí para que me dejaran salir y me lo han permitido esta mañana.

La suelto y me siento en el borde de la cama.

–¿Y tú cómo estás, Luis? –le pregunto, despeinándolo.

–Bueno –responde el niño.

Intercambio con Solange una mirada que me dice todo lo que necesito saber: Luis sigue muy afectado por el encarcelamiento. Supongo que, como los demás, tardará mucho tiempo en olvidar ese sufrimiento.

–Luis, ¿y si vas al salón de la planta baja? –le propongo–. He traído un cargamento de juguetes y creo que los criados lo están desmontando. Puedes coger todos los que quieras.

–¿De verdad? –pregunta, de repente un poco más entusiasmado.

–De verdad. Tengo que hablar un momento a solas con Solange, pero enseguida te acompaña.

–¡Vale!

Se levanta y corre hacia la puerta.

–Vamos, Luis, ven conmigo. Te lleva la abuela. –La regente Cristina le dedica una sonrisa.

En cuanto se van, cojo a Solange de la mano.

–Lo siento. Nunca debería haberos arrastrado a Agnès y a ti a este lío. Si hubiera dejado que os marcharais desde el principio, no habríais sufrido nada de esto y Agnès seguiría con vida.

Una lágrima me recorre la mejilla. He llorado todos los días por la pérdida de mi amiga.

–Espero que me perdones en algún momento.

–No hay nada que perdonar, Gabrielle –musita–.

Tenías una responsabilidad e intentaste cumplirla lo mejor posible.

Y lo has conseguido. Mira, ahora te has convertido en la nueva regente, y la cámara de pares ya no existe.

Eres libre de transformar el país como te apetezca, sin la presión de los nobles más poderosos de Francia, con un parlamento de verdad.

Frunzo los labios. Un parlamento de verdad que estoy a punto de disolver para deshacerme de los defensores de Leclerc tras la revelación de su tentativa de golpe de Estado. Un parlamento de verdad que sé que tardaré años en reconstituir. Una losa se posa sobre mis frágiles hombros.

–Agnès lo habría entendido –me tranquiliza Solange–. Seguro que, esté donde esté, ya te ha perdonado.

Trago saliva. Está claro que Solange se equivoca.

Agnès no quería morir por la causa. Deseaba vivir, estudiar en Turquía...

Pero no respondo por miedo a disgustar a mi amiga, embarazada y muy dolorida por las quemaduras.

Salió ayer del hospital, pero los médicos se mostraron firmes: debe guardar cama unas semanas más, o incluso hasta el final del embarazo.

–Gracias, Solange.

Le presiono la mano un poco más.

–Me alivia que estés bien, igual que el bebé.

El rostro se le ilumina de inmediato.

–Creía que me iba a desmayar de alegría cuando me dijeron que era una niña. Tenía tanto miedo de que fuera el heredero...

–A decir verdad, yo también.

–Pero ahora todo irá bien –responde–. No tendrá que llevar la corona. Podremos tener la vida que deseemos.

–Solange... –musito.

Se me forma un nudo en el estómago.

–Lo siento, Solange. Es probable que me odies por esto, pero...

–¿Qué pasa, Gabrielle?

–Si he venido a verte es para pedirte que te exilies. Con Luis.

Abre mucho los ojos.

–No pretendo seguir siendo regente. Si quiero transformar el país, debo convertirme en reina. No debe haber más herederos al trono de Francia, hombre o mujer, en torno a los que se pueda unir la nobleza. Debo... Debo hacerte desaparecer del panorama político.

No obstante, en lugar de la ira que esperaba, una enorme sonrisa le ilumina el rostro.

–Ay, ¡no te odio! No sabes qué regalo me estás haciendo.

Las lágrimas le inundan los ojos, igual que a mí.

–Siempre he soñado con tener una familia y criar a mis hijos con calma. Ahora tengo a Luis y a la niña. Podremos gozar de una buena vida, lejos de las intrigas de la corte.

Le cojo de la mano e inspiro hondo.

–Solange, esta es la última vez que nos veremos. En cuanto los médicos me den luz verde, un avión medicalizado os llevará a Brasil. Podrás pasar el resto del embarazo allí, a salvo, sin temer la acción de mis opositores.

Espero sus protestas, pero solo me abraza.

–Ay, Gabrielle, ¡qué contenta estoy!

La estrecho una vez más antes de salir de la habitación para dejarla descansar.

Cuando entro en el coche, Félix me está esperando. Me dedica una enorme sonrisa. Me refugio en sus brazos, unos brazos que ya no tengo ganas de abandonar, y apoyo la cabeza en su hombro, evitando la costilla rota que aún le molesta.

–¿Cómo se ha tomado la noticia? –pregunta.

–Muy bien. Tenías razón, me he preocupado por nada. Estaba encantada.

Desliza los dedos entre los míos y me deleito con su roce. Tenía tanto miedo de perderlo y se ha salvado por tan poco...

–Todo va a ir bien –musita, confundiendo mi reacción con nerviosismo–. Tranquilízate. Ahora mismo tengo a muchos hombres vigilando el palacio y la capital está a salvo. Nadie puede intentar nada.

Al recordar lo que nos disponemos a hacer, la aprensión me oprime el pecho.

–Pero ¿me querrás incluso después de todo esto, Félix? –le pregunto con voz temblorosa.

–Ya te lo he dicho: la opción que me has presentado no tiene nada que ver con el dilema de Al servicio del rey . No me estás pidiendo que sacrifique la vida de inocentes, sino que haga justicia.

Me aprieta un poco más fuerte la mano sana.

–Te seguiré hasta el final. Un día, cogeremos juntos este coche, sabiendo que nuestro país puede dirigirse solo. Y llegaremos a ese punto, no te preocupes.

–Espero de todo corazón que así sea.

Pasamos el resto del trayecto en silencio, aprovechando este momento de calma que es solo nuestro, mientras nuestro séquito se adentra en la capital con las fachadas cubiertas de velos negros.

No solo París, sino toda Francia está de luto.

La nobleza mayor del reino, la que aparecía en pantalla todos los días, desde el amanecer hasta el anochecer, ha muerto.

El pueblo la llora como si hubiera perdido a seres queridos.

Se han interrumpido todos los programas y, en ese panorama audiovisual, solo quedo yo, una heroína trágica que han visto desmayarse en los informativos matinales, derribada por los fieles de aquel a quien habían elegido.