Libertad obliga 53
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– ¿M ajestad ? ¿Majestad?

Lo primero que se me cuela por las fosas nasales es el olor a desinfectante. Luego, capto el sonido estridente que emite una máquina a intervalos regulares. Cuando abro los ojos, me encuentro con un hombre calvo de mediana edad inclinado sobre mí.

–Mi señora, ha estado herida de gravedad. Soy el doctor Guérin, el encargado de su operación.

¿Operación? Advierto la vía en el brazo derecho, el cabestrillo que me inmoviliza el izquierdo y los hilos que escapan de mi bata azul bajo el brillo de la lámpara de esta habitación de hospital. Un dolor sordo me paraliza todo el cuerpo.

–Está en el hospital Casa de Dios. La trajimos aquí tras el atentado. Una bala le atravesó el hombro limpiamente, señora. Estuvo a punto de matarla.

Ante la mención del atentado, todos los recuerdos me inundan la mente y la conmoción es tal que empiezo a temblar. El dolor aumenta de nivel.

–Aquí está a salvo –me asegura el médico–. El rey está bien, igual que mademoiselle Solange. Están fuera de peligro. Pero, señora, su bebé...

Noto su vergüenza. Me había olvidado de la historia del embarazo ficticio, una mentira que les habrá parecido evidente a los equipos médicos que se han encargado de mí. Sin embargo, es la última de mis preocupaciones. Félix... Recuerdo haberlo visto en el suelo y los ojos se me llenan de lágrimas.

–Lo perdió al volver del convento, ¿verdad? –me pregunta el médico al confundir mis emociones–. Señora, lo siento mucho. Eh... Monsieur de la Brivoisière nos dijo que lo más probable es que hubiera sufrido un aborto en ese momento, pero debíamos comprobarlo antes de operar y...

–¿Félix está vivo? –pregunto con una voz ronca que no reconozco.

–¿Félix? –pregunta el médico, confuso.

–Monsieur de la Brivoisière –insisto, ocultando a duras penas mi inquietud–. ¿Dónde está?

–Monsieur de la Brivoisière está justo ahí, mi señora. No ha abandonado el umbral de su habitación en ningún momento.

El alivio es tan grande que me quedo sin palabras. Está vivo. En ese instante, recuerdo que Agnès ha muerto. Cierro los ojos con fuerza, sobrepasada por un océano de pena.

–Majestad, siento insistir, pero la prensa espera noticias suyas y del heredero al trono. Debo hacer una declaración dentro de poco.

Cuando reabro los párpados, el médico está inclinado sobre mí, con un nerviosismo evidente. Trago saliva. No creí que, en la cama de un hospital, tuviera que mentir de nuevo por una narrativa.

–Solo dígale que Leclerc es el responsable de su muerte. Nadie necesita saber más.

–Bien –dice, recuperándose de golpe–. Vendré tras la conferencia para explicarle el tratamiento y las operaciones a las que aún tendremos que someterla. ¿Quiere que llame a monsieur de la Brivoisière?

–Por favor.

El doctor se aleja de la cama en dirección a la puerta para abrirla. No pasa ni un segundo antes de que Félix entre en la estancia con tensas zancadas. Aún con el uniforme negro, el rostro vendado en parte y despeinado, posa en mí los ojos, marcados por el agotamiento y una chispa de miedo.

–No la agobie –le susurra el médico con un susurro–. Está muy débil.

En cuanto abandona la estancia, Félix se acerca a la cabecera y se sienta en una silla cerca de la cama, esbozando una mueca de dolor. Me coge de los dedos que tengo libres y su calidez atenúa durante un momento mi sufrimiento.

–Félix, creía... Creía...

Me tiembla el labio inferior.

–Estoy bien –me asegura–. Llevaba un chaleco antibalas, pero el golpe fue tan violento que me rompió una costilla y perdí el conocimiento. Gabrielle, sentí mucho miedo cuando recuperé la conciencia y vi que te llevaban al hospital.

Tiene los ojos anegados de lágrimas y se lleva mi mano a los labios para besarla.

–No habría podido vivir sin ti.

–¿Y tu hermano? ¿Está...?

–Bien. Ileso.

–Leclerc... Leclerc me dijo que habías muerto –balbuceo.

–Ah, ¿sí? Leclerc debió olvidar que sobreviví a Al servicio del rey –responde con una suave sonrisa–.

¿Sabes? No mentía cuando dije un día ante las cámaras que tenía una intuición excelente.

Anita parecía estar muy nerviosa mientras me preparaba.

Luego, me di cuenta de que Guillaume, mi lacayo, había tomado distancia en lugar de acompañarme al coche, como solía hacer.

Sabía que mi criada estaba enamorada de él, por lo que entendí que algo estaba ocurriendo.

Entré en el vehículo antes de salir enseguida por la puerta contraria, aunque no tan rápido como me hubiera gustado, como habrás podido comprobar.

Se señala las vendas que le cubren la parte derecha de la cara.

–Después, hui a pie. Tardé un tiempo, demasiado en realidad, en reunirme con mis hombres.

–¿Y los guardias de Leclerc? –pregunto–. ¿Y Charbonneau? ¿Están...?

–Lo hemos detenido, igual que a todos los que seguían con vida tras nuestro enfrentamiento. Se rindieron justo después de que cayeras.

Se le tensa un músculo de la mandíbula.

–¿Y los prisioneros del convento están...?

Una punzada de dolor me atraviesa de repente el hombro izquierdo y me obliga a interrumpirme. Cuando abro los ojos de nuevo, Félix me observa con inquietud.

–Gabrielle, lo siento, no deberíamos hablar de este tema. El doctor me ha dicho que no te agobie.

–Quiero saberlo.

–El barón no ha sobrevivido. Ni su mujer. Los demás están en prisión o han vuelto a su casa.

Asiento. Mis antiguos señores han muerto, por lo que me deleito con la noticia.

–Siento lo de tu madre –musito–. No pude hacer nada.

Félix se queda en silencio, e intuyo que se está tragando su pena. A pesar de eso, las lágrimas le brillan en los ojos.

–Ven.

Le tiendo la mano. Con precaución, Félix se levanta y se tumba a mi lado en la enorme cama del hospital. Lloramos a nuestros muertos en silencio.