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M e pitan los oídos y solo consigo llorar al ver el caos y la destrucción.
El ataque de las llamas sobre mi cuerpo no es nada, nada de nada, comparado con el dolor fulminante que se apodera de mí.
Agnès ha muerto. No he conseguido salvarla.
Sollozo contra el pecho de Félix mientras, por toda la ciudad, las sirenas comienzan a aullar.
–Debemos detener a Leclerc –susurra Félix con un hilo de voz.
–Está... Está muerto –logro articular.
Una descarga de odio sustituye por un momento mi pena.
–Pero quedan Charbonneau y sus hombres. Félix, tenemos que arrestarlos o harán prisioneros a...
–¡Necesitamos una ambulancia! –grita el hombre que intenta reanimar a Luis.
Félix se separa de mí.
–A palacio. Rápido –ordena–. Debemos poner al rey a salvo.
El barco sufre una sacudida que me hace caer sobre el puente y Félix se precipita hacia mí para levantarme.
Remontamos el curso del río. Desde la borda, advierto que nos acompañan alrededor de diez lanchas más.
Avanzamos entre el con vento y el palacio, ambos en llamas.
Uno de los soldados pasa junto a nosotros y comienza a rebuscar en una caja que hay en la proa del barco.
Saca una serie de mantas de supervivencia.
Le coloca una sobre los hombros a Solange, quien se tambalea hacia delante y hacia atrás sin apartar los ojos de Luis, a quien siguen tratando de reanimar.
Luego, le tiende una a Iphigénie y, por último, a mí.
Félix me envuelve con ella mientras navegamos bajo el puente de Luis XIX.
Reparo en varios peldaños un poco más lejos que suben hasta el muelle de palacio.
Sobre nosotros, oigo las sirenas de numerosas ambulancias, camiones de bomberos y coches de la policía que se están acercando. El barco se detiene con una sacudida.
–¡Desembarcad! –grita Félix.
Me suelta para ayudar al soldado a bajar a Luis.
Luego, me coge y salta sobre las escaleras, con sus soldados pisándole los talones.
Manteniéndome aún entre sus brazos, corre hacia el muelle.
Ante la valla de palacio hay ya diez ambulancias, y los soldados que montaban la guardia corren sin aliento hacia la escalinata para ayudar a los heridos.
El hombre que lleva en brazos a Luis se dirige al primer vehículo de socorro y tres personas se ocupan enseguida del pequeño.
–¡Luis! –grita Solange a mis espaldas.
Pero la pierdo de vista cuando Félix se acerca a otra ambulancia.
–La regente... –comienza a explicarles a los sanitarios.
–No, Félix –me opongo.
–Pero, Gabrielle...
–Necesitas mi autoridad para arrestarlos. ¿Qué harán las fuerzas de la policía al ver a los guardias enfrentarse a tus soldados? ¿A quiénes seguirán?
Asiente y me abraza con más fuerza antes de echar a correr hacia la puerta de palacio.
–¡Conmigo, tropas de París! –exclama–. ¡Conmigo! ¡En nombre de la regente!
Sus hombres se despliegan enseguida a nuestro alrededor, con las armas en la mano, y los que se apresuran hacia palacio se quedan paralizados.
En ese momento, un guardia de rojo abre la puerta de la escalinata, con los cristales destrozados por la explosión.
Alrededor de veinte hombres escapan por ella.
Detrás, una cámara. Félix me deja en el suelo y se coloca ante mí para utilizar su cuerpo como escudo.
–¡Ni un solo paso más! –exclama Félix–. ¡En nombre de la regente!
Me giro hacia las fuerzas de la policía que rodean el palacio.
–¡Traición! –grito lo más alto posible–. Arrestad a los guardias de rojo y a todos los hombres del presidente Leclerc.
Tras este grito, los agentes del reino pasan ante los camiones de bomberos, bloqueándoles el paso, para lanzarse en fila tras Félix y sus soldados.
Me doy media vuelta. Ahora, el ala norte es presa de un incendio tan grande que parece que estemos a pleno día, y los guardias de rojo se están reuniendo en las escaleras, apuntándonos con las armas.
–¡Ni un paso más! –repite Félix, quien se ha detenido–. Agrupaos.
A la izquierda de palacio, un movimiento atrae mi atención.
Alguien abre una ventana. Un hombre en camisón salta con un niño en brazos para correr hacia nosotros.
El barón de Kerdoncuff. Pronto, decenas de personas escapan de palacio, todos los rehenes retenidos en el convento.
Entre los supervivientes, reparo en Augustin, que corre hacia su hermano a toda velocidad.
Varios guardias de rojo dirigen enseguida sus armas hacia ellos.
–¡Félix!
–¡Fuego!
Se oye el impacto de las balas y surgen gritos a nuestro alrededor. Félix levanta su rifle de asalto y caen unos diez hombres de rojo.
–Ve a refugiarte tras las ambulancias, Gabrielle –me ordena.
Pero no puedo. A pesar del dolor que me recorre todo el cuerpo, solo puedo observar al barón caído y al niño que rueda por el suelo, inconsciente.
¿Dónde está Augustin? Se oyen nuevos disparos y me lanzo a tierra.
Los gritos desgarradores cruzan la noche, opacando las instrucciones de los soldados y las fuerzas del orden.
Otra explosión retumba sobre mí y noto la brisa que se lleva consigo mi manta de supervivencia.
Cuando levanto la cabeza, las llamas ahora salen del edificio principal.
Han caído casi todos los guardias de rojo.
–¡Félix!
Pero este duda. Da dos pasos atrás antes de desplomarse en el suelo. Me levanto y me lanzo hacia él.
–¡Félix!
Pero no me escucha. Tiene los párpados cerrados.
–¡Félix!
Un golpe violento me sacude el pecho. Un velo negro me bloquea la mirada, y caigo sobre él.