51
C ruzo el pasillo a toda velocidad , a pesar de que noto las piernas rígidas por el veneno y el dolor sigue atravesándome el pecho. Cuando estoy bajando las es caleras, choco con Ambre.
–Señora, ¿qué hace...? Ay, Dios mío, ¡está herida! –exclama señalándome el cuello.
–Escúchame, Ambre –le ordeno, cogiéndola por el cuello del vestido–. Leclerc ha colocado explosivos en la sala del baile. Tienes que ir al salón azul y evitar que Charbonneau active el detonador.
–Eh...
–¿Lo has entendido?
–Sí.
La suelto y sigo descendiendo los escalones a toda prisa.
–¿Adónde va? –grita.
No me molesto en responder y corro lo más rápido que me lo permiten las piernas hacia la sala en la que se encuentra el pasadizo que lleva al convento.
Cuando entro en ella, está vacía. Presiono la rosa y hago girar la hoja de las molduras.
La puerta oculta se revela y me apresuro a cruzarla cuando oigo una serie de pasos precipitados al otro lado.
Están subiendo... Están subiendo y aquí no hay ningún escondite.
Rápido, abro la puerta para ocultarme tras ella, entre la plancha de madera y la pared.
Un primer guardia irrumpe en la estancia y sale enseguida. Otros diez le siguen mientras contengo el aliento. Cuando, al cabo de unos segundos, dejo de oír el repiqueteo de botas que se alejan, salgo de mi refugio y me precipito hacia las escaleras en penumbra.
–¡Majestad!
Me doy media vuelta. Ambre me ha seguido.
–Ambre, ¿qué estás haciendo aquí?
–Se ha incendiado el convento, ¿verdad? He visto que los hombres huían. Enrique y Théophile...
Debería disuadirla, convencerla para que diera media vuelta y fuera en busca del detonador, pero no tenemos tiempo.
Bajo el resto de los peldaños a toda prisa mientras Ambre me pisa los talones.
Casi sin aliento, salto el último escalón.
Cuando abro la puerta que lleva al convento, un humo espeso y negro me golpea en la cara.
Toso y parpadeo antes de vislumbrar las briznas de paja prendidas y las altas llamas que ascienden hasta el techo.
De las celdas surgen gritos desgarradores.
–¡Ayuda!
–Salvadnos. Salvadnos. ¡Por favor!
En alguna parte, un bebé llora, y esta súplica me da el impulso necesario.
–Sígueme –digo entre toses.
Tiro del vestido para protegerme la boca y la nariz, corro hacia el mueble que bloquea el pasillo ennegrecido y lo abro para recuperar los juegos de llaves.
–¡Dámelos! –grita Ambre para superar el rugido de las llamas y las súplicas de los prisioneros.
Coge dos y nos abalanzamos hacia el pasillo.
Examino las llaves. Los números del uno al nueve y luego del veinte al veintinueve.
Encorvada en busca de aire fresco, me dirijo a la primera celda, la número uno, a la derecha.
Cuando la abro, ante mí aparecen el barón de Kerdoncuff, su mujer y sus hijos.
Desnudos, se han tirado al suelo para no respirar el humo.
–¡Salid! –exclamo sin aliento–. ¡Salid!
No se hacen de rogar y se dirigen al pasillo en dirección al pasadizo secreto.
–¡No vayáis al ala norte! –les advierto–. Leclerc la va a hacer explotar.
El barón se detiene y se gira hacia mí.
–Gabrielle, dame un juego... –pide entre toses–. Te ayudaré. Tú sola no podrás con todas...
Sin pensármelo dos veces, le presiono las llaves contra las manos.
Corre enseguida con la cabeza baja entre los fardos en llamas hacia la vigésima celda.
Paso a la siguiente, de donde surgen gritos de niños.
Una mujer a la que no conozco abraza contra sí a sus dos pequeños.
En cuanto me ve, se precipita hacia el exterior con las criaturas en brazos.
Vuelvo al pasillo, haciendo caso omiso al fuego que asciende hasta el techo y al crepitar siniestro que emite.
–¡Ayuda!
Abro a toda velocidad siete celdas, de las que no salen más que mujeres y niños. En el pasillo, las familias enteras huyen para escapar de las llamas que devoran las vigas. Un grito penetrante retumba a mis espaldas.
–¡Enrique! ¡Théophile!
Me giro y percibo a través del humo la silueta de Ambre tirando del duque, que está muy débil y sujeta de la mano a un niño. El corazón me da un vuelco. Se va a ir con ellos. Se va a ir y me va a dejar sola.
–¡Ambre! –rujo–. Tienes que sacar al rey. ¡Luis sigue con Solange! La llave está en tu juego.
–Es cierto –admite el duque–. Pondré a salvo a Théophile. Ayúdala y salva al rey. No podemos conseguir nada sin él.
La asesora de comunicación parece recomponerse y se dirige hacia mí mientras el duque y el niño se encaminan al pasadizo que lleva al palacio de las Tullerías.
El calor es infernal y me escuecen los ojos al avanzar junto a ella por el pasillo.
Nos cruzamos con De Kerdoncuff, que abre su última celda.
Ayuda a salir de ella a un hombre que lleva en brazos a un niño inconsciente.
Pasamos a su lado y llegamos a una esquina del pasillo tras la que se encuentran las últimas puertas.
Ignoro los gritos para dirigirme a la que está marcada con el número treinta y uno.
Sin embargo, cuando Ambre logra abrir la cerradura, salen dos mujeres.
–¡No están aquí! –gimo.
Leclerc ha debido cambiarlos de sitio. Le arrebato de las manos a Ambre el último juego de llaves y lo abro para que nos las repartamos.
Me da vueltas la cabeza y la estructura cruje.
No sobreviviremos mucho más tiempo a este infierno.
Me precipito hacia la puerta de la celda contigua.
En el interior, la madre de Félix está tumbada en la cama mientras el joven Augustin la zarandea.
–¡Mamá! ¡Mamá!
Acudo para echarle una mano, pero está inconsciente.
–¿Señora? –grito, tratando de despertarla.
–Ha perdido la conciencia cuando han prendido el fuego –gime Augustin.
Trato de levantarla con su ayuda, pero, dado su robusto cuerpo, solo logramos desplazarla unos centímetros por la cama. Me acerco a su boca. No respira. Y los gritos que sigo oyendo en el pasillo me recuerdan que quizá podamos salvar a más personas.
–Augustin, tenemos que dejarla aquí. No se puede hacer nada.
–¡No!
–Ven, por favor.
Grita cuando lo saco de la celda. Pero, en cuanto ve las llamas, sus protestas se interrumpen de golpe y se sujeta a la tela de mi falda.
Paso a las celdas siguientes sin que el niño se separe de mí.
Tras la puerta con el número treinta y dos, encuentro a un noble en camisón, y tras la trigésima tercera, a una mujer y su hijo.
–Rápido, ¡salid! –les ordeno.
Pero, debido a la conmoción, no se mueven. Una figura me empuja para ayudarla a levantarse. El barón ha vuelto y se marcha con ella enseguida. Coge a Augustin de la mano y lo arrastra consigo.
–Vete, Gabrielle –dice sin mirar atrás–. Esto se va a venir abajo.
Pero no puedo abandonar a Solange, Luis e Iphigénie. Cuatro personas pasan a mi lado y huyen hacia la salida.
–¡Están aquí! –exclama Ambre–. ¡Están aquí!
Me apresuro a abrir las celdas con los números treinta y cuatro y treinta y cinco sin mirar quién se encuentra en su interior y me acerco a Ambre, que tiene la tez enrojecida por las llamas que iluminan esta sección.
–No tengo la llave –anuncia entre sollozos–. No tengo la llave.
Contemplo la cifra roja en la puerta. Cuarenta y uno.
–¡Ayudadnos! –grita la voz de Iphigénie, amortiguada por el crepitar de las llamas.
Un gruñido sordo retumba a mis espaldas.
El pasillo se derrumba y deja escapar una lluvia de ascuas en nuestra dirección.
Me subo a tiempo la tela del vestido con la que me tapaba la nariz para protegerme la cara y siento cómo los proyectiles en llamas me aterrizan en los brazos. Dejo escapar un grito de dolor.
–Gabrielle, ¡el vestido!
Al soltar la seda, descubro que se ha prendido fuego. A toda prisa, Ambre se lanza sobre mí y me desata el cinturón que llevo abrochado en la espalda. Me quito la prenda y, en el suelo, las llamas la devoran.
–Espere aquí –grita Ambre.
Corre por el pasillo y desaparece entre el humo, dejándome a solas ante la puerta. De inmediato, trato de tirar del pomo.
–¡Solange! –grito–. Tumbaos en el suelo.
–¡Gabrielle!
Me agacho para buscar entre las llaves de las que dispongo. Del uno al nueve y del treinta al treinta y cinco. Desesperada, pruebo con la primera, pero ni siquiera entra en la cerradura.
–¡Apártese!
Levanto la cabeza. Ambre, encorvada, vuelve con un hacha en la mano.
¿De dónde...? Claro, ya estuvo aquí para grabar el documental, y ha debido recordar dónde se encontraban las herramientas del delfín.
Me alejo y golpea la madera cerca de la cerradura con fuerza.
Una, dos veces. Permanezco en el suelo, intentando respirar lo menos posible.
Un nuevo crujido se oye sobre nuestras cabezas y me sorprendo rezando.
Ambre le da una violenta patada a la madera para que ceda.
Nos bañan las astillas cuando abre la puerta de par en par y una nueva descarga de oxígeno aviva las llamas a nuestras espaldas.
Solange está en el suelo con Iphigénie y Luis, inconsciente, se encuentra tumbado entre ellas.
Ambre se precipita para coger en brazos al niño mientras ayudo a mi amiga y a mi doncella a levantarse.
Iphigénie y yo rodeamos con el brazo a Solange, que está muy débil, para volver al pasillo incendiado, al mismo tiempo que Ambre se tambalea tras nosotras bajo el peso de Luis.
–¡Adelante! –me grita Ambre–. Debemos volver por donde hemos venido para llegar a la parte derruida.
Pero, cuando termina de hablar, un crujido retumba a mi espalda.
–¡Luis! ¡No! –grita Solange–. ¡Luis!
Pero entre nosotras y el niño ahora baila una barrera de llamas que surgen de la viga que bloquea el pasillo. Ambre lo mantiene aún en brazos, sujeto. Levanto los ojos hacia el techo que aún no ha cedido sobre ella, pero que deja escapar unos ruidos inquietantes.
–Se va a derrumbar –anuncio–. ¡Solange! Tenemos que...
–¡No! –solloza.
–¡No! –repite Iphigénie.
Tras la cortina de fuego, Ambre se quita el vestido y envuelve al niño con él.
Avanza hacia las llamaradas, ataviada solo con el camisón.
Un gruñido recorre el convento. Una nueva sección del pasillo se derrumba sobre ella y, desesperada, se lanza hacia delante.
Luis cae con fuerza al suelo de piedra a nuestros pies, con la tela ya prendida.
Iphigénie y yo nos precipitamos para apagarla mientras Ambre suelta gritos inhumanos.
Me incorporo para tratar de ayudarla, pero, cuando quiero acercarme, el calor de las ascuas que le recorren las piernas me lo impide.
Le sostengo la mirada, con un toque de locura por el dolor.
Las dos sabemos que no puedo hacer nada por ella.
–Gabrielle –gime Solange.
Se ha derrumbado, e Iphigénie se apresura a pasarle un brazo bajo las axilas.
Levanto a duras penas a Luis y recorremos el pasillo lo más rápido posible, seguidas por los gritos de agonía de Ambre.
La cabeza me da tantas vueltas que apenas puedo caminar recto.
Giramos en la esquina y, por fin, percibimos un enorme agujero oscuro al final de este último túnel de llamas.
La parte en la que la pared se derrumbó, la salida sobre el Sena...
Un viento fuerte cruza el pasillo y las ascuas crecen de forma violenta a nuestro alrededor.
Solange grita. Le arde el pelo. Sin aliento, nos lanzamos hacia la salida.
De manera distante, advierto que se ha prendido también mi camisón y que las llamas me acarician la piel, pero ya no le presto atención a nada que no sea ese fragmento de cielo negro.
Cuando por fin llegamos al hueco que se abre sobre el río, todas nos sumergimos en sus aguas oscuras.
Un frío exquisito me envuelve y apaga el aterrador ataque de las llamas.
Luego, me doy cuenta de que he soltado a Luis.
Abro los ojos bajo el agua y descubro un abismo iluminado por el incendio.
El niño está ahí, justo debajo de mí, hundiéndose en la tiniebla.
Me sumerjo para cogerlo de la manga. Pesa mucho y me arrastra cuando intento volver a la superficie.
No me queda aire. Nada de aire. Lucho por no respirar.
Nada de aire. El diafragma se me contrae, pidiendo una bocanada de oxígeno, desesperado.
Por fin, saco la cabeza del agua y me llevo al niño contra el pecho para mantenerle la boca a flote.
–¡Solange! –grito–. ¡Solange!
–¡Allí! –exclama una voz distante.
El ruido de un motor hace que me gire. Varios barcos avanzan hacia nosotras.
De lejos, intuyo cómo algunos hombres sacan dos siluetas de las aguas oscuras para subirlas a uno de ellos.
Agito los pies tan rápido como puedo para mantenernos a Luis y a mí sobre la superficie, pero el agotamiento me pesa y la corriente me empuja con fuerza.
–¡Ayuda! ¡Ayuda!
–Ahí abajo –responde alguien.
Hago un último esfuerzo, pero un calambre me tensa la pantorrilla derecha. Durante un segundo, el río se cierra sobre mi cabeza y me invade el pánico.
–¡Ayu...!
El agua me inunda la boca. Trato de volver a subir a la superficie brillante que, por la luz de las ascuas, parece muy próxima.
Bastaría con que pudiera mover una vez los pies.
Solo una vez. Pero el dolor en la pierna no se atenúa.
No me queda oxígeno. Dos manos me sujetan de repente bajo los brazos.
Emerjo e inhalo una enorme bocanada de aire.
–¡Los tengo! –grita un hombre en mi oído–. Necesito ayuda. ¡Rápido!
Percibo el ruido de una zambullida. Enseguida me arrancan a Luis de los brazos.
–Está inconsciente –les dice a sus compañeros.
Cuando mi salvador tira de mí hacia uno de los barcos, creo que estoy soñando.
En mitad de la oscuridad, Félix llega a la embarcación con el pelo y el rostro quemados en parte.
Me tiende la mano y, cuando la acepto, me sube a bordo con un único movimiento.
Me abraza, pero no me puedo dejar llevar por este gesto.
–¡Luis! –grita Solange.
Uno de los soldados recupera al niño y lo tumba enseguida en el suelo para hacerle el boca a boca.
–¿Y Augustin? –me pregunta Félix, a quien se le quiebra la voz por el miedo–. ¿Y mi madre?
–Augustin se ha ido con el barón de Kerdoncuff a palacio. Félix, tenemos...
Pero una terrible explosión ilumina el cielo y hace temblar la capital. Cuando me giro hacia el palacio de las Tullerías, del ala norte surge una enorme bola de fuego.
–¡Agnès! ¡Agnès!
Félix me aprieta con más fuerza contra sí mientras mis gritos se pierden en la noche.