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– N o... –musito–. No...
Siento que me asfixio. La sangre me abandona las mejillas. De repente, noto mucho calor. Y, luego, mucho frío. No, no puedo haber perdido también a Félix. Miente, estoy segura de que es así.
–Ya veo que no me crees. Debía fingir que no se encontraba bien ante Anita, ¿no? Y salir tarde para que su ausencia no captara mi atención, ¿verdad?
Me siento a punto de echarme a llorar.
–Estás loco. ¡Estás loco! –grito.
Pone los ojos en blanco.
–¿Y lo dices tú, después de todo lo que has hecho para aferrarte al poder? Pero se acabó la partida, Gabrielle.
Agita el intercomunicador una vez más.
–Ahora volverás a la fiesta y esperarás a la tarta. O les ordenaré a mis hombres que se carguen a Solange y al pequeño Luis.
–Nunca... Nunca harías algo así.
–Ah, ¿eso crees? ¡Si acabo de hacer explotar a tu amante!
Un escalofrío me recorre la columna. Debo encontrar una solución, rápido.
–Entonces... Entonces, ¿debo morir? ¿Eso es todo? ¿Vas a matarme en un atentado esta noche con el fin de poner en marcha tu revolución?
–Exacto, pero basta de palabrería.
–Muy bien –le interrumpo–. Muy bien. Si es así, moriré. Sin embargo, si mi muerte debe servir a la causa, quiero alguna explicación.
Leclerc mira el reloj, donde los números digitales brillan en la penumbra, y duda un segundo.
–Tampoco es que tenga ganas de vivir sin Félix, de todas maneras –añado para convencerlo.
Me trago las lágrimas cuando estas afloran. Aún puedo encontrar una vía de escape.
–Vale –acepta–. Dentro de veinte minutos, cuando te lleven la tarta, activaremos el detonador de los explosivos que hemos escondido en las bases de las lámparas de pie.
Se le escapa una carcajada.
–Te has hecho muchas preguntas sobre los montones de cintas –continúa con una sonrisa cruel–.
Solo hemos separado a los muertos con material comprometedor inofensivo y los vivos, todos aquellos a los que no hemos invitado y cuyos juicios causarán impresión.
Morirás está noche, en directo, con todos los invitados de la sala, y acusaremos al duque del crimen.
–¿Por qué me has dejado...?
–¿Por qué te he dejado espiar? –me interrumpe–.
Deberías haber prestado más atención a lo que dijo tu querido Félix.
Siempre es útil tener un agente enemigo al que darle información falsa.
En este caso, estabais lejos de averiguar cuáles eran mis planes, y escucharos me ha permitido frustrar vuestras maquinaciones.
–Entonces, nunca pretendiste renunciar a mi sacrificio... –escupo para ganar tiempo.
¿Qué puedo hacer? Félix está muerto, Agnès en la sala del baile, Solange sigue encerrada en el convento... Soy la única que puede detenerlo.
–Ah, Gabrielle, para convertir al duque en el verdadero enemigo necesitamos la muerte trágica de la heroína popular –dice con indiferencia–.
Soy la persona idónea para saber que la pérdida de un ser querido puede provocar una ira suficiente para erradicar a los nobles y todo aquel que les permitió saquear el país.
Y, a ojos del pueblo, eres ese ser querido.
Esa hija que todos desearían tener, que se parece tanto a ellos y con la que se han juntado día tras día en su salón o en una cafetería a la hora del aperitivo.
El aperitivo... Entonces recuerdo la botella con el whisky envenenado.
–Ya veo –musito, bajando la cabeza para fingir que me siento derrotada.
Dejo que una lágrima me recorra la mejilla. Vengaré a Félix.
–Muy bien –añado–. Muy bien.
Me dirijo hacia la pared y, con un gesto, activo el mecanismo del compartimento secreto.
–Cuidado –me advierte, llevándose el intercomunicador a la boca.
–Si debo morir, no quiero irme estando sobria –escupo, sosteniendo en alto la botella de whisky–. Esta noche solo me has servido agua con gas.
Voy a buscar los vasos en el aparador contra la pared y dejo en la mesa de café dos, que lleno con una cantidad generosa.
–Brindemos –le propongo, tendiéndole uno.
–¿Para que puedas envenenarme? No, gracias. Le oí decir a Ambre que había manipulado el whisky de monsieur de la Brivoisière. Ahora, venga...
Doy un pequeño sorbo ante él, rezando para que Félix dijera la verdad: que he desarrollado cierta tolerancia y que el veneno solo me afectará si tomo una cantidad mayor.
–Por favor –le suplico, agotada–. Robé la botella en la cocina para tomármela y poder dormir. Monsieur de la Brivoisière no era el único que se refugiaba en el alcohol.
La confesión parece convencerlo, porque se acerca para tomar el vaso, aún con el intercomunicador en la mano y expresión de desconfianza.
–Por la revolución –susurro, rendida.
Como sigue sin imitarme, lo arriesgo todo y doy un largo sorbo ante él. Al ver que bebo, hace chocar su vaso contra el mío.
–Por la revolución. No te preocupes, no sentirás nada. Morirás sabiendo que al país le esperan momentos de gloria.
Doy otro sorbo para aplacar sus temores, pero ya siento la presión conocida en el pecho. Leclerc me dedica una sonrisa a la que no respondo y vacía el vaso de un trago.
–Ahora, volvamos al baile.
–Deja que ordene todo esto. No quiero que se den cuenta de que he estado bebiendo, sobre todo, dado el estado en el que se supone que estoy...
No me queda mucho tiempo. La presión se hace cada vez más fuerte contra mi caja torácica.
Adapto mi respiración al aria de las Variaciones Goldberg para ralentizar el latido de mi corazón y, con gestos lentos, cojo la botella de alcohol para dejarla en el escondite.
Temblorosa, rezando para que no me vea y para que mi cuerpo bloquee de su vista los estantes, me hago con una jeringuilla.
–Gabrielle, ¿qué...? ¿Qué...?
La abro y me clavo la punta en el cuello, donde me la introdujo Félix la primera vez. La aguja me atraviesa la piel y el líquido se expande por mi carótida. El dolor es terrible, pero me mantengo firme. Dejo escapar un gemido. Detrás de mí, Leclerc se derrumba.
Jadeante y cubierta de sudor, retiro con cuidado la jeringuilla.
Me tambaleo contra las estanterías, pero, cuando me giro, Leclerc ya está en el suelo a punto de sufrir terribles convulsiones.
Con gestos erráticos, cojo la última dosis del antídoto del compartimento y me arrastro hasta él.
Busco con los ojos el intercomunicador, invisible en el suelo en penumbra. Ha debido caer en algún sitio.
–Solo... Solo te quedan uno o dos minutos –digo, acercándome a Leclerc con el pecho aún constreñido por el veneno–. Dime cómo evitar que exploten las bombas y te salvo.
Agito la jeringuilla ante él y Leclerc se tensa.
–Nun... Nunca.
–Pronto quedarás paralizado –jadeo–. Si no dices nada antes de ese momento...
–Charbonneau. Salón azul. Detonador. Pero...
–Gracias.
–Fuego –gime Leclerc.
Me inclino un poco más.
–Fuego –logra repetir.
«Entendido», dice una voz crepitante. Entonces, advierto demasiado tarde que tiene los dedos crispados sobre el intercomunicador. La sangre me desaparece del rostro y pierdo el equilibrio. Me lanzo hacia él para arrebatarle el aparato.
–¡No! –grito por el micrófono–. No, anúlalo. ¡Anúlalo!
«Buen intento, bonita».
–¡Anúlalo! –grito ante el rostro de Leclerc, levantando la jeringuilla ante sus ojos.
Pero tiene una expresión cruel. No dará la contraorden, aunque le salve.
Y debo elegir entre correr al convento para liberar a Solange, Luis y la familia de Félix o avisar a Agnès en la sala del baile.
Un conjunto de nobles o sus hijos. No tengo ninguna duda.
Lanzo la jeringuilla con el antídoto al otro extremo de la habitación y salgo a toda prisa de mis aposentos, dejando atrás a Leclerc, que sufre los estertores de la muerte.