Libertad obliga 49
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– ¡T odo mal! –exclama Ambre–. El vestido es dorado. Si no le echamos más colorete, parecerá enferma en pan talla. Esta noche la queremos radiante. Ra. Dian. Te.

La pobre maquilladora se apresura a corregirme la tez de inmediato.

En mi cabeza, repito por decimoquinta vez la Fantaisie de monsieur de Lorency , intentando permanecer impasible mientras nos ocupamos de los últimos preparativos del baile.

Tanto la jornada de ayer como la de hoy han pasado a toda velocidad, cargadas de rodajes.

Leclerc ha decidido que debía retomar el programa habitual de la regencia para que apareciera en pantalla todo lo posible: en misa, en el Consejo, al mediodía, durante las visitas de los nobles o los grupos de interés...

Al menos, así no he pensado en la locura que Félix y yo vamos a poner en marcha esta noche contra Leclerc.

–Más máscara de pestañas, por favor –insiste mi asesora de comunicación.

Aunque yo logro a duras penas ocultar mi nerviosismo, Ambre no lo consigue. La ansiedad se intuye en su voz, y no deja de atacar a las mujeres que se afanan a mi alrededor desde hace una hora. ¿Sospechará algo?

–Bien, ahora el vestido –anuncia tras haber inspeccionado mi rostro por última vez.

Me levanto del sillón y, de inmediato, la estilista se acerca con una larga funda de la que extrae un maravilloso vestido dorado, por lo que alzo los brazos para que me lo ponga.

La pesada tela resplandeciente cae desde un cinturón salpicado de pedrería que me ajusta bajo el pecho.

El hilo dorado crea motivos complejos en espiral en torno al escote.

La inspiración oriental es evidente y, cuando me miro por fin en el espejo, parezco una princesa de regiones lejanas, salvo por el pelo corto que la peluquera me ha fijado a la cabeza y ha rematado con una diadema que ha salido directa del tesoro de la Corona.

–¡Perfecto! –exclama Ambre–. Justo a tiempo.

Mira el reloj y me doy cuenta de que le tiembla la mano.

Un mal presentimiento me aprieta el pecho con tanta fuerza como si llevara un corsé.

Dijo que iba a buscar una solución. ¿Y si interfiere con el plan que he ideado?

Ya me saboteó el arresto del duque, así que por nada del mundo voy a dejar que estropee el de Leclerc.

Sin darme tiempo a reflexionar, la cojo de la manga y tiro de ella hacia mi habitación, ante la perplejidad de las especialistas.

–¿Qué pasa, Ambre? –digo en cuanto cierro la puerta–. ¿Hay algo de lo que no me hayas puesto al corriente?

Se presiona la libreta contra sí un poco más.

–No...

–¿Prevés secuestrarme, como querías hacer con el duque?

Abre mucho los ojos.

–No, para nada...

–Entonces, ¿por qué estás tan nerviosa?

–Leclerc sabe que tengo un hijo –anuncia con voz trémula–.

No sé cómo, pero lo ha descubierto. Mis padres volvieron a su casa por miedo a que monsieur de la Brivoisière le diera a Leclerc su nueva dirección en los pabellones del ejército.

Los hombres fueron a buscar a mi pequeño Théophile hace dos días.

Leclerc amenazó a Enrique con matarlo si no revelaba dónde se encontraba el cuerpo de su padre.

No... No puedo hacer nada por usted, Gabrielle.

Mi hijo está en el convento y no... No puedo arriesgarme.

Aunque la noticia sea trágica para ella, me invade el alivio. Sacaré a ese pequeño de ahí si todo va como planeamos.

–¿Ha sido usted? –pregunta de repente, enfadada–. ¿Ha sido usted quien...?

–No –la interrumpo con firmeza–. Te odio, Ambre, pero no hasta el punto de servirle a ese niño en bandeja a Leclerc.

Traga saliva.

–Estamos perdidas. He recibido nuevas instrucciones para los próximos días. A partir de mañana, los encuentros de ambos se volverán más físicos y Leclerc estará presente en casi todas sus secuencias...

Cuadro los hombros.

–Eh, bueno, nos adaptaremos –respondo, ignorando su evidente inquietud–. Ahora, vamos. No podemos retrasarnos.

Salgo con la cabeza alta. En la antecámara, Agnès viene a mi encuentro, ataviada con un largo vestido carmesí del mismo estilo que el mío. Intercambiamos una mirada llena de determinación y en ella encuentro una descarga de fuerza. En unas horas, pondremos fin a esta farsa.

Agnès y Ambre me siguen de cerca cuando camino con paso decidido hacia la sala del baile, desde donde los rumores ya inundan el palacio.

Sin embargo, a medida que me acerco, me sudan las manos y no puedo evitar repasar todos los escenarios posibles e imaginables en mi cabeza.

¿Y si Leclerc se ha enterado de lo que estamos preparando?

¿Y si no se difunde nada esta noche y todo ha sido un malentendido?

Me da la impresión de que se me escapa una pieza del puzle.

Bajamos hasta la enorme galería y la presencia de numerosos guardias vestidos de rojo me tranquiliza.

Solo aquí hay alrededor de cincuenta. Cuando paso ante la puerta doble que se abre al vestíbulo, cuento otros treinta en la entrada.

Además de los que vislumbro en el patio de mármol, situados ante todas las puertas francesas.

Contengo un suspiro de alivio. Leclerc no podría haber movilizado a tantos hombres sin prácticamente vaciar el convento.

Pase lo que pase esta noche, Félix debería tener vía libre.

Un lacayo golpea su bastón para anunciar mi llegada y entro en la sala del baile.

La orquesta entona el himno nacional, el Domine, salvum fac regem , y la asamblea hace una reverencia.

Las lámparas de pie repartidas por la estancia, unidas a las arañas cargadas de nieve artificial, proyectan un tenue brillo sobre los vestidos de múltiples colores de los nobles y los uniformes rojos de los defensores de Leclerc, dándole al baile el aspecto de un cuento de hadas.

Algunas mujeres aquí reunidas llevan el mismo corte de pelo que yo y su cabello, fijado a la cabeza, brilla bajo las bombillas.

Leclerc se lanza hacia mí enseguida para tenderme el brazo.

–Feliz cumpleaños, regente.

–Muchas gracias, señor presidente.

–Hemos preparado una velada maravillosa. Ya lo verá.

La multitud se incorpora y aplaude a nuestro paso mientras me conduce hacia el trono en un extremo de la habitación.

–¡Viva la regente! ¡Viva la regente!

Esbozo mi sonrisa más radiante hasta que me duelen los pómulos mientras me guía a mi sitio, detrás del cual han instalado una enorme pantalla donde se retransmiten en directo las imágenes del baile en el primer canal.

Cuando por fin me siento, en la sala a rebosar ya se ha formado una fila de personas que desean presentarme sus respetos como la última vez.

Suspiro por dentro por tener que soportar esta pantomima.

Agnès se coloca a mi izquierda, y Leclerc, a mi derecha.

–Majestad –comienza a decir monsieur Beaumont tras los saludos protocolarios–. Le deseo un feliz cumpleaños. Mi esposa y yo queríamos hacerle un regalo.

Abre una caja y revela un sonajero de plata.

–Para el futuro heredero, mi señora. Estamos deseando recibirlo entre nosotros.

–Muchas gracias.

Agnès acepta por mí el juguete y lo deja en la mesa a un lado, al parecer colocada adrede para eso.

Las felicitaciones y los regalos se suceden, por lo que no tarda en estar totalmente llena de cajas, joyas, peluches y ropa.

Me esfuerzo por ser amable, por mantener la sonrisa fija en el rostro, pero no dejo de ver cómo pasa el tiempo.

Tras unos minutos que me parecen interminables, la fila por fin se acaba y Leclerc se levanta para tomar la palabra.

–Señoras y señores, me alegra que se hayan reunido aquí para celebrar el cumpleaños de nuestra querida reina regente Gabrielle.

Le dedico una expresión radiante. Por fin ha llegado el momento que estaba esperando. Si todo va como hemos previsto, Félix debe estar a punto de empezar el ataque.

–En su honor, hemos reservado una sorpresa que creo que les gustará a todos, tanto si están aquí como si se encuentran en uno de los numerosos bailes populares organizados por todo el territorio.

Se gira hacia la pantalla, igual que yo.

Contengo el aliento. Mi rostro en primer plano desaparece, reemplazado por el logo dorado del programa El baile de la regente .

Se desvanece para dejar paso a una escena en la que aparezco hablando en el Consejo.

Luego, avanzo a caballo, una secuencia que sin duda han sacado de una de las cacerías con el delfín.

A continuación, me muestran jugando con Luis y caminando por los jardines con Agnès.

Permanezco impasible ante este homenaje televisivo.

¿De verdad está viendo el público las mismas imágenes que nosotros?

¿O esta cinta la están difundiendo solo aquí, mientras el resto está viendo las grabaciones comprometedoras?

Tengo mi respuesta cuando la retrospectiva se acaba y un periodista aparece en directo ante una multitud vestida de negro que se deshace en vítores.

«¡Feliz cumpleaños!», exclaman los bailarines en la sala de fiestas de Lyon.

Un momento después, Marsella me dedica sus mejores deseos.

Luego, Brest y Niza. No entiendo nada. ¿El material comprometedor se ha revelado o... ?

–Mi señora, ¿me haría el honor de abrir el baile conmigo? –dice Leclerc, dando un paso hacia mí.

Trago saliva y trato de esbozar una nueva sonrisa, aceptando su mano.

Me conduce al centro de la estancia y la orquesta entona una canción popular, Historia de un amor .

Leclerc me hace girar ante las miradas de los cortesanos, con una expresión afable en el rostro, mientras trato de calmarme.

La secuencia no ha durado más de cinco minutos.

Félix no tendrá tiempo suficiente de intervenir.

Leclerc me aprieta contra sí y siento su intercomunicador bajo la chaqueta, al lado de su arma, cuando le coloco una mano en el hombro.

Necesito retenerlo lo máximo posible, cueste lo que cueste, bajo el objetivo de las cámaras para que no pueda mirarlo.

–¿Le ha gustado la sorpresa? –me pregunta con una sonrisa encantadora.

–Ha sido muy considerado. Muchas gracias.

–Y espere a ver la tarta.

–Está lleno de secretos.

–Podría decirse lo mismo de usted –bromea.

Aunque responde en tono divertido, siento que lo dice en serio y se me hiela la sangre.

La música se detiene y Leclerc me dedica una reverencia antes de alejarse de mí.

Cuando los bailarines invaden la pista, veo cómo se funde con la multitud.

¿Adónde va? Tan rápido como me permite la decencia, me acerco al trono y a Agnès.

Una vez en la plataforma, percibo que Leclerc se dirige a la salida, seguido de una silueta roja que reconozco como la de Charbonneau.

¿Por qué se van? No puedo dejar que Leclerc se aleje de las cámaras, con el intercomunicador. Debo distraerlo, cueste lo que cueste.

–Agnès, voy a seguirlos –le susurro–. Si te hacen preguntas, di que me encuentro mal, ¿vale?

–Entendido.

Un escalofrío me recorre la columna vertebral. ¿Y si no me dejan salir de aquí? Hay guardias repartidos alrededor de la sala. Advierto las cámaras que nos rodean y se me ocurre una idea. Desciendo de la plataforma y me dirijo a un cámara.

–Sígueme. No te alejes de mí ni un metro.

El hombre se pone en marcha enseguida, al mismo tiempo que me abro paso entre las parejas que bailan sobre el parqué hasta que llego a la salida. De inmediato, me encuentro frente a dos enormes siluetas, totalmente de rojo, que me bloquean la puerta.

–Majestad, ¿qué...?

El gigante advierte al cámara detrás de mi hombro y parece titubear.

–¿Por favor? –insisto, autoritaria.

El hombre le dedica un último vistazo al objetivo y se aparta.

Entro en el vestíbulo, lleno de guardias, y camino con pasos rápidos entre ellos.

Al ver que mueven las manos e intercambian miradas, siento que no debería estar aquí y que solo me protege la presencia de la cámara.

Llego al extremo de la galería cuando, en el contrario, veo que Leclerc sube las escaleras.

Está solo. Comienzo a correr ante los ojos rebosantes de incertidumbre de los guardias.

Los pies del técnico repiquetean por el suelo detrás de mí.

–Quédate aquí –le pido en cuanto alcanzo los primeros peldaños.

Me lanzo escaleras arriba. ¿Adónde va Leclerc?

En el primer piso, una puerta abierta capta mi atención.

Una puerta que da al pasillo que desemboca en mis aposentos.

Me dirijo hacia allí justo a tiempo para ver cómo el revolucionario entra en ellos.

Corro sin aliento e irrumpo en la antecámara sumida en la oscuridad.

Leclerc parece estar esperándome, de pie junto a mis vestidos, con el rostro oculto tras la oscuridad que reina en la estancia.

–Señor presidente...

–Había anticipado tu traición –me interrumpe con una frialdad que me hace retroceder.

–No le he traicionado –contesto–. Solo quería...

Coge el intercomunicador.

–No, por favor –digo impaciente–, déjeme que se lo explique.

–¿Explicarme qué? ¿Tu pequeño plan para liberar a mis prisioneros con tu nuevo amante? Lo sé, Gabrielle. Puse micrófonos en el dobladillo de todos tus vestidos.

Palidezco cuando señala el perchero.

–No... No...

–Por lo que veo, te has quedado sin mentiras. Pero tranquila, tu traición no ha servido de nada. El coche de monsieur de la Brivoisière ha explotado ante su domicilio al principio de la velada. No ha sobrevivido. Y dentro de veinte minutos, será tu turno.