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E n cuanto pongo un pie en la galería , constato que en palacio ya se oye el trajín de los preparativos. Dos hombres de rojo pasan ante mí sin prestarme atención, llevando una pesada lámpara con bombillas de cristal, adornada con grabados delicados.
–Llevadla a la sala de recepción –les ordena Charbonneau detrás de ellos–. Y tened cuidado. Es frágil, nada de golpes fuertes.
Me saluda cuando nuestras miradas se encuentran.
–Mi señora, la acompaño en el sentimiento. Acabo de enterarme de la noticia.
–Gracias, monsieur Charbonneau.
–Siento no poder hablar más con usted esta mañana –dice, secándose el sudor de la frente–. Estamos centrados en el baile, pero quizá podríamos vernos a la hora del té.
–Será un placer, pero ¿puedo ayudaros con algo antes? –pruebo a decir.
–Ay, por Dios, no. No puede llevar cargas tan pesadas en su estado, y me sabría mal enviarla a la cocina a preparar diez mil entremeses que hay que congelar. Nos falta personal, por lo que hemos hecho llamar a todos los servicios de catering de la ciudad para pasado mañana.
–Ya veo. Sin embargo, seguro que hay algo de lo que me puedo encargar.
Cuando hago la propuesta, dos hombres pasan ante nosotros con una nueva lámpara.
–No, de verdad, descanse, por favor –responde Charbonneau.
–Jean Louis, hay un tal monsieur Germain preguntando por ti –lo llama un hombre desde la entrada.
–Debe ser el florista. Si me perdona...
Me deja a solas en el pasillo. Me dirijo al ala norte, siguiendo a los hombres con las lámparas.
Un guardia de rojo les abre la puerta de la sala y vislumbro a los fieles de Leclerc y varios criados desmontando las mesas e instalando las lámparas sobre sus enormes pies cilíndricos.
La puerta se cierra sin que pueda ver nada más.
Me dirijo hasta la escalera y subo hasta el primer piso para hablar con Agnès.
Estoy a punto de girar la esquina que lleva a los aposentos del ala norte cuando oigo la voz de Leclerc.
–¿Está todo listo?
Retrocedo hasta esconderme tras la pared. ¿Qué hace aquí? Debería estar en el Consejo.
–Lo instalaremos todo antes de que se acabe el día –responde la voz de un hombre que se presentó como Vidal en la cena de anoche.
–¿Y los hombres?
–Ahora mismo me encargo de ellos. De aquí a mañana, solo quedará perfilar detalles sin importancia.
Horrorizada, me doy cuenta de que sus voces se acercan. ¡Vienen hacia mí! Miro alrededor. En esta planta no hay nin gún escondite, por lo que, con pasos quedos, retrocedo hasta la escalera.
–Sé claro al dar mis instrucciones. Quiero que todos estén en sus puestos al final del cóctel. No podemos permitirnos el mínimo error.
Leclerc y Vidal aparecen ante mí, por lo que finjo que estoy subiendo las escaleras y los dos se interrumpen cuando me acerco.
–¿Qué haces aquí? –pregunta Leclerc con un tono glacial en el que no se intuye ni rastro de la empatía de la que ha hecho gala hace unos minutos.
–Voy a ver a Agnès –respondo sin mentir–. Quiero... Quiero contarle que han encontrado el cuerpo de mi padre.
Pero mis palabras no logran apagar el brillo de desconfianza de los ojos de Leclerc.
–Anthony, ¿está abierta la puerta de la habitación de mademoiselle Agnès? –pregunta sin dejar de mirarme.
–No, pero puedo desbloquearla para la señora.
–Gracias –musito.
–Entonces, retomaremos la conversación más tarde –concluye Leclerc.
Se dirige a la sala del Consejo de Estado mientras Vidal me hace un gesto para que lo siga.
Adopto su paso por el laberinto de salas y pasillos, intentando descifrar la charla que he oído a hurtadillas.
Vidal debe darles instrucciones a los hombres, pero ¿a cuáles?
¿Los que están ocupados en la sala del baile o los que ocupan un puesto en el convento?
Si se trata de estos últimos, eso confirmaría que el edificio estará poco protegido la noche del baile.
Pero, para calmarme, tendría que seguirlo.
Llegamos ante la habitación de Agnès y Vidal rebusca en los bolsillos de la chaqueta antes de sacar una llave.
–Perdone las precauciones, señora –dice, introduciéndola en la cerradura–. Pero no conocemos a mademoiselle Agnès lo bastante bien como para que se pasee con libertad por palacio. Si quiere hablar con ella, tendré que encerrarlas juntas y vendré a abrir dentro de una hora.
–Lo entiendo.
–Bien.
Me abre la puerta y, en el centro de la estancia, mi amiga ya me está esperando.
–¡Gabrielle!
Me abraza, pero, en cuanto oigo el ruido de la cerradura al girar, me precipito hacia la puerta para pegar la oreja a ella. Los pasos se alejan.
–No tengo tiempo de explicártelo, Agnès –le susurro.
Corro hasta el mecanismo oculto en la pared que su cuarto comparte con la sala de pintura.
El pasadizo se abre con un discreto clic y me apresuro a echar un vistazo al interior.
Justo a tiempo para ver a Vidal salir de ella.
Espero a que cierre la puerta para precipitarme hasta allí y poder escuchar.
El repiqueteo de sus tacones se desvanece.
Me dispongo a seguirlo, puerta tras puerta, hasta que se dirige al ala sur.
No necesito ir más lejos. Si ha tomado ese camino, solo puede ser para cruzar el pasadizo que conduce al convento.
¡Esos son los hombres a los que va a informar del plan de Leclerc!
Tenía razón, y mi estrategia ahora tiene posibilidades de funcionar.
Vuelvo sobre mis pasos lo más rápido posible.
El reloj marca las tres de la mañana y camino de un lado a otro sobre la alfombra de la habitación de Agnès. Para calmarme, trato de evocar desde hace dos horas los nocturnos de Chopin.
Mi amiga debería haber vuelto ya para darme la respuesta de Félix. Maldita sea, ¿la habrán pillado? Tendría que haber ido yo misma. Me estoy dejando caer en la cama cuando oigo un suave clic. El rostro de Agnès aparece en el umbral del pasadizo secreto. Me acerco a ella a toda prisa.
–Le he dado tu mensaje –comienza a decir en cuanto la oscuridad se cierne sobre ambas.
–¿Y qué opina?
–Me parece una idea excelente –musita la voz de Félix un poco más abajo.
Un alivio indescriptible me destensa los músculos de la espalda. En la oscuridad, oigo pasos y noto cómo me coge del brazo antes de deslizar su mano hasta la mía.
–Gabrielle, la información que has conseguido recopilar –susurra– es brillante. Me prepararé para actuar en cuanto Leclerc tome la palabra. No dejará de hablar y será incapaz de recibir ningún comunicado del convento en ese momento. Lo esencial es que permanezca ante las cámaras todo lo posible.
–Ay, ¡Félix!
No logro resistirlo y me lanzo a sus brazos.
–Prométeme que no intentarás nada hasta ese momento –musita–. Creía que me iba a dar un infarto cuando Agnès me contó que habías seguido a Vidal.
–Te lo prometo.
Aunque me cueste, me separo de él.
–Necesitaba verte una última vez –susurra–. La noche del baile, diré ante Anita que no me siento bien y saldré tarde hacia palacio para que mi ausencia al principio de la velada no atraiga la atención de Leclerc.
Me abraza una última vez y busca mi boca con la suya para darme un intenso beso.
–Nos vemos después del baile.
La idea de que quizá no sea así me revuelve el estómago. ¿Quién sabe cuántos guardias permanecerán en el convento? ¿Quién sabe si encontrará una resistencia incansable y acabará muerto? Sin aliento, oigo cómo sus pasos desaparecen por el vacío bajo nuestros pies.
–Félix y tú, ¿eh?
–Sí –respondo con un nudo en la garganta.
–¡Por fin! –exclama–. Hacía meses que os devorabais con los ojos. Me preguntaba cuándo os daríais cuenta.
Pero solo consigo soltar una carcajada ahogada por la angustia.
–No te preocupes, Gabrielle. Lo llaman el Aventurero por algo.
Reabre el pasadizo que lleva a su habitación y, con un peso menos en el corazón, corro hacia mis aposentos.