Libertad obliga 47
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–¡ H ola, hola ! Arriba ese ánimo, que nos espera un día maravilloso.

Ambre entra en mi habitación nada más amanecer, como dijo anoche.

Me levanto a duras penas de la cama. Casi no he dormido.

Durante toda la noche, no he pensado más que en Félix, quien ha puesto su suicidio en suspenso.

Ninguna melodía ha logrado sacarme del pozo oscuro al que me lanzaron los acontecimientos de ayer.

–Parece agotada esta mañana –advierte Ambre–. No pasa nada, lo arreglaremos.

Me invita a seguirla a la antecámara donde las maquilladoras y estilistas están preparando el material sobre un tocador. Tomo asiento en el sillón. Un día. Tengo un día para idear un plan.

–Ambre, ¿sabes más detalles sobre el baile? –le pregunto con un tono casual mientras una criada entra para traerme el desayuno.

–Todavía no. El señor presidente solo me ha enviado la lista de invitados a primera hora de la mañana –responde, dándole golpecitos a la libreta.

–¿Puedo verla?

Me tiende el archivador, en el que ojeo la larga lista de apellidos.

Debe haber alrededor de mil. Casi todos los miembros de la cámara alta se encuentran allí, así como sus herederos adultos, a excepción de los que Leclerc tiene encerrados en el convento.

No me sorprende reparar en Patrick de Saint-Martin y la condesa de Noailles, ya que los oí hablar del tema.

Se está cumpliendo lo que intuía. Leclerc seguramente difundirá el material comprometedor más inofensivo la noche del baile.

–Mi equipo se está ocupando de enviar las invitaciones ahora mismo –me informa–. Hemos reservado algunos técnicos para el rodaje, y espero que el presidente Leclerc me envíe los detalles de los planos que desea.

–Gracias, Ambre –le respondo, devolviéndole la libreta.

Hago un rápido cálculo. Había una treintena de cintas en el montón de la izquierda, pero, vista la lista de invitados, dudo que eso sea todo. Pongamos que difunde unos cincuenta extractos de diez a treinta segundos. Casi se necesitarían unos diez minutos, si no veinte, para retransmitirlos.

–Mi señora.

En el espejo, percibo a un hombre de rojo en el umbral de la puerta. Se dirige a mí para tenderme un taco de folios.

–Su guion.

No me molesto en darle las gracias y comienzo a leerlo. Para cuando hemos terminado, ya he memorizado el texto.

–Vamos –musita Ambre, a la que noto cada vez más nerviosa–. No queremos llegar tarde.

Atravesamos mis antiguos aposentos para llegar al porche.

Leclerc ya está ahí, apoyado en la barandilla que se erige sobre el Sena, con la mirada perdida en los edificios de la orilla contraria antes de dirigirla al convento con la enorme fachada ennegrecida que se yergue sobre el río.

Dos cámaras graban mi llegada mientras otro de los objetivos se centra en el revolucionario.

–Hola, mi señora –dice este.

–Buenos días, señor presidente –contesto con un hilo de voz.

–¿Cómo se encuentra? –pregunta, recitando palabra por palabra la primera línea del guion.

–Bien, creo... Recuperando fuerzas.

–No hablaba de su salud física, sino de la mental, señora. Ha sufrido pruebas terribles.

Agacho la cabeza para centrarme en el río que fluye debajo. En Nobleza obliga , actuaba para salvar mi vida. Ahora lo hago por la de Luis, Iphigénie, Solange y su bebé, Félix, su hermano Augustin... Encuentro fuerzas en esta idea para darle la respuesta.

–Hay días más difíciles que otros. Hoy...

Inspiro hondo para infundir emoción a mis palabras.

–Hoy no puedo dejar de pensar en mi padre y en que no se sabe dónde está su cuerpo. Atravesamos juntos muchas pruebas. Era un buen hombre, generoso, ¿sabe?

–La ha criado, señora, así que no tengo duda.

–No se merecía lo que le ocurrió. Creo que ahora puedo decir, tras todo lo que ha pasado, que Luis XXI lo mandó arrestar con excusas falsas.

Mi padre dirigía una empresa de armamento, y se volvió demasiado rico y popular para su gusto.

De la noche a la mañana, lo perdimos todo.

Lo encarcelaron sin tener derecho a defenderse mientras que a los que participaron en la trama contra él se les confió la gestión de su empresa.

El barón de Kerdoncuff, De Hescouët, De Saint-Jean, los señores d’Amonville, De Chauvelin y D’Espinne... Nunca olvidaré sus nombres.

Leclerc asiente, serio.

–Ya sabe lo que ocurrió después –continúo–. Me privaron de educación para servir a los señores de Kerdoncuff por una miseria. Pero, cuando me seleccionaron para Nobleza obliga , creí... Creí que volvía a tener suerte.

Niego con la cabeza.

–No me imaginaba ni de lejos la crueldad del mundo en el que me estaba adentrando. La violencia del delfín; luego, la del duque... No creo que, tras haber sufrido su maldad, pueda volver a sentirme segura.

–Pero aquí está a salvo, señora. Yo la protegeré. Se lo prometo.

Leclerc me dedica una sonrisa de consuelo, llena de compasión. Luego, su rostro se ensombrece de repente.

–Pero comprendo lo que siente. Lo entiendo muy bien –escupe–. Conozco demasiado los nombres que ha citado. D’Amonville, De Chauvelin y D’Espinne...

Contengo el aliento. Leclerc no está siguiendo el guion. Debía hablar de las medidas de seguridad en torno al palacio.

–Estas personas que han conspirado contra usted y su padre también urdieron una estrategia contra mi familia –prosigue.

–No... No lo sabía –respondo para animarlo.

Una sonrisa triste le aparece en el rostro y vuelve a perder la mirada en el río.

–Tenemos historias muy parecidas –dice con voz cansada–. Mi padre también tenía una empresa que le arrebataron esos hombres. Pero mi historia no termina como la suya.

–¿Qué ocurrió? –le presiono.

Sé, por supuesto, que asesinaron a su familia y que Leclerc solo se salvó porque huyó a Turquía, pero no conozco los detalles del asunto: aunque leía sus panfletos, me interesaban sobre todo las noticias recientes, por falta de tiempo.

Y siento que quiere contárselo al público, un público que quizá nunca tuvo acceso a su periódico en línea.

–Mi madre cometió el error de enfrentarse a ellos –concluye con un suspiro– porque era quien dirigía en secreto la empresa.

Le pidió una audiencia a Luis XXI y demostró el fraude cometido por los nobles al maquillar nuestros libros de cuentas.

No entendió que el propio rey se lo había ordenado.

Hizo que la arrestaran y ejecutaran. Mis dos hermanos mayores, que también ocupaban un puesto dentro de la empresa y estaban con ella, sufrieron la misma suerte.

En cuanto a mi hermana pequeña y yo, la policía nos despertó por la mañana.

El rey quería asegurarse de que acababan de una vez con toda la familia.

Niega con la cabeza para recomponerse. Siento que ya no está actuando y que, por primera vez, sus emociones son sinceras.

–Conseguí huir por los pelos. Pero mi hermana pequeña... Acababa de cumplir dieciséis años. Nunca supe qué le ocurrió. –Hace una pausa y veo que le tiemblan las manos–. Nunca lo supe hasta hace unos días –dice con una pena poco disimulada–. ¿Sabe cómo?

Lo observo, atónita, cuando se le humedecen los ojos con lágrimas de verdad, y niego con la cabeza.

–Descubrí su nombre en un viejo registro del antiguo secretario personal de Luis XXI que desenterré en palacio –continúa–.

Un registro que incluía de forma meticulosa a todas las jóvenes encerradas en el convento de Notre Dame para acostarse con ellas.

Antonia Leclerc, muerta por anorexia el 12 de mayo de 1997.

Un año después de su llegada. ¿Lo entiende, señora?

Se dejó morir de hambre para escapar de ese monstruo.

Me quedo muda de horror. Ahora entiendo de dónde procede su violencia, las ganas de castigar a la nobleza y todos los que se relacionaron con ella.

La democracia y los derechos humanos nunca han sido más que preocupaciones secundarias para él.

En sus ojos hay un sufrimiento muy grande, un sufrimiento que activa el que me carcome por dentro.

Poso una mano sobre la suya. Eso tampoco aparecía en el guion, pero Leclerc me sonríe.

La única sonrisa auténtica que me ha dirigido nunca.

–Lo siento, señor.

–Gracias –musita, apretándome con delicadeza los dedos–. La protegeré, se lo juro.

Inspira hondo.

–Mi señora, soy consciente de que lo que le voy a contar la va a sorprender.

De forma involuntaria, le aprieto la mano. Esa línea tampoco aparecía en el guion, no estaba en las hojas que me han dado esta mañana.

–Hemos encontrado el cuerpo de su padre.

Se me escapan las lágrimas sin que pueda contenerlas y un sollozo reprimido durante demasiado tiempo me convulsiona. Papá...

–Los... Los nuevos descubrimientos en nuestra investigación nos condujeron a una antigua cantera de piedra calcárea en la región parisina. Es ahí donde lo hemos encontrado. Pronto podrá descansar en paz. Me he asegurado de que fuera la primera en recibir esta información.

De nuevo, no puedo contener las lágrimas. Sin que tenga tiempo de reaccionar, Leclerc me aprieta contra sí y me encuentro llorando sobre su hombro.

–Gracias –musito con un nudo en la garganta, de repente demasiado consciente de que seguimos bajo el ojo de las cámaras–. Gracias.

–¡Corten! –exclama Ambre.

Pero Leclerc no me suelta. Y, a la pena que amenazaba con superarme, le siguen una oleada de calor y la impresión de que me estoy asfixiando. Me libero de sus brazos sin aliento.

–Perdone... Aún me cuesta soportar ese tipo de contacto.

Leclerc asiente.

–Es comprensible, pero estoy seguro de que lo superará pronto. Quizá pueda ocupar el puesto de monsieur de la Brivoisière y ayudarla con eso –sugiere con una sonrisa compasiva.

Pero su propuesta, lejos de tranquilizarme, me hiela la sangre. Ambre tenía razón. Soy un nuevo accesorio colgado de su brazo para garantizar su popularidad.

–Muy amable por su parte, señor presidente. ¿Cuándo...? ¿Cuándo celebraremos el funeral? –pregunto para intentar cambiar de tema.

–Dentro de una semana, creo. Pronto Ambre y yo buscaremos el mejor momento en la agenda.

–Gracias –musito–. Gracias por haberlo encontrado.

Leclerc asiente, cordial.

–Ha quedado una secuencia muy bonita –interviene Ambre, corriendo hacia nosotros–. No necesitamos rehacerla. Pero quiero filmar algunos planos de Gabrielle sola ante el río mientras trata de recomponerse. Serán apenas unos minutos de trabajo.

Leclerc me suelta y le desaparece la sonrisa.

–Os dejo. Tengo Consejo de Estado y, a continuación, nos centraremos en los preparativos del baile.

La mención del baile me ordena las ideas.

–¡Espere! –exclamo.

Leclerc se detiene. Rápido, debo encontrar una manera de empujarle a hablar de lo que pretende hacer durante la velada.

–No... No me siento cómoda ante la idea de estar rodeada de tantos nobles –farfullo, intentando fingir incomodidad por esta confesión–. Supongo que ayer se dio cuenta de mi falta de confianza. ¿Está seguro de que me encontraré a salvo?

–No se preocupe, Gabrielle. Todos mis hombres estarán allí para protegerla.

Me dedica un breve asentimiento y observo cómo se aleja hacia el palacio a través de los jardines.

–Vamos, mi señora –me incita Ambre–. ¡Acción!

Me apoyo en la barandilla y dejo que mi mirada vague hasta la otra orilla.

Intento centrarme en la imagen del cuerpo de mi padre pudriéndose sobre la piedra calcárea.

No me quedan más que unas horas para encontrar una solución.

Podría matar a Leclerc yo misma. Aún tengo el whisky envenenado.

Pero ¿cómo voy a conseguir que lo beba sin que desconfíe? No, es demasiado arriesgado.

Una vez más, el convento atrae mi atención. Desde aquí puedo ver la planta ennegrecida donde se cayó el techo, que arrastró consigo una parte de la pared del segundo piso hasta el agua. Un hueco sombrío en la fachada revela un interior calcinado, ahora a merced del viento.

–Contemple el río –me ordena Ambre.

El río... Una descarga de adrenalina me recorre el cuerpo.

Félix podría hacer que sus tropas cruzaran el Sena y entraran por allí.

Leclerc estará con los invitados la noche del baile, en directo, bajo los focos de los proyectores durante horas.

Todos mis hombres estarán allí para protegerte , ha dicho.

¿Y si se refería también a todos o parte de los que están en el convento?

–Muy bien. Ahora, señora, mire la ciudad.

Obedezco. Quizá retire del convento a la mayoría de sus fuerzas de seguridad.

Si Félix entrara por el río como hicieron los ladrones, podría llegar de forma discreta y pillar por sorpresa a los últimos guardias sin que tengan tiempo de ejecutar a los rehenes.

¿Y luego qué habría que hacer? Solo quedaría neutralizar a Leclerc.

–Bien. Ahora, de nuevo al río. Ya casi hemos terminado.

Bajo la cabeza hacia las aguas. No hace falta neutralizarlo.

Hay que acabar con su narrativa, que solo provocará una ira muy peligrosa e inflamable.

Dirijo de nuevo los ojos hacia el convento.

Su historia sórdida se centra en una pieza central: el duque, el enemigo que cristalizará todo el odio del pueblo.

Si Félix lo lleva al baile, ante los ojos de millones de telespectadores, desnudo y demacrado, cuando se supone que ha huido, será evidente que Leclerc les ha mentido.

El duque se convertirá en el material comprometedor viviente de todas sus crueldades.

–No, señora, el río –repite Ambre–. ¿Qué le ocurre hoy?

Obedezco. ¿Y ahora? Solo existen tres palabras para calificar mi plan: «Golpe de Estado».

Un golpe de Estado que me convertirá en la única figura en el poder.

Va en contra de todos mis principios, pero la antigua regente Cristina me avisó de que se necesitaría a un monarca con mano dura para interrumpir los programas y transformar de manera radical el país.

¿De verdad convertirme en reina será más eficaz que el ejército revolucionario?

Porque, con la revelación del material comprometedor durante la velada, se esperará que investigue al resto de la nobleza y ejerza una justicia severa e implacable para que pague por sus crímenes.

Me encontraré adoptando el papel de Leclerc.

–¡Corten!

Alejo los ojos del río. Merecerá la pena: el encarcelamiento, si no la muerte de algunos individuos culpables de las peores atrocidades, en comparación con la vida de varios cientos o miles de personas, entre las que hay gran cantidad de inocentes.

Reprimo una sonrisa irónica. Aquí estoy, tomando el mismo tipo de decisiones que Félix, poniendo las vidas en una balanza para determinar qué camino elegir y cómo intentar salvar todas las posibles.

Al menos, en mi caso, tomar una decisión es un poco más fácil.

Al tumbar así a Leclerc, salvaría la vida de las mujeres y los niños retenidos en el convento.

Y la de Félix. Cojo una amplia bocanada de aire, que me inunda los pulmones del característico olor del Sena.

Ahora solo tengo que encontrar a Agnès para que transmita el mensaje.