Libertad obliga 46
87%

46

A mbre cierra la puerta de forma precipitada y avanza por la sala con el rostro contorsionado por el pánico.

–Señora...

Me levanto del taburete de un salto para dirigirme a ella, propulsada por la ira. Le doy una sonora bofetada. Chilla y da un paso atrás, sujetándose la mejilla.

–Señora, deje que se lo explique.

–¿Explicarme qué? ¿Cómo pretendías secuestrarme? ¿Cómo me ibas a quitar a mi recién nacido para que lo adoptara el duque? Lo sé todo, Ambre. Me serviste en bandeja a ese sádico solo para conseguir que tu amante subiera al poder.

–No... Yo...

En sus ojos se refleja el desasosiego.

–No lo niegues. Y, cuando tu pequeña estratagema no funcionó, cuando no conseguiste lanzarme a los brazos del duque, me traicionaste.

–No, no... Hice todo eso para salvarle la vida.

–¿Sí? Fuiste tú quien me animó a filmar esas imágenes en el convento donde me esperaban los asesinos –grito–. Y envenenaste el whisky de esta sala, ¿verdad?

–No... No, yo no sabía que Enrique... Quiero decir, que el duque había enviado a los criminales al convento. Y no envenené el whisky para matarte. Mi objetivo era monsieur de la Brivoisière. Es un borracho.

Niego con la cabeza, desdeñosa.

–No hables así de él. No le llegas ni a la suela del zapato.

–Se lo suplico, señora, he hecho todo lo posible por calmar la ambición de Enrique. ¿Acaso no intervine en el Consejo para sugerir que la llevara al convento, en vez de obligarla a beber el veneno? ¿No conseguí mantener su popularidad para animarle a aliarse con usted, en lugar de apartarla? He...

Se deja caer de rodillas.

–Por favor, señora –me implora entre lágrimas–, es el amor de mi vida.

Ya le conté que era madre soltera. Es nuestro hijo, señora.

Leclerc lo pondrá en peligro si se entera de su existencia.

Ha ido al convento esta mañana. Necesito saber cómo está Enrique.

No me cuentan nada, solo que lo tratarán bien siempre y cuando sirva como debo a Leclerc.

–¿De verdad crees que, después de todo lo que me has hecho sufrir, después de todas tus artimañas contra mí, voy a darte noticias sobre tu amante? –replico, sarcástica.

–Por favor, señora, ahora mismo estamos en el mismo barco. Las dos nos vemos obligadas a cooperar con ese loco de Leclerc. ¿Quiere saber su narrativa? Se lo contaré todo.

Arqueo una ceja, de repente interesada.

–¿Todo? –repito.

–Todo. Tengo el plan de grabación del programa de mañana. Se trata de una escena de acercamiento entre Leclerc y usted.

Siento que me han abofeteado.

–¿Estás segura? –digo, vacilante.

–Cien por cien –insiste Ambre–. Es una escena con una gran complicidad.

Me han dado el guion esta noche. ¿No lo entiende, señora?

El escenario de Leclerc es una copia del que ideé para el duque y para usted.

Va a utilizarla para ganar popularidad. Se lo repetí mil veces: las bodas y los niños impulsan a cualquier persona a la cima en el panorama popular. Luis XXII y el duque también lo sabían.

El pavor se esparce como un veneno lento por mis venas hasta entumecerme los dedos.

–Señora, llevo en este puesto el tiempo suficiente como para saber lo que va a ocurrir. Es más popular que nunca y se supone que está embarazada. ¿Y quién está embarazada en el convento ahora mismo?

–Solange –musito con un hilo de voz.

–Le obligarán a simular un embarazo y fingirán que ese niño es suyo. Si es una niña, sacarán a un varón de algún sitio.

La escucho, inmóvil, paralizada por las imágenes que evoca y aparecen en mi mente. Van a arrebatarle a Solange el bebé que tanto desea, un bebé que me pondrán entre los brazos para interpretar a su madre.

–A ojos del público, será Leclerc quien siempre ha estado a su lado y la ha apoyado, igual que hará mañana cuando pregunte por su salud y la consuele por la pérdida de su padre.

Ese apoyo evolucionará hasta convertirse en una historia de amor con unos niños encantadores.

Dejará de ser presidente para convertirse en rey, emperador o qué sé yo, y hará que el país arda en su nombre.

–¿Algo más? –pregunto al recomponerme.

–Es todo lo que he podido deducir del programa de grabaciones. Mire...

Con una mano temblorosa, saca una pequeña libreta de la chaqueta y me la tiende.

La cojo y entorno los ojos para descifrar sus garabatos.

Una grabación mañana y nada hasta el baile.

La fecha del dieciocho de octubre, dentro de tres días, está marcada por un enorme círculo rojo.

Luego, secuencias casi todos los días...

–Se lo suplico, señora –continúa Ambre–. Le estoy ofreciendo todo lo que tengo. Y... Y... buscaré una solución para salir de esta situación. Solo dígame si está bien.

–Muy bien –miento, con el pecho constreñido por lo que acabo de descubrir–. Lo tratan muy bien.

–Gracias. ¡Muchas gracias!

Ambre se levanta a duras penas y recupera la libreta antes de limpiarse a toda prisa las lágrimas que le recorren el rostro.

–Gracias. Buscaré una solución, señora. Se lo prometo.

Sale de la habitación, dejándome paralizada, de pie en el centro del salón.

En cuanto se apaga el ruido de sus pasos, Félix aparta la cortina.

Me precipito hacia él. Sin mediar palabra, lo cojo de la mano para conducirlo al salón adyacente.

Si no me equivoco, aquí se encuentra el pasadizo más cercano.

Me apoyo sobre un fresco para abrirlo y nos colamos por una escalera en tinieblas hasta un pasillo apenas iluminado.

–Félix, debemos actuar lo antes posible –comienzo a decir.

Le cuento lo que he averiguado en la sala de baile y la conclusión a la que hemos llegado Agnès y yo.

–Leclerc va a asolar el país. ¿Y has oído a Ambre? Lo más probable es que me utilice para seguir siendo popular y continuar en el poder mientras comete las peores atrocidades. Félix, ¿puedes reunir a hombres suficientes para irrumpir en palacio?

Niega con la cabeza, serio.

–No va a funcionar. Gabrielle, me temo que he encontrado una solución, pero no te gustará.

–¿Cuál?

–Le he dado vueltas al asunto de todas las maneras posibles.

No puedo reunir a más de cincuenta hombres sin atraer la atención de Leclerc y, aunque lograra traerlos hasta aquí en secreto por el pasadizo de la habitación de Agnès o cualquier otro, puede dar la orden de que prendan fuego al convento en cuanto advierta nuestra presencia.

Cuando logremos neutralizarlo e ir hasta allí, será demasiado tarde.

Se pasa una mano por la cara y la luz de los fluorescentes le incide en el pelo.

–Incluso me he planteado atacar directamente el convento, pero habría que derribar la puerta principal: los guardias que están de forma permanente allí son demasiado numerosos como para que no haya muertos.

Matarán a Augustin y a mi madre en cuanto pongamos un pie en el edificio. Solo hay una forma de salir de esta...

Contengo el aliento, temerosa por lo que va a proponer.

–Debo... Debo matar a Leclerc yo mismo. Lo llevo observando mucho tiempo. Es el único que se comunica directamente con los hombres que vigilan a los prisioneros. Si introduzco un arma en palacio, puedo eliminarlo en pleno Consejo, bajo las cámaras, antes de que tenga tiempo de dar cualquier orden.

La sangre me desaparece del rostro.

–Félix, no... Todos van armados. Te matarían enseguida.

–Cuento con ello. Ya no tendrían razones para coger el intercomunicador de Leclerc y ordenar que mataran a mi familia o que le prendieran fuego al convento, porque ya estaría muerto.

El ruido de las detonaciones les dará a mis hombres una excusa para entrar en palacio y garantizar la seguridad, como está previsto en caso de atentado.

Podría ordenarles que los detuvieran a todos.

Le brillan los ojos cuando me aferro a su uniforme.

–Félix, por favor. No puedes...

–Gabrielle, es la única solución –insiste–. Le permití que se hiciera con el poder. No puedo tener en mi conciencia la muerte de más inocentes.

Me aprieta contra sí, como si estuviera a punto de echar a volar.

–Me niego a abandonarte otra vez con un monstruo.

Me besa la coronilla y escondo la cabeza en el hueco de su cuello. Me acaricia el pelo y su boca encuentra el camino hasta la mía. Su beso es dulce, enamorado... y tiene un regusto a despedida. Me separo enseguida de él. En sus ojos ya no leo más que sufrimiento.

–No, Félix –musito con la voz temblorosa–. No dejaré que lo hagas. Te... Te quiero. No quiero perderte. No quiero perder a nadie más. –Le acuno la mejilla con la mano–. Deja que encuentre otra solución. Aún quedan tres días para el baile. Descubriré alguna fisura que podamos explotar. Félix...

Ante la idea de que quizá estos sean nuestros últimos momentos juntos, lo beso con desesperación.

Lo tomo del cuello para atraer su cuerpo contra el mío, como si así pudiera convencerlo para que renunciara.

Entreabre los labios y rozo su lengua con la mía.

Luego, como si estuviera cediendo, Félix me abraza.

Baja la mano por mi espalda hasta los glúteos y una descarga de deseo me incendia el cuerpo.

Quiero más. Ahora mismo, solo me importa él.

Sin dejar de besarlo, lo empujo hacia las escaleras.

Se deja caer y me coloco encima, con las rodillas entre sus muslos.

Se le escapa un grave gemido cuando me presiono contra el ardor que le tensa el pantalón.

Repito el movimiento, que envía una oleada de placer por todo mi cuerpo.

Quiero más. Hundo la boca en su cuello mientras le abro la bragueta.

Desliza las manos por mi vestido y me acaricia con los dedos, trazando largos óvalos entre mis piernas.

Cuando me penetra con ellos, la tensión sensual me sube por el bajo vientre.

Sus vaivenes se aceleran y me siento a punto de caer...

–Para.

Félix se queda paralizado y hundo la mano en su pantalón. Traga saliva.

–Te deseo dentro de mí.

–Gabrielle, no llevo encima ningún preservativo.

–Y mañana quizá estés muerto. Quiero vivir mientras podamos.

Félix me observa durante un instante, indeciso.

Pero, cuando comienzo a acariciarlo, acaba asintiendo.

Lo guío hasta mí y, cuando me deslizo por él, sus ojos no me abandonan.

Entreabre la boca de placer y la visión aumenta la tensión que siento aovillarse en torno a su miembro.

Me muevo encima, al mismo tiempo que me acaricia los muslos con las manos y cada movimiento me acerca un poco más al éxtasis.

Una explosión de placer me recorre el cuerpo y me abandono en ella.

Cuando abro los ojos, ha cerrado los suyos.

Me tumbo contra su pecho y nos quedamos así, unidos, durante mucho tiempo.

No me atrevo a hacer el mínimo gesto. Si me muevo, se irá. Se irá y quizá nunca volvamos a vernos.

–Un día –musita–. Te doy un día para que encuentres otra solución. Luego, le pondré fin a esta pantomima.

Levanto la cabeza, llena de esperanza, y le sostengo la mirada.

–Debería volver al salón. Ya me he retrasado demasiado.

Me alejo de él y se viste a toda prisa.

–Pídele a Agnès que vaya a verme si encuentras algo –dice precipitadamente–. Y si no es así...

Posa su boca sobre la mía en un beso lleno de dulzura.

–Te quiero, Gabrielle.

–Te quiero, Félix.

Una última sonrisa y se marcha corriendo, dejándome temblorosa en mitad del túnel.