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C uando entro en la sala de recepción unas horas más tarde, la pantalla ha desaparecido y las luces bri llan sobre un pequeño grupo multicolor. Solo hay unas cien personas, pero me siento como si ante mí hubiera una ma rea humana tras las semanas de aislamiento.
–Su alteza serenísima Gabrielle –anuncia el lacayo.
La asamblea hace una reverencia. Entre los invitados vestidos de rojo, percibo a algunos nobles cuyos colores vivos destacan en este mar carmesí. Doy algunos pasos y enseguida me sigue una cámara. Leclerc avanza para ir a mi encuentro.
–Señora, es un placer poder contar con usted esta noche –comienza a decir con calidez, cogiéndome de la mano–. Me alegra saber que su embarazo va mejor y que el doctor no siente ningún temor por su persona.
Le hace un gesto a un lacayo un poco más lejos y el hombre anuncia de inmediato que se va a servir la cena.
Leclerc me acompaña hasta el final de la sala, donde no se han movido las mesas de ayer y aún forman una gigantesca U bajo los adornos dorados del techo.
Están cubiertas de manteles blancos, y las flores secas, de la misma tonalidad que mi vestido, decoran enormes jarrones dorados.
Leclerc y yo nos sentamos uno al lado del otro, en el centro, y Charbonneau se instala a mi izquierda.
Una oleada de alivio me recorre el cuerpo cuando advierto que Félix se sienta un poco más lejos a mi derecha, al lado de monsieur de Montespan, con quien intercambia unas palabras.
Por la manera en la que desvía los ojos de su interlocutor, siento que está intentando no mirarme.
Una decena de lacayos se apresura a verter el champán en copas de cristal para los demás invitados. A mí, sin embargo, Leclerc me sirve agua con gas con una delicadeza que, no me engaña, va dirigida a los telespectadores.
Cuando todos tenemos bebida en el vaso, Leclerc se levanta y tiende la flauta en dirección a los reunidos.
–Señoras y señores, tengo el honor de recibirlos para celebrar una buena noticia: la regente está embarazada de un niño.
La sala estalla en vítores y aplausos que flotan bajo las luces.
–¡Larga vida al rey! ¡Larga vida a la regente!
Sonrío con ternura, me llevo una mano al vientre y agradezco sus palabras en silencio ante los rostros radiantes que veo desde mi sitio.
Cruzo una mirada con Félix. Aunque le brillan los ojos con una combinación ensayada de alegría y entusiasmo, encuentro en ellos una profunda inquietud.
También me percato de que, aunque se lleva la copa a los labios, no parece beber.
Leclerc calma a la multitud con un gesto.
–Esta noche estamos aquí reunidos para conmemorar esta buena noticia y para festejar a los que contribuyeron al nacimiento de una verdadera monarquía parlamentaria, de la que tengo la suerte de ser el primer presidente. Por supuesto, quiero también darle las gracias a monsieur de la Brivoisière.
–¡Por monsieur Lanconnay de la Brivoisière! –exclama la multitud.
Le doy un sorbo al agua con gas mientras los vasos de cristal tintinean a mi alrededor. Leclerc encadena agradecimientos, recitando una larga lista de nombres. Los asistentes repiten sus palabras y brindan, vaciando las copas que los lacayos se encargan de rellenar enseguida.
–Por último –concluye–, debo anunciar que, en honor a nuestra querida regente, Gabrielle, que cumple diecinueve años el dieciocho de octubre, tendremos el placer de organizar un gran baile popular que se celebrará aquí y en toda Francia, como manda la tradición.
A su declaración le sigue un murmullo. Me esfuerzo por sonreír, pero me cuesta ocultar mi sorpresa.
Aunque el cumpleaños del monarca siempre se ha celebrado por todo lo alto, nunca me imaginé que fuéramos a festejar el mío, de cuya inminencia me había olvidado porque nadie me ha deseado feliz cumpleaños desde que encarcelaron a mi padre hace cuatro años.
Enseguida tengo la certeza de que aprovecharán la velada para revelar la primera parte del material comprometedor.
Es un evento popular que el pueblo no verá en su casa, sino en una sala de fiestas o en el patio de un ayuntamiento.
Ante una multitud borracha, la conmoción será más violenta, y la indignación, extrema.
Hasta el punto de hacer arder las calles.
–Y ahora, sigamos con la celebración.
En cuanto Leclerc da una palmada, las cámaras y los micrófonos se apagan y los técnicos salen de la estancia.
Mientras los criados nos sirven los platos, trato de captar la mirada de Félix.
Cuando nuestros ojos se cruzan por fin, articulo en silencio las palabras «sala de música», un lugar que está a la vez cerca de la sala de baile y de uno de los pasadizos.
No reacciona durante un momento, sin dejar de observarme, mientras parece sopesar los pros y los contras.
Soy consciente del riesgo que corremos. Aunque ahora puedo deambular por el palacio sin levantar demasiadas sospechas, no ocurre lo mismo en su caso.
–Señora –me dice Charbonneau a mi izquierda–, ¿puede darme su opinión sobre este asunto? Estamos preparando la próxima temporada de Nobleza obliga y buscamos ideas frescas para modernizar un poco el formato. Para empezar, necesita un nuevo nombre. ¿Qué piensa de Libertad obliga ?
Debo hacer uso de toda mi fuerza de voluntad para que la sonrisa no me desaparezca del rostro. ¿Quieren mantener el programa? ¿Es su plan para aumentar la popularidad de los colaboradores de Leclerc?
–Me parece perfecto –respondo con todo el entusiasmo que logro reunir.
Dos horas más tarde, camino de aquí para allá alrededor del piano, demasiado nerviosa para tocar.
Me ha costado despedirme de Charbonneau cuando Leclerc ha dirigido a los invitados al invernadero, donde la velada ha continuado con un cóctel.
Al marcharme, Félix estaba sumido en una conversación con monsieur Perrot, antiguo amigo de mi padre.
¿Y si no viene a mi encuentro? ¿Y si nos pillan?
Noto las manos húmedas y el corazón acelerado.
De repente, oigo unos pasos en el pasillo y me quedo inmóvil sobre la alfombra.
Es él. Reconocería ese repiqueteo de botas entre mil.
Me precipito hacia la puerta y Félix se desliza dentro de la sala sin hacer ruido.
En cuanto lo veo, me lanzo a sus brazos, que cierra a mi alrededor, apretándome contra sí, desesperado.
Asciende con la mano hasta mi nuca y presiona mi boca con la suya para darme un beso en el que noto su necesidad e inquietud.
–Tenía miedo de perderte de nuevo. Mucho miedo –me musita al oído.
No tengo tiempo de responderle cuando el ruido de unos tacones reverbera en el pasillo. Tan rápido como un gato, Félix se esconde de un salto tras las gruesas cortinas de la estancia mientras me apresuro a sentarme al piano con el corazón a cien por hora.
–Ah, señora, ¡aquí esta! –exclama una voz ahogada por el miedo.
Es Ambre.