Libertad obliga 44
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N o digo ni una palabra durante el trayecto a mi habitación, a la que me conduce Leclerc. He sido una ingenua, no, una idiota, al pensar que podía conseguir que confiara en mí.

–Esta noche, ponte un vestido rojo –me dice cuando me deja en la puerta de mis aposentos–. Cenaremos juntos a las ocho en la sala de recepción. Tu equipo vendrá a prepararte a las siete. Mientras esperas, descansa, come y toca un poco de música. Te quiero en forma y radiante lo antes posible.

Me deja a solas con unas bandejas de dulces y, esta vez, no cierra con llave la puerta.

¿Qué necesidad tendría de encerrarme aquí tras sus últimas amenazas?

Estoy atrapada como una rata. Paseo de un lado a otro de la habitación.

Me encantaría poder hablar con Agnès de inmediato, pero es mejor esperar a esta noche.

No. ¿Quién sabe si no la encerrará a ella también en el convento cuando ya no la necesite?

Miro la hora: es casi mediodía. Debía grabar su testimonio esta mañana y, con un poco de suerte, habrá vuelto a su cuarto.

La sala de música se encuentra en esa ala.

Podría acercarme con la excusa de querer tocar el piano.

Con un poco de suerte, habrá podido hablar con Félix, quien quizá tenga un plan.

Sin poder soportarlo más, salgo de nuevo de mi habitación.

Lo más rápido posible, atravieso el palacio hasta la sala de pintura. Cuando abro la puerta secreta, mi amiga me está esperando, sentada con las piernas cruzadas sobre la cama, con un largo vestido amarillo que le aporta a su tez una palidez enfermiza.

En cuanto me ve, levanta las manos al cielo en un gesto de alivio. Sin decir ni una palabra, presiono la hoja y la arrastro conmigo hasta el pasadizo secreto para que podamos hablar sin miedo a que nos escuchen. De nuevo, nos encontramos en la oscuridad total.

–Gabrielle, tengo que contarte algo muy importante –susurra, frenética.

–¿Conseguiste hablar con Félix?

–¡Sí! Le carcomían los remordimientos cuando nos vimos. Descubrió que una de sus sirvientas, Anita, estaba al servicio de Leclerc y fue quien informó de tu presencia. Quiere disculparse contigo. Quería que nos marcháramos a primera hora de la mañana...

–¿Ha echado a esa Anita? –le pregunto, angustiada.

–No, la mantiene a su servicio, pero vigilada.

No puede despedirla porque levantaría sospechas y, según dijo, «siempre es beneficioso tener cerca a un agente del enemigo para darle información falsa».

Logré llegar al jardín, como habíamos hablado, y abrió en cuanto el primer guijarro golpeó la ventana.

Hicimos bien en tomar precauciones. ¡Leclerc tiene a su madre y a su hermano en el convento, igual que a Solange, Luis y... !

–Lo sé, me ha llevado hasta allí esta mañana.

Le resumo la visita y, aunque no puedo verla en la oscuridad, noto cómo se tensa a mi lado cuando menciono la amenaza que pesa ahora sobre todos los prisioneros del convento de Notre Dame.

–Eso también me lo contó Félix –musita Agnès–.

Leclerc lo ha engañado. La noche en la que deberían haber arrestado al duque, comprendió enseguida que algo iba mal cuando lo vio salir del baile.

No tardó en buscar a De Maintenon para ponerlo a salvo, junto al material comprometedor, pero era demasiado tarde.

–¿Qué pasó? –pregunto, temiéndome lo peor.

–El duque y sus hombres ya estaban allí. Félix se había llevado consigo a los soldados, pero... Gabrielle, mataron a De Maintenon. Este tuvo el tiempo justo para lanzarle un ordenador a Félix desde una ventana antes de que acabaran con él.

–Dios mío –musito con la voz rota por la emoción.

Una lágrima me cae por la mejilla.

–Félix huyó entre disparos y, a continuación, trató de volver a palacio para ponerte a salvo. Sin embargo, cuando llegó, habían reemplazado a sus tropas por unidades de Lille al mando de monsieur de Vogüe. No podía asaltar el edificio, por lo que...

–Fue a ver a Leclerc –concluyo.

–Exacto. Pensó que era la única forma de provocar la caída del duque.

Tenía el ordenador con las imágenes, y Leclerc, una red de imprentas clandestinas que podían difundirlas.

Este lo acogió con los brazos abiertos. Incluso le convenció de su buena fe abriéndose ante él: le habló de tu papel como espía, de sus planes para instaurar la democracia en el país y de que te propuso hacerte pasar por una agente turca para crear una crisis.

Félix le cedió las imágenes sin pensárselo.

El arrepentimiento por no habérselo confesado todo vuelve a devorarme por dentro. Si se lo hubiera contado, no se habría fiado tanto de él.

–No pudieron hablar durante mucho más tiempo porque uno de los partidarios de Leclerc captó actividades sospechosas en el exterior.

Las tropas del duque se preparaban para entrar, y solo el excelente instinto de Félix consiguió salvarles la vida.

Huyeron. Cuando quisieron entrar en casa de Félix, la encontraron rodeada.

Fue Leclerc quien evitó que se lanzara de cabeza al peligro para socorrer a su madre y su hermano.

Me llevo una mano al corazón. Así es como supo Leclerc que la familia de Félix se alojaba en París.

–A partir de ese momento, los dos permanecieron escondidos durante todo el día en una imprenta clandestina que pusieron a funcionar a pleno rendimiento para imprimir la noticia de la implicación del duque en el escándalo del convento –continúa Agnès–.

Félix se volvió loco cuando descubrió tu exilio, pero tuvieron que esperar a que llegara la noche para ir al cuartel adonde habían enviado a algunos miembros de sus tropas.

–¿Y luego qué ocurrió? –la presiono en voz baja.

–Leclerc le propuso utilizar la confusión que reinaría en la capital durante la difusión de los panfletos para irrumpir en palacio con los hombres de los que disponían.

Ante eso, Félix dudó: Leclerc le parecía la persona más legítima para tomar el poder, ya que era el preferido en las elecciones, pero seguía siendo un golpe de Estado.

El republicano le convenció, asegurándole que organizaría elecciones y que no adoptaría ninguna responsabilidad que el pueblo no estuviera dispuesto a confiarle.

Al fin y al cabo, lo habían encarcelado por su defensa de la democracia.

Suelto una maldición.

–Al final, Félix aceptó –prosigue Agnès, ignorando mi arrebato–.

Irrumpieron en palacio al día siguiente, justo después del alba: Félix con algunos de los soldados que había logrado reunir y Leclerc con alrededor de cien defensores.

En cuanto se difundieron los periódicos por toda Francia revelando los crímenes del duque, cruzaron la valla.

Agnès hace una pausa y contengo el aliento.

–Hubo enfrentamientos violentos contra los guardaespaldas, todos fieles al duque, y algunos criados, pero acabaron deteniéndolo junto con los ministros del gabinete.

Félix quería encarcelarlos de inmediato, pero Leclerc lo disuadió: la justicia del reino era dudosa, ya que estaba en manos de la nobleza.

Ni Félix ni él tenían la mínima autoridad ni legitimidad para ordenar su arresto, y el juicio podría verse comprometido por ese tecnicismo.

Fue Leclerc quien sugirió que se declarara que el duque había huido y que lo encerraran con sus cómplices en el convento hasta que fuera elegido de forma oficial y se renovara el sistema judicial.

–Dios mío –musito–. Y, al mismo tiempo, su razonamiento era creíble.

El rey siempre ha nombrado a los jueces y estos han hecho justicia según sus decisiones.

Lo más probable es que hubieran declarado que no tenían potestad para juzgar a un regente, a pesar de la gravedad de sus crímenes y la presión popular.

–Así es justo como convenció a Félix. Quería arrestar al duque siguiendo las leyes.

–¿Y Solange y Luis? –pregunto.

–Leclerc sugirió mantenerlos en palacio en el mayor secretismo posible y luego enviarlos a Brasil. Dijo que no quería que un niño y un bebé se encontraran de nuevo metidos en intrigas políticas. Ya conoces a Félix: de inmediato dio su aprobación para ponerlos a salvo lo antes posible.

–Pero ¿cómo han logrado mantenerlos en palacio o en el convento sin que corra el rumor? –digo–. Aquí había cientos de guardias y criados.

–Los sirvientes que no murieron huyeron tras la contienda. En cuanto a los guardaespaldas, mataron a casi todos. El propio Félix perdió a unos treinta hombres en el asalto al palacio.

Niego con la cabeza.

–Cuando por fin llegaron a la sala del Consejo, donde el duque y los ministros se habían encerrado, ya no podía protegerlos nadie. Los enviaron de inmediato al convento. Solange y Luis estaban solos en su habitación, y se limitaron a restringir el acceso y poner a Iphigénie a su servicio.

Suelto un suspiro, desalentada.

–Deberías haberlo visto, Gabrielle –prosigue Agnès–.

Félix estaba desconsolado. Se culpa por no haber podido anticiparlo.

Durante los primeros días, todo fue bien.

Logró recuperar el control de todas sus tropas para proteger el palacio y la capital, y encontraron el material comprometedor en la bodega de la casa del duque.

Leclerc, que había montado un gobierno en funciones, hizo que transfirieran en secreto una parte al palacio.

Mantuvo a Félix al mando del ministerio de Defensa y no dejó de llamarlo para pedirle consejo y ganarse así su confianza.

Trataba bien a Luis y a Solange, quien estaba emocionada por marcharse pronto.

Le tiembla la voz y se le llenan los ojos de lágrimas, igual que a mí. En la oscuridad, le presiono con fuerza la mano.

–Todo cambió al día siguiente de las elecciones. Félix fue al Consejo, como cada mañana, pero Leclerc lo envió al con vento. Ahí descubrió que había encerrado, a lo largo de la noche, a familias enteras y, con ellas, a Solange, a Luis, a su madre y a su hermano.

Me llevo una mano al pecho. Qué crueldad.

–Félix no sabe qué está preparando Leclerc, pero sospecha que organizará un evento en el que poder erradicar no solo a la nobleza, sino también a todos los que sospecha que la han ayudado –prosigue.

Los ojos se me llenan de lágrimas de desesperación, pero me niego a soltarlas. Aún no hemos perdido la partida.

–Agnès, creo que eso es justo lo que está haciendo –musito precipitadamente–. Ayer por la noche, estaba con sus compañeros formando una especie de tribunal.

Le resumo lo que vi y oí en la sala de recepción.

–Creo que estaban dividiendo a los nobles entre los que vendrían a París para un evento social y los que no lo harían porque se han retirado a su hacienda, están encerrados en el convento o...

–O sus crímenes merecen un juicio público –susurra Agnès–. Gabrielle, ¡ya está!

En la oscuridad, me aprieta la mano.

–Leclerc busca erradicar a la nobleza y a todos los que estuvieron a su servicio alguna vez, ¿no? Imagina un evento en el que se invitara a los nobles parisinos y se difundiera su material comprometedor en directo.

–Tienes razón –musito–. El propio Leclerc dijo que la cinta de De Saint-Martin solo podía mancillar su reputación.

Primero va a influir en la opinión pública con las imágenes más inofensivas para causar la cólera del pueblo.

Así tendrá una excusa para pedir que investiguen a otros nobles y su entorno.

Después de esto, los crímenes serán cada vez más escanda losos.

¡Seguro que acabarán con el juicio de De Kerdoncuff y el duque!

–Conociéndolo, parece una estrategia que pondría en marcha –conviene, apretándome un poco más la mano–. A Leclerc le encanta difundir poco a poco las revelaciones. Hará que aumente la tensión hasta que el país estalle y...

Dos golpes amortiguados la interrumpen. Me apresuro a abrir la puerta que da a su cuarto.

–¡Un minuto! –exclama Agnès.

–Señorita, debemos volver a grabar algunos planos –anuncia la voz de Ambre desde el pasillo.

–¡Ahora voy!

Me apresuro hacia el otro pasadizo secreto y escapo por la sala de pintura en el momento en el que Ambre irrumpe en la habitación.