Libertad obliga 43 #2
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–Oh, sí, lo sabían –me asegura Leclerc con una mueca de asco–.

Fue ella quien le sugirió al duque que le entregara algunas jóvenes a Luis XXII, tras haber constatado la desaparición de una de sus criadas después de una velada cargada de alcohol.

Quería recopilar pruebas, pruebas que nos ha acabado entregando.

Con el príncipe, fue la espía infiltrada del duque durante años en los que recopiló, lenta y segura, un expediente abrumador.

En Nobleza obliga , trabajó para volverte lo más popular posible, pensando en el día en el que lo revelaría todo.

Porque ¿sabes lo que pretendían hacerte?

Leclerc suelta una pequeña carcajada y niego con la cabeza, perpleja.

–Ambre debía esperar a que te quedaras embarazada de un varón, antes de secuestrarte bajo el pretexto de ponerte a salvo mientras el duque hacía estallar el escándalo.

Quería hacerse pasar por tu salvador. Habrían dejado que dieras a luz y, justo después de su nacimiento, te habrían quitado al bebé con la excusa de que tu salud mental se había debilitado a causa del trato que te había procurado el rey.

Te habrían enviado al convento, el duque habría adoptado al niño y se habría proclamado regente. Brillante, ¿verdad?

La sangre me desaparece del rostro.

–¿Y...? Eh...

Pero no encuentro las palabras. Las manos, que me temblaban de miedo hace unos instantes, se me convulsionan por la rabia.

–¿Por qué sigue aquí? –escupo–. Debería estar en una celda.

–Tranquila, Gabrielle –me calma–. No te preocupes, ya llegará el momento de castigarla.

Por ahora, aún necesitamos sus habilidades...

Hasta el juicio del duque. De momento, lo mantenemos calentito...

o frío, mejor dicho. Me he tomado la libertad de imponerle las mismas condiciones del encierro que nos has contado tú, excepto la mordaza, que no la hemos encontrado.

–Estupendo –digo, vengativa.

Leclerc me coge del brazo para volver sobre nuestros pasos y nos detenemos ante el mueble que bloquea el pasillo en ruinas.

Una ráfaga de viento cargada de los efluvios del río me agita el cabello mientras abre las puertas del mueble.

En el interior, cuatro juegos de llaves están suspendidos en ganchos con los números pintados sobre el metal, casi borrados.

Leclerc coge uno, busca la llave con el diez y me la tiende.

Por el camino, le requisa el garrote a uno de los guardias y, al llegar a la celda del duque, me lo tiende.

–He pensado que quizá quieras saldar cuentas con el duque–. Mientras esté aquí, puedes aprovecharte, ¿no?

Estoy demasiado perpleja para rechazar el arma que me coloca entre las manos. Leclerc abre la celda y avanzo por el interior como una autómata, con el cerebro inundado por la ira. El duque levanta la cabeza y, al percatarse de mi presencia, se aovilla en el suelo.

–Gabrielle... Mi señora... No... Por favor...

Sus gritos lamentables me sacan del trance y me quedo paralizada. ¿Qué estoy haciendo?

–¿Quieres que lo sujete? –pregunta Leclerc detrás de mí.

–No, no puedo. No me rebajaré al nivel de la madre superiora. O de él.

Leclerc frunce los labios durante un instante. Es un movimiento rápido, pero bastante elocuente.

–Gracias. ¡Gracias, Gabrielle! –exclama el duque–. Lo siento. Siento todo lo que...

–¡Silencio! –grito.

El duque se encoge y me acerco a él con pasos lentos, con el garrote aún en la mano.

–Me entregó a un sádico para poner en marcha sus despreciables planes políticos, mató a la única familia que me quedaba y me encerró en un convento, donde pretendía que me pudriera.

No crea que, si me niego a pegarle, es por clemencia.

La única vez que nos volveremos a ver y en la que osará sostenerme la mirada será el día de su muerte, cuando suba al patíbulo.

Mi discurso me deja sin aliento y le doy la espalda. Leclerc me dedica una mirada severa.

–No voy a pegarle –trato de explicarle–. He leído todos sus panfletos sobre los derechos humanos. Tendrá un juicio y pagará por sus crímenes, pero no aplicaré ningún castigo que no haya decidido un tribunal.

–Una pena. –Suspira, arqueando una ceja–. Quizá a ti te hubiera contado dónde se encontraba el cuerpo de tu padre. Se niega a decírnoslo.

No es necesario nada más para que me precipite de nuevo hacia el duque.

–¿Dónde está? ¿Qué ha hecho con mi padre?

Pero este ya no se atreve siquiera a mirarme y esconde la cara entre las manos. Levanto el garrote sobre su cabeza.

–¿Dónde está?

La rabia y la pena me asfixian. Pero es el recuerdo de mi padre el que me paraliza el brazo. ¿Qué diría si me viera enfrentarme así a un hombre desnudo y aovillado en el suelo, aunque fuera su asesino? Dejo que el garrote caiga al suelo con estrépito. El duque se sobresalta y comienza a sollozar.

–No eres digno de mis golpes –escupo con rabia.

Leclerc se adentra en la celda y recupera el arma. Luego, sin previo aviso, golpea en la espalda al duque, quien gime de dolor.

–La dama te ha hecho una pregunta –gruñe con una voz cargada de amenazas.

Pero el duque permanece impasible. Leclerc le propina una serie de golpes, que contemplo muda e indiferente mientras el duque se retuerce de dolor en el suelo. Estoy a punto de intervenir cuando se detiene, sin aliento, y se recoloca la chaqueta.

–Sigamos con el resto de la visita –ordena.

Me giro y lo acompaño al pasillo, con un nudo en el estómago y la impresión de estar sucia. Oyendo aún los sollozos del duque, Leclerc cierra la puerta y seguimos andando. Entonces percibo un llanto a la derecha.

–¿Es... un bebé? –pregunto, tratando a duras penas de ocultar el horror que me asalta.

–¿Sabes, Gabrielle? Ante desgraciados como los nobles, debemos usar todas las armas que tenemos a nuestra disposi ción.

Todos los antiguos ministros que se involucraron en el golpe de Estado del duque contra ti, sus mujeres y sus hijos están aquí.

Ellos, y alguno más... Nos resultan tan útiles como el material comprometedor para mantenerlos a raya.

Sus hijos... Un sudor frío me recorre la espalda. Leclerc ha encerrado aquí a familias enteras, no solo al duque y sus simpatizantes. A familias. Giramos una esquina del edificio y nos detenemos ante una celda de barrotes con el número treinta.

–Mira –me ordena con tono severo.

Me inclino con el corazón acelerado. Enseguida reconozco a la mujer y al niño por haberlos visto en una foto, sonrientes bajo un gigantesco abeto.

La madre y el hermano de Félix. La primera está de pie, con la mirada fija en la puerta, dispuesta a defender al niño al que sujeta de la mano.

Siento que el estómago se me transforma en un ladrillo.

–Pero... ¿qué significa esto? –pregunto, desconcertada.

–Hay algo que seguro que no sabes sobre tu querido monsieur de la Brivoisière –responde con una lentitud calculada–. ¿Conoces la masacre de un pueblo entero de amerindios durante la grabación de Al servicio del rey ?

Palidezco y, por suerte para mí, Leclerc lo achaca al estupor.

–Interesante, ¿verdad? Ah, un asunto así sin duda afectará a la imagen que tienes de él. No es de las cosas que suelen confesarse.

Una sonrisa cruel le curva los labios. Parece deleitarse causándome tormento. Tuerzo la cara para que mi expresión no me traicione.

–La verdad es que los servicios de inteligencia turcos nos han comunicado información interesante sobre Félix el Aventurero –prosigue–.

Parece que esta acción lo traumatizó, y el experto que lo examinó tras la breve detención en una de sus bases confirmó que sufría graves secuelas mentales.

Ambre nos lo ha confirmado, ya que nos ha hablado de su gusto por la bebida.

–No... No entiendo –pruebo a decir para incitarle a que me lo cuente todo.

–Querida Gabrielle, es muy sencillo. Monsieur de la Brivoisière fue de gran ayuda, pero debíamos tomar medidas de precaución. Mientras haya mujeres y niños por aquí, además de su madre y su hermano, nos aseguraremos de que cumple su misión. ¿Has visto las hebras de paja del pasillo?

Con un nudo en la garganta, las contemplo a los pies de los guardias.

–Ante la mínima sospecha de un cambio de lealtad por su parte, prenderemos fuego a todo el edificio. Un sacrificio del que nunca podrá recuperarse.

La sangre me desaparece del rostro.

–Ahora, mira la celda de al lado.

Temblorosa, obedezco y me dirijo a la puerta con el número treinta y uno. Sufro una sacudida al inclinarme sobre la mirilla. En una cama, Solange abraza al pequeño Luis, aterrado. A su lado, Iphigénie permanece de pie, tratando ella también de consolarlo.

–Y esto es para ti, Gabrielle –musita–. Mandaré que los ejecuten ante el primer indicio de desobediencia, tanto tuyo como de tu querida mademoiselle Agnès.

Mete la mano en la chaqueta para sacar un intercomunicador del cinturón, justo al lado del arma, y lo mueve ante mí.

–Una palabra, una sola palabra, y todo el grupo estallará en llamas. ¿Entendido?

No tengo otra opción que asentir. Por eso Félix cumple las órdenes de Leclerc tan a rajatabla como si lo hubiera esposado. Y, con Solange, Luis, su madre y su hermano aquí, yo tampoco puedo arriesgarme a contradecirlo.