Libertad obliga 43
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V uelo sobre el parqué del salón de los espejos y atravieso a toda velocidad las salas del ala norte.

Al llegar a la galería de mármol que se encuentra sobre el patio, corro hacia mis aposentos sin utilizar el itinerario que he tomado en la ida.

Si alguien pasa por aquí, seré tan visible como un faro en plena noche, pero me arriesgaré.

Me arden los pulmones y noto las piernas débiles tras el maltrato que he sufrido estas últimas semanas, pero no me detengo.

Corro sin aliento hasta el pasillo que lleva a mi habitación, pero la puerta ya está entreabierta.

Leclerc ya ha llegado. Salto hasta el salón en un extremo del ala sur.

Oigo los gritos amortiguados a través de los muros.

Me apresuro a quitarme la capa y las manoletinas y las convierto en un ovillo que oculto bajo uno de los cojines del sofá más próximo.

Dios mío, espero que no haya entrado ya en el cuarto de baño.

–Gabrielle, ¡abre!

La voz retumba en la estancia alicatada de mármol cuando me deslizo en el interior, igual que sus golpes.

–Gabrielle, no me obligues a tirar la puerta abajo.

Me dirijo enseguida a la bañera medio llena y muevo el agua con la mano para producir algunas salpicaduras.

–¿Qué? –consigo decir entre jadeos, tratando de parecer que me acabo de despertar de repente.

–¡Por fin! Abre ahora mismo.

Me contorsiono para quitarme el vestido y la camisa y los lanzo a la cesta de la colada.

–¡Gabrielle!

Vuelve a darle un golpe con la palma de la mano a la puerta, lo que me sobresalta. Pero no puedo abrir así, con las manos grises por el polvo, y cuando me giro hacia el espejo, advierto las telas de araña que se me aferran al pelo.

–Un segundo. Me... Me tengo que adecentar primero.

Me dirijo a toda prisa a la bañera, donde el agua se ha quedado fría, y abro el grifo para ocultar el ruido mientras me lavo.

Cojo el jabón y me froto, frenética, el cuero cabelludo y las manos.

Leclerc sigue dando golpes a la puerta y cierro el grifo.

Salgo de la bañera. No tengo tiempo de hacerme con una toalla antes de que la puerta se abra de golpe con el crujido de la madera al romperse.

Empujado por el impulso, Leclerc irrumpe en el centro de la sala.

Trato a duras penas de taparme con las manos.

–¿Qué...? ¿Qué pasa? –pregunto, algo menos jadeante.

Leclerc se queda paralizado ante mi desnudez, con una expresión extraña en el rostro. Entonces advierto que debe haber visto que se me marcan las costillas y el hueso de la cadera, que debe estar asimilando el estado de desnutrición en el que me encuentro. Por eso, decido hacerle sentir aún peor.

–¿Ha encontrado el cuerpo de mi padre? –le pregunto, esperanzada, tendiendo las manos hacia él sin preocuparme ya por el pudor, como si esa fuera la única razón por la que podría echar la puerta abajo en mitad de la noche.

La expresión de Leclerc cambia de inmediato y, por primera vez, un breve brillo de culpabilidad le cruza la mirada.

–No, por desgracia, no. Solo quería asegurarme de que estabas bien. Como no respondías, me temía que hubieras hecho alguna tontería –trata de justificarse–. Has sufrido mucho.

Se acerca entonces a una toalla blanca en uno de los percheros y me la coloca sobre los hombros. Me la ciño.

–¿Por qué no contestabas? –me pregunta–. Te llevo llamando unos tres minutos.

–Me he quedado dormida.

Doy varios pasos hacia la habitación y no necesito actuar para tambalearme. Leclerc me sujeta antes de que caiga de rodillas en la alfombra.

–Maldita sea, Gabrielle. Cualquiera pensaría que acabas de salir de un campo de concentración.

Me ayuda a llegar a la cama y se lo permito, a pesar del asco que me inspira cada vez que me toca.

–Descansa –dice tras sentarme en el borde del colchón–. Mañana hablamos.

Me acaricia la mejilla de forma afectuosa, como haría con un niño, y sale de la habitación. Solo cuando se ha marchado, me permito soltar un largo suspiro de alivio.

–Gabrielle, ¿estás despierta?

Abro los ojos nublados por el sueño al oír la voz de Leclerc.

La luz se filtra ya entre las cortinas que cubren mi cama.

Me incorporo a duras penas. Me duele todo el cuerpo.

Abro el dosel y me deslizo fuera de las sábanas.

Un sol pálido de otoño ilumina la estancia y el reloj marca las diez de la mañana. Me pongo un camisón antes de abrir.

–Tengo un regalo para ti –dice Leclerc, sonriente, desde el umbral de la puerta.

Por su tono y expresión, mucho más cordiales, entiendo que debe tener remordimientos por lo de ayer tras haber arrancado la puerta del baño.

Me invita con un gesto a seguirlo a la antecámara.

Obedezco, dócil, antes de descubrir un burro lleno de vestidos de todos los colores, al lado de una modista de ojos hundidos que debe haberse pasado toda la noche trabajando con sus pequeñas manos para hacerlos.

En una mesa de café, un criado tembloroso deja una cesta de fruta al lado de una bandeja de chocolates y pastas.

El hombre parece aterrado y le lanza frecuentes miradas a Leclerc.

En cuanto cumple con su deber, huye de la habitación con rápidas zancadas.

–Creo que, después de toda la escasez que has vivido, te mereces algunos dulces –me anuncia Leclerc, amable.

Me llevo las manos a la boca para fingir un torbellino de emociones. ¿De verdad piensa que puede comprarme con unos chocolates? Pero el estómago me gruñe nada más verlos. Me lanzo enseguida hacia la primera bandeja.

–Gracias –musito–. Gracias.

–Te espero fuera. Cuando te vistas, ven a verme.

En cuanto sale, me apresuro a engullir todas las pastas posibles sin saborearlas y me pongo un vestido nuevo con la ayuda de la modista. En menos de un cuarto de hora, estoy lista, con un suave maquillaje y un largo vestido rojo similar al que me cosieron ayer. Encuentro a Leclerc en el pasillo.

–Vaya, qué rápido. Sígueme.

Con las piernas aún entumecidas, me adapto su ritmo.

–He estado pensando. Creo que debería ponerte al corriente de algunos temas. Me parece que entenderás mejor el papel que debes interpretar después de nuestro pequeño paseo.

–¿Adónde vamos?

–Ya lo verás –responde, misterioso.

Bajamos a la primera planta sin cruzarnos con más de uno o dos criados ocupados en sus tareas, y se me humedecen las palmas de las manos cuando reconozco el camino que va a tomar.

–¿El convento? –pregunto cuando nos acercamos a la sala en la que se encuentra el pasadizo secreto.

–Exacto –responde, afable.

Me trago las preguntas. ¿Por qué el convento?

El edificio está prácticamente destruido.

Prácticamente , entiendo horrorizada. ¿Me va a encerrar allí?

¿Y si han aislado a Agnès? El corazón me late a toda velocidad cuando comenzamos a descender por el túnel.

Me retuerzo las manos para evitar que me tiemblen.

No tardamos en alcanzar el otro lado a través del pasillo ahora demasiado familiar de la segunda planta.

Un hombre vestido de rojo se aparta de la puerta y nos saluda.

Un viento glacial sopla por el pasillo, y advierto que a la izquierda están las paredes ennegrecidas de la parte del edificio en la que se cayó el techo.

Un mueble enorme bloquea la entrada. Leclerc me guía hacia la derecha.

Enseguida veo la decena de guardias ante las celdas, así como las briznas de paja a sus pies.

¿Qué estarán haciendo aquí? ¿Y a quién estarán vigilando?

Pasamos ante ellos y avanzamos hasta una puerta un poco más lejos, donde han pintado el número diez en rojo.

–Acércate a la mirilla –me pide Leclerc–. Tienes derecho a una nueva sorpresa esta mañana.

Temblorosa, me inclino sobre la pequeña lente. No puedo reprimir una exclamación. El duque está ahí, desnudo, atado a la pared de piedra. En su cuerpo se intuye el rastro de numerosos golpes y le ha adelgazado el rostro violáceo, pero es él. Retrocedo.

–Pero... ¿cómo? –le pregunto a Leclerc–. Creía que había huido.

–Ah, nunca tuvo ocasión de hacerlo. Nos es más útil aquí. ¿Sabes? Durante mucho tiempo estudié las técnicas de comunicación de Luis XXI, y si hay algo que siempre he tenido claro, es que, aunque es importante crear héroes, más importante aún es crear a los enemigos.

–Eso... lo decía mi padre.

–Era un gran hombre, Gabrielle. –Me sonríe.

Se inclina él también ante la mirilla.

–Durante años he sido enemigo de la Corona –dice, observando al duque–. Ahora somos nosotros los que utilizamos este truco de magia para castigar a los nobles y a todos los que les han sido leales.

Advierto con cierto pavor toda la rabia que ha expresado con la palabra «castigar».

Se incorpora para mirarme a los ojos.

–Mantener aquí al duque tiene otra ventaja: ahora Ambre trabaja gratis para nosotros. Y se muestra aplicada. ¿Sabes que durante mucho tiempo fue su amante?

Estoy a punto de echarme a reír.

–¿Perdón?

–Sí. Verás, del duque solo conseguíamos mentiras, daba igual los golpes que le diéramos.

Pero la pequeña Ambre se puso a cantar en cuanto amenazamos a su amorcito.

Es una de las personas más maquiavélicas que conozco, y no lo digo a la ligera.

¿Sabes que la muerte de Luis XXII precedió por poco al escándalo que habían ideado el duque y ella para destapar lo del convento?

–¿Quieres decir que... sabían lo que pasaba aquí? –respondo, incrédula–. ¿Lo sabían?

Ahora veo con otros ojos el entusiasmo pueril de Ambre antes de cada cita que tenía con el príncipe. Durante todo este tiempo, sabía a quién me estaba entregando. La bilis amarga me bulle en el estómago.