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S algo de la habitación de Agnès a toda prisa.
Si no recuerdo mal las instrucciones de De Marche-Brume, el pasadizo que lleva a la galería que rodea la sala de recepción no está lejos, en el salón de los espejos, a menos que sea en la antecámara de los aposentos azules.
Tras un breve titubeo, decido explorar la primera opción.
En la oscuridad de la noche, los adornos dorados de la estancia emiten un suntuoso brillo y mi silueta se refleja hasta el infinito en las superficies pulidas que cubren las paredes.
El efecto es tan desconcertante que tardo un momento en encontrar el lugar en el que está el adorno.
Palpo la superficie de la chimenea decorativa, aunque no sé con exactitud cuál era el mecanismo.
¿Se trataba del querubín? ¿De la hoja de roble?
Por suerte, esta cede ligeramente y lo recuerdo.
Un espejo se desplaza por la pared a mi izquierda, desprendiendo un suave sonido. Me apresuro a colarme por el pasadizo.
Al bajar los peldaños que se pierden en la oscuridad, me llega el rumor de una conversación.
«El duque... muerto... lugar». Extremo la precaución: no se ve absolutamente nada y no conozco la disposición de este sitio, ya que De Marche- Brume se limitó a enseñarme la entrada.
Si tropiezo, sin duda oirán la caída. Cuando las voces se vuelven más fuertes, una tenue luz por fin dibuja el contorno de los últimos escalones.
Descubro un estrecho pasillo que sin duda rodea toda la sala, con mirillas que proyectan un halo dorado a intervalos regulares sobre una pared polvorienta.
El espacio entre ambos muros es tan estrecho que debo girar los hombros para caber por él.
Adrede, evito contemplar las telarañas que inundan el techo como telas grises suspendidas sobre mi cabeza.
–En realidad, ya no nos resulta útil –dice una voz que reconozco como la de Charbonneau–. Pero, aparte de eso, mira sus índices de audiencia: es uno de los favoritos del público desde hace más de diez años. Las imágenes serán más impactantes si...
Contengo el aliento. Para poder escucharlos con tanta claridad, las paredes deben ser tan finas como el papel. De puntillas, me acerco a la primera mirilla. Está tan cubierta de polvo que debo limpiarla durante un momento con el dedo.
–¿Es lo único que tenemos contra él? –pregunta Leclerc.
–Hay otra cinta, creo –responde una voz femenina que no identifico.
Cuando por fin logro ver algo, descubro a una mujer con el uniforme rojo que se precipita hacia un aparato al lado de una enorme pantalla. No veo totalmente la escena, pero intuyo que Leclerc y sus aliados están frente a ella, a juzgar por las dos mesas cuyo extremo percibo a la derecha.
– Querido Patrick, ¿estás seguro de la calidad de este pro ducto?
En la pantalla reconozco a Patrick de Saint-Martin, el presentador principal de Nobleza obliga , con la nariz metida en lo que parece cocaína.
– Te aseguro que es excelente. Beaumont la recibió hace una semana de Sudamérica. Por favor, querida, acompáñame.
Cuando la joven ingenua se inclina sobre las rayas blancas, aprovecho para avanzar por la estrecha galería, de una mirilla a la siguiente.
Enseguida advierto que las mesas están colocadas en U ante la pantalla y capto a Leclerc en el centro de esta estructura, como si presidiera un tribunal.
Me apresuro a llegar al final del pasillo para oír mejor lo que va a decir cuando descubro una nueva escalera de caracol con los peldaños de metal.
Es tan empinada que estoy sin aliento cuando termino de subirla.
No obstante, la recompensa está a la altura del esfuerzo: desemboca en un estrecho túnel que parece extenderse sobre la sala, iluminado por lo que debe ser, si no me equivoco, un espejo unidireccional, igual que los que adornan los frisos sobre las ventanas.
Lo cruzo, agachada, hasta que veo la coronilla de Leclerc.
Enseguida reparo en los dos montones de cintas que lo flanquean.
–Un poco de consumo de coca y maltratos a una o dos jóvenes –resume al final Leclerc cuando el vídeo se interrumpe–. Un material comprometedor que, efectivamente, no servirá de nada ante un tribunal y solo juzgará con severidad el público. La decisión es fácil.
La mujer de rojo le acerca dos cintas a Leclerc y este las coloca en el montón de la izquierda.
–¿Quién es el siguiente?
–De Kerdoncuff –responde un hombre de rojo.
Entonces advierto que, a los pies de la pared en paralelo a la que he caminado hace unos instantes, se alinean enormes cajas negras.
Uno de los partidarios de Leclerc saca una cinta.
Así que han recuperado el material comprometedor que robó el duque...
Ahora entiendo por qué una parte de la nobleza ha huido del país y la otra ha colgado su retrato en los balcones.
El hombre se dirige al vídeo y contengo el aliento.
El rostro de De Kerdoncuff aparece en primer plano.
Se gira y tras él se ve a una joven, apenas mayor que yo, con aspecto aterrorizado.
De Kerdoncuff hace un gesto con la mano y dos hombres se lanzan sobre ella.
El grito que deja escapar me revuelve el estómago.
Cierro los ojos, temblando de miedo y rabia.
–Ya hemos visto suficiente –interviene Leclerc–. No hace falta que pasemos por esto. Ya sabemos qué destino le espera al barón.
Me atrevo a abrir los ojos mientras el hombre le tiende la cinta que acaban de ver. El revolucionario la coloca en el montón de la derecha.
–Siguiente.
–El conde de Provenza...
Un instante después, el hombre aparece, como Patrick de Saint-Martin, inclinado sobre una raya de cocaína, rodeado de lujos en lo que debe ser un burdel. No tardan en acelerar las imágenes a petición de Leclerc, y el conde sigue esnifando droga hasta que pierde la conciencia.
–¿Eso es todo? –pregunta Leclerc.
–No hay nada más –responde el encargado del material, examinando las cajas.
–De todas maneras, en este caso la decisión también es fácil –interviene Charbonneau–. El conde no ha vuelto a París desde hace cinco años. Huye de la corte y los eventos sociales.
–Eso nos facilita la tarea.
La cinta acaba en la pila de la derecha, con la del barón de Kerdoncuff. La incomprensión me deja perpleja durante un instante: el delito es parecido al de Patrick de Saint-Martin. Entonces, entiendo que solo parecen diferenciarse en un aspecto: su presencia en la capital.
–La duquesa de Léon –anuncia un guardia de rojo.
–Tampoco vendrá a París –dice Charbonneau de inmediato–. Se retiró a su hacienda para ocuparse de los dos hijos que le quedan.
–Sería imprudente atacarla –interviene una joven desde el otro extremo de la sala–. Su hijo es un mártir de Luis XXII, uno de los pocos nobles que quisieron revelar su perversión. Sería útil reclutarla para la causa de alguna manera.
–Opino como tú, Lucie –responde Leclerc, pensativo–, pero vayamos por partes: veamos su material y decidamos.
Me retuerzo las manos para que dejen de temblarme.
No le pedí a Félix que destruyera el material comprometedor de la duquesa...
La pantalla se pone en movimiento y aparecen imágenes antiguas, trémulas y descoloridas: madame de Léon es tan joven que no la reconozco en un primer momento.
No debe de tener más de veinte años y está cogiendo a un hombre de las manos.
– Soy... querida...
–¡Sube el volumen! –ordena Leclerc.
– Querido Émile, me habría casado contigo a pesar de eso –dice más fuerte la voz crepitante de la duquesa, con amabilidad pero con lo que intuyo que debe ser una profunda tristeza.
– Cariño, lo siento mucho. Sé que te estoy poniendo en un compromiso, pero la casa De Léon no puede quedarse sin heredero. El linaje no puede acabar, ¿lo entiendes?
–Pero... Pero, Émile... –suplica.
– Georges, mi secretario personal, podrá ayudarnos a tener hijos.
Es muy discreto y se llevará el secreto a la tumba.
Puedes ir a verlo siempre que lo necesites.
Y puedes estar segura de que nunca te lo reprocharé.
Por favor, Andrée, no se trata solo del título.
El médico me ha dado algunos años, como mucho.
Tener descendientes reforzará tu posición.
Me quedo boquiabierta. Ahí está la razón por la que la duquesa se calló durante tantos años. Tuvo hijos con otra persona. En un abrir y cerrar de ojos, el rey podría haber hecho que su hijo lo perdiera todo: el título, la fortuna y la reputación.
–Esto nos facilita las cosas –interviene Leclerc–.
Con estas imágenes, se unirá a nuestra causa.
Seguirá protegiendo a sus hijos. No reprocharles nada a uno o dos nobles nos resultará útil para poner de relieve la maldad de los demás.
Necesitaremos el apoyo de todos los personajes mediáticos cuando abordemos el caso de los criados y los colaboradores. El suyo podría resultar valioso.
Me da un vuelco el corazón. Tenía razón: Leclerc no se va a detener cuando acabe con la nobleza. El líder revolucionario coloca la cinta a la derecha, a cierta distancia del montón en el que se encuentran las del conde de Provenza y De Kerdoncuff.
–Para esta noche, todavía nos queda una –anuncia el hombre cerca de las cajas–. La condesa de Noailles.
–Un personaje popular, de París. No podemos apartarla de un evento social de este tipo –comenta Charbonneau.
Entonces, eso es lo que están preparando, un evento social. Y los del montón de la izquierda deben ser los invitados. Ya he oído bastante y, sobre todo, no quiero que me encuentren en mitad del pasillo cuando Leclerc y sus esbirros salgan de la sala. Me apresuro a bajar por la escalera de metal.
–Veamos primero si su material es lo bastante inofensivo –dice, impaciente, Leclerc–. Como con el cardenal, no nos privemos de un buen juicio por una cuestión de conveniencia.
Estoy descendiendo los últimos escalones cuando me piso el vestido. Me tropiezo y me sujeto por poco en la pared.
–¿Qué ha sido eso?
–Diría que viene del exterior.
–O del interior –anuncia la voz de Leclerc–. Este palacio está lleno de escondites, recuerda. Y De Marche-Brume se llevó el secreto a la tumba.
Contengo la respiración cuando oigo pasos al otro lado del panel, pasos que se aproximan al lugar en el que me encuentro. Debo salir de aquí lo antes posible, por lo que atravieso la galería de puntillas.
–¿Adónde vas? –pregunta Charbonneau.
–A comprobar si nuestra reinecita sigue en su habitación.