Libertad obliga 41
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C ontemplo la puerta durante mucho tiempo , esperando que el ruido de los pasos de Leclerc desaparezca del todo.

Luego, me seco deprisa las lágrimas y, de puntillas, me acerco al pomo y trato de girarlo.

No me equivocaba, lo ha bloqueado. Sigue sin confiar en mí.

Se me cierra el estómago de forma desagradable.

¿He cometido un error al regresar? Tengo la terrible sensación de estar de vuelta en Versalles, al día siguiente del asesinato de Luis XXI.

Sola, encerrada, a merced de un loco. Sin embargo, Leclerc no es Luis XXII.

¿Qué planeará? Conozco su odio hacia los nobles porque yo también lo he compartido en algún momento, pero, por cómo hablaba Félix de él, juzgándolo como a un futuro dictador sanguinario, debe haber algo más.

Enton ces recuerdo la frase que ha pronunciado hace unos instantes: Debemos considerar que todos los que no se unen a nuestra causa totalmente son sospechosos de estar trabajando para aque llos a los que deseamos destruir .

¿Le gustaría ir más allá, aparte de depurar a la aristocracia?

Ya no me sorprende nada de este personaje.

Camino hasta el recoveco secreto que me mostró De Maintenon cuando me instalé en palacio.

Se abre con un clic y suelto un suspiro de alivio: la botella con el whisky envenenado sigue ahí.

Se me escapa una risita. Siento que he vuelto al punto de partida, al momento en el que entré en Nobleza obliga , aunque ahora no tengo ningún guardia que me defienda, sino veneno.

¡Qué ironía! En aquel momento, nunca me habría imaginado que algún día utilizaría esa arma contra un republicano.

Cierro con cautela el compartimento y retrocedo sobre mis pasos para ir al cuarto de baño. Me apoyo sobre la hoja que abre el pasadizo secreto al salón adyacente. Sigue ahí, sin problema.

–Gracias a Dios –musito.

Si aquí todo sigue igual, Ambre no me ha mentido: De Marche-Brume murió antes de poder informar a Leclerc de los pasadizos que hay en palacio, y aún tengo la posibilidad de escapar.

La idea me consuela y aleja las nubes negras de mi mente.

Cierro la puerta sin hacer ruido. No es el momento de deambular por los pasillos en plena tarde.

Esperaré a la noche. El túnel subterráneo que salía de los aposentos de mi padre quedó al descubierto en mi intento de fuga, y sería demasiado arriesgado utilizarlo: no sé cómo fue el ataque contra el duque, quizá este intentara escapar por allí.

Sin embargo, en este piso, aún queda el de Agnès.

Podría ir a asegurarme de que está bien y, después, utilizar este pasadizo para buscar a Félix y pedirle explicaciones.

–Lo que debería haber hecho ayer por la noche –susurro para mí–, en lugar de distraerme con lo guapo que es.

Suelto un suspiro y centro los ojos en la puerta oculta que lleva a la habitación de Iphigénie.

¿Dónde estará? ¿El duque la habrá hecho desaparecer?

¿O habrá sido Leclerc? Ambre parecía estar ocultándome algo cuando le he pedido noticias.

El corazón se me encoge ante la idea de que pueda haberle sucedido algo malo.

De los nervios, camino de aquí para allá alrededor de mi escritorio.

El tictac del reloj retumba por la estancia.

Para pasar el tiempo, toco sobre el borde de la mesa La menetou de Couperin.

Aún quedan unos minutos antes de que deba actuar.

El día ha estado protagonizado por un aburrimiento mortal mientras le daba vueltas a la cabeza en mis aposentos.

Un lacayo al que no he reconocido me ha traído una bandeja al final de la tarde, pero, por lo demás, he estado sola.

Cuando el reloj marca las doce, me dirijo de puntillas al armario.

La capa negra que me dio Iphigénie sigue ahí, y me la pongo a toda prisa antes de deslizarme en silencio hasta el cuarto de baño.

Echo el pestillo y dejo correr el agua de la bañera: si viniera alguien a verme y se preguntara por qué llevo tanto tiempo aquí dentro, podría hacerle creer que me he quedado dormida dándome un baño.

Presiono la hoja en la pared y me abalanzo hacia el pasadizo secreto que lleva al salón.

Observo la estancia abriendo una rendija.

Desde las ventanas de esta sala en un extremo del ala de palacio se ven el Sena, el jardín y el patio.

El brillo malva del cielo urbano se derrama sobre un desorden poco habitual: los cojines, por lo general alineados en los sofás, están patas arriba, algunos incluso tirados por el suelo, y, a la derecha, el lienzo con la pintura de la regente Cristina está apoyado contra una pared.

Sin embargo, no hay nadie. Con cautela, me cuelo y cierro el pasadizo a mis espaldas.

Me acerco con pasos quedos a las ventanas para observar el resto del palacio: parece sumido en la oscuridad, a excepción de la galería.

No obstante, un detalle capta mi atención.

En el ala norte han cerrado una serie de postigos de la planta baja, aunque un rayo de luz se vislumbra en su contorno.

En la gran sala de recepción debe haber alguien, pero ¿por qué iban a cubrir las ventanas si no es para asegurarse discreción total?

De repente, estoy segura de que Leclerc se encuentra allí y está tratando temas secretos, dadas las molestias que se ha tomado en un palacio en el que no parece haber ningún criado.

Contemplo por un instante la posibilidad de dirigirme enseguida a la galería que rodea esa estancia para descubrir de qué se trata, pero recuerdo que debo ir a buscar a Félix enseguida. Me estremezco.

De forma discreta, me dirijo a la puerta y examino el pasillo que lleva a mis aposentos y a los de mi padre.

Está desierto. Puesto que no hay guardaespaldas, pensaba que los hombres de rojo vigilarían el palacio.

Siempre suele haber al menos dos situados aquí.

¿Leclerc se estará comportando como un inconsciente?

Cualquier intruso podría hacer lo que quisiera sin que nadie lo interrumpiera.

En cierto sentido, mejor para mí. Camino con cautela por el largo pasillo mientras las alfombras amortiguan el sonido de mis manoletinas.

Al llegar a una esquina, compruebo una vez más la ausencia de servicio y cualquier otra persona.

Sin embargo, Ambre debe encontrarse en alguna parte, igual que Charbonneau y el séquito revolucionario de Leclerc.

A menos que estén todos con él en la sala de recepción.

Vuelo por el pasillo. Luego, me cuelo por una serie de salones y pasillos desiertos hasta la sala de pintura, en el ala norte.

La habitación está vacía, y advierto que han desfigurado el gigantesco retrato de Luis XXI: una enorme cruz roja le atraviesa ahora el rostro, rasgado por múltiples golpes de cuchillo.

El ritmo cardiaco se me acelera. Por favor, que no hayan tocado el de María Antonieta.

Por favor, que... Pero el cuadro sigue ahí, en un rincón de la estancia, y la antigua reina, sonriente, tiene en sus brazos a su última hija, María Francisca, la que sería la futura reina de España.

Con un dedo, presiono una rosa de la pintura mientras la inclino hacia la izquierda.

El pasadizo en la pared de al lado se entreabre con un clic.

–¿Quién anda ahí? –exclama una voz asustada.

Me apresuro a cruzar la abertura antes de que Agnès alerte a todo el vecindario.

–Soy yo –susurro.

Cierro el pasadizo a mis espaldas y la luz inunda con suavidad la pequeña estancia de un ligero tono verdoso. Agnès se pone de pie en camisón, atónita, cerca del interruptor.

–Por el amor de Dios, Gabrielle. Me has dado un susto de muerte.

–Calla –le ordeno.

Cruzo la sala para acercarme a su oído.

–Baja la voz –musito–. Quizá tengan micrófonos.

Me dirijo a la pared opuesta y presiono una hoja, que sobresale y me permite girarla a la derecha.

El pasadizo se abre justo al lado. Agnès se cuela también en su interior y bajamos algunos escalones hacia la penumbra.

A toda prisa, cierro la puerta a nuestras espaldas hasta que nos envuelve la oscuridad absoluta.

–Aquí podemos hablar sin problemas –le musito.

–No me digas que has venido para que nos escapemos –me susurra–.

Gabrielle, es una locura. No tenemos ningún plan ni sabemos si la furgoneta sigue donde la dejamos.

¿Cómo nos iremos de la capital? Nos atraparán al alba, sobre todo ahora que el tal Leclerc parece necesitarnos.

Me han pedido que grabe un testimonio mañana por la mañana y...

–No, Agnès, solo quería hablar contigo. ¿Te han tratado bien?

–De momento, no puedo quejarme. Me han traído aquí y me han dejado tranquila todo el día.

Suelto un suspiro de alivio.

–Sin embargo, creía que me asfixiaba cuando he visto que Ambre venía de improviso a mi habitación –continúa–. ¿Qué hace aquí? Trabajaba para el duque, no puede haberse convertido en partidaria de las ideas republicanas de la noche a la mañana.

–Sin duda, Leclerc tiene algo con lo que presionarla.

No puedo quedarme, Agnès –digo–. Debo ir a buscar a Félix para que me dé explicaciones y después volver lo antes posible para entender qué trama Leclerc.

Todos los postigos de la sala de recepción están cerrados, así que estoy segura de que, si consigo escuchar lo que pasa dentro, descubriré...

–Yo iré a ver a Félix –me interrumpe.

Su propuesta me pilla por sorpresa.

–Agnès, no puedo dejar que hagas algo así. Es demasiado peligroso. Está bajo vigilancia, y si te arrestan...

–No estoy dispuesta a quedarme aquí rascándome la barriga, Gabrielle. ¡Me voy a volver loca! Además, si sabemos qué está tramando Leclerc, más oportunidades tendre mos de huir. Ve a ver qué ocurre en la sala del baile y yo iré a buscar a Félix.

–Agnès...

–Además, sé cómo colarme en el jardín de su mansión y tú no. Hay un camino privado que lleva a la parte trasera de las residencias para hacer entregas. La administradora me dio las instrucciones y los códigos para volver por allí tras cargar las provisiones en la furgoneta.

Entonces se me ocurre una idea.

–Félix duerme en una habitación en la segunda planta –musito–. Creo que son las ventanas de la izquierda. Si entras en el jardín, puedes lanzar guijarros para informarle de que estás ahí.

–Entendido.

El miedo me aprieta el pecho y tiro de ella para abrazarla.

–Gracias, Agnès, y, por Dios, ten cuidado. Ante la primera dificultad, espero que des media vuelta y huyas.

Me devuelve el gesto.

–Nos vemos aquí mañana por la noche –musita–. Ten cuidado tú también. Quizá seas indispensable, pero pueden hacerte la vida muy difícil.

Cuando la suelto, abre la puerta que da a su habitación.

Se precipita hacia el armario y se enfunda un vestido azul medianoche muy parecido al que me han puesto hoy, se pone los botines y se echa sobre los hombros una larga capa negra antes de ceñirse la capucha.

Unos minutos después, está vestida de la cabeza a los pies para fundirse con la oscuridad.

–Cuando veas a Félix... –Me interrumpo. ¿Debería revelarle la naturaleza de nuestra relación?–. Salúdalo de mi parte.

Agnès arquea una ceja y ya siento que he dicho demasiado. Me abraza una segunda vez antes de sumergirse en la penumbra.

–Adiós –musita mientras cierro la puerta de nuevo.

Me vuelvo a colocar la capucha de la capa. Es hora de descubrir qué trama Leclerc en el corazón de palacio.