Libertad obliga 40 #3
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Leclerc frunce el ceño y da una lenta zancada hacia mí. Sin apartar los ojos de los míos, cierra la puerta a sus espaldas.

–Venga, adelante –me ordena con un tono glacial–. Explícate.

De nuevo, tengo la sensación de estar jugándome la vida. Pienso en mi padre y en Antoine para echarme a llorar.

–Intenté tomarme la cápsula de veneno –respondo entre sollozos–. Lo intenté, pero me vio. Me la arrancó de las manos. Quería saber qué era. Y... Y...

Suelto un hipido, más por darme el tiempo suficiente para encontrar una mentira creíble que para ser convincente.

–Le dije que era un relajante que me había dado su secretario personal. Y se lo creyó, pero quería verme sufrir. Me dio una paliza. ¡Abusó de mí!

Le grito esta frase con toda la rabia que llevo acumulada estas últimas semanas.

–Y, cuando terminó, se tomó la cápsula ante mis propios ojos. «Para relajarme tras haberte disciplinado», dijo. ¿Qué quería que hiciera? No deseaba acabar desmembrada como De Léon. Destruí la grabadora y mandé llamar a Grimaux y, después, a monsieur de la Brivoisière.

No espero la reacción de Leclerc. Para darle más realismo a la escena, me dejo caer en el sofá más cercano y estallo en lágrimas. Pasan largos segundos sin que nada interrumpa mis sollozos. El cabrón no tiene ninguna consideración por mí. Quizá no he dicho suficiente.

–No pude soportar el contacto de los hombres durante semanas después de eso –le espeto, iracunda, con los ojos fijos en el parqué–.

Ahí tiene la razón por la que no pude aceptar su mano.

Sin monsieur de la Brivoisière, que me ayudó a superar esta fobia, no habría podido seguir en el poder, y mucho menos sujetarlo hoy del brazo.

Levanto el rostro inundado en lágrimas hacia él. Sigue inmóvil cerca de la puerta. Aunque la frialdad le ha desaparecido de las facciones, una arruga de preocupación, a no ser que sea de desconfianza, le cruza la frente.

–Me ha pedido que exagere las condiciones de mi encierro, pero no he mentido en nada.

Estuve a punto de morir de frío, me amordazaron en una celda.

¡Y lo soporté por usted! Todo lo que me ha ocurrido es culpa suya.

Lo indulté, le di información para ayudarle con su campaña y me preparé para arrestar al duque.

Habría podido irme del país tras huir del convento, pero vine a buscar a la única persona que sabía que era fiel a la causa republicana, monsieur de la Brivoisière.

¿Y Charbonneau y usted se ríen de esta situación?

¿Se atreven a creer que es mi amante y a burlarse de nosotros?

Me levanto de un salto.

–Prometieron sacarme del programa tras conseguir el nombre del asesino de Capucine de Léon.

En lugar de eso, me enviaron a la muerte.

¿Se atreve a guardarme rencor por no ha berme tragado la cápsula mientras el rey me pegaba?

Sabía que Luis XXI y su hijo me tratarían peor que a un perro, pero no imaginaba tener que soportar la ingratitud de mi propio bando.

Leclerc parece reaccionar ante esta acusación, porque contrae los labios en una mueca de arrepentimiento.

–Gabrielle, te he juzgado mal –dice con voz dulce antes de suspirar.

Se acerca a mí y me coloca una mano en el hombro. Al rozarme la piel desnuda con el pulgar, un escalofrío de incomodidad me recorre todo el cuerpo. Esta reacción parece terminar de convencerlo.

–Acepta mis disculpas –continúa, compasivo–.

Interpreté mal tus intenciones y tu silencio.

Pero tienes que entenderlo: no solo no cumpliste las órdenes, sino que, de la noche a la mañana, te convertiste en regente y te deshiciste de la grabadora.

¡Después de querer huir del país con el guardaespaldas!

Era normal que me cuestionara tu lealtad.

Crispa los dedos sobre mi hombro, sin tener en cuenta cómo se me acelera la respiración.

–Estamos rodeados de enemigos, Gabrielle –declara como lo haría un profesor con una buena estudiante–.

Debemos mostrarnos intransigentes para tener éxito.

Debemos considerar que todos los que no se unen a nuestra causa totalmente son sospechosos de estar trabajando para aquellos a los que deseamos destruir.

De eso depende nuestra supervivencia. No querrás que esos aristócratas nos lo arrebaten todo, ¿verdad?

Niego, sorbiéndome la nariz, con los ojos aún anegados de lágrimas.

–Sufrí... Sufrí un momento de debilidad con Antoine, señor presidente –farfullo, bajando los párpados–. No volverá a pasar.

–Ah, al fin y al cabo, solo tienes dieciocho años. –Leclerc me sonríe–. A esa edad, el primer amor te vuelve loco. Pero es un mártir, igual que los demás. Su muerte cobrará sentido, ya lo verás, cuando hayamos terminado. Haré que levanten un monumento en su memoria.

Me suelta entonces el hombro para alzarme la barbilla.

–Aún necesitaremos que adoptes tu papel un tiempo, pero no te preocupes, se acabará pronto.

Me libera y debo hacer uso de toda mi fuerza de voluntad para no soltar un suspiro de alivio.

–Ahora, descansa. Te lo mereces.

Sale y, de inmediato, oigo el sonido de una llave al girar en la cerradura.