Libertad obliga 40 #2
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–Por supuesto. Si me permite, me gustaría que empezáramos hablando de la toma de poder del duque. ¿Cómo la obligó a seguir sus órdenes?

–El duque sabía que iba a hacer que lo arrestaran por su implicación en el escándalo del convento –respondo–. Decidió actuar antes de que lo encarcelara...

No necesito interpretar ningún papel para detallar, con un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos, la manera en la que el duque me impidió huir y mató a mi padre. Se me escapa un sollozo y espero a que corten las cámaras, pero siguen grabando.

–¿Qué sintió en un momento así? –me presiona Charbonneau.

Levanto los ojos empañados para mirarlo. Quieren que el público sea testigo de todo mi sufrimiento. Lo paradójico es que hacerlo me impide venirme abajo.

–Era la única familia que tenía en el mundo –digo con voz temblorosa–. Sobrevivió a muchas pruebas. Acabábamos de volver a estar juntos... Y el duque lo mató ante mis propios ojos. Ni siquiera sé qué hizo con su cuerpo.

Charbonneau asiente despacio y, tras su monitor, creo ver por primera vez una mota de compasión en la expresión de Leclerc.

–Señora, quiero que sepa que haremos todo lo necesario para averiguarlo –interviene entonces Charbonneau, cortés.

Por su tono, siento que está diciendo la verdad, y se me escapan las lágrimas ante la idea de que mi padre siga sin tener una tumba. Me tiende un pañuelo bordado que saca del bolsillo y me seco las mejillas.

–Oculté mi embarazo y le ordené al médico real que no le dijera nada a nadie por miedo a que el duque atacara a mi hijo –miento para que mi relato coincida con el que ha creado Leclerc–.

Tenía miedo de que me apartara enseguida...

Al ver lo ocurrido, tenía razón. Habría acabado conmigo de inmediato si hubiera sabido la verdad.

–Se dejó llevar por su instinto de madre –concuerda Charbonneau–. ¿Y qué pasó después?

–Amenazaron a Solange...

Cuento entonces la llegada al convento, cómo me cortaron el pelo, los golpes bajo la ducha...

Luego, el voto de silencio. El calabozo.

Las horas en la oscuridad, solo con la camiseta interior, bebiendo agua del suelo y durmiendo sobre una piedra.

Aunque menciono la presencia de la antigua reina, Cristina, no digo nada sobre lo que hablamos.

Cuando abordo el episodio de la mordaza y muestro las marcas que me siguen mancillando el rostro, Charbonneau abre los ojos como platos por el horror y uno de los técnicos se aparta de su cámara.

Pero, tras la consola, Leclerc asiente y los anima a continuar.

Cuando explico que estuve a punto de morir de frío, obtengo la misma reacción.

Hiervo por dentro. Termino por fin mi relato de nuestra fuga y Charbonneau asiente, serio.

–Ha sido devastador, señora. Puedo asegurarle que, en cuanto escuche su testimonio, el presidente Leclerc no tardará en poner fin a estas actividades en el convento.

–Lo espero de corazón.

El interesado se levanta de su sillón y creo que va a tomar la palabra, pero se acerca a mí con una hoja en la mano.

–Muy emotivo, mi señora, gracias –dice con consideración–. Necesitamos una última cosa de usted antes de que pueda descansar. ¿Puede darle al pueblo los nombres de los que conspiraron contra usted y la sometieron a todas estas pruebas?

Me deja el papel sobre las rodillas y, al hacerlo, se inclina sobre mi oído una vez más.

–No omitas ninguno –musita con una voz tan cargada de amenazas que una descarga de miedo me recorre la columna vertebral.

Se gira para sentarse y elaboro la lista de inmediato. Aunque identifico a la mitad (todos los miembros del gabinete, excepto Félix y De Maintenon), el resto son casi desconocidos. ¿D’Amonville? ¿De Chauvelin? ¿D’Espinne? ¿Quiénes son? ¿Por qué querrá Leclerc su cabeza?

–Señora –vuelve a decir Charbonneau–, ¿puede decirme quiénes son los monstruos responsables de lo que le ha ocurrido?

No tengo otra opción. Si quiero que Leclerc confíe en mí y me ponga al tanto de sus planes, debo cooperar. Inspiro hondo y, ante la mirada severa del revolucionario, recito toda la lista.

Tras la entrevista, aún nos pasamos una hora grabando bajo la mirada atenta de Leclerc, ayudado siempre por Ambre, cuyo entusiasmo a veces roza la crisis histérica.

Se graban algunas secuencias en las que se me ve paseando por palacio, sentada en uno de los salones o respirando el aire fresco del jardín.

Sin duda, animarán el reportaje de mi regreso.

Cuando por fin terminamos después de un plano largo en la galería que da al patio, Leclerc pide que el equipo se marche y me ofrece su brazo.

–Me gustaría acompañarla a su habitación. Debe estar deseando descansar.

Asiento y, no sin cierta incomodidad, le coloco una mano en el codo. Cuando les hace un gesto a sus guardias armados para que se queden atrás, entiendo que por fin me voy a encontrar a solas con él.

–Liberará a todas esas mujeres, ¿verdad? –le susurro en cuanto nos alejamos lo suficiente.

–Por supuesto. Tras tu testimonio, llevaremos a la madre superiora ante la justicia. Lo incluiremos en nuestra narrativa, pero será dentro de unos días...

El estómago me da un vuelco. ¿Qué narrativa?

Caminamos en silencio durante un momento y me preparo para enfrentarme a él.

¿Quién sabe cuándo tendremos otra ocasión de hablar con libertad?

Debo seguir demostrándole mi fidelidad. Si baja la guardia y me cuenta sus planes, tal vez encuentre la forma de desbaratarlos.

–Señor presidente –le susurro en cuanto nos adentramos en el ala norte–, ¿qué piensa hacer con esta historia del embarazo? Se supone que estoy de más de tres meses. Si no me crece pronto el vientre, se harán preguntas. ¿Debo prepararme para simular un aborto?

Le hago esta pregunta de manera cortés para fingir que soy una actriz interesada en hacer una buena actuación, pero Leclerc se limita a soltar una suave carcajada.

–No te preocupes, hemos ideado un escenario sólido –responde.

–¿Y... puedo saber cuál es?

–Cada cosa a su tiempo. Contártelo ahora sería prematuro. Conténtate con seguir mis directrices.

Su tono es frío y cortante.

–De todas maneras, a juzgar por donde te ha encontrado Charbonneau, quizá dentro de unos meses podamos presentarle al público un bebé de verdad –escupe, sarcástico–. Al menos, debo decir que has mejorado a la hora de elegir amante. Pasar de un guardaespaldas a un ministro de Defensa es un progreso.

Las mejillas me arden de ira y humillación, pero me trago la bilis.

–Monsieur de la Brivoisière es un amigo –replico–.

Sin embargo, recuerdo un panfleto muy bonito en el que defendía el amor libre.

¿No fue usted quien escribió que este país irá mejor el día en el que se autorice a las mujeres a querer a quienes deseen sin tener que preocuparse por el matrimonio? ¿Ha cambiado de opinión?

Leclerc se echa a reír.

–Eres una descarada. Me habría encantado que demostraras tanta afinidad a la hora de seguir mis órdenes.

Ahora hiervo de ira. ¿Este hombre sigue enfadado por no haberme suicidado durante mi noche de bodas?

¿Y, a pesar de que está al mando del país, sigue guardándome rencor?

Inspiro una amplia bocanada de aire y evoco una melodía de Bach para calmarme.

Si quiero convencerle de mi lealtad, debo justificar lo que considera una traición.

Atravesamos un salón y un pasillo sin los lacayos y guardias de seguridad habituales hasta llegar a mis aposentos.

Cuando me abre la puerta, decido aprovechar mi última oportunidad.

Le suelto del brazo de repente para entrar en la antecámara.

–No deja de decir que lo desobedecí, pero nunca me permite explicarle lo que ocurrió –escupo con toda la rabia que consigo reunir.

Leclerc me contempla por primera vez con una sorpresa poco disimulada, al no esperarse, sin duda, un estallido por mi parte.

–No preguntó ni se dio cuenta de que su intento de darme la mano me aterrorizó en nuestro primer encuentro. ¿Sabe lo que me hizo soportar el delfín? Ha visto los testimonios de sus víctimas. Debería hacerse una pequeña idea, ¿no?