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M e tenso al lado de Leclerc.
–¿Qué hace aquí? –escupo entre dientes, llena de ira.
–Ambre ha visto la luz y nos está ayudando a poner en marcha nuestra narrativa –contesta Leclerc con una punzada de burla en la voz.
–Nunca es demasiado tarde para aceptar los ideales republicanos –anuncia mi antigua asesora con un entusiasmo demasiado desbordante como para que sea natural.
Luego, se gira hacia Leclerc–. Magnífica presentación, señor presidente.
Cálida, cordial, repleta de emoción. Seguro que su tasa de popularidad va a subir aún más.
–No exageres, Ambre –responde con frialdad.
Entonces, me suelta del brazo.
–No perdamos el tiempo. Quiero que grabemos el testimonio de Gabrielle enseguida. Todavía podemos prepararnos para difundirlo tras el telediario de esta noche.
–Por supuesto, señor presidente, por supuesto –exclama la asesora con fervor.
No puedo evitar quedarme boquiabierta al observar el respeto con el que se dirige a él. ¿En qué se basa su lealtad? ¿Por qué sirve a Leclerc tras haber servido al duque? ¿Con qué cuerdas manipula a esta marioneta? ¿Estará amenazándola con su hijo, como hizo Luis XXII?
–Ya tenemos las cámaras listas. Podemos llevar a Gabrielle a maquillaje de inmediato –continúa–. Quizá necesitemos unos minutos para arreglarle el... eh... corte de pelo.
–Adelante –la interrumpe con sequedad.
Se aleja por el pasillo, flanqueado por guardias, una decena de gigantes que se mantienen ojo avizor, al mismo tiempo que miran a su alrededor como si esperaran que los atacaran de un momento a otro.
Mientras Ambre trota detrás de mí, lo sigo en silencio con la cabeza llena de preguntas cada vez más numerosas: Leclerc está utilizando la estrategia de comunicación de los antiguos monarcas, lo que parece evidente dada la presencia de Ambre aquí.
Pero ¿qué historia está intentando inventarse para necesitarme ahora, supuestamente embarazada, en palacio?
¿Qué fin busca para que Félix hable de él como el dictador más despiadado que el país haya conocido jamás?
Yo que soñaba con encontrarme entre las paredes conocidas de palacio cuando me encerraron en ese calabozo lúgubre y sucio, ahora las contemplo con cierta angustia.
Tengo la sensación de haber llegado a una nueva prisión.
Nos dirigimos al conocido salón azul y descubro que las maquilladoras y peluqueras ya están aquí para ocuparse de mí.
Todas hacen una reverencia, algunas emocionadas, y estallan en felicitaciones.
Parecen creerse este embarazo ficticio. ¿Quién sabe la verdad de todo el grupo?
Sin duda, Leclerc y Ambre y probablemente Iphigénie, quien pasó demasiado tiempo en mis momentos de intimidad como para creerse esa patraña.
Busco de inmediato a mi doncella con los ojos, pero advierto que se encuentra ausente.
–¿Dónde está Iphigénie? –pregunto con una presión angustiosa en el pecho.
–Ah, bueno... Se ha tenido que marchar –responde Ambre a toda prisa–. Ya verá que al palacio le falta personal porque muchos no han querido volver o recibieron una recompensa después de que monsieur de la Brivoisière irrumpiera en palacio.
Advierto que mira de reojo a Leclerc. ¿Qué ha pasado en realidad?
–¿Y monsieur de Marche-Brume? –pregunto con una descarga de aprensión.
Tiemblo ante la idea de que les haya revelado dónde están los pasadizos del edificio porque, si la situación se complicara, escaparme por allí sería imposible.
–Murió durante la contienda –anuncia Ambre, apenada.
La noticia me entristece tanto como me alivia.
–En cuanto a los guardaespaldas, los hemos despedido –añade Leclerc, cortante–. No podíamos confiar en esos mercenarios armados que fueron cómplices de los asesinatos del rey y de las intrigas del duque.
Percibo a los siete hombres de rojo que han ocupado su lugar, delante de cada entrada a la sala, y los tres que no abandonan al revolucionario.
Estos tipos parecen ser el reemplazo del habitual servicio de seguridad.
Ante la mirada impaciente de Leclerc, no me atrevo a hacer preguntas, por lo que, dócil, tomo asiento en mi sillón habitual, frente a mi reflejo agotado.
–Bien –comienza a decir Ambre–. Rachel, por favor, ve a buscar las extensiones de pelo y las pel...
–No –interviene Leclerc de forma brusca–. Déjale el pelo corto, nos vendrá bien. No debemos ocultarle al público lo que ha sufrido.
Contengo una sonrisa sarcástica: Leclerc ni siquiera me ha preguntado qué he soportado.
–Eh... Muy bien, señor presidente –balbucea Ambre–. Rachel, ¿has oído al señor presidente?
–Entonces, creo que, con esa longitud, podemos intentar ponerle un pequeño flequillo y...
–No, vamos –protesta Leclerc–. Iguálalo. El corte revolucionario le sentará muy bien.
La peluquera se pone a trabajar enseguida y los pocos mechones largos caen a puñados sobre la alfombra persa.
Contemplo cómo mi rostro se afina bajo los tijeretazos que siguen las instrucciones de Leclerc.
Si antes no me consideraba mi propia dueña en casa, ahora tengo la desagradable sensación de haber vuelto a Nobleza obliga .
No me piden mi opinión y debo interpretar un papel que solo conoce el titiritero.
Cuando llega el momento de maquillarme, no tengo nada que decir: es la aprobación del presidente lo que buscan Ambre y la especialista.
Se niega a que me tapen las ojeras, a que me suavicen las marcas aún frescas de la mordaza en las mejillas y a que me maquillen los ojos: solo me unifican el tono de piel.
–Pasemos al vestido –comenta Ambre con entusiasmo cuando ha terminado con mi rostro.
Va a buscar un corsé en un perchero donde se alinean largas fundas.
–¡No, no! –protesta con fuerza Leclerc–. La regente está embarazada. No vamos a someterla a ese yugo de épocas pasadas y, además, esconder su delgadez ante las cámaras. Debemos mostrarle al mundo lo que ha sufrido, no darle el aspecto de una persona recién llegada de una estancia en el campo.
–Podemos vestirla con un traje algo más... ¿revolucionario? –propone Ambre.
Leclerc le dedica una breve sonrisa que no debe ser muy normal en él.
–Sí, iría a la perfección con su estado y su nueva imagen. La referencia a este periodo podría preparar el terreno para las reformas.
–Maravilloso. ¡Me encanta empezar modas!
Ambre, encantada y, de forma visible, aliviada, pide que busquen la tela.
Dos maquilladoras me ayudan a desnudarme y me colocan una camisa amplia tras un biombo.
Debo sacar barriga para dar la impresión de que estoy embarazada.
Durante la hora siguiente, un ejército de pequeñas manos me cose un vestido suelto, de un azul claro que acentúa la palidez de mi tez sobre mi cuerpo delgado y tambaleante.
Por suerte, Leclerc les pide a los encargados que traigan algunos dulces para que soporte esta larga sesión.
Se lo agradezco profusamente y, durante todo el tiempo que dura la preparación, no protesto ni una vez y solo abro la boca para dar respuestas breves y concisas a las preguntas de la estilista.
Por la actitud de Leclerc y su falta de consideración, intuyo que sigo siendo una enemiga ante sus ojos y que no me ha perdonado...
, a menos que sea la presencia en casa de Félix lo que le ha hecho sospechar, si Leclerc no se fía de él.
En todo caso, para saber qué trama, debo dar la impresión de que voy a seguir las reglas y hacerle creer que seré obediente.
–Perfecto –exclama cuando terminan de colocarme un cinturón azul turquesa bajo el pecho.
Me miro en el espejo. Parezco... frágil. Frágil, rota, sin fuerza. Entiendo de inmediato que debo interpretar el papel de una víctima de la monarquía para la que, sin duda, Leclerc se presentará como protector. Se coloca a mi lado para ofrecerme su brazo.
–Espero que esta sesión no le resulte demasiado agotadora, mi señora –dice, solícito, supongo que para conservar su imagen ante maquilladoras y estilistas–. Gracias de nuevo por haber aceptado testificar tan pronto.
–No es nada –respondo con una suave sonrisa para seguirle el rollo–. El pueblo debe saberlo.
Con un asentimiento de cabeza satisfecho, me conduce a la estancia adyacente mientras Ambre nos pisa los talones.
Allí descubro a Charbonneau, sentado en uno de los dos sillones frente a un equipo de rodaje que está instalando las cámaras.
Todos se giran hacia mí para saludarme, y advierto que no reconozco a ninguno de los técnicos que empleaba la Corona, los rostros a los que estaba acostumbrada. Charbonneau sale a mi encuentro.
–Gabrielle, como ministro de Propaganda, me gustaría tener el placer de entrevistarla. Por favor, siéntese...
La mención al título hace que me estremezca, pero Leclerc me guía hasta uno de los sillones y me dejo caer en él, con la columna recta contra el respaldo. Se inclina sobre mi oído.
–No tengo dudas de que has vivido momentos difíciles en un convento –susurra–, pero, por el bien de la causa, cuento con que no te limites a narrar la vida monacal y las oraciones. No dudes en exagerar las pruebas que has sufrido. Necesitamos una revolución.
Me presiona el hombro y, sin darme tiempo a responder, se aproxima a Ambre tras un puesto de control. La ira me hierve en el vientre. ¿Qué se cree, que me han tenido solo a pan duro y agua?
–Encorve un poco los hombros, por favor –me pide Ambre.
Obedezco y trato de recuperar la compostura. ¿Quieren un relato espantoso? Lo tendrán.
–¡Acción!
–Reina regente, muchas gracias por haber aceptado reunirse con nosotros tan rápido, a pesar de las circunstancias y su estado –comienza a decir Charbonneau.
–Era necesario, señor. Durante todo mi encarcelamiento, ardía en deseos de contarle al mundo lo que pasa en realidad en los conventos donde se encierra a las mujeres de la nobleza.
Tiemblo al imaginar que es probable que existan decenas de recintos donde maltratan a aquellas que se atreven a cruzarse en el camino de un hombre poderoso.