39
C uando recobro el sentido , estoy rodeada de sá banas verdes y tumbada en un colchón tan mullido que siento que floto sobre una nube.
Abro los ojos. ¿Dónde estoy? No recuerdo haberme quedado dormida.
La tenue luz del día se cuela por el contorno de las cortinas y estudio la habitación decorada con gusto.
Una lenta respiración capta mi atención.
A mi lado, Félix duerme profundamente, desnudo.
La tentación de acariciar ese rostro que tanto he lle gado a apreciar es muy fuerte, pero tiene una expresión tan apacible que no me atrevo a molestarlo.
Ya nos tocará tratar temas bastantes difíciles cuando se despierte.
Porque, debido a la efusividad de nuestro reencuentro ayer, no hablamos de la huida del duque ni de la toma de poder de Leclerc.
Ni, ahora que me doy cuenta, de lo que Félix pretendía decir con que ahora está a su merced.
Con cuidado, estiro las extremidades, donde siento una deliciosa tensión, y luego echo hacia atrás las sábanas para salir de la cama.
Aún desnuda, examino la habitación. Es evidente que se trata del cuarto de Félix.
Hay un conjunto de cuadros sobre una cómoda que se delinea en la penumbra.
Con curiosidad, me acerco. La primera fotografía me llama la atención.
Es mi retrato oficial. Detrás, en otro marco decorado con una banda dorada, un Félix más joven, sonriente, rodea con un brazo los hombros de un adolescente también moreno sobre la escalinata de una mansión burguesa.
Debe ser Georges, su mejor amigo, el hermano de Capucine.
En la fotografía de al lado, esta esboza una sonrisa radiante, cogida del brazo del duque de Léon, el día de su boda.
Félix está ahí, algo apartado, con la duquesa de Léon, tras la feliz pareja.
En otro marco, una mujer con el cabello canoso posa ante un árbol de Navidad con un niño de unos doce años, la viva imagen de Félix.
Por el aspecto familiar y los muebles, que identifico con los de la salita, deduzco que deben ser su madre y su hermano pequeño.
Cojo la fotografía con el pesado marco plateado.
¿No seguirán aquí? No me atreví a preguntarles por ellos a los criados ayer por la noche.
–Hola –dice Félix.
Me sobresalto y dejo la fotografía.
–Perdona, no quería ser indiscreta.
Félix da dos zancadas para acercarse a mí y me rodea con los brazos. Al notar su torso desnudo contra la espalda, me estremezco.
–¿Has descansado? –me susurra al oído–. Te quedaste dormida en la salita y no me atreví a despertarte. ¿Te parece mal que te trajera aquí?
Niego con la cabeza y me giro hacia él.
–Félix, ¿qué ha pasado estas semanas?
Toda la alegría desaparece de su rostro y noto un nudo en el estómago.
–Félix, ¿qué...?
Unos pasos rápidos retumban por el pasillo y me suelta enseguida. Un segundo después, se lanza hacia el uniforme y coge el revólver antes de apuntar hacia la puerta.
–¡Señor! ¡Señor! –grita la voz de la administradora cuando golpea la madera con la palma de la mano.
Félix deja escapar un suspiro, baja el arma y se acerca a la puerta para echar un vistazo al pasillo.
–Monsieur Charbonneau está abajo con los hombres de palacio. Vienen a por la reina.
Félix me dedica una mirada colmada de pánico.
–¿Dónde están los preparativos que te pedí? –le pregunta de forma precipitada–. ¿El coche está listo?
–Han rodeado la casa.
Se me acelera el corazón y un sudor frío me recorre la espalda. Los hombres de Leclerc han venido a buscarme. Contemplo el montón de prendas blancas y negras sobre una silla y me apresuro a enfundarme el hábito de religiosa.
–Gracias por avisarme, madame Lacourt.
Cierra la puerta y contempla él también su ropa.
–Gabrielle, aún puedes salir de aquí –dice, poniéndose el pantalón–. Tienes que huir del país lo antes posible y...
–Ni hablar –respondo con fervor, al mismo tiempo que me coloco el escapulario–. No voy a permitir que te enfrentes solo a ellos. Porque es lo que pretendes hacer, ¿no?
Félix se pone la camisa y, cuando nuestras miradas se encuentran, entiendo que he dado en el blanco.
–No, no te vas a sacrificar por mí.
Ahora vestida, me acerco a él y le rodeo el cuello.
–Charbonneau está aquí por mí, no por ti. Sigo siendo popular y puedo ser de utilidad para los propósitos de Leclerc. Quiere utilizar la imagen de una regente derrocada por uno de sus peores enemigos, ¿verdad?
–Sí, pero...
–Lo que quiero decir es que soy la única con poder suficiente para evitar que Leclerc ponga en marcha lo que pretende hacer. Arrasará con el país. Ya lo hizo al dejar que Luis XXII ejecutara a todos los diputados demócratas mientras él tenía pruebas del escándalo del convento.
–Gabrielle, no lo entiendes –me implora–. Leclerc tiene...
Pero el ruido de pasos retumba en el pasillo y me alejo de él para colocarme la máscara de frialdad, con los ojos fijos en la puerta.
Esta se abre de golpe, pero no muestro sorpresa.
Charbonneau se adentra con pasos lentos en la habitación, vestido de rojo carmesí, y me examina de la cabeza a los pies.
Advierto la mueca fugaz que le tensa los labios cuando percibe mi pelo corto.
–Mademoiselle Lacroix, es un placer comprobar que sigue viva.
–Me alegra poder decir lo mismo de usted, monsieur Charbonneau –le respondo de manera cordial.
Detrás de él, una decena de guardias vestidos también de rojo avanza con pasos ligeros. Nunca había visto esa clase de uniforme.
–Muy bien, monsieur de la Brivoisière, por fin ha encontrado a la regente –exclama Charbonneau–. Me habría gustado que nos lo hubiera contado en vez de meterla en su cama.
La mordacidad de su tono me sorprende, y veo cómo Félix se tensa a mi lado.
–Madame Gabrielle apareció en mi casa en mitad de la noche –responde de forma respetuosa–. Lo menos que podía hacer era darle refugio y descanso antes de informarle durante las primeras horas del día. He dormido en la habitación de al lado. Ahora solo estábamos hablando.
Charbonneau inclina la cabeza, más o menos convencido.
Félix, ante él, endereza la espalda, pero no puedo evitar notar que está a la defensiva en su propio hogar, en su propia habitación.
¿Qué ha pasado para que Charbonneau y Leclerc puedan controlar a uno de los hombres más poderosos de París y aparecer de improviso en su casa?
–Monsieur Charbonneau –intervengo para acabar con la tensión entren los dos hombres–. Vamos, tengo que hablar con usted y con monsieur Leclerc sobre los malos tratos que me han hecho sufrir las hermanas bajo las órdenes directas del duque de Lorena.
Un brillo de interés le ilumina los ojos, y sé que he acertado. Tenía razón: su intención es utilizarme para que el pueblo odie aún más al duque y, por extensión, a toda la nobleza.
–Después de usted, señora –responde, apartándose para dejarme pasar.
Sin dedicarle una mirada a Félix, ya que podría revelar nuestra relación, camino con pasos decididos hacia los hombres de uniforme.
Estos me rodean enseguida para bajar al piso inferior.
Cuando salimos a la escalinata, compruebo que, efectivamente, está rodeada de guardias de rojo, un nuevo indicativo de la poca confianza que debe tener en Félix y, por lo tanto, en mí para evitar así cualquier intento de fuga.
Tan digna como puedo parecer vestida de monja, atravieso el pequeño jardín hasta la carretera, donde me espera una limusina en el centro de un séquito de coches negros que identifico como los destinados a la seguridad de la realeza.
–Nos vemos en palacio –comenta Charbonneau, que ha aparecido de repente a mi lado.
Me abre la puerta y en el interior me encuentro a Agnès, también con el escapulario negro y una expresión seria en el rostro. El alivio que siento al volver a ver a mi amiga no es comparable con la decepción al saber que la han capturado también. Charbonneau cierra la puerta del coche.
–Agnès, lo siento –musito–. Esperaba que...
–Los hombres estaban aquí a las seis de la mañana, cuando he salido a cargar la furgoneta de provisiones –responde con la voz rota–. Lo sabían, Gabrielle. Debían estar vigilando la casa de Félix.
–Perdóname. No debería haber...
Pero niega con la cabeza.
–Debería haberme marchado ayer –se lamenta–. He sido muy imprudente.
El convoy arranca y las sirenas de policía rugen ante nosotros.
–Leclerc parece decidido a anunciar tu llegada a todo el mundo –escupe, desesperada.
No le contesto y centro mi atención en las calles de la capital. Los curiosos se giran ante el paso de los coches, sorprendidos. El palacio está solo a unas manzanas y, al girar una esquina, percibo por fin la valla. La aprensión me convierte el estómago en una esfera de plomo.
–Gabrielle –susurra Agnès–, tengo miedo.
Cuando me giro hacia ella, está a punto de echarse a llorar.
–Siento que no saldré viva de palacio. Debería haberme ido. Debería haberte dejado y haberme marchado...
Me deslizo por el asiento para abrazarla. Tiembla como una hoja.
–No te pasará nada –trato de reconfortarla–. Me quieren a mí. Me necesitan.
–Lo que significa que tú les serás de utilidad, y yo no.
–Pero eres indispensable –le contradigo–. Te protegeré, Agnès, te doy mi palabra.
Sin embargo, mi promesa no impide que tiemble con más fuerza cuando se abre la valla del palacio de las Tullerías.
Los hombres de Félix están de nuevo allí, con sus cintas rojas, repartidos por todo el recinto del palacio, aunque un poco menos numerosos de lo habitual.
No lo entiendo: ¿por qué está a su merced, si cuenta con el apoyo de sus tropas?
¿Leclerc ha encontrado algún material comprometedor sobre él?
Félix lo destruyó... A no ser que Turquía conserve imágenes de la guerra.
–Gabrielle, mira –me avisa Agnès.
Estoy a punto de echarme a temblar yo también al constatar que, sobre las escaleras de la enorme entrada, nos espera Leclerc, recto y serio, con un traje negro, ante un grupo de periodistas y cámaras.
De inmediato me percato del arma de fuego que cuelga de su cinturón.
Un privilegio que suele reservarse a los nobles, pero que muy pocos han utilizado estos últimos años.
Nuestro vehículo se detiene ante la escalinata y un criado se apresura a abrirnos la puerta.
–No te preocupes, Agnès –logro susurrarle justo antes de salir.
Me recibe una explosión de alegría.
–¡Está viva! ¡Gabrielle! ¡Gabrielle!
El personal de prensa aplaude, extasiado, y acaban coreando mi nombre.
Tardo un momento en entender que me he quedado paralizada ante el coche y que ahora debo interpretar el papel de la heroína popular.
Por Agnès, por Félix y, se encuentre donde se encuentre, por Solange.
Así, esbozo una sonrisa que trato de que parezca agotada, apagada por el sufrimiento, algo que no me resulta difícil, y avanzo por la alfom bra roja para acercarme a Leclerc.
De reojo, percibo cómo un criado arrastra a Agnès hacia el interior.
–Mi señora, es un honor poder recibirla en su casa –comienza a decir con una sonrisa sincera, tendiéndome la mano cuando el alboroto cesa por fin.
Comprendo enseguida que debo ignorar el protocolo y, sin dudar, lo abrazo. Aunque el contacto me resulta desagradable, me satisface comprobar que ya no me aterroriza. Un nuevo clamor sobrevuela al pequeño grupo allí reunido.
–Mi señora, si tiene fuerzas suficientes, me gustaría que se quedara a mi lado para un breve comunicado –añade no demasiado alto, con un tono considerado, aunque lo bastante fuerte como para que lo oigan los periodistas–. El pueblo ha estado muy preocupado por usted.
–Por supuesto, señor.
Me dedica una sonrisa benévola. Este hombre es tan buen actor como el delfín. Se gira hacia la prensa y esta extiende sus micrófonos como tentáculos hacia nosotros.
–Señoras y señores, es un honor para mí haber logrado encontrar sana y salva a nuestra querida regente, Gabrielle. Sé hasta qué punto la habéis echado de menos y os ha preocupado su destino.
Hace una pausa y sonrío ante las cámaras.
–El duque ha intentado de todo para deshacerse de ella.
De todo. Porque la regente Gabrielle representaba el peligro más grande para este personaje siniestro y vil que quería acaparar el poder costara lo que costara.
La regente es joven y el pueblo la quiere.
Además, está embarazada del heredero de la Corona.
Me desaparece la máscara y me quedo boquiabierta.
¿De dónde ha sacado esa horrible mentira?
Pero la prensa estalla en preguntas y Leclerc me dedica una mirada cómplice, lo que me devuelve de repente a la realidad.
No sé a qué juega, pero, si quiero ayudar a Agnès y a Félix, debo seguirle el rollo.
Por eso, me llevo una mano al vientre con ternura.
–¿Para cuándo se prevé que nazca?
–¿Es un niño o una niña?
Leclerc los calma con un gesto.
–Sé que tenéis muchas preguntas. El duque os mintió, igual que el médico real, pero ya trataremos el tema más tarde. La regente está agotada y, como podéis comprobar, no se ha librado de nada durante su detención.
La referencia a mi agotamiento y mi pelo corto es evidente, y veo que algunas mujeres del grupo asienten, compasivas.
–Ahora tenemos que asegurarnos de que tanto ella como su bebé gozan de buena salud.
Os mantendremos informados de todo, pero tiempo al tiempo.
Mientras, le pido a todo el pueblo que abra los ojos.
Seguimos buscando al duque y a sus cómplices.
Cualquiera puede colaborar para llevar a ese diablo ante la justicia.
Rodeados de exclamaciones, me ofrece su brazo, que acepto con aspecto agradecido ante las cámaras.
Me crispa los dedos sobre el codo para conducirme a palacio y cruzo el vestíbulo bajo los adornos dorados con un nudo en el estómago.
Unos diez hombres vestidos de rojo, con armas en el cinturón, nos rodean enseguida.
¿Qué nueva trampa me tiene preparada? Se me congela la sangre al ver al comité de bienvenida.
–Gabrielle, ¡qué alegría volver a verla! –exclama Ambre.