38
– G abrielle, lo sé todo –confiesa con voz temblorosa y los ojos fijos en el suelo–. Lo siento.
Se pasa una mano por la cara y me quedo sin palabras ante esa confesión. ¿Cómo? ¿Leclerc le ha puesto al corriente? ¿Me ha investigado?
–Lo siento –repite–. Debería haber confiado en ti.
Debería haber esperado a que me lo explicaras tras el baile en lugar de sacar conclusiones de forma precipitada y pedir que te reunieras conmigo en la sala del Consejo.
Me dejé llevar por mi odio a los servicios de inteligencia turcos.
Pensaba que otra vez habían logrado situar a un agente entre las personas en las que más confiaba.
Niega con la cabeza, sumido en el tormento más violento.
–Por mi culpa, el duque logró escapar, tu padre está muerto y te exiliaron a un sitio cuya dureza no puedo ni imaginarme. Por mi culpa, Leclerc se ha convertido en el dictador más brutal que haya conocido este país, y estoy a su merced.
Se detiene, con la voz rota, para dedicarme una mirada brillante de emoción mientras yo sigo ahí, todavía conmocionada por esta declaración. Entonces, ¿Félix ya sabe cómo es Leclerc?
–Esa noche te creí –continúa– y, cuando hablé con Leclerc, supe que me habías dicho la verdad.
Pero era demasiado tarde para pedirte que me perdonaras.
Había fracasado a la hora de protegerte.
Hice que te buscaran por todas partes durante días.
Mis soldados visitaron todos los conventos, monasterios y prisiones, a pesar de lo que pensaba Leclerc, quien creía que ya estabas muerta y enterrada...
Cuando mis hombres volvieron con las manos vacías, yo también pensé que estabas muerta.
Se pasa el pulgar y el índice por los ojos para ahuyentar las lágrimas.
–Félix...
Estiro una mano temblorosa hacia él y la detengo a unos centímetros de su cabeza.
¿Volveré a entrar en pánico? Pero recuerdo sus labios en el cuello, ese sueño tan real en el calabozo, en el que he pensado todas las noches.
Me inclino para acariciarle la mejilla. La tiene cálida y noto su barba incipiente rasparme la palma de la mano.
Félix me dedica una mirada de perplejidad, sorprendido tanto por el roce como por mi reacción.
–No te guardo rencor, Félix –musito.
Se incorpora despacio sin que mi mano abandone su mejilla.
–Nos prometimos no ocultarnos nada y te mentí –continúo–. Soy yo quien debería haberse fiado de ti y, más que cualquier otra persona, soy yo la responsable de este desastre.
Se le hunden los hombros.
–Félix, tras lo que has sufrido en la guerra, no puedo culparte por tu reacción –insisto–. ¡Y has logrado derrocar al duque! Sin ti, aún estaría en el poder. Mira todo lo que has conseguido en estas últimas semanas. Has tenido éxito ahí donde yo he fallado.
–No puedo dejar que me perdones con tanta facilidad por mis errores, no después de que...
Pero alejo la mano de su mejilla para colocarle las yemas de los dedos en sus labios. Son tan suaves como me los imaginé en las profundidades del calabozo. Sin embargo, esto no es ningún sueño, por lo que dejo caer el brazo. Félix traga saliva y siento cómo se debate internamente.
–Gabrielle, por favor, perdóname por adelantado por las tonterías que van a salir de mi boca. Es muy probable que te resulten odiosas después de todo lo que has sufrido –dice al final–. Pero me prometí confesártelas si alguna vez tenía la oportunidad de volver a verte. Gabrielle...
No desvía los ojos de los míos, y me observa con tal intensidad que me cuesta respirar.
–Gabrielle, te quiero –declara con fervor–.
Te quiero desde el día en el que nos conocimos en el jardín de las Tullerías.
Sé que tu corazón pertenece a otro hombre y que sigues llorando por él.
Soy consciente de que mi error me desacredita para siempre ante tus ojos y que te estoy sometiendo a una nueva prueba al confesarte mis sentimientos, pero no puedo evitar quererte y admirarte con todo mi ser. Creí que me moría cuando te perdí.
Noto cómo un intenso calor me inunda las mejillas.
Esperaba tener que enfrentarme a su cólera y desprecio, suplicarle para que me escuchara.
En lugar de eso, su atractivo rostro lleno de amor y devastado por el sufrimiento me deja sin palabras.
Durante un instante, se superpone al Félix de mi vida de después, al borde del Mediterráneo.
La idea de que esta visión pueda dejar de ser una quimera me inunda los ojos de lágrimas y me provoca un enorme nudo en la garganta.
–Veo que te he avergonzado –musita Félix, bajando la cabeza–. Tienes razón. Debería haber...
–Félix, ¿puedo...? ¿Puedo probar una cosa? –lo interrumpo.
Levanta los ojos hacia los míos con un brillo esperanzado.
–Lo que quieras, Gabrielle.
Doy un paso hacia él y estoy tan cerca que huelo el aroma de su colonia.
Con gestos inseguros, le rodeo el torso con los brazos y apoyo la mejilla en su pecho.
La sensación es aún mejor de lo que me había imaginado.
Saboreo el calor de su cuerpo, el latido de su corazón que se agita, su respiración que se vuelve temblorosa.
–Abrázame –le pido.
Cierra los brazos en torno a mi cuerpo y el bienestar que me inunda enseguida me hace volar. No es una ilusión. Es la realidad.
–Estás viva –musita Félix, apoyándome la mejilla en la coronilla–. Estás viva.
Permanecemos unidos durante mucho tiempo y mi cuerpo parece deleitarse con su contacto.
Me quiere. Me ha buscado por todas partes.
Y ahora mismo, aún entre sus brazos, no deseo que se separe de mí.
Bajo las manos por su espalda hasta sus caderas.
Se le acelera la respiración. Logro por fin levantar la cabeza para mirarle a la cara, a esos ojos que me observan como si fuera la única persona del mundo.
Tengo sus labios a escasos centímetros de los míos.
Entonces, huelo el alcohol en su aliento.
–Félix, has bebido. No...
Cuando me separo de él, siento que se me cae la cofia, que se ha quedado enganchada a los adornos de la chaqueta de su uniforme.
La sorpresa que intuyo en su mirada cuando se da cuenta de mi cabello corto hace que me sonroje.
Félix coge el tejido blanco enganchado en una de sus medallas y me lo tiende.
–Debo estar espantosa –musito con la garganta constreñida mientras recupero la cofia.
Le doy vueltas entre las manos antes de dejarla caer al suelo. ¿De qué vale ocultar mi fealdad?
–A mis ojos estás siempre preciosa, Gabrielle –susurra.
–Félix, estás borracho. Deberíamos retomar esta conversación mañana por la mañana.
Algo parece apagarse en su mirada, pero me mantengo firme.
–Cada día que pasaba, me aferraba a la idea de que volveríamos a vernos –le confieso con voz temblorosa–.
Me hablaste de la vida de después, la que imaginaste cuando estabas en manos de los turcos.
No lograba pensar en la mía sin que estuvieras en ella.
No soportaría que estas declaraciones fueran solo consecuencia del alcohol.
Me dispongo a darle la espalda, pero me detiene acariciándome la mejilla.
–Lo digo en serio –me asegura–. Te quiero, Gabrielle. Si he bebido ha sido porque... Porque, después de pensar que estabas muerta, no me quedaba nada con lo que alejar a mis demonios.
Inclina la cabeza, derrotado, y deja caer el brazo.
El sufrimiento que intuyo en su mirada logra derribar mis últimas defensas.
Deslizo las manos en las suyas. Cuando levanto la cabeza hacia él, hacia su cabello moreno que ahora le cae sobre la frente, hacia sus ojos negros que me observan con fervor, no tengo ninguna duda.
Poso los labios sobre los suyos. Al principio es un beso suave, pero se vuelve desesperado.
Entreabro la boca y la lengua de Félix acaricia la mía.
Una oleada de calor me recorre el cuerpo de la cabeza a los pies.
Le rodeo la cadera con las manos para atraerlo hacia mí.
Félix me abraza y noto cómo baja la mano hasta colocarla entre mis riñones.
Su ardor se presiona contra mí y la deliciosa tensión que se me instala bajo el vientre me produce un gemido. Me suelta enseguida y se aleja.
–Lo siento, Gabrielle. ¿Va todo bien?
–Muy bien –respondo sin aliento.
De nuevo, me acerco a él. Por primera vez desde hace meses, me siento viva.
Viva y libre por fin, capaz no solo de soportar su contacto, sino de experimentar placer.
Es tan agradable como tomar una comida de verdad tras tanto pan seco y agua, como tumbarme en una cama tras el catre de piedra.
Me da la impresión de que he salido del calabozo por segunda vez, un calabozo esta vez creado por Luis XXII en mi mente.
En silencio, con gestos lentos, le quito la chaqueta del uniforme, que cae al suelo.
Entonces le abro el nudo de la corbata y le deslizo con cuidado la larga banda de tela en torno al cuello de la camisa.
Félix me acuna el rostro para acariciarme la mejilla con el pulgar.
–¿Sabes? No tenemos por qué ir más lejos.
–Quiero hacerlo. He tenido tanto miedo de perderte... No voy a dejar pasar ni un segundo más sin estar a tu lado.
Me escondo en su cuello y Félix me acaricia el pelo corto con la mano.
–Prométeme que me detendrás en cuanto te sientas incómoda.
–Te lo prometo. ¿Y tú?
–¿Yo qué?
–Quizá no quieras que te toque las cicatrices.
Con una sonrisa, se desabotona la camisa, revelando su torso desnudo, salpicado de marcas. Entonces me coge de la mano y se la lleva al pecho.
–Soy todo tuyo, Gabrielle.
La confianza que intuyo en sus ojos me desarma de nuevo.
Conmovida, me inclino para darle un tierno beso en uno de los moratones que le mancillan la piel.
Cuando levanto los ojos hacia los suyos, posa los labios en los míos.
Me cubre la mejilla de besos antes de hundirse en mi cuello.
El momento es aún más exquisito que en mi imaginación.
Se me acelera la respiración y echo la cabeza hacia atrás cuando recorre con la mano la gruesa tela de mi vestido negro.
Me desliza los dedos por el muslo y no puedo soportarlo más.
Lo ayudo a quitarme el escapulario y la camiseta interior para quedarme desnuda ante él.
Luego, le cojo de la camisa para deslizársela por los hombros.
Bajo el brillo rojizo de la chimenea, Félix me devora con los ojos y el reflejo del fuego baila sobre su torso depilado.
Me sujeta y, tras alzarme, me deja caer sobre la gruesa alfombra ante la chimenea.
–¿Estás cómoda? –me pregunta, de rodillas ante mí.
Asiento y le paso los brazos en torno al cuello para darle un largo beso. De nuevo, esconde la boca en mi nuca mientras me acaricia el pecho con la mano derecha. Me deleito con la sensación. Cuando baja hasta mi entrepierna y comienza a acariciarme, pierdo el control.
–Félix... –gimo.
Se queda paralizado enseguida.
–¿Paro?
–No.
Le cojo la mano para dirigirla de nuevo a mi sexo y Félix reanuda su incursión.
Acerca la boca a mi pecho y me retuerzo de placer contra la alfombra.
Cuando desliza los dedos dentro de mí para regalarme deliciosas caricias, cierro los ojos, flotando sobre el torbellino de sensaciones.
Hasta que la tensión de mi cuerpo cede en un clímax explosivo.
Cuando el placer por fin me sobrepasa, Félix retira los dedos y me posa un delicado beso en la frente.
–¿Quieres que siga?
Su atención y consideración vuelven a encender mi deseo, un deseo que se refleja en sus ojos.
–Tengo ganas de ti, Félix –musito.
Me sonríe.
–Dame un segundo. Voy a por protección.
Sale de la habitación y me estiro con deleite sobre la alfombra mientras la expectación duplica mi deseo.
No me he sentido así desde... desde... desde la primera y única noche que pasé con Antoine.
Una punzada de culpa me traspasa. ¿Voy a olvidarlo?
Recuerdo sus besos, pero a ese recuerdo se superpone la imagen de su fantasma en el calabozo, despidiéndose de mí.
Tal vez vivir sea esto, no olvidar a los desaparecidos, sino conservarlos dentro de uno mismo y seguir adelante.
Félix no tarda en volver y me incorporo.
La dulzura de su sonrisa al sostener en alto una bolsita logra apagar mis últimas dudas.
Lo contemplo mientras se desabrocha los pantalones y abre el envoltorio para colocarse lo que parece una especie de película transparente sobre la erección.
–Es un preservativo –me explica–. Para evitar que quedes embarazada.
Asiento, tranquila al saber que nuestra relación no va a tener consecuencias desafortunadas. Desnudo, se tumba conmigo en el suelo y me coloca una mano a cada lado de la cabeza antes de mantener su rostro sobre el mío.
–Eres preciosa –musita.
Me acaricia la mejilla y contemplo su silueta.
Sus ojos negros, sus pestañas oscuras, su nariz con la marca de una antigua fractura, sus labios voluminosos.
¿Cómo es posible que no lo viera así antes?
Ahora me parece tan guapo que me corta la respiración y el deseo me invade.
Me toca a mí besarle el cuello, disfrutar del toque salado de su piel.
Levanto una mano para acariciarle el pecho y bajar hasta su entrepierna. La rozo y Félix se estremece.
–Espera...
Me detengo de inmediato para mirarlo, pero me sonríe para tranquilizarme.
–Me temo que no resistiré mucho tiempo a tus caricias. Deja, mejor, que me ocupe de ti.
Le devuelvo la sonrisa y retrocede para rodearme el pezón izquierdo con los labios.
Gimo de placer al notar la tensión que se me forma en el bajo vientre y, deslizándome sobre los codos, me tumbo totalmente.
Sigue explorando mi cuerpo, descendiendo cada vez más.
Cuando me separa las piernas y me besa entre ellas, me contorsiono sobre la alfombra, sumida en el placer que me provoca cada uno de los movimientos de su lengua.
–Félix –le suplico cuando estoy de nuevo a punto de caer por el precipicio–, te necesito.
Levanta la cabeza y, despacio, se coloca encima de mí. Apoya todo su peso sobre la mano izquierda y pasea el índice por el contorno de mi mandíbula.
–Sabes que puedes parar en cualquier momento, ¿verdad? –musita.
–Lo sé.
Y le envuelvo la cintura con las piernas.
Cuando me penetra, el mundo desaparece, reemplazado por una miríada de sensaciones.
Su torso desnudo contra mi pecho. Su mano acariciándome entre las piernas.
Él entrando y saliendo de mí. Arqueo la espalda y muevo las caderas para recibirlo mejor.
Entonces, de repente, siento una brusca explosión de placer mientras me posee una y otra vez. Félix se une a mí, gritando mi nombre.