Libertad obliga 37 #2
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–Gracias, madame Lacourt. Hemos hecho un viaje agotador, y nos encantaría descansar y lavarnos mientras vuelve monsieur de la Brivoisière.

–Por supuesto, mi señora.

Se precipita hacia un interruptor en una esquina de la sala y, un minuto después, la entrada se llena de criados.

–Anita, conduce a la reina regente a la cámara roja.

Georges, conduce a mademoiselle Agnès a la azul.

Voy a la cocina ahora mismo... –Titubea durante un momento–.

Lo siento, mis señoras, no creo que tenga ropa para ustedes, excepto las de las criadas.

También están las de madame de la Brivoisière, pero es más ancha que ustedes...

–No te preocupes.

Dejo que Anita me guíe por la enorme escalera de madera oscura hasta el primer piso y, luego, por un pasillo con el papel de pared verde salpicado de retratos.

Con una cara familiar, reconozco a la madre de Félix, así como a sus hermanos.

No puedo evitar girar el cuello para observar el resto del pasillo: había mencionado que vivía allí con su hermano pequeño.

¿Estarán en una de esas habitaciones? Por fin, Anita abre una puerta y dejo escapar un suspiro de alivio muy audible: la estancia es magnífica, con sus sedas rojas, su cama con dosel y sus muebles de aspecto exquisito.

La ventana se abre a los jardines traseros, que intuyo en la oscuridad.

–Puedes marcharte –musito para pedirle a la criada que se vaya.

–No dude en llamar si necesita cualquier cosa, majestad. Bienvenida al mundo de los vivos.

Apenas ha cerrado la puerta, me quito los hábitos de religiosa y me dirijo al cuarto de baño de azulejos blancos.

Una enorme bañera con patas de león reposa en el centro.

Me dispongo a dejar correr el agua cuando un movimiento llama mi atención.

Me quedo paralizada. El espejo en una esquina de la sala me devuelve la imagen de una joven delgada, con las facciones marcadas por el agotamiento y el pelo corto y despeinado.

Me detengo en seco ante mi reflejo. Me paso una mano por los mechones desordenados y las mejillas hundidas donde aún se intuyen las marcas rosadas de la mordaza.

¿Este monstruo soy yo? Me acerco un poco más y la luz en torno al espejo pone de relieve mi palidez.

Una bilis amarga me sube por la garganta.

La madre superiora me ha visto debilitarme día tras día.

Pero me ha dejado en el calabozo a pesar de que el duque hacía tiempo que había huido.

Solo para romperme física y moralmente. ¿Por qué?

¿Porque las hermanas habían recibido esa orden?

¿O porque esperaban volverme maleable y que, si el duque recuperaba el poder, lo apoyara para evitar regresar a ese infierno?

A punto de perder los nervios, le doy la espalda al espejo para darme un baño.

Siento un escalofrío de placer cuando me hundo en el agua caliente.

Me lavo con el jabón más aromático para disolver la suciedad acumulada.

Una vez fuera, tras secarme, trato de ordenar mi cabello, de alisarlo, pero abandono la idea enseguida: los remolinos se resisten ante cada intento de usar el peine.

Desesperada, me pongo las prendas de religiosa, así como la cofia.

No quiero que Félix me vea tan desaliñada.

Un nudo se me forma en la boca del estómago.

¿Y si me echa? ¿Cómo reaccionará al verme así, delgada y vestida de monja?

Dos golpes discretos en la puerta me sacan de mis pensamientos.

–Majestad, ya está lista su comida.

–Gabrielle, no vamos a esperarle toda la noche –comenta Agnès, impaciente, en la salita donde nos han hecho sentarnos ante una comida deliciosa.

Bosteza, desencajándose la mandíbula, y se levanta del sofá donde llevamos una hora hablando. Es casi medianoche, pero, aunque noto cómo el agotamiento se me posa en los hombros, el estrés y la aprensión me mantienen despierta.

–Voy a acostarme –dice al final–. Mañana partiré al alba. Puedes venir conmigo si quieres.

–Lo entiendo, Agnès. ¿Tienes claras mis instrucciones?

–Encontrar a monsieur Salaün en el puerto comercial y pedirle hablar de un cargamento de té imperial de parte de madame Le Goff, la antigua secretaria de tu padre –me resume brevemente.

Se inclina hacia mí para abrazarme.

–Gracias, Gabrielle. Buena suerte con Félix. Y, si no nos volvemos a ver, trata de protegerte un poco, por favor.

–Lo intentaré, Agnès.

Se incorpora y me presiona una última vez la mano.

–No tienes por qué esperarlo con los ojos abiertos –me propone, apagando la luz.

Me deja a solas ante la chimenea que ahora inunda de un agradable brillo cálido la salita clara.

Me acerco y siento cómo el calor se cuela en mis venas.

Un reloj marca los segundos con un tictac regular mientras repaso lo que le voy a explicar a Félix.

Es tarde y habrá estado trabajando todo el día.

Tal vez no quiera escucharme y suba directamente a acostarse.

Contemplo por un instante la posibilidad de tumbarme, pero el nerviosismo me devora por dentro.

Me levanto para andar de un lado a otro ante el fuego crepitante al ritmo del péndulo del reloj.

En una cómoda se encuentran dos cajas con bloques de construcción, supongo que del hermano pequeño de Félix.

¿Dónde estará? Cuando nos han servido la cena, no había ni rastro de él ni de su madre.

El reloj marca la una cuando capto un ruido en el vestíbulo, al otro lado de la puerta.

Oigo la voz de la administradora, que habla a toda prisa.

¿Será Félix? No lo aguanto más y me acerco al ojo de la cerradura.

Es él. Reconozco el uniforme. De repente, noto la boca seca.

–¿Quién está al corriente de su presencia aquí?

–Solo el personal, según sus órdenes.

–Bien. Envía a Germain a que prepare el coche. Se marcharán enseguida.

Siento que una piedra me acaba de caer en el estómago. No quiere oír hablar de mí.

–Señor, ya lo verá usted mismo cuando se reúna con ella en la salita. Está muy afectada. ¿No podría esperar a mañana?

–¿Has dicho que está en la salita?

Se da media vuelta y me apresuro a dar varios pasos atrás. Un instante después, Félix aparece en la estancia. Se queda paralizado cuando me ve, y nunca me he sentido tan consciente del estado en el que me encuentro, demacrada y agotada.

–Félix, por favor, escúchame.

Cuando le cierra la puerta en las narices a su administradora, debo hacer uso de toda mi fuerza de voluntad para no bajar la cabeza ante esos ojos que no abandonan mi rostro y ahora me miran de arriba abajo.

–Te debo una explicación –comienzo a decir–. Régis Leclerc me...

–Lo sé –me interrumpe con voz temblorosa–. Lo sé todo.

Atraviesa la sala con largas zancadas y se deja caer de rodillas ante mí.