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P ermanezco muda de asombro. ¿Cómo es posible? ¿Leclerc ha tomado el poder?
–Por Dios –susurra Agnès detrás de mí al reparar también en la anomalía.
Se dirige a una estantería donde se exponen los periódicos.
Los titulares constituyen una nueva conmoción.
«Gigantesca cacería para encontrar al sádico», coronado por un retrato en primer plano del duque de Lorena.
«La regente Gabrielle sigue desaparecida».
«El presidente Leclerc pide que todos se movilicen para buscar al tirano».
Agnès coge Francia Cristiana y la abre a toda prisa.
Me acerco a ella y hago lo mismo con Le Temps . Me centro en el primer artículo.
«Se sigue movilizando a todas las fuerzas policiales del Estado para buscar al duque de Lorena, a la fuga tras la revelación de monsieur Félix de la Brivoisière sobre su implicación en el escándalo del convento».
Está vivo. Félix está vivo. Me he pasado días temiendo que el duque lo hubiera mandado asesinar la noche del baile, así que siento cómo un peso me desaparece de los hombros.
Tengo ganas de reír y llorar al mismo tiempo, pero debo con tener mis emociones mientras permanezca en la tienda. Me obligo a continuar con la lectura.
«Madame Solange y el pequeño Luis XXIII siguen desaparecidos. La policía sospecha que el duque los ha secuestrado».
«Se cree que mandó asesinar a la regente Gabrielle tras haberla obligado a anunciar que se retiraba al convento. Las hermanas a las que se ha interrogado por todo el país confirman que no la han recibido, y los soldados enviados por el presidente Leclerc han vuelto con las manos vacías».
«Nuestro querido presidente pide que todos los ciudadanos mantengan los ojos abiertos: el fugitivo y sus aliados podrían encontrarse ocultos en casa de los aristócratas de la provincia».
–Una vergüenza, ¿eh? –dice una voz de hombre a nuestra espalda.
Hundo un poco más la nariz en el periódico mientras este tipo coge una copia de Francia Cristiana .
–Acabamos de salir del convento, hijo –dice Agnès con una voz áspera e irreconocible–. ¿Qué ha pasado?
–Ah, ¿no lo sabe? –se asombra el hombre a mi lado–.
Hermana, el duque ha obligado a Gabrielle a abdicar.
Incluso ha matado a su padre. Y ahora nadie sabe dónde está.
Fue Félix el Aventurero quien lo reveló todo.
Un buen tipo. Lo contó en el periódico de Leclerc.
Incluyó imágenes en las que se mostraba al duque entregándole una chica al sádico.
Cuatro, ¡le consiguió cuatro! Todas muertas.
Huyó al día siguiente del escándalo, llevándose consigo al pequeño Luis y a madame Solange.
Las tropas del Aventurero encontraron el palacio vacío cuando irrumpieron en él.
–¿Y este monsieur Leclerc quién es?
–Nuestro nuevo presidente. ¿Quién si no?
Hace una semana tuvieron lugar las elecciones, y consiguió un setenta por ciento de los votos.
Prometió llevar a todos estos sádicos ante la justicia.
Espero que le pongan pronto las manos encima al duque y lo hagan pedazos.
Al menos, yo votaré por el descuartizamiento.
Mi mujer prefiere la guillotina, pero yo creo que un individuo así no debería morir tan rápido.
–¡Oye! –nos grita la cajera–. Para leerlos, tenéis que pagarlos. Y daos prisa. Va a empezar el programa y no quiero perderme el principio.
–Voy, voy.
Mientras el hombre se dirige al mostrador, Agnès y yo nos apresuramos a dejar los periódicos.
Al salir de la tienda, me llama la atención el sonido de violines.
La marsellesa , el himno revolucionario.
Me giro para ver cómo la cajera ha encendido un pequeño televisor en el mostrador.
En él aparece Leclerc, sonriente y haciendo gestos con la mano desde un balcón.
«Por la presidencia», se lee en enormes letras doradas.
Han vuelto los programas de propaganda. Me encamino a toda prisa hacia la furgoneta.
–No me lo puedo creer –exclamo cuando vuelvo a encontrar las palabras–. Félix ha hecho que el duque huya. Agnès, el duque no está en una posición difícil, está totalmente fuera de juego. ¡Y se ha llevado consigo a Solange y a Luis!
–Leclerc parece haber aprovechado el odio que ha provocado para poner al pueblo en contra de toda la aristocracia –añade, sombría, mientras arranca.
–No sé si debería alegrarme o sentirme aterrada por este giro de los acontecimientos.
Ya te lo he contado todo sobre Leclerc. Sabes qué tipo de persona es.
Ha hecho que el pueblo cuelgue su retrato y parece estar emitiendo programas que lo tienen como tema principal.
Su régimen no seguirá siendo democrático mucho tiempo, estoy segura.
–¿No estarás pensando todavía en volver a París? –dice Agnès, asombrada.
Me quedo muda, sorprendida por la pregunta. Ahora que el duque ha dejado de ser una amenaza...
–Leclerc es un dictador, pero no tiene nada que ver con el duque –comenta Agnès–.
Pondrá a raya a la Iglesia y a los nobles.
El país ya no te necesita, pero vete a saber por qué te busca Leclerc.
Ya te ha amenazado, Gabrielle. Quizá tuvieras suerte de que los soldados que fueron al convento no llegaran más lejos con su investigación y se creyeran las mentiras de la madre superiora.
–Tienes razón, pero...
–Pero ¿qué? El duque ya no es una amenaza, Francia tiene un presidente elegido y...
–Y Solange sigue desaparecida –replico–. Además, le debo... Le debo una explicación a Félix. Si se ha aliado con Leclerc, dadas las circunstancias, debe al menos saber al servicio de qué individuo ha puesto sus tropas. Tal vez pueda controlarlo.
Agnès deja escapar un suspiro de exasperación.
–¿Y si te detiene, Gabrielle?
Trago saliva. Agnès no se equivoca. No obstante, la idea de que Félix siga pensando que soy una espía turca me resulta insoportable, igual que la de que esté apoyando a ese hombre.
Ya se culpa lo suficiente por haber obedecido las órdenes abominables de Luis XXI.
¿Cómo reaccionará cuando se encuentre en la misma situación, cuando Leclerc se quite la máscara y haga que el país estalle? Al menos debo prevenirle.
–Merece la pena intentarlo. Hemos sigo amigos; a lo mejor es suficiente para que acepte escucharme.
–Muy bien –responde, resignada–. Te dejo y me marcho lo antes posible.
Son las tres de la tarde cuando nos adentramos en París tras pasarnos dos largas horas en un atasco. El corazón de la capital parece seguir intacto, a excepción de los retratos de Leclerc colgados en los balcones de las mansiones.
–Algunos nobles deben haber querido congraciarse con él –comenta Agnès–. Sin duda, yo también tendría miedo si fuera ellos.
–Félix vive en la calle Saint-Honoré.
–Preguntemos cómo llegar.
Nos cuesta una hora encontrar la calle y sus altas fachadas blancas adornadas de columnatas, pero no tardamos en reparar en su casa: en lugar de un lacayo en la entrada, como las demás, hay dos soldados vestidos con el uniforme azul marino y las cintas rojas característicos de las tropas de la capital.
–Deberíamos esperar a que caiga la noche –sugiere Agnès–. Habrá menos personas en la calle.
–Buena idea.
Nos detenemos en un callejón sin salida y suelto un suspiro.
–Ya casi estamos.
–Casi. Espero que nos dejen pasar y que Félix tenga camas cómodas y una bañera. Estoy demasiado exhausta para volver a la carretera enseguida, y me muero por darme un baño.
Por fin, cuando llega la noche y se encienden las farolas, Agnès se estira.
–Deberíamos acercarnos andando. Será complicado aparcar la furgoneta en esta calle y, si de ella salen dos religiosas, la gente hará demasiadas preguntas.
Asiento y nos ponemos en marcha bajo la noche glacial.
Me mantengo encorvada mientras Agnès va en cabeza.
Cuando levanto los ojos en una ocasión, nadie parece prestarnos atención: ni los transeúntes ni los lacayos ante las puertas de las mansiones burguesas.
Al fin y al cabo, es normal ver a hermanas en estos barrios en los que los nobles suelen pedirles a las monjas y a los curas que recen por un enfermo o un moribundo.
Sin embargo, cuando llegamos a la mansión de Félix, nos detenemos en seco.
–Alto, hermanas –grita un soldado–. Utilizad la acera de enfrente.
Me atrevo por fin a mirar a los ojos al hombre que nos interpela. No me reconoce, igual que su compañero, porque este repite:
–Utilizad la acera de enfrente.
–Hijos míos, nos gustaría hablar con Félix de la Brivoisière –comienza a decir Agnès.
–Está en palacio. Es ahí donde tiene las audiencias.
–¿Y con la regente? –respondo con calma.
Los dos soldados se fijan en mí de nuevo y de repente abren los ojos como platos.
–Ay, por D... Mi señora, ¡creíamos que estaba muerta!
–Y casi fue así. Hemos escapado de grandes peligros para venir hasta aquí.
Los dos hombres se apartan enseguida para dejarme entrar en la residencia.
–Mi señora, llamaré enseguida a monsieur de la Brivoisière para que venga –responde el de la izquierda, con voz temblorosa por la emoción.
–No, quédate donde estás. Mi llegada debe seguir siendo un secreto. Esperaremos a monsieur de la Brivoisière en el interior. Espero que no le contéis a nadie nada de esto. Es una cuestión de vida o muerte.
–Entendido.
Los dos soldados le hacen un gesto a un lacayo cuando pasamos.
Antes de llegar a él, atravesamos el pequeño jardín y sus setos.
Entonces nos abre la puerta sin hacer preguntas, aunque con un respeto que traiciona su curiosidad.
Sin embargo, en el vestíbulo se oye un grito en cuanto cruzamos el umbral.
–Ah, mi señora, ¡es usted!
Una vieja criada vestida de negro se lleva mi mano a la boca. Permanece ahí, temblorosa, durante dos largos segundos, antes de acordarse de que debe hacer una reverencia, y se apresura a cumplir el protocolo.
–Perdóneme, majestad. He perdido las maneras. Soy madame Lacourt, la administradora de la mansión, para servirla.