Libertad obliga 36
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– N o debería tardar en detenerse –me susurra Agnès después de largos minutos–. Prepárate.

La tensión que había abandonado mi cuerpo regresa y, a tientas en la oscuridad, avanzo sobre las rodillas y las manos hacia ella.

No tenemos ni idea de qué parada hará la furgoneta a continuación.

¿Un palacio? ¿Otro convento? En todo caso, tendremos que actuar rápido para tomar el control del vehículo.

Para tratar de calmarme, evoco El arte de la fuga de Bach.

–Recuerda, debes sentarte en el asiento del copiloto, y yo, en el del conductor –comenta Agnès–. Si este no ha salido, ayúdame a arrastrarlo fuera.

–Entendido.

Un tiempo después, que se me hace interminable, la furgoneta se detiene.

Oigo con claridad cómo se abre la puerta del conductor y tenso los músculos, preparada para actuar.

Sin embargo, no ocurre nada. La conversación de un hombre y una mujer resuena en el exterior, pero nos llega demasiado amortiguada como para distinguir lo que dicen.

–Venga –dice Agnès, impaciente, en voz baja.

Por fin, la luminosidad inunda el habitáculo y una criada abre mucho los ojos al vernos.

Está a punto de cerrar la puerta, pero Agnès la empuja con fuerza y salta fuera del vehículo.

Me dejo caer en el suelo mientras la joven suelta un grito.

Corro hasta mi puesto en el asiento del acompañante, abro la puerta y ocupo mi lugar.

Agnès aparece junto a mí, tras el volante, y arranca el motor.

–¡Oye! –grita un hombre en las escaleras de una enorme mansión, probablemente el conductor.

Pero es demasiado tarde. Agnès presiona el acelerador y la furgoneta recorre a gran velocidad el camino de entrada de la casa, derrapando sobre la gravilla. Rodea una fuente y se dirige hacia una valla que unos sirvientes intentan cerrar a toda prisa, alertados por los gritos del conductor.

–¡Apartaos! –grita Agnès.

Los dos hombres huyen cuando nos acercamos y la furgoneta arranca uno de los portones de la valla. El golpe me lanza contra el salpicadero. Pero seguimos adelante. Un segundo después, nos incorporamos a un camino rural.

–Lo hemos conseguido –musita Agnès–. ¡Lo hemos conseguido!

–Dios mío –susurro–. Creía que nos íbamos a quedar encerradas en esa finca.

Siento que un enorme peso me desaparece de los hombros y me da la impresión de que voy a derretirme en el asiento. Somos libres. Los ojos se me llenan de lágrimas.

–Agnès, somos libres.

Durante mucho tiempo, avanzamos por ese camino flanqueado por árboles, ambas estupefactas por haber logrado escapar de las religiosas.

–Debemos detenernos un segundo –dice al final Agnès, rompiendo el silencio–.

Si queremos cruzar el país sin que nos pillen, tendremos que cerrar la puerta de la furgoneta.

Lo más probable es que vayamos repartiendo prendas por aquí y por allí.

Luego, podremos poner rumbo a Brest. Supongo que sigues teniendo contactos entre los navieros, ¿no?

–Agnès, quiero volver a París.

Mi amiga gira la cabeza hacia mí durante un segundo, atónita, antes de volver a centrar su atención en la carretera.

–¿Has perdido la cabeza? –exclama, enfadada–. El duque te encerró en un convento y mató a tu padre ante tus propios ojos. ¿Y quieres meterte en la boca del lobo?

–Agnès, sé que esta opción te parecerá una locura, pero el duque está en una posición difícil...

–Eso no quiere decir que tenga menos poder. Gabrielle, no sabemos nada de la situación política del país. Quizá su popularidad haya caído o tal vez solo le cueste controlar a personas como Félix. Nada nos dice que podamos hacer nuestra aparición sin arriesgarnos.

–¿Y Solange? No podemos dejarla en manos de ese hombre.

Agnès frunce el ceño y sé que he dado en el blanco.

–Pero ¿de qué le serviremos a Solange si nos detienen? –protesta al final–. Si salimos del país, podremos contarle al mundo su situación y revelar lo que te han hecho sufrir el duque y las hermanas. Si nos quedamos aquí, buscará la manera de callarte, cueste lo que cueste.

Frunzo los labios. Tiene razón. Sin embargo, esa solución no me convence.

–Deberíamos intentar saber más sobre lo que está pasando antes de tomar una decisión –pruebo a decir.

Agnès toma una amplia bocanada de aire.

–Muy bien, pero prométeme que, si el duque no está a punto de caer (e insisto, tiene que estar a punto de caer de verdad, no solo ser impopular), saldremos pitando de aquí.

–Te lo prometo.

Avanzamos por el camino hasta que aparece ante nosotras un cartel que indica que a la izquierda se encuentran Chartres y París, y a la derecha, Blois.

–Dirijámonos a París –sugiere Agnès, con una chispa de enfado en la voz–. De todas maneras, tendremos que acercarnos a la capital para saber cómo llegar a Brest. Y busquemos una estación de servicio donde podamos encontrar algunos periódicos.

–Me parece bien.

Elige la vía ducal de la izquierda.

–Maldita sea, estoy deseando quitarme esta ropa –escupe–. ¡Qué incómoda!

–Podríamos cambiarnos con lo que encontremos en el maletero –sugiero.

–No es una buena idea. Con estas pintas, nadie nos reconocerá en un primer momento, y todo el mundo confía en las monjas. Además, si nos cambiamos, como ahora tenemos el pelo corto...

–Pero ¿no crees que, si la madre superiora o el conductor llaman a la policía, buscarán a dos religiosas en una furgoneta?

Agnès suelta una carcajada.

–La madre superiora no soltará ni una palabra: si los soldados van a buscarte al convento y Francia entera ignora dónde te encuentras, no creo que proclame a los cuatro vientos que te ha dejado escapar.

En cuanto al conductor, su queja no servirá de nada.

De esta clase de hurtos se encarga la policía local, y esta es demasiado incompetente como para pensar en enviar nuestra descripción a las regiones de alrededor.

En cuanto crucemos las fronteras del ducado orleanés, nadie nos buscará.

Sin embargo, no será así si nos reconocen e informan a la policía nacional, porque esta avisaría al duque.

–No sabía que la policía estaba tan mal organizada –farfullo–. Y eso que he gobernado este país...

–No puedes gobernar de verdad en una hora de Consejo cuando te pasas el resto del día ocupada grabando.

–Un error que no repetiré, créeme.

–Pero, ahora que conozco los verdaderos intereses de Ambre, entiendo mejor por qué lo has cometido.

Suelto un suspiro.

–Me lo aconsejó la duquesa de Léon. Y no puedo acusarla de estar del lado del duque.

–También la habrán engañado –comenta Agnès–. Sobre todo, porque la duquesa lleva quince años involucrada en la producción de programas que defendían el poder. No le habrá parecido mal seguir con ellos.

Asiento despacio.

–Gabrielle –continúa–, no me has contado aún qué pasó con Félix la noche del baile.

El estómago me da un vuelco. Esperaba, que en algún momento, Agnès volviera a la carga, pero, aunque ahora sé que puedo confiar en ella totalmente, ¿no será arriesgado contárselo todo? ¿Y si nos pillan? ¿O torturan? ¿Les dará esa información?

–Acabo de pasar un mes en un convento comiendo gachas –me recuerda, molesta–. Tengo derecho a saberlo.

Su tono termina por convencerme. Le debo la verdad, igual que a Félix.

–De acuerdo. Pero, antes de nada, no puedes contarle a nadie lo que te voy a decir. A nadie. Nunca.

Agnès frunce el ceño.

–Vale.

Inspiro hondo.

–Participé en Nobleza obliga mientras espiaba para la red de Leclerc.

Agnès aparta los ojos de la vía ducal para observarme, perpleja.

–¿Qué?

–Agnès, ¡la carretera!

Corrige enseguida la trayectoria.

–Suponía que me ocultabas algo, pero ¿eso? Ay, ahora entiendo mejor tu actitud... y tu indulgencia con el republicano.

–Actuaba con menos indulgencia que miedo –protesto.

–¿Por qué?

Se lo cuento todo: mi misión durante la grabación del programa, lo que descubrí en el convento, mi relación con Antoine, el envenenamiento del delfín y la traición de Leclerc.

Por último, lo que me dijo en el baile, lo que hizo que Félix me considerara una agente turca.

Agnès me escucha en silencio, sin interrumpirme ni una sola vez.

Solo asiente en ciertos momentos, como cuando le cuento que sorprendí al príncipe mientras abusaba de ella y no pude intervenir.

–Ya veo –susurra cuando termino–. Gabrielle...

–Niega con la cabeza–. Admiro tu valentía y determinación.

Pero, con todo lo que me has contado, no entiendo cómo puedes pensar siquiera en gobernar.

No eres una espía turca, pero como si lo fueras.

Su gobierno fue el encargado de procurarte la grabadora y el veneno.

Leclerc puede aprovechar esta información para ejercer presión sobre ti, pero Turquía también.

Quizá acabes siendo una marioneta que cumpla con su voluntad.

–Soy consciente, Agnès.

–Y luego está Leclerc (y Dios sabe cuánto he admirado a ese hombre y cuántos panfletos suyos he leído). Si de verdad es como me lo has descrito, es tan peligroso como el duque y no te dejará seguir en el poder. Eso si continúa con vida...

–Lo sé.

–Y, a pesar de todo, ¿quieres volver a París?

¿De verdad crees que Félix no solo está vivo, sino que aceptará escucharte?

¿Te creyó cuando se lo explicaste? A mí misma me cuesta entender que, durante todo este tiempo, hayas estado involucrada en un doble juego, en manos de los personajes más peligrosos de este país.

–No podría seguir viviendo si no intentara...

Agnès asiente despacio.

–Lo entiendo. Ahora lo entiendo. Parece que arriesgarte y no tenerle mucho aprecio a tu vida forma parte de tu personalidad.

Suspira.

–Te llevaré a casa de Félix, pero, Gabrielle...

–¿Sí?

–No podré seguirte hasta el final de esta aventura.

No tengo tu sentido del sacrificio. Quiero irme a Turquía.

Quiero estudiar. Quiero llevar pantalones y tener un maletín de cuero como el de los abogados del tribunal de Marsella.

Quiero encontrar a alguien que no me pegue y bañarme en Antalya. ¡Quiero vivir, joder!

Le da un golpe al volante con la mano para enfatizar la maldición, y me sobresalto.

–No te estoy pidiendo que me sigas –respondo con un tono apacible–. Ya has hecho mucho por mí. Mereces construir la buena vida que siempre has querido en Turquía.

Agnès sorbe por la nariz, y creo que es la primera vez desde la noche en la que la saqué de la celda en el convento de Notre Dame que la veo soltar una lágrima. Extiendo una mano para acariciarle el hombro.

–Gracias –dice secándose los ojos con la manga. Con voz ahogada, añade–: No debería llorar al volante. Es peligroso.

–Te propondría relevarte, pero no sé conducir –bromeo.

–Como la mayoría de las mujeres francesas –responde, sarcástica.

Suelto un suspiro. Otra habilidad que debería enseñarse más a menudo y que nos volvería más independientes.

Hay demasiados aspectos que corregir en este país, tantos elementos que no sé cómo funcionan, que, por un segundo, me siento abrumada por la tarea.

Quizá el duque tenga razón. Soy una ignorante y me he apoyado en mis ideales y los programas de televisión para gobernar.

–Voy a parar en el arcén para cerrar la puerta, ahora que no hay nadie –me informa Agnès–. Luego, iremos a una gasolinera para tratar de entender cuál es la situación.

Asiento. Tras una breve pausa, nos incorporamos de nuevo a la larga carretera real y, por fin, vemos el logo rojo de la CPF, la Compañía Petrolera Francesa.

–Probemos aquí –propone Agnès.

Sale de la autovía y se detiene cerca del edificio principal, pegada a la pared, para ocultar la insignia de la lavandería que adorna el lateral derecho de la furgoneta.

–No debemos atraer la atención –me advierte–. Incluso con esta ropa, quizá nos reconozcan. Mantén la cabeza baja y no hables con nadie. Todos conocen tu voz...

Asiento y bajamos del coche. En concreto, aterrizo sobre una caja de cartón.

Me percato de que los alrededores de la estación están muy sucios y la basura sale volando desde un contenedor lleno un poco más lejos.

Rodeados de residuos, los hombres deambulan entre los vehículos.

Me bajo un poco más la cofia y rodeo el edificio para entrar en él, con Agnès pisándome los talones.

–Charles, por el amor de Dios, los mariscales se nos van a echar encima. ¡Limpia el aparcamiento! –exclama una voz femenina al fondo.

Bajo a toda prisa la cabeza cuando un hombre pasa a mi lado con rápidas zancadas y una escoba en la mano.

No puedo evitar pensar en lo que dijo el duque el primer día: Nuestro pueblo ni siquiera es capaz de limpiar la acera ante su tienda a menos que le obliguemos.

[...] ¿Cómo podrían interesarse por los asun tos nacionales?

Aprieto los dientes ante la idea de que quizá tenga razón sobre ese tema, que hayamos infantilizado a la población hasta el punto de que se necesite a un funcionario del Estado para mantenerlo todo limpio.

Doy algunos pasos hacia el primer estante, repleto de biblias de viaje rebajadas, y me atrevo por fin a levantar la cabeza.

De repente, siento que me atraviesa un rayo.

Allí, tras el mostrador de la cajera, donde debería estar el retrato del soberano, han colgado una foto enorme de Leclerc.