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– I n nomine Patris, et Filii, e t Spiritus Sancti.
Me santiguo en silencio mientras las hermanas recitan la oración.
Han pasado diez días en los que hemos seguido el ritmo de la liturgia de las horas y las tareas doméstica, y de nuevo es sábado, día de colada.
En primera fila, a unos pasos del órgano ante el que me encuentro, Agnès acaricia de forma mecánica el rosario.
En cuanto se termine la celebración del culto, se dirigirá una vez más a la hermana Brune para pedirle que nos evite el suplicio de la colada, con la esperanza de que nos envíe a entregar la ropa de la madre superiora al encargado de la limpieza en seco.
Dado que esta parece decidida a cuidarme, quizá hoy tengamos la oportunidad de que ceda a esa petición.
–El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente...
En el púlpito, la hermana Jeanne, antes Sophie de Montallandier, empieza la lectura de un salmo.
Aún me sigue sorprendiendo su juventud. No tiene siquiera dieciocho años y está aquí encerrada para preservar el honor de un depredador que la dejó embarazada.
¿Cuántas jóvenes permanecen escondidas en lugares de este tipo por atreverse a dejar que un hombre abusara de ellas?
¿Cuántos conventos son prisiones, aunque no se llamen así?
Levanto ligeramente los ojos para observar a las internas, alrededor de cien, todas vestidas de blanco y negro.
Si lograra recuperar el poder, pondría fin a este tipo de situaciones.
No solo podría salvar a Solange y a su hijo, sino también liberar a estas internas.
En menos de una hora, quizá esté fuera de estas paredes con Agnès.
Si partimos a París, podríamos reunirnos con Félix en su casa, suponiendo que siga vivo.
Si logro explicarme, quizá me ofrezca su apoyo.
Y, si el duque está en una posición inestable como presagian las palabras y la actitud de la madre superiora, podríamos encaminarnos al palacio de las Tullerías con sus tropas, si sigue al mando.
Casi oigo a mi padre protestar: ¿No te has sacrificado lo suficiente por el país? Es hora de que pienses en ti.
Trago saliva. No escuché sus consejos, me negué a huir con él y está muerto.
Sin duda, le gustaría que me marchara con Agnès a la Unión Oriental.
Solo hemos intercambiado unas palabras sobre cómo salir de aquí, pero no hemos tenido tiempo de abordar el tema de nuestro destino.
Sé que quiere salir del país, pero emigrar supone dejar atrás a Solange y a su bebé.
Nunca podría darle a mi padre una sepultura decente ni vengar su muerte.
Sería abandonar a Francia a manos del duque, olvidarme de todas estas mujeres encerradas aquí y condenar a las que están fuera a una vida en una teocracia que se endurecerá bajo las acciones de los conservadores.
Aunque lograra convertirme en una oponente política en Turquía, como ha hecho Leclerc durante años, ¿podré vivir con la idea de haber perdido la última oportunidad de cambiar el rumbo de las cosas?
Porque si el duque está ahora en una posición difícil, nada me dice que no vaya a darle la vuelta a su situación.
¿No es el momento ideal para volver y revelar sus crímenes?
Sophie de Montallandier termina la lectura y su frágil silueta desciende los peldaños para recuperar su asiento. Los huesos de los hombros se le marcan bajo la tela negra y se me encoge el corazón. Noto cómo mi voluntad se reafirma. No abandonaré a nadie.
–Hermana –suplica Agnès al salir de la oración–, la hermana Cécile sigue dolorida. Mire, tengo que ayudarla a tenerse en pie.
Levanta un poco el brazo con el que sostiene el mío. Hace días que no necesito su ayuda, pero seguimos fingiendo que somos paciente y enfermera para tener una excusa con la que pedir una tarea menos exigente para el día de la colada.
–Hermana, me temo que no va a ser capaz de frotar las prendas y las sábanas en el lavadero.
Ya es una tarea difícil para una mujer con buena salud, por lo que en su estado...
Además, la madre superiora le ha pedido que nos toque el órgano en cada oración, ya ha escuchado su música, por lo que ahora debe tener cuidado con los dedos.
Me da miedo que se haga daño por el agua fría y no pueda tocar después.
Seguro que le puede confiar una tarea menos dura para esta mañana.
Sigo con los ojos fijos en el suelo, manteniendo la expresión atormentada que adopto cada vez que estoy en presencia de la hermana Brune.
–Dudo que a la madre superiora le guste ver que la hermana Cécile se vuelve a encargar de sus sábanas, en vez de cualquier otra –gruñe la religiosa.
–Estoy segura de que las demás lo entenderán. Al fin y al cabo, ¿no hemos disfrutado de una música maravillosa esta mañana? ¿No ha estado trabajando la hermana Cécile mientras las demás rezábamos?
–Mmm –dice la arpía–, supongo que podréis ayudar en cocina. Encargaos de alguna tarea ligera allí.
–Gracias, hermana.
Sin más preámbulos, Agnès me arrastra con ella mientras las otras internas vacían el lugar.
Caminamos en silencio durante mucho tiempo bajo las columnas del claustro, seguidas de las monjas que se encargarán de deshacer las camas y recoger las sábanas sucias.
Cuando llegamos ante la puerta que lleva a la cocina, Agnès la abre, pero en cuanto se cierra a nuestras espaldas nos detenemos en el pasillo.
–Ya me imaginaba que no nos daría la limpieza en seco –musita con un suspiro–. Siempre se encargan las hermanas Alice y Élisabeth.
–En ese caso, haremos lo que pensamos –susurro–. No volveremos a librarnos del día de la colada.
Agnès asiente y permanecemos inmóviles en el estrecho pasillo a oscuras, esperando a que se atenúen el ruido de pasos y los rumores de las conversaciones al otro lado de la puerta.
Coloco la oreja contra la madera. Al cabo de unos minutos, solo se oye el canto de los pájaros y el murmullo de la fuente en el centro del claustro.
–Bien –digo con un hilo de voz.
Agnès entreabre la puerta y echa un vistazo afuera.
Luego, con un gesto, me ordena que la siga.
Atravesamos el jardín amurallado con pasos rápidos y nos detenemos ante una nueva puerta.
Mi amiga acerca la oreja a ella. Al otro lado se encuentran las celdas de los esbirros de la madre superiora Adélaïde y, en la planta de arriba, los aposentos de estas.
Solo necesitamos atravesar este edificio para acceder al patio donde se detiene la camioneta de la lavandería.
–Tenemos vía libre –musita Agnès.
Abre la puerta y me cuelo en el interior.
Enseguida me sorprende el lujo de este lugar.
Las paredes no están blanqueadas con cal, sino cubiertas de grabados de madera.
En el aire flota un intenso olor a cera, como el que inunda Versalles o el palacio de las Tullerías.
Avanzamos de puntillas y el parqué cruje bajo nuestros pies.
Nos quedamos paralizadas un segundo. El vestíbulo desemboca en una escalera a la derecha, que sube a los aposentos de la madre superiora; una puerta a la izquierda, que debe llevar a las celdas, y, por último, una tercera puerta ante nosotras, que debe abrirse al patio si hemos entendido correctamente la información que hemos recopilado durante las comidas y algunos minutos de descanso.
Agnès se levanta el escapulario y vuelve a posar con cuidado los pies sobre los talones. Se vuelve a oír un nuevo chirrido.
–¿Es usted, madre? –pregunta una voz procedente del piso superior.
Sin poder contenernos, atravesamos el vestíbulo a toda prisa y Agnès agarra el manillar.
–Cerrada –anuncia con un susurro.
El ruido de pasos retumba en el piso superior. Advierto el espacio lúgubre bajo las escaleras y me precipito hacia allí para acurrucarme en él. Agnès se presiona contra mí. Los peldaños crujen, unas sandalias repiquetean sobre las escaleras y contengo el aliento.
–¿Madre?
–Deja de perseguir fantasmas y ven a ayudarme –grita una voz sobre nuestras cabezas.
La escalera gime de nuevo cuando la joven obedece. Dejo escapar un largo suspiro.
–Era la hermana Alice –musita Agnès.
–Sin duda, abrirán la puerta para ir al patio, así que solo debemos esperar.
Agnès pasea la mirada por el vestíbulo. Entiendo sus dudas: si, al salir, una de las hermanas mira en nuestra dirección, de inmediato reparará en que estamos en este escondite improvisado. Si así fuera, no podríamos ocultarnos en el patio hasta la llegada de la furgoneta.
–Encontraremos la manera de conseguirlo –susurro, totalmente consciente de que estoy intentando convencernos a las dos.
Asiente, seria. Permanecemos las dos agazapadas, esperando a que las hermanas terminen su tarea. Las voces amortiguadas llegan hasta nosotras desde el piso superior, por lo que presto atención.
–Hace seis meses que intentas hablar con ella, pero sabes muy bien que nunca está cuando hacemos la colada.
–Pero quizá...
–Quizá nada. ¿Cuántas hermanas le han suplicado que las escuche después de que las enviaran aquí «por error»?
–replica la otra–. No existen los errores, cariño.
Se han deshecho de ti. Si consiguieras hablar con la madre superiora, lo único que lograrías al quejarte es una semana en el calabozo, y ya has visto en qué estado salen las pobres mujeres a las que encierra allí.
Tiro de la manga de Agnès para captar su atención.
–Subamos –musito–. Digámosles que nos envían para sustituirlas porque la madre superiora quiere hablar con ellas.
Un brillo cómplice le inunda la mirada. Salimos del escondite. Está a punto de subir las escaleras cuando la retengo. Rápido, abro y cierro con fuerza la puerta principal para fingir que acabamos de llegar. Luego, ascendemos peldaño a peldaño.
Los aposentos de la madre superiora son un espacio abierto.
Una descarga de rabia me sube a la cabeza al constatar lo lujosos que son: están cubiertos de una valiosa carpintería que se extiende del suelo al techo y salpicados de suntuosos muebles.
Las dos hermanas están inclinadas sobre una cama con dosel digna de un palacio, quitando las sábanas de seda.
Al percibir nuestra llegada, giran la cabeza en nuestra dirección.
–Hermanas, la madre superiora nos envía para relevaros. Le gustaría hablar con vosotras.
El rostro de la más joven, la hermana Alice, se ilumina.
–¿De verdad? –pregunta la mayor, escéptica.
Agnès se encoge de hombros.
–Es lo que nos ha dicho –responde, indiferente–. ¿Podríais contarnos qué falta por hacer aquí?
–Hemos guardado las prendas que hay que entregar a la lavandería –contesta la hermana Alice a toda prisa.
Señala las dos fundas que cuelgan junto a una puerta que da a un cuarto de baño, al mismo tiempo que se acerca a la salida con largas zancadas.
–Solo tenéis que deshacer la cama y meter las sábanas en la bolsa –concluye–. Hermana Élisabeth, dales las llaves...
–Un segundo, hermana Alice –replica rebuscando en el bolsillo–. Tampoco hace falta que corras para ir a verla.
Pero la aludida no deja de cambiar el peso de un pie a otro. Me siento culpable por traicionarla de esta manera. En cuanto se presente ante la madre superiora, sufrirá un castigo severo.
–Tomad –dice la hermana Élisabeth, dándole dos llaves a Agnès, una pequeña y otra grande–. ¿Dónde nos espera?
–En el huerto –miente Agnès.
La mayor asiente mientras la hermana Alice sale a toda velocidad para precipitarse escaleras abajo. La hermana Élisabeth suelta un suspiro.
–Intentaré retenerla –nos susurra–, pero yo que vosotras me daría prisa. Tenéis cinco minutos antes de que llegue la furgoneta. Buena suerte.
Nos dedica un movimiento de cabeza cómplice que me hace entender de inmediato que lo sabe. Es una de las hermanas que se han fijado en este fallo de seguridad y que, por alguna razón, no lo ha utilizado nunca.
–Rápido, Gabrielle –musita Agnès.
Nos apresuramos a quitar las sábanas y, en cuanto están hechas un ovillo en la bolsa de tela, me la cuelgo a duras penas a la espalda.
Agnès coge las dos fundas con la ropa y bajamos al vestíbulo.
El corazón me palpita con fuerza cuando mi compañera saca la llave pequeña y la introduce en la cerradura.
Se abre con un clic. Nos adentramos en el patio y la brisa otoñal se enreda en nuestros velos.
Agnès cierra la puerta con llave tras de sí.
–Por si la madre superiora llega antes de lo previsto –musita.
–Buena idea, pero quizá salga por allí –respondo, señalando la segunda puerta que conecta el patio con el huerto.
–Lo sé.
Me coge de la mano y me la aprieta con fuerza.
–Gabrielle, si nos pillan...
–Amenazaré con suicidarme si quieren hacerte daño porque, al parecer, mi vida aún tiene cierto valor ante sus ojos.
Agnès asiente y traga saliva.
–Abramos el portón.
Nos dirigimos a la salida. Agnès utiliza la llave más grande y dejo la bolsa en el suelo para ayudarla a abrir la pesada puerta.
–Si conseguimos salir de este infierno, haré gimnasia todos los días –resuello, empujando la madera con el peso de todo mi cuerpo.
–Y yo.
Por fin, con gran esfuerzo, abrimos el portón de par en par.
Ante nosotras, el bosque de hojas rojas y amarillas se extiende hasta donde alcanza la vista y, tras un encierro tan largo entre estos muros, la tentación de correr hacia allí es demasiado fuerte.
Es nuestro último recurso: a la única hermana que intentó huir, la atraparon en menos de una hora en esa arboleda.
–¿Qué está haciendo el conductor? –pregunta Agnès, impaciente–. Debería estar aquí desde hace cinco minutos.
Nada más pronunciar esas palabras, se oye el ruido de un motor.
Dejo escapar un suspiro de alivio y me escondo detrás de la pared, donde el hombre no podrá verme.
Agnès me imita. Me froto las manos húmedas contra el hábito.
Unos segundos más y... Oímos cómo la furgoneta avanza hasta la entrada y da media vuelta. Un golpe me sobresalta.
–¡Abrid! ¡Abrid!
Me giro. Es la voz de la hermana Alice, que está golpeando la puerta.
–Abrid, por favor. ¡Quiero irme con vosotras!
Intercambio una mirada con Agnès, pero esta niega con la cabeza. Tiene razón. Detrás de la hermana Alice podrían estar la madre superiora o sus esbirros...
–¡Abrid!
La furgoneta se detiene. Nos apresuramos hacia ella.
Con gestos rápidos, Agnès abre la puerta trasera.
A toda prisa, subo la bolsa con las sábanas para que el conductor no haga preguntas y ambas saltamos al interior.
Me aovillo en una esquina del habitáculo, bajo los burros llenos de fundas.
Agnès cierra la puerta y da dos golpes fuertes.
En la oscuridad total, contengo el aliento, al mismo tiempo que el plástico que protege las prendas me acaricia el rostro.
El motor arranca y, al acelerar, estoy a punto de perder el equilibrio.
Suelto un suspiro de alivio. Pero, mientras nos dirigimos hacia la libertad, las súplicas de la hermana Alice me retumban en los oídos.