Libertad obliga 34 #3
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–Agnès, podemos huir en el camión de la limpieza en seco que viene a por la ropa de la madre superiora –susurro–. La regente Cristina me ha dicho que podemos tener una oportunidad los días de colada.

–Ya veo. Había pensado huir en el del horticultor, pero siempre lo acompañan unas diez hermanas y...

La bendición de la comida se acaba y un silencio plomizo nos envuelve.

Escondo la cabeza en el bol y tomo el primer bocado, asqueroso y espléndido a la vez.

El calor del plato me inunda y, con él, una intensa sensación de bienestar.

Me cuesta seguir el consejo de la regente, pero me contento con picotear del plato.

–La colada es dentro de cuatro días –me susurra Agnès–. Voy a intentar acercarme a la hermana Brune. Ella es la que reparte las tareas, como has visto hoy.

Toma un bocado. Tras haber comido la mitad del bol, dejo la cuchara y espero a que se termine el almuerzo.

La hermana Ludivine vuelve para colocarme la mordaza y regresamos al jardín, donde pasamos el resto del día al ritmo de la liturgia de las horas.

A la nona y las vísperas les sigue la cena y, por fin, las completas, tras la puesta de sol.

–Un segundo, hermana Cécile –me llama la madre superiora tras la última oración mientras las demás salen de la iglesia. Me tenso al lado de Agnès y esta me coloca una mano protectora en el brazo–. Voy a llevarte a tu celda. Al fin y al cabo, nunca has dormido en ella –añade con una sonrisa cruel.

Le dedico un simple asentimiento. Con Agnès aún a mi lado, adoptamos su ritmo cuando cruzamos el claustro y la seguimos hasta un pasillo en el que nunca he estado.

–Hermana Marie-Madeleine, esta es tu celda, si no me equivoco –comenta con frialdad cuando pasamos ante una puerta.

–Sí, madre.

Reticente, se aleja de mí para entrar en ella, no sin antes lanzarme una última mirada cómplice.

Sigo a la madre superiora hasta que abre una puerta en un extremo del pasillo.

Las paredes blancas están desnudas a excepción de un crucifijo de madera oscura.

El único mobiliario disponible es una cama con la estructura metálica y una cómoda.

Pero hay una ventana que deja ver un trozo de cielo, un colchón y unas sábanas, lo que ahora mismo me parece el culmen del lujo.

–El baño está tras la puerta de al lado –concluye la madre superiora.

Luego, llama a la hermana Ludivine, quien se acerca trotando para liberarme de la mordaza. La madre superiora se inclina sobre mi rostro tan cerca que puedo oler su aliento.

–Hermana, échale una pomada en esas feas postillas. Y no le vuelvas a poner ese accesorio. No quiero que se le infecten.

Tras eso, se gira sobre los talones.

–No te muevas –me ordena la hermana Ludivine.

Las dos arpías me dejan sola. Me acaricio la mandíbula dolorida, la abro y cierro para probar las articulaciones.

Me paso el índice por los dientes para constatar, aliviada, que a priori no me los he dañado.

Sin embargo, tengo llagas en la comisura de los labios a causa del roce del cuero sobre la piel.

La hermana Ludivine vuelve con una bandeja en las manos mientras continúo con la inspección.

La deja sobre la cómoda. Sobre ella reposan una botella de agua, un cepillo de dientes, una pasta y, para terminar, un tubo de crema.

La religiosa coge este último, se echa un poco en el índice y me lo extiende por las mejillas.

No me resisto. Este cambio repentino por parte de la madre superiora es interesante.

Tras unas semanas tratándome con crueldad, el duque debe estar en una posición terrible para que de repente se preocupe por mi aspecto hasta el punto de cuidar mi imagen.

¿El pueblo habrá captado su estrategia? ¿Leclerc se habrá enfrentado al duque y le habrá echado en cara su toma de poder?

Pero, en ese caso, ¿por qué vinieron los soldados y no tiraron la puerta abajo?

–Ya está –musita la hermana Ludivine–. Vamos al cuarto de baño.

Coge el cepillo de dientes y la pasta antes de entrelazar el brazo con el mío para guiarme hasta él.

La sala está alicatada de blanco, es estrecha y solo cuenta con un lavabo y un váter.

La arpía sigue mirándome mientras me lavo los dientes y, llegando al punto álgido de la humillación, mientras hago mis necesidades.

Me acompaña enseguida hasta mi habitación, donde abre la puerta del armario para sacar un camisón.

–Cámbiate.

Obedezco enseguida, me deshago de los hábitos de monja para enfundarme la túnica blanca y limpia.

–Puedes ordenar las prendas del armario. También encontrarás una biblia y un rosario para las oraciones. Buenas noches.

Se dirige hacia la puerta y, tras detenerse en el umbral, titubea durante un momento.

–Descansa, hermana Cécile –musita con la voz rota por el miedo.

Por fin me deja a solas, y suelto un profundo suspiro de alivio cuando oigo cómo el ruido de sus pasos se aleja por el pasillo.

Algo ha pasado, ahora lo tengo claro. Pero ¿qué?

Me dejo caer sobre el colchón. Me habría parecido duro tras la cama del palacio de las Tullerías, pero en comparación con el catre de piedra, es una nube de plumas.

Me estiro, encantada, y cierro los ojos, esperando que el sueño me acoja pronto en sus brazos.

No obstante, se produce el efecto contrario.

¿Y si es una trampa? ¿Y si me han hecho salir del calabozo, me han lavado y curado, para volver a enviarme allí?

Me incorporo entre las mantas. No, serán imaginaciones mías.

La conversación entre la madre superiora y la hermana Ludivine ha sido real.

Pero, aunque trato de razonar, el corazón me late a toda velocidad.

Evoco las imágenes de mi vida de después, las que me han mantenido a flote mientras permanecía entre las tinieblas.

Tocaré el piano todos los días. Tendré unas sábanas suaves, una cama mullida y beberé y comeré cuando me apetezca.

Quizá haga todo esto en Turquía, con Agnès, Solange y el bebé, en vez de en Francia.

Cierro con fuerza los ojos para pensar en el sol, unas aguas cristalinas y, en lugar del palacio cerca de Brest, una casa abierta con jardín y el mar Mediterráneo.

Una brisa maravillosa agita las largas cortinas naranjas de las ventanas.

Toco el piano y Félix se sienta a mi lado, como en el sueño tan realista de esta mañana.

Se inclina para besarme el cuello. Abro los ojos.

Solo fue un sueño, una alucinación provocada por la hipotermia.

Sin embargo, nunca he tenido tantas ganas de que algo se convierta en realidad.

Me acerco las rodillas al pecho bajo las mantas.

No... No me lo he imaginado todo. Lo vuelvo a ver diciéndome: Supongo que sabes que estoy dispuesto a todo para servirte .

Eso me lo dijo de verdad, me miró en serio con ese fervor en los ojos, después de que el duque se atreviera a tocarme.

¿Tan ciega estaba? Suelto un profundo suspiro.

Aún noto el calor de sus brazos, su boca en mi piel.

¿Habría sido tan agradable si lo hubiera hecho de verdad?

¿O me habría quedado paralizada de nuevo por el recuerdo de los dientes del delfín?

Niego con la cabeza. Me estoy preocupando por nada.

Pero, cuando me imagino una vez más el piano ante el mar Mediterráneo, dejo que se siente a mi lado en el taburete y que me envuelva en un dulce abrazo.