34 #2
La hermana Ludivine suelta un gruñido sobre la penitencia, pero no soy idiota: el comentario de Agnès no es tanto un reproche contra ella como una manera de informarme del tiempo que ha pasado y el estado en el que me encuentro.
Dieciséis días. Pensaba que habían sido treinta.
La madre superiora debió programar sus visitas de forma aleatoria para alterar aún más mi percepción del tiempo.
En cuanto a los cinco kilos..., no pesaba demasiado antes, así que ahora debo estar tan delgada que doy miedo.
Agnès abre una de las duchas y me deleito al constatar, a través del vapor que me envuelve, que tengo derecho al agua caliente.
Me guía bajo el chorro y comienzan a cosquillearme las yemas de los dedos de los pies y las manos.
Agnès se quita el velo y el escapulario antes de remangarse la camiseta y ayudarme a que me enjabone.
Recupero parte de mi fuerza, así como la humanidad, a medida que me limpio la suciedad de la celda que se me ha incrustado en la piel y el cuero cabelludo.
–Vale, ya está –nos increpa al final la hermana Ludivine.
Agnès me ayuda a secarme antes de enfundarme una camiseta limpia, el escapulario y el velo.
Creo que nunca me he sentido tan reconfortada al ponerme una prenda.
Este alivio dura poco porque, en cuanto estamos listas, la hermana Ludivine saca de un bolsillo la mordaza. Agnès palidece y yo doy un paso atrás.
–Si quieres beber, solo tienes que tirar de la manga de la hermana Marie-Madeleine.
Con el corazón en un puño, dejo que me ponga el aparato de tortura ante los ojos de Agnès, que apenas puede contenerse. Sin duda, estrangularía a la religiosa si pudiera.
–¡Bien! –exclama la torturadora cuando vuelvo a notar la lengua inmovilizada–. Ahora, volved a vuestras tareas.
–Pero, hermana Ludivine –protesta Agnès–, la hermana Cécile acaba de salir del calabozo, está desnutrida y apenas puede mantenerse en pie. ¡No puede ayudar en el jardín!
–Ya basta. La hermana Cécile ha tenido todo el tiempo del mundo para descansar ahí abajo mientras nos matábamos a trabajar aquí.
–Pero...
–A no ser que quieras pasar una temporada en la celda también, te aconsejo que reflexiones sobre lo que vas a decir.
Agnès se calla. Me coge del brazo y me arrastra fuera del cuarto de baño.
–Puta zorra –escupe en cuanto estamos lo bastante lejos–.
Estas hermanas son el diablo en persona, Gabrielle.
No me puedo creer lo que te han hecho sufrir.
Las demás hermanas me describieron en detalle el suplicio del calabozo, pero pensaba que exageraban.
Nadie podía ser tan mala persona, sobre todo en un convento.
Después, he visto tu celda. Después de lo que has vivido, voy a intentar por todos los medios que descanses esta mañana.
Le aprieto con fuerza el brazo para agradecérselo.
–Y, en cuanto estés un poco recuperada, saldremos de aquí –susurra tan bajo que me cuesta escucharla.
Asiento.
–Las demás me han contado que a la última hermana que trató de escapar del convento la encerraron en el calabozo para que se muriera de hambre.
Pensaba que era una exageración, pero, cuantas más vueltas le doy, más dispuesta estoy a correr el riesgo.
Está pasando algo ahí fuera. La hermana Héloïse nos ha dicho que se presentaron unos soldados en la puerta del convento hace poco más de una semana.
La hermana Thérèse se encarga de limpiar los aposentos de la madre superiora y suele contarnos lo que oye en la televisión, pero hace días que la tiene desconectada cuando entra.
Seguro que en el país se están produciendo graves disturbios y que la toma del poder del duque no ha sido tan pacífica como esperaba. Pondría la mano en el fuego.
Le aprieto de nuevo el brazo. Eso explicaría la conversación que he escuchado a hurtadillas mientras me despertaba y por qué la madre superiora me considera una de las últimas cartas que puede jugar el duque.
Entiendo que solo me queda una manera silenciosa de contárselo a Agnès, la misma que empleé para transmitirles mis informes a los republicanos con la ayuda de la grabadora, el código Kaer.
Pero ¿lo conocerá? Trato de presionarle el brazo siguiendo un ritmo para codificar el mensaje: breve, breve, largo, breve, largo...
–Ah, ya veo lo que estás intentando hacer. –Suelta un suspiro–. Me temo que no crecí rodeada de barcos. No conozco el código Kaer.
Como única respuesta, le acaricio el brazo.
–Pero sé cuándo podemos hablar: hay un lugar en el comedor que no se ve desde la mesa principal. Te sentarás a mi lado y podremos intercambiar unas palabras. Lo mejor será que murmures lo que quieras decirme mientras bendicen la comida.
Asiento.
–Vamos a salir de aquí –me asegura con fervor–. Vamos a marcharnos del país y tener la vida que nos merecemos. No aceptaré menos.
Me quedo callada. Sí, no tenía ninguna duda de que el carácter fuerte de Agnès le impediría adaptarse al claustro, pero no me había planteado qué querría hacer cuando saliera.
Tras la larga conversación con la regente Cristina y la aparición de Félix en mis alucinaciones, no he dejado de pensar en recuperar el poder y vengarme del duque.
Sin embargo, Agnès acaba de salpicar el horizonte de opciones.
Estoy reflexionando sobre este tema cuando mi amiga abre una puerta.
Un viento otoñal nos recibe y me envuelve las piernas con el vestido.
A pesar del frío que me hiela los huesos una vez más, me lleno los pulmones de este aire fresco, cargado del olor a tierra y heno.
El huerto en el que nos adentramos está rodeado de altos muros.
El cielo gris parece inmenso, y siento que he recuperado, en parte, la libertad.
Entiendo que ese es el objetivo de los calabozos: convertir esta prisión en un entorno más grande y agradable de lo que es en realidad.
–Ah, aquí estás, hermana Marie-Madeleine –exclama una mujer que reconozco como la hermana Brune, uno de los esbirros de la madre superiora–. Y acompañada de la hermana Cécile, con un precioso adorno en la boca.
Esta terrible monja recorre el camino principal, y siento cómo Agnès se tensa a mi lado.
–Venga, echadle paja al apio y las chirivías. ¡Más rápido!
–Por supuesto, hermana –responde Agnès con un respeto que hace que recuerde hasta qué punto puede ser buena actriz cuando lo desea.
Me arrastra con ella por el jardín, donde hay muchas otras hermanas, todas ocupadas con distintos trabajos, separadas en grupos de dos o tres entre las parcelas de cultivo.
Algunas siembran, otras quitan las malas hierbas y un grupo más numeroso recoge calabazas y calabacines.
Agnès me conduce hacia un lugar que está cubierto de paja hasta la mitad.
Un fardo abandonado cuyas briznas trata de llevarse el viento se ha arrastrado hasta un extremo del camino.
–Siéntate ahí –me susurra–. De vez en cuando, pásame un puñado. Así descansarás mientras pareces estar contribuyendo al trabajo.
Asiento para darle las gracias y no me hago de rogar.
Me siento en el suelo mientras Agnès se pone manos a la obra.
Me contento con darle la paja mientras la mañana avanza con una lentitud espantosa.
En cuanto terminamos con esa parcela, la hermana Brune nos envía al vergel para empaquetar las manzanas que recogen las monjas subidas a las escaleras.
El hambre me come por dentro mientras envuelvo las frutas en papel para guardarlas de cara al invierno.
–No creo que las probemos –me susurra Agnès–. Reservan este tipo de delicias para la mesa de la madre superiora. Venden el resto de las frutas y legumbres a un horticultor que pasa una vez a la semana.
Por su actitud, intuyo que Agnès ya ha puesto en práctica su memoria prodigiosa para encontrarnos una vía de escape.
En Versalles, logró aprenderse los turnos de los guardias y los criados con una rapidez increíble, y el entorno era mucho más grande y estaba mejor vigilado que este.
¿Habrá encontrado otras opciones aparte del día de la colada que me sugirió la regente Cristina?
Sigo envolviendo las manzanas con manos temblorosas hasta que por fin se activa una alarma.
–Es la sexta, la quinta oración del día –musita Agnès–. La comida se sirve justo después.
Me ayuda a levantarme y seguimos a las hermanas, que se dirigen en procesión a la iglesia.
La actividad de esta mañana me ha dejado sin fuerzas, y asisto al cántico y la lectura de salmos como si estuviera soñando.
Tan pronto como acaba la plegaria, nos dirigimos al comedor.
Agnès me agarra con fuerza del brazo y camina a toda prisa por los pasillos, encabezando el grupo.
Comprendo enseguida la razón: no quiere que otras hermanas ocupen el lugar donde podremos hablar con total libertad.
En la enorme sala, me pide que me siente en el extremo de una de las mesas del fondo.
–Quédate aquí –susurra–. Voy a ayudar a las hermanas en la cocina a traer las ollas y los cubiertos. Suelen recompensarlo con una ración extra.
La observo marcharse mientras las hermanas se sientan.
Mi rostro atrae largas miradas, ya que sigo llevando puesta la mordaza.
A menudo leo en ellas compasión, pero otras veces cierta resignación.
La antigua regente pasa ante mí, acompañada de su nuera, y me dedica un guiño discreto.
El comedor no tarda en llenarse y la hermana Ludivine acaba apareciendo a mi lado para soltarme las correas que cierran la mordaza.
–Espero que no rompas tu voto –me advierte–. No me gustaría tener que llevarte de nuevo a la celda.
Se dirige a la enorme mesa de la madre superiora. Un minuto más tarde, Agnès se acerca a mí para sentarse con nuestros dos boles. Nunca un arroz pasado y unas verduras me han parecido tan apetecibles.
– Benedicite, Dominus. Nos et ea quae...
La bendición retumba bajo la arcada de la sala y agacho la cabeza de forma piadosa.