Libertad obliga 34
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– B ebe.

El suplicio comienza de nuevo, pero esta vez estoy preparada.

Trago todo lo posible antes de dejar que el agua helada se desborde y me empape la parte superior de la camiseta blanca.

Luego, como un poco de pan. La madre, tras colocarme la mordaza, se marcha y me abandona en la oscuridad con los escalofríos, el estómago hinchado y la música.

Temblorosa, me quito la camiseta, me froto el cuerpo como puedo y me aovillo en la esquina de la pared, desnuda y temblorosa.

Espero. Espero a que el duermevela y los sueños acudan a mí.

He tenido que abandonar la idea de tocar el piano sobre la piedra porque tengo demasiado frío, estoy demasiado débil y me encuentro demasiado mal.

La única manera soportable de pasar el tiempo es sumirme en mis pensamientos, que cada día se vuelven más nítidos. Cierro los ojos.

–Gabrielle... –me despierta una voz dulce.

Cuando los abro, Antoine está allí, inclinado sobre mí.

Me sonríe, una expresión poco habitual en él, a excepción de cuando me hablaba de Suiza y sus montañas.

¿Es un sueño? Por lo general, los sueños suelen alejarme de aquí.

Quizá solo sea una alucinación. Me llevo las manos a la boca. La mordaza ha desaparecido.

–Antoine, ¿qué haces aquí?

–He venido a por ti.

Se sienta a mi lado y me acaricia la mejilla.

Me dejo cautivar por su calor, encantada.

Luego, sus labios vienen al encuentro de los míos y me besa las comisuras doloridas por la mordaza.

La celda se llena de colores y luces, mi cama se convierte en un piano, uno de verdad, y estoy sentada sobre su cola lacada.

Me quedo boquiabierta por la sorpresa. El instrumento es aún más bonito que el del palacio de las Tullerías.

–Por favor, Gabrielle, toquemos una melodía. Sé que tienes ganas –me invita, señalando las teclas blancas y negras–. Y yo estoy deseando oírte tocar.

–¿Bach? –sugiero.

–¿Por qué no Mozart? Nuestro encuentro se merece algo más alegre.

Me pongo de pie de un salto y me coloco de rodillas ante el piano. La música flota por el aire, maravillosa. ¿Me voy a morir? Una punzada de miedo se apodera de mí, pero desaparece en cuanto veo la sonrisa de Antoine, que se sienta a mi lado.

–Eres preciosa.

Con cariño, me acaricia la espalda y me posa los labios en el hombro desnudo. Me produce un escalofrío que hace que esté a punto de tocar la tecla errónea.

–Antoine, me estás desconcentrando –replico, y finjo estar molesta.

–¿Y?

Me deposita un beso más alto, cerca del cuello.

–¿Así también te desconcentras?

–Quizá.

Me besa en la nuca.

–¿Así?

La melodía se desafina. Esa voz...

–¿Va todo bien?

Giro la cabeza. Antoine ha desaparecido y, en su lugar, Félix me observa con una sonrisa.

–¿Félix? Pero ¿cómo...? ¿Cómo has llegado hasta aquí?

Me responde con un guiño.

–Por favor, dime que no estás muerto –musito con un hilo de voz.

–¿Qué más da? –contesta con un brillo travieso en los ojos–. Lo que importa es que estoy aquí contigo, ¿no?

Posa una mano sobre la mía. Cálida, dulce... La aparto.

–Félix, no puedo... No puedo traicionar a Antoine.

–Pero estoy muerto, Gabrielle.

Levanto la cabeza. Sentado en el piano, apoyado en la pared, Antoine me contempla divertido.

–Y tú todavía no –interviene Félix–. Por favor, ven conmigo. Sé cómo huir de aquí. Me lo ha dicho la antigua regente.

–Pero te he mentido. Crees que soy una espía que trabaja para tu peor enemigo. Si me presento ante tu puerta, ¿me escucharás?

Félix me coge de la mano y se la lleva a los labios.

–Gabrielle..., supongo que sabes que estoy dispuesto a todo para servirte.

Esta frase me lleva a un pasado lejano del que apenas me acuerdo. Me dedica una mirada intensa y se me acelera el corazón. ¿Ya me ha mirado así, con esos ojos que reflejan todo lo que siente?

–Por favor, reúnete conmigo.

–O te puedes quedar aquí conmigo –musita Antoine.

–Con nosotros.

A mi izquierda está mi padre. Ya no parece demacrado ni agotado. Va vestido con uno de los habituales trajes de tweed que se ponía cuando se iba a trabajar los domingos a su despacho en Brest.

–Gabrielle, puedes quedarte con nosotros.

Mi padre me tiende la mano. Contemplo las opciones que se presentan ante mí. Antoine y mi padre. O Félix. Este me presiona los dedos con más fuerza.

–Elige la vida. Ven conmigo. Lucha. Despierta.

El fervor de su voz logra convencerme. Poso la otra mano sobre la suya y me rodea con los brazos para apretarme contra su corazón. El calor me envuelve de repente, exquisito y reconfortante.

–Despierta. Despierta...

–Despierta. ¡Despierta!

El calor de los brazos de Félix desaparece de golpe, reemplazado por quemaduras y pellizcos. Una tela áspera me roza los miembros entumecidos.

–Madre, no se despierta.

–Dale con más fuerza. Si se muere, el duque no nos lo perdonará. Es probable que sea una de las últimas cartas que pueda jugar.

El roce de la tela se vuelve más intenso. Me encantaría volver a dormirme y reencontrarme entre los brazos de Félix, pero las sacudidas me lo impiden.

–Hemos ido demasiado lejos –gime la hermana Ludivine–. Se ha quedado dormida desnuda, a pesar del frío, para dejarse morir. Deberíamos ir a buscar al doctor Thibault. No reacciona y llevamos así casi media hora.

–¿Quieres que la llevemos al hospital y le contemos a todo el país que se encuentra aquí? ¡Estás loca! ¿Y qué harán allí que no hayamos hecho ya nosotras? Si debe morir, que muera al menos al amparo de estas paredes. Así correremos menos peligro.

El comentario de la madre superiora logra despertarme del todo. Sin embargo, permanezco con los ojos cerrados: la conversación ha dado un giro demasiado interesante como para que la interrumpa.

–Madre, si es una de las últimas esperanzas del duque, no podemos desnutrirla así. Mírele la cara: ¿qué haremos si quiere mostrársela al pueblo?

–He seguido las órdenes –se defiende la anciana–. Dedícate a reanimarla, en lugar de criticar decisiones que vienen de arriba.

Sin embargo, percibo la duda en su voz.

–Hermana Cécile, despiértate –me suplica la hermana Ludivine–. Ah, madre, ¿qué haremos si está muerta?

Como única respuesta, siento cómo un par de manos me presionan la tela contra la piel con tanta fuerza que no puedo reprimir un gemido.

–Ya está volviendo en sí –exclama la madre superiora–. Gracias a Dios. Ha escuchado nuestras oraciones. Hermana Ludivine, rápido, ve a buscar a su dama de compañía.

–Enseguida, madre.

Entreabro los ojos. La anciana sigue inclinada sobre mí, sin dejar de frotar la tela, con el rostro iluminado por el optimismo.

–No creas que te vas a salir con la tuya –refunfuña–. No te vas a librar de mí tan fácilmente.

Entonces, cuando se da cuenta de que la estoy observando, deja de frotar.

–Bienvenida al mundo de los vivos, hermana Cécile.

Y, sin previo aviso, me da una bofetada que me calienta enseguida el rostro.

–No se te ocurra volver a intentarlo, pequeña idiota. Las suicidas no entran en el reino de Dios, y aquí abajo aún tienes que interpretar tu papel para servir a nuestro señor y maestro, el duque de Lorena, regente de Francia. No tienes permitido morirte hasta que te lo ordene él, ¿está claro?

Enseguida vuelve a frotarme con la tela sin darme tiempo a responder. Me sigue retumbando la cabeza por el golpe que me ha dado y los ojos se me llenan de lágrimas. Pero me consuela advertir que me han quitado la mordaza.

–Ay, Dios mío, Gabrielle.

Agnès aparece de repente en mi campo de visión, con el rostro pálido y una expresión de alarma enmarcada por un velo blanco.

Se lleva la manga a la nariz y pasea la mirada de mi rostro a algo que se encuentra detrás de mí.

Me invade la vergüenza cuando me doy cuenta de que ha visto el cubo donde he tenido que hacer mis necesidades.

–Dios mío –gime de nuevo.

–Deja de decir el nombre del Señor en vano –susurra la madre superiora–. Ayuda a la hermana Cécile a levantarse y acompáñala a la ducha con la hermana Ludivine. Tienes que bañarla y vestirla. En silencio. ¿Está claro?

–Sí, madre.

Agnès baja la mano con la que se cubre la nariz y se precipita hacia mí en cuanto la vieja arpía se incorpora.

–Estoy aquí, Gabrielle –musita–. Estoy aquí.

Me pasa un brazo por los hombros y la hermana Ludivine se acerca para ayudarla a ponerme en pie. Noto los miembros rígidos y las articulaciones doloridas. Además, estoy helada hasta los huesos.

–Vamos a sacarte de aquí.

Apoyada en mi amiga y en el bull terrier vestido de monja, doy mis primeros pasos por el exterior de la celda.

Me siento tan débil que la cabeza me da vueltas.

La luz de la bombilla me arde en los ojos tras tantos días en una oscuridad casi total.

Despacio, subimos las escaleras y, con cada paso adelante, aunque me cueste, se enciende una inmensa llama de esperanza en mi corazón: voy a salir de aquí.

De verdad. No es un sueño, la prueba está en las punzadas que me recorren las piernas.

La hermana Ludivine abre la pesada puerta y aparta el tapiz.

La luz del día me ciega, pero me da la impresión de que estoy saliendo de una larga pesadilla que estaba deseando que llegara a su fin.

Atravesamos los pasillos con pasos lentos y las religiosas con las que me cruzo me lanzan miradas asustadas. Cuando entramos en el cuarto de baño negro, el olor del jabón me inunda de lágrimas los ojos. Me voy a duchar. ¡Por fin me voy a duchar!

–¿Puedes mantenerte de pie sin ayuda? –me pregunta Agnès.

Asiento cuando se aleja de mí. Una mueca amarga le tuerce la boca al observar mi cuerpo desnudo.

–Pero ¿qué le habéis dado de comer para que haya adelgazado tanto en dieciséis días? –protesta–. Ha perdido al menos cinco kilos.