Libertad obliga 33 #2
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33 #2

El estómago se me transforma en un nudo.

¿Hacer correr ríos de sangre? ¿Esa es la solución que me propone?

Aún tengo presente la larga serie de ejecuciones a la que asistí, la mirada de Antoine antes de subir al patíbulo.

Nunca podría ordenar la muerte de tantas personas.

Va en contra de mis creencias. Sin embargo...

Sin embargo, ¿no es lo que se merece el duque?

Aun así, sería renunciar a mis principios.

–Me parece que no te está gustando esta opción y que estás dándole vueltas.

Quizá en tu educación haya lagunas sobre la revolución turca, la argelina o incluso la creación de la Unión Oriental.

No me extrañaría: mi hijo no quería que el pueblo siguiera estos ejemplos.

Dado que estamos aquí encerradas, permíteme que las supla.

Todo comenzó en la cosecha de trigo de 1847, cuando la gran epidemia de gripe arrasó Egipto...

Durante lo que me parecen horas, la antigua regente esparce sus conocimientos por mi húmeda celda.

La escucho con atención, no solo porque nadie me haya contado estos acontecimientos, sino porque así logro olvidarme del frío, el hambre, la sed, la suciedad y la mordaza que me presiona la lengua contra la garganta.

Me habla de huelgas de hambre, reivindicaciones de campesinos y burgueses, su unión con movimientos a favor de la ciencia, los derechos humanos y el final de los imperativos religiosos, la caída del imperio otomano, las batallas por la independencia de armenios, kurdos, iraquíes y saudíes, el renacimiento libanés, la revolución industrial marroquí y argelina, la gran limpieza turca y su reforma de las instituciones.

Por un segundo, me imagino un mundo en el que la revolución fallida de 1789 no fracasó, una Europa sin reyes ni sistema feudal.

¿Tendría derecho a llevar pantalones, casarme con quien deseara, viajar y ser dueña de mi propio cuerpo?

¿Tendría el derecho de ser atea e incluso blasfemar?

¿Nos gobernarían la racionalidad y los principios científicos, en lugar de las ataduras religiosas con las que nos martirizan desde que nacemos?

Entonces, la voz de la regente se debilita.

–Creo que, por hoy, no tengo más fuerzas, querida. Noto la boca seca de tanto hablar. Si me lo permites, de momento voy a guardar silencio.

Con un golpe, le muestro mi consentimiento y le doy las gracias antes de aovillarme un poco más contra la pared. Las cinchas se me clavan en la comisura de la boca y tardo un tiempo en dormirme.

Me despierta el sonido de una puerta al chirriar. Abro los ojos nublados por el sueño y solo capto la delgada línea de luz bajo la puerta. Esta se hace más grande y me tapo la cara con las manos para evitar quedarme ciega. Entra la madre superiora.

–Hermana Ludivine, sujétala.

Esta me coge con brusquedad para ponerme de pie y la madre superiora me libera de la mordaza.

No sentir ese peso contra la lengua es una liberación, y reprimo un suspiro de alivio justo a tiempo.

Mi carcelera sale durante unos instantes de la estancia y vuelve con una jarra enorme de agua y una pequeña rebanada de pan.

Noto la boca tan seca que debo esforzarme para no arrebatarle el recipiente de las manos.

–Bebe y come –dice la arpía con un brillo perverso en la mirada–. Tienes un minuto. Después, no te traeremos nada hasta mañana.

Levanta la jarra y me la acerca a la boca para verter su contenido.

Trato de tragarme todo lo posible y, aunque al principio saciar mi sed es maravilloso, pronto me cuesta seguir el ritmo.

Necesito detenerme para respirar, pero, cuando quiero alejarme, la madre me mantiene la cabeza inmóvil bajo la boquilla de la jarra.

Estoy a punto de asfixiarme y toso. El agua me empapa la camiseta sucia y siento aún más frío.

Me obligo a seguir bebiendo. Mi estómago no tarda en protestar, lleno de líquido tras días de escasez.

–Ya está –dice la arpía, una vez ha vaciado la jarra entera.

Me da el trozo de pan. Pero me duele tanto el estómago que lo último que deseo es comer.

–Diez segundos –me advierte.

Le doy varios mordiscos y me obligo a tragármelos.

Solo queda un pequeño trozo antes de que la madre superiora le ordene a la hermana Ludivine que me sujete de nuevo y me vuelva a colocar la mordaza.

Después, las dos salen de la celda. Me siento en el borde del catre.

No soy tonta, no pretendían darme de beber ni alimentarme.

Han utilizado lo que necesitaba para torturarme un poco más.

La jarra de agua era más grande de lo habitual.

–Hermana Pétronille, hoy nos sentimos generosas. Puedes salir.

Levanto la cabeza. No, la antigua regente no puede irse todavía.

No, no puedo quedarme sola en la oscuridad de nuevo.

Una puerta se abre y vuelve a cerrarse. El silencio se apodera del calabozo.

Una descarga de odio me carcome. Entiendo ahora el sentido de la frase: Será más divertido .

Será más divertido procurarme una presencia reconfortante durante un día antes de arrebatármela.

Noto dolorosos espasmos en el estómago hasta que empiezo a tiritar.

Tengo la camiseta empapada. Me la quito y estoy a punto de extenderla sobre la cama para secarla cuando advierto que el agua que humedece la tela está limpia.

Me la paso por el cuerpo y, por primera vez desde hace días, me siento un poco menos sucia.

A continuación, dejo la prenda sobre la piedra y me aovillo en la esquina de la pared como siempre.

Me duele mucho el estómago. Dios mío, ¿y si vomito?

La idea de regurgitar cualquier cosa con la mordaza puesta me aterra.

Me obligo a respirar despacio, profundamente.

Rápido, pienso en mi vida de después, pero las únicas imágenes que me consuelan son las de la madre superiora subiendo al patíbulo. La voy a matar. Lo juro.