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– C onque esas tenemos, ¿ no ? ¿Desobedeciendo otra vez, pequeña idiota?
Aunque niego con la cabeza, la madre superiora se lanza contra mí para golpearme la espalda con una lluvia de puñetazos. Grito y me protejo el pecho con las manos. No, es imposible, no pueden habernos oído.
–Te voy a enseñar a respetar tus votos –chilla antes de alejarse por fin de mí.
Cierra la puerta a sus espaldas y, en la oscuridad, dejo escapar un suspiro de alivio. Me esperaba peores represalias.
–¿Dónde está la hermana Pétronille? –pregunta en el pasillo.
–En su celda habitual.
Oigo el chirrido de la puerta y me preparo para lo peor: soy joven y, aunque estoy débil, puedo soportar estas palizas habituales. Temo que no sea el caso de la antigua regente. Sin embargo, no pasa nada.
–Profundamente dormida –oigo que se queja la hermana Ludivine–. Como siempre.
Entonces, ¿con quién pensaban que estaba hablando si creen que la antigua regente está dormida? Entiendo entonces que no me han oído. Ha sido un castigo arbitrario.
–Despiértala –le ordena la madre superiora–. O mejor no. Ahora que lo pienso, déjala aquí. Será más divertido.
La última frase me pone en tensión enseguida. ¿Qué considerarán como divertido estas dos arpías? Oigo gemir los goznes y un repiqueteo metálico. El miedo me encoge el estómago y se me llenan los ojos de lágrimas. ¿Qué están preparando? ¿Qué me van a hacer?
–Ah, ya está.
Se acercan unos pasos y me presiono un poco más contra la pared. La puerta se vuelve a abrir y no puedo reprimir un grito de pánico. En la mano, la madre superiora lleva un instrumento compuesto por una plancha de metal y cuatro correas de cuero.
–No te preocupes, querida. Hemos decidido ayudarte a respetar tus votos. Solo necesitas llevar una mordaza durante unos días para olvidar cómo se usa la lengua.
Con un gesto, le ordena a la hermana Ludivine que me inmovilice.
Esta me pone de pie en el suelo sin miramientos, como si no pesara más que una pluma.
Me mantiene los brazos sujetos en la espalda mientras la madre superiora me presiona la plancha de metal contra la boca antes de atarme las correas en torno a la cabeza.
Tengo la lengua pegada al paladar blando y la sensación es tan terrible que siento náuseas.
Cuando la madre superiora se coloca detrás de mí y oigo el crujido de las cintas al ajustarlas, las lágrimas me inundan los ojos.
–Así aprenderás la lección –dice satisfecha la arpía, con un rictus cruel en el rostro.
Tras eso, la hermana Ludivine y ella me sueltan. Antes de marcharse, la madre superiora vuelve a verter la jarra de agua en el suelo y me lanza un cuscurro de pan. Un agua que ya no puedo beber. Una comida que ya no puedo tragar.
La puerta se cierra y, con el corazón acelerado, oigo cómo se alejan sus pasos.
Se produce un largo silencio y el pánico me invade cuando comprendo que me van a dejar así, con esta horrible sensación de tener la lengua inmovilizada.
Se me acelera la respiración y la cabeza me da vueltas.
Apenas puedo tragar saliva. Una lágrima me recorre la mejilla.
–Escúchame –dice la regente Cristina, apremiante–, yo también he pasado tiempo con la mordaza puesta. Más de una vez. Sobre todo, no llores. Si se te congestiona la nariz, no podrás respirar por la boca con ese aparato y te asfixiarás. Hablo por experiencia propia.
Pero no consigo ralentizar la respiración ni evitar que se me humedezcan los ojos.
–¿Señora? Responde, por favor. Un golpe para decir que sí, recuerda. No dejes que esas viejas arpías ganen. La mordaza es desagradable, pero al cabo de unas horas no la sentirás. No cometas el error de intentar morderla. Así es como mi nuera perdió un diente.
Pero la cabeza me da tantas vueltas que solo consigo tumbarme en la cama de piedra.
–La partida no se ha acabado aún. Recuerda, Gabrielle.
Cuando me llama por mi nombre de pila, recupero parte de la fuerza. Doy un golpe con la palma de la mano sobre el catre duro y el dolor me recorre todo el brazo hasta el hombro.
–Ah, mejor así.
Suelta un suspiro.
–Aún vas a vivir días muy difíciles antes de que las hermanas te dejen subir a la superficie –me advierte–.
Lo siento, creía que había salido. No suele faltar a la oración a menos que esté fuera.
Pero era cuestión de tiempo que te hiciera probar su instrumento de tortura preferido.
Créeme, todas a las que nos han obligado a hacer voto de silencio lo hemos experimentado, hayamos roto o no la promesa.
Aun así, te aseguro que pronto mejorará.
Saldrás de esta celda. Cuando considere que ya estás lo bastante destrozada, te arrastrará fuera de aquí.
Te llevarán directa a la ducha y te vestirán con prendas adecuadas.
Te darán una comida de verdad, pero te recomiendo que no te la termines, que solo te tomes algunos bocados, o sufrirás el peor dolor de estómago de tu vida tras estos días de privación.
La madre esperará a que recuperes algunos kilos o fuerzas y, cuando considere que lo has olvidado todo, encontrará una excusa para encerrarte de nuevo en este calabozo.
A menos que logres escapar entre medias...
Carraspea.
–Hace tiempo, vi la oportunidad de huir. En realidad, la mayoría de nosotras ha observado fallos en la estrecha vigilancia de la que hace gala la madre superiora. ¿Sabes qué nos impide actuar?
Doy dos golpes débiles contra la piedra. ¿Por qué no aprovechan esas ocasiones?
–Bueno, para empezar, todas las internas del convento les tienen mucho miedo a los hombres que las encerraron aquí.
Su padre, su marido, su amante... A veces, ¡los tres a la vez!
Cuando no es la cólera de esos desgraciados lo que las retiene, es el perjuicio que podrían causarle a la reputación de su familia y, a menudo, a sus propios hijos.
Luego, por supuesto, están las antiguas candidatas de Nobleza obliga o algunas jóvenes que huyen de un marido violento y no quieren volver a estar en presencia de un hombre bajo ningún concepto.
Tose antes de continuar:
–Por otro lado, ¿adónde iríamos? A la mayoría nos han criado en una burbuja y, solo para salir de aquí, hay que saber conducir.
Suelta un largo suspiro.
–En general, todas tienen tanto miedo de fracasar como de tener éxito.
Una vez, una hermana trató de marcharse.
Una joven, de tu edad. Quería buscar al bebé que le habían arrebatado.
¿Ves el aislamiento que te han impuesto?
La madre superiora la dejó morir de hambre en la celda en la que te encuentras.
El miedo me tensa aún más los músculos. Morir de hambre. Quizá ese sea mi castigo si fracaso. La antigua regente suspira una vez más y oigo un ruido que intuyo que procede de ella al apoyarse en la puerta.
–A veces vienen a buscar a algunas mujeres y vuelven a su hogar, con sus familias.
He conocido a unas diez. Esta tímida esperanza es lo que impide que las demás se arriesguen a morir.
Porque hay una manera de salir de aquí. Todos los sábados es el día de la colada.
Las hermanas sacan sus sábanas, trapos y prendas y nos obligan a lavarlos medio desnudas en el agua fría del lavadero.
Hay dos monjas que se ahorran este suplicio, son las que se ocupan de la ropa de la madre superiora, quien la envía para que la laven en seco.
Ya sabes, esa mujer duerme entre sábanas de seda.
Deja escapar un gruñido desdeñoso.
–El camión se para siempre ante la entrada secundaria, el gran portón que supongo que verías al llegar.
El conductor del vehículo permanece en el interior para respetar la intimidad de las hermanas.
Hay que dejar los sacos con la ropa en la parte trasera, cerrar la puerta doble y darle dos golpes fuertes para que arranque.
Sería un juego de niños subirse a la camioneta y marchar con ella.
A lo largo de su ronda, el hombre hace muchas paradas: solo habría que esperar el momento de ocupar su puesto ante el volante para marcharse con el vehículo.
Por un momento, logro olvidarme del terrible aparato de metal que me paraliza la lengua para imaginarme conduciendo por el campo con Agnès al volante.
Ella sí que sabe conducir, le enseñó su padre.
Así era como pensábamos escapar de Versalles y llegar a la costa para salir del país tras el atentado contra Luis XXI.
–Y te voy a decir cómo proceder si consigues recuperar el poder, el fallo que cometiste al principio de tu regencia. Al hacer que arrestaran al duque, estuviste a punto de descubrirlo...
Presto atención.
–¡A la mierda los derechos humanos! –exclama con fuerza–.
Deberías ejecutar al duque de Lorena, al barón de Kerdoncuff y a todos los que te han dado la espalda, para demostrar lo que le pasará a cualquiera que te falte al respeto.
¿Quieres saber cómo deshacer lo que hizo mi hijo?
Entonces, tendrás que mostrarte intransigente con la nobleza, el clero y la administración corrupta.
Son ellos los que perjudican al país, evitando que los demás emprendan, se enriquezcan, suban en la escala social o incluso se amen.
¡Muéstrate implacable! El crimen de lesa majestad quizá sea más eficaz que los grupos revolucionarios.
Se oye un estrépito sordo cuando golpea la puerta para enfatizar sus palabras, y me sobresalto en mi celda.
–Deberían temerte. Muestra piedad solo con aquellos que controlan las tropas armadas.
A los demás, ¡hazles sudar! Cuando acabes con los programas, cuando cortes las cadenas que mantienen maniatado al pueblo, cuando inviertas en educación durante veinte años, como hice yo hace veinticinco, podrás aflojar el yugo y organizar elecciones.
Así estarás segura de que nadie vote a un noble que nada en oro solo porque aparece en sus televisores todas las noches.
Pero, hasta entonces, ejecuta a todos los que se interpongan en tu camino.
El único idioma que entienden los individuos como el duque es la violencia.